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Amor Condicional

Entre sombras y verdades a medias

La luz de la mañana se filtraba por las persianas del apartamento, dibujando líneas doradas sobre el suelo de madera desgastada. Leorio se encontraba en la cocina, intentando preparar un desayuno que cumpliera con los estrictos estándares nutricionales que había leído en sus libros de obstetricia. El aroma del pan tostado y el huevo cocido flotaba en el aire, mezclándose con el persistente olor a desinfectante que Leorio traía consigo de sus turnos en el hospital.

Kurapika salió de su habitación minutos después. Llevaba una chaqueta de punto color crema que le quedaba un poco más holgada de lo habitual y una bufanda ligera, a pesar de que la calefacción funcionaba bien. Su rostro estaba pálido, y las sombras bajo sus ojos delataban otra noche de insomnio o, quizás, de náuseas silenciosas.

—Buenos días —dijo Leorio, tratando de modular su voz para no sonar demasiado entusiasta tan temprano—. Te he preparado algo ligero. Tienes que comer antes de ir a la facultad. Hoy tienes esa clase magistral de termodinámica, ¿no?

Kurapika se sentó a la mesa con la elegancia de un príncipe, aunque sus movimientos eran más lentos. Observó el plato con una mezcla de gratitud y desdén.

—Gracias, Leorio. Y sí, es termodinámica. Aunque preferiría quedarme a terminar mi ensayo sobre partículas subatómicas. El ruido de la universidad me resulta... especialmente irritante últimamente.

Leorio se sentó frente a él, apoyando los codos en la mesa.

—Es el embarazo, Kurapika. Tus sentidos están más agudos. Escucha, si te sientes mal, puedo llamar a la facultad y decir que...

—No —lo interrumpió Kurapika, clavando sus ojos avellana en él—. No vas a llamar a nadie. Nadie puede sospechar. Mi reputación como estudiante es lo único que me mantiene a flote ahora mismo. Si se enteran de que el "brillante Kurapika" se saltó una clase por un malestar de omega, los rumores no tardarán en despedazarme.

Leorio suspiró, frotándose la nuca. Odiaba ese muro de orgullo.

—Lo sé, lo sé. El "príncipe de hielo" no puede tener fisuras. Pero recuerda que no estás solo en esto. Si ese tal Chrollo vuelve a molestarte hoy...

—Chrollo no me molesta —replicó el rubio, tomando un sorbo de té—. Es una de las pocas mentes brillantes en ese lugar. Sus intenciones pueden ser... tediosas, pero su intelecto es genuino.

Leorio sintió el consabido pinchazo de celos. Se levantó bruscamente para recoger su mochila, tratando de ocultar su irritación.

—Claro, el intelecto. No olvides que ese intelecto no sabe que llevas un bebé en el vientre. Ten cuidado, Kurapika. Los alfas como él no aceptan un "no" por respuesta tan fácilmente.

—Sé cuidarme solo, Leorio. Lo he hecho durante mucho tiempo. Incluso aquella noche... —Kurapika se detuvo, y su expresión se endureció de repente—. Aunque parece que mi juicio no fue el mejor en esa ocasión.

El ambiente se volvió gélido. Leorio sabía que Kurapika se refería al dinero y a la supuesta "transacción" que creía haber vivido. El alfa abrió la boca para intentar, por centésima vez, explicar lo de la nota que el viento se llevó, pero Kurapika ya se había levantado, dándole la espalda para recoger sus libros.

—Nos vemos por la tarde —sentenció el omega, saliendo del apartamento sin mirar atrás.

La jornada en la facultad de medicina fue un borrón para Leorio. Entre disecciones de cadáveres y conferencias sobre farmacología, su mente volvía constantemente a la imagen de Kurapika caminando por los pasillos de física, rodeado de admiradores que no tenían idea de la carga que llevaba.

Al mediodía, mientras caminaba hacia la biblioteca, Leorio divisó una multitud cerca de la plaza central. Su corazón dio un vuelco cuando reconoció la cabellera rubia y la postura rígida de Kurapika. Frente a él, un hombre alto, de cabello oscuro peinado hacia atrás y una expresión de absoluta calma, sostenía un pequeño paquete envuelto en papel de seda oscuro.

Era Chrollo Lucilfer.

Leorio se ocultó tras una columna, apretando las correas de su mochila. La escena parecía sacada de una novela romántica, y eso le revolvía el estómago.

—Es una edición de 1920 de los tratados de Maxwell —decía Chrollo con una voz aterciopelada que llegaba hasta donde estaba Leorio—. Pensé que te gustaría tenerla para tu investigación sobre el electromagnetismo.

Kurapika miraba el libro, pero no lo tomó de inmediato. Su postura era defensiva, aunque sus ojos brillaban con un interés intelectual que Leorio nunca había logrado despertar en él.

