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amor

Llamas de Azúcar y el Brillo de la Envidia

El aroma a mantequilla caliente y azúcar quemada flotaba en el aire de la pastelería "Bud & Co." como un bálsamo familiar. Bud estaba en su elemento, moviéndose de un lado a otro con bandejas de cruasanes recién salidos del horno, mientras Grace organizaba las vitrinas con esa serenidad suya que siempre lograba equilibrar el caos matutino. Sin embargo, el verdadero foco de energía de esa mañana no estaba en los hornos, sino en el mostrador de atención al cliente, donde Mary lucía un delantal que le entallaba perfectamente la cintura y una sonrisa que parecía haber sido diseñada para derretir glaseados.

—¡Mary, por favor! —exclamó Bud, saliendo de la cocina con la frente perlada de sudor—. No me distraigas a Joe. Tenemos que preparar el pedido para la Gala de los Maestros Reposteros de esta noche. Es el evento del año y toda la familia va a estar allí. ¡Toda!

Mary soltó una carcajada cristalina y se apoyó en el mostrador, mirando hacia la parte trasera de la cocina, donde Joe, con los brazos enharinados hasta los codos, amasaba con una intensidad que delataba su concentración. O quizá su nerviosismo.

—Ay, Bud, no seas tan dramático —dijo Mary, lanzándole un beso al aire a su hermano—. Joe sabe perfectamente que puede hacer dos cosas a la vez: hornear los mejores milhojas de la ciudad y escuchar mis divertidísimas anécdotas sobre la señora Thompson y su caniche. ¿Verdad, Joe?

Joe levantó la mirada por un segundo. Sus ojos marrones se encontraron con los verdes de Mary y, a pesar de su habitual reserva, una chispa de diversión cruzó su rostro.

—Hago lo que puedo, Mary —murmuró Joe con su voz profunda—. Pero si el milhojas sale con sabor a chisme de peluquería, será tu culpa.

—¡Lo ves! —Mary batió las palmas—. Me adora.

Grace se acercó a ellos, acomodando una bandeja de tartaletas de fresa. Miró a su esposo, Joe, y luego a Mary con una sonrisa dulce y tranquila.

—Joe tiene razón, Mary. Esta noche es importante. Es la gala donde se decide quién es la mejor pastelería de la región. Bud ha trabajado meses en esa receta de tarta de ópera.

—Y yo estaré allí para apoyarlos —aseguró Mary, guiñándole un ojo a Joe—. Y para lucir el vestido más espectacular que hayan visto jamás. Prepárate, Joe, porque vas a tener que esforzarte mucho para no quedarte boquiabierto frente a todos.

Joe rodó los ojos y volvió a su masa, pero el ligero rubor que subió por su cuello no pasó desapercibido para nadie.

La noche llegó con la rapidez de un suspiro. El gran salón del Hotel Continental estaba decorado con guirnaldas de flores de azúcar y esculturas de chocolate que desafiaban la gravedad. La familia de "Bud & Co." llegó en grupo, formando una estampa de éxito y elegancia. Bud llevaba un esmoquin que le hacía parecer un pingüino distinguido; Grace lucía un vestido de seda azul que resaltaba su bondad natural.

Pero fue Mary quien detuvo el tiempo al entrar. Llevaba un vestido de color rojo carmesí, ajustado, con un escote que dejaba ver lo justo para ser elegante y peligrosamente coqueta. Su cabello rubio caía en ondas perfectas sobre sus hombros, y sus ojos verdes brillaban bajo las luces de cristal.

A su lado, Joe caminaba con una rigidez inusual. Se veía imponente en su traje oscuro, pero sus manos no dejaban de ajustar su corbata. Cada vez que un hombre en el salón se giraba para mirar a Mary —y eran muchos—, la mandíbula de Joe se tensaba un poco más.

—Relájate, Joe —susurró Mary, deslizándole un brazo por el suyo con una naturalidad que le hizo dar un respingo—. Pareces un guardaespaldas en un funeral. Disfruta, estamos en una fiesta.

—No me gustan estas fiestas, Mary —gruñó Joe, aunque no se apartó de ella—. Hay demasiada gente fingiendo que sabe de repostería cuando lo único que quieren es beber champán gratis.

—Y admirar la belleza —añadió ella con una sonrisa traviesa—. No seas gruñón. Mira, ahí viene Bud con los premios.

La velada transcurrió entre brindis y aplausos. "Bud & Co." recibió una mención especial por su innovación en texturas, y Bud estaba radiante. Sin embargo, para Joe, la noche se volvió amarga cuando la orquesta empezó a tocar una melodía lenta y sofisticada.

—¡Qué música tan encantadora! —exclamó Mary, moviendo los hombros al ritmo—. Me dan unas ganas locas de bailar.