—Es un regalo demasiado costoso, Chrollo —respondió Kurapika—. Ya te he dicho que no es necesario que intentes comprar mi atención.

—No es una compra, Kurapika. Es un reconocimiento —Chrollo dio un paso más hacia el espacio personal del omega—. Te observo en la biblioteca, siempre tan absorto, tan distante. Me intrigas. Y me gustaría que aceptaras cenar conmigo este viernes. He reservado en aquel restaurante francés que mencionaste una vez.

Kurapika pareció dudar. Leorio, desde su escondite, sentía que la sangre le hervía. Su instinto de alfa gritaba que debía intervenir, que debía marcar su territorio, pero sabía que si lo hacía, Kurapika nunca se lo perdonaría. El trato era claro: discreción absoluta.

—No puedo el viernes —dijo finalmente Kurapika—. Tengo compromisos... personales.

—¿Compromisos? —Chrollo sonrió de una manera que a Leorio le pareció depredadora—. Curioso. Últimamente siempre tienes compromisos. He oído que te vas muy temprano de la facultad y que ya no frecuentas las salas de estudio nocturnas. ¿Hay alguien nuevo en tu vida, Kurapika?

El rubio se tensó visiblemente. Sus manos, ocultas en los bolsillos de su chaqueta, se cerraron en puños.

—Eso no es de tu incumbencia. Gracias por el libro, pero debo irme.

Kurapika intentó pasar por el lado de Chrollo, pero el alfa de cabello oscuro le puso una mano suave, pero firme, en el brazo.

—Sabes que no me rindo fácilmente. Hay algo diferente en ti estos meses. Tu aroma... ha cambiado. Es más dulce, más profundo. Si estás pasando por un momento difícil, o si algún alfa te está molestando, solo tienes que decírmelo.

Leorio no pudo aguantar más. El comentario sobre el aroma fue el detonante. Salió de detrás de la columna y caminó hacia ellos con zancadas largas, tratando de fingir que pasaba por allí por casualidad.

—¡Eh, Kurapika! —gritó Leorio, forzando una sonrisa de galán—. ¡Te estaba buscando! Se te olvidaron los apuntes de... de esa cosa de física en el café.

Ambos se giraron. Chrollo evaluó a Leorio con una mirada rápida y despectiva, como si fuera un estorbo insignificante. Kurapika, por su parte, parecía querer que la tierra se lo tragara, pero también había un destello de alivio en sus ojos que solo alguien que lo conociera bien podría notar.

—¿Y tú quién eres? —preguntó Chrollo, sin soltar el brazo de Kurapika.

—Leorio Paradinight, estudiante de medicina —respondió él, plantándose frente a Chrollo y obligándolo a soltar al omega—. Y soy un amigo cercano de Kurapika. Muy cercano. ¿Hay algún problema aquí?

Chrollo soltó una carcajada seca, ajustándose el abrigo.

—Ninguno. Solo estábamos conversando. No sabía que Kurapika frecuentara a personas tan... ruidosas.

—Lo ruidoso es mejor que lo falso —replicó Leorio, sintiendo que su temperamento explosivo estaba a punto de estallar—. Vamos, Kurapika. Tenemos cosas que hacer.

Kurapika no dijo nada. Simplemente asintió levemente hacia Chrollo y comenzó a caminar junto a Leorio. No hablaron hasta que estuvieron lo suficientemente lejos, cerca de la salida trasera del campus.

—¿En qué estabas pensando? —siseó Kurapika, deteniéndose en seco—. Casi nos delatas. Chrollo no es tonto, Leorio. Ahora se preguntará qué hace un estudiante de medicina "tan cercano" a mí.

—¡Ese tipo te estaba acosando! —exclamó Leorio, gesticulando con las manos—. Te tocó el brazo, Kurapika. Y habló de tu aroma. ¡Él sabe que algo pasa!

Kurapika se abrazó a sí mismo, bajando la mirada. El viento sopló, agitando su cabello rubio.

—Por supuesto que lo sabe. Los alfas dominantes huelen los cambios hormonales. Es cuestión de tiempo que alguien más se dé cuenta. Y tu intervención solo lo hace más evidente.

Leorio se suavizó al ver la vulnerabilidad en la postura del omega. Se acercó un paso, bajando la voz.

—Lo siento. Es solo que... no soporto que te mire así. Como si fueras un trofeo que quiere ganar. Tú vales mucho más que sus libros viejos y sus cenas pretenciosas.

Kurapika levantó la vista. Por un momento, la frialdad desapareció, reemplazada por una tristeza que le encogió el corazón a Leorio.

—Él me ve como un igual intelectual. Tú me ves como... una responsabilidad. No sé qué es peor.