Joe abrió la boca para decir algo, quizá para ofrecerse a pesar de su torpeza en la pista, pero una voz masculina y aterciopelada se le adelantó.

—Una mujer tan radiante no debería estar simplemente mirando —dijo un hombre alto, de cabello oscuro y sonrisa perfecta, que se materializó frente a ellos. Era Ricardo, el dueño de una famosa cadena de cafeterías de lujo—. ¿Me concedería este baile, señorita?

Mary miró a Ricardo y luego a Joe. La expresión de Joe era una máscara de piedra, pero sus ojos marrones ardían con una intensidad que Mary conocía bien. Decidió jugar un poco.

—Sería un placer, caballero —respondió Mary, dándole a Ricardo su mano con un gesto regio.

Antes de alejarse, Mary le lanzó una mirada por encima del hombro a Joe.

—No te muevas de aquí, Joe. Volveré antes de que el merengue se baje.

Joe se quedó de pie, con una copa de champán en la mano que apretaba con tanta fuerza que temía romper el cristal. Bud se acercó a él, ajeno a la tormenta interior de su empleado y cuñado.

—¡Mira a Mary! —rio Bud—. Siempre consigue lo que quiere. Ese tipo, Ricardo, es un tiburón en los negocios, pero parece un cachorrito a su lado.

Joe no respondió. Sus ojos estaban fijos en la pista de baile. Ricardo mantenía su mano en la cintura de Mary con una familiaridad que a Joe le revolvía el estómago. Vio cómo el hombre se inclinaba para susurrarle algo al oído y cómo Mary soltaba una de sus risas contagiosas, inclinando la cabeza hacia atrás.

—Parece que se están divirtiendo mucho —comentó Grace, llegando al lado de Joe con aire inocente—. Ricardo es muy apuesto, ¿verdad?

—Es un charlatán —masculló Joe entre dientes.

—Oh, vamos, Joe —dijo Grace con una sonrisita—. Solo están bailando. No tiene nada de malo que Mary reciba un poco de atención. Ella es tan... libre.

Joe no pudo aguantar más. Dejó la copa sobre una mesa cercana con un golpe seco. Ver a Ricardo acariciar suavemente el brazo de Mary mientras daban una vuelta fue la gota que colmó el vaso. Sin decir una palabra, se abrió paso entre los invitados con la determinación de un hombre que va a la guerra.

En la pista, Ricardo estaba en pleno despliegue de encanto.

—...y por eso creo que tu talento está desperdiciado en una pequeña pastelería de barrio, Mary —decía Ricardo, acercando su rostro al de ella—. Deberías venir a trabajar conmigo. Podría darte todo lo que quisieras.

Mary estaba a punto de responder con una de sus réplicas mordaces cuando sintió una mano firme y pesada posarse sobre el hombro de Ricardo.

—Lo siento, el tiempo se ha acabado —dijo una voz gélida y profunda.

Ricardo se giró, sorprendido, para encontrarse con la figura imponente de Joe.

—Estamos en medio de una conversación, amigo —dijo Ricardo, tratando de mantener la compostura.

—No soy tu amigo —respondió Joe, dando un paso adelante que obligó al otro hombre a retroceder—. Y Mary tiene que... tiene que revisar un asunto urgente conmigo. Ahora.

Mary arqueó una ceja, ocultando una sonrisa de triunfo absoluto.

—¿Un asunto urgente, Joe? ¿En medio del vals? —preguntó ella con fingida inocencia.

—Urgente —insistió Joe, tomándola de la mano con una posesividad que no dejaba lugar a dudas.

Ricardo, viendo que la situación se volvía tensa y que Joe no parecía dispuesto a ceder, hizo una breve inclinación de cabeza.

—Parece que tu... compañero es un poco impaciente. Nos veremos luego, Mary.

En cuanto Ricardo se alejó, Joe arrastró a Mary hacia uno de los balcones que daban a los jardines del hotel, lejos del ruido y de las miradas curiosas. El aire fresco de la noche los golpeó, pero el calor entre ellos era casi palpable.

—¿Se puede saber qué te pasa? —preguntó Mary, aunque su voz no tenía ni un ápice de enfado. Se apoyó en la barandilla de piedra, dejando que la luz de la luna bañara su vestido rojo—. Me has dejado en ridículo frente al hombre más rico del gremio.

—Es un idiota —soltó Joe, caminando de un lado a otro como un león enjaulado—. Un idiota que no sabe mantener las manos quietas. Te estaba mirando como si fueras... como si fueras un postre en oferta.

Mary se cruzó de brazos, disfrutando de la escena.

—¿Y a ti qué te importa cómo me mire? No eres mi dueño, Joe. Eres el empleado de mi hermano y el esposo de mi hermana.

Esa frase cayó como un jarro de agua fría, pero Joe no retrocedió. Se detuvo frente a ella, tan cerca que Mary podía oler el aroma a pino y harina que siempre lo acompañaba, incluso con el traje de gala.

—Sabes perfectamente que me importa —dijo Joe, bajando la voz hasta convertirla en un susurro ronco—. Me importa tanto que me duele. Me duele verte reír con tipos que no te conocen, que no saben que prefieres el café amargo o que te pones a cantar cuando crees que nadie te escucha en la cocina.

Mary sintió que el corazón le daba un vuelco. La fachada de mujer fatal se desmoronó por un instante, dejando ver a la Mary que realmente sentía algo por ese hombre serio y reservado.

—Joe... —murmuró ella, extendiendo una mano para tocar su solapa.

—No me pidas que me quede ahí parado viendo cómo otros te coquetean —continuó él, atrapando la mano de ella entre las suyas—. Puedo aguantar muchas cosas, Mary. Puedo aguantar tus bromas, tus caprichos y hasta tus desplantes. Pero no puedo aguantar que alguien intente quitarte de mi lado, aunque ese "lado" sea solo un espacio imaginario en esta pastelería.

Mary sonrió, una sonrisa suave y llena de una ternura que rara vez mostraba.

—Vaya, Joe. Quién diría que debajo de ese traje de gruñón se escondía un hombre tan celoso. Me gusta.

—No estoy bromeando, Mary.

—Yo tampoco —dijo ella, acortando la distancia que los separaba—. Pero tienes que entender algo. Ricardo no tiene ninguna oportunidad. Ninguna.

—¿Por qué estás tan segura? —preguntó Joe, aunque su agarre en sus manos se suavizó.

—Porque él es solo un hombre con dinero y una sonrisa falsa —respondió Mary, mirándolo fijamente a los ojos—. Y tú... tú eres el hombre que hace que me levante con ganas de ir a trabajar cada mañana, aunque sea para molestarte. Eres el único que ve a la verdadera Mary debajo de todo este maquillaje y este vestido caro.

Joe soltó un suspiro largo, como si hubiera estado conteniendo la respiración durante horas. La tensión en sus hombros desapareció, reemplazada por una vulnerabilidad que lo hacía parecer más joven.

—A veces te odio, Mary —dijo él, pero sus ojos decían todo lo contrario.

—Y yo a ti, Joe. Sobre todo cuando te pones tan guapo que no me dejas pensar con claridad.

Se quedaron allí, en el silencio del balcón, mientras la música de la gala seguía sonando de fondo como un eco lejano. Joe no la besó —el respeto por Grace y por Bud seguía siendo una barrera invisible pero poderosa—, pero la forma en que sostuvo su mano y la atrajo hacia su pecho fue más elocuente que cualquier declaración.

—Prométeme una cosa —dijo Joe después de un rato.

—¿Qué cosa?

—Que el próximo baile será conmigo. Y que no dejarás que ningún "tiburón de los negocios" se te acerque a menos de dos metros.

Mary soltó una carcajada y se acurrucó contra su hombro, inhalando su aroma.

—Lo prometo, celoso. Pero solo si me prometes que mañana me dejarás decorar los pasteles de boda a mi manera.

Joe soltó una risita seca, la primera de la noche.

—Ni hablar. Eso sería ir demasiado lejos.

—¡Joe!

Riendo, regresaron al salón. Al entrar, Bud y Grace los miraron con curiosidad. Bud abrió la boca para preguntar dónde habían estado, pero Grace, con esa intuición femenina que siempre la mantenía un paso por delante, le puso una mano en el brazo y le hizo una señal para que se callara.

—Parece que el aire fresco les ha sentado bien —dijo Grace con una sonrisa enigmática—. Joe, te ves mucho más relajado.

—Lo estoy, Grace —respondió él, lanzándole una mirada rápida a Mary—. Solo necesitaba poner algunas cosas en orden.

La noche terminó con "Bud & Co." celebrando su éxito. Mary bailó el resto de las piezas con Bud y con otros invitados, pero siempre bajo la mirada vigilante y ahora más tranquila de Joe. Él ya no apretaba la copa de champán con furia; ahora, simplemente observaba a la mujer rubia que iluminaba el salón, sabiendo que, a pesar de los vestidos rojos y los coqueteos, el ingrediente principal de su vida seguía siendo ella.

Y mientras regresaban a casa en el coche de Bud, con el aroma de la vainilla y el éxito aún pegado a sus ropas, Mary se apoyó en el asiento y cerró los ojos, sabiendo que la gala de pastelería había sido un éxito, pero que el verdadero premio se lo había llevado ella al ver, por fin, el fuego que ardía en el corazón de su pastelero favorito.