—¡Eso no es cierto! —Leorio dio un paso más, quedando a escasos centímetros de él—. No eres una responsabilidad. Eres el hombre más increíble que he conocido. Sí, eres terco y me tratas como si fuera un idiota la mayor parte del tiempo, pero... me importas. Me importas de verdad, Kurapika. No solo por el bebé.

Kurapika retrocedió, su rostro volviendo a ser una máscara de piedra.

—No digas cosas que no sientes, Leorio. No olvides cómo empezó esto. No olvides el dinero en la mesita.

—¡Maldita sea con el dinero! —Leorio explotó, golpeando una pared cercana con el puño—. ¡Había una nota, Kurapika! Te escribí mi número, te dije que volvería, que tuve una emergencia en el hospital. El dinero era para que desayunaras, para que tomaras un taxi si yo no llegaba a tiempo. ¡No fue un pago! Jamás te trataría así.

Kurapika se quedó helado. Sus ojos se abrieron de par en par, buscando cualquier rastro de mentira en el rostro honesto y sudoroso de Leorio.

—¿Una nota? —susurró—. No había ninguna nota. Solo el dinero... y el silencio.

—Se debió caer. Hacía viento, la ventana estaba abierta... —Leorio suspiró, dejando caer los hombros—. He querido decírtelo mil veces, pero siempre me cortas con esa mirada de desprecio. Pensé que me odiabas tanto que no importaba lo que dijera.

El silencio que siguió fue denso, cargado de tres meses de malentendidos y dolor acumulado. Kurapika sintió que una pequeña grieta se abría en el muro de hielo que rodeaba su corazón. Si lo que Leorio decía era verdad... entonces su noche no había sido una transacción sucia, sino un encuentro que el alfa realmente valoraba.

—Debemos ir a casa —dijo Kurapika finalmente, aunque su voz ya no tenía ese filo cortante—. Estoy cansado.

El camino de regreso fue silencioso, pero esta vez era un silencio diferente. No era hostil, sino reflexivo. Al llegar al apartamento, Leorio dejó sus cosas y fue directo a la cocina para calentar un poco de leche.

—Leorio —llamó Kurapika desde la puerta de la sala.

El alfa se giró, con el cazo en la mano.

—¿Sí?

—Gracias. Por lo de hoy. Chrollo puede ser... abrumador. Y gracias por... explicar lo de la nota. Necesito tiempo para procesarlo, pero... te creo.

Leorio sintió que un peso enorme se levantaba de sus hombros. Sonrió, una de esas sonrisas amplias y sinceras que solían meterlo en problemas pero que también iluminaban su rostro.

—No hay de qué. Y recuerda, si ese tipo vuelve a acercarse, no dudaré en usar mis conocimientos de anatomía para darle donde más le duele.

Kurapika soltó una pequeña risa, un sonido tan raro y melodioso que Leorio se quedó paralizado. Fue un instante fugaz, pero cambió algo en la dinámica entre ambos.

Esa noche, mientras Kurapika descansaba en el sofá y Leorio estudiaba a su lado, el omega se permitió un pequeño lujo. Estiró la mano y, muy suavemente, rozó la manga de la sudadera de Leorio.

—¿Crees que será un alfa? —preguntó Kurapika en un susurro, mirando hacia la ventana.

Leorio dejó el libro de lado y miró el vientre de Kurapika, que ahora parecía un poco más prominente bajo la luz tenue de la lámpara.

—No lo sé. Pero sea lo que sea, tendrá tu inteligencia y, espero, un poco de mi buen humor. Aunque si saca tu carácter, estoy perdido.

Kurapika sonrió de nuevo, esta vez sin rastro de frialdad.

—Si saca tu terquedad, Leorio, el que estará perdido seré yo.

Se quedaron así, compartiendo el espacio que antes se sentía como una celda y que ahora empezaba a parecerse, muy lentamente, a un hogar. Sin embargo, en la mente de Kurapika, la imagen de Chrollo Lucilfer seguía presente. Sabía que el alfa dominante no se daría por vencido, y que el secreto que guardaba con Leorio estaba en peligro.

Pero por esa noche, el aroma a sándalo y el olor a bosque se entrelazaron en el pequeño apartamento, creando una burbuja de paz que ninguno de los dos quería romper. Leorio sabía que vendrían dramas, celos y más enfrentamientos, pero mientras tuviera a Kurapika a su lado, estaba dispuesto a enfrentarse a todos los Chrollos del mundo.

—Leorio —dijo Kurapika antes de quedarse dormido.

—¿Dime?

—No dejes que el té se enfríe. Mañana será un día largo.

Leorio asintió, cubriendo al omega con una manta suave. La batalla por el corazón de Kurapika Kurta apenas comenzaba, y aunque él no fuera un príncipe ni un genio de la física, tenía algo que Chrollo nunca tendría: la verdad de esa noche y el latido de una nueva vida que los unía irremediablemente.