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Amor Condicional

Lazos de Sangre y Sombras de Sospecha

La mañana siguiente al incidente con Chrollo trajo consigo una calma tensa, como el aire denso que precede a una tormenta eléctrica. Leorio se despertó antes de que sonara la alarma, con el cuerpo entumecido por haber pasado la mitad de la noche sentado en la silla junto al sofá, vigilando el sueño de Kurapika. Ver al omega así, despojado de su armadura de sarcasmo y frialdad, le recordaba por qué se esforzaba tanto. Bajo la luz pálida del alba, Kurapika no era el genio de la facultad de física ni el omega dominante que intimidaba a los alfas con una sola mirada; era simplemente un joven cargando con un peso demasiado grande para sus hombros.

Leorio se estiró, haciendo crujir sus huesos, y se dirigió a la cocina. Sabía que Kurapika apreciaba los silencios matutinos, así que se movió con cuidado, preparando un tazón de avena con frutas y un té de jengibre para las náuseas que, aunque habían disminuido, todavía acechaban al rubio al despertar.

—Hueles a hospital y a café quemado —la voz de Kurapika, ronca por el sueño, llegó desde el pasillo.

Leorio sonrió sin girarse.

—Y tú hueles a mal humor y a libros viejos. Buenos días para ti también.

Kurapika entró en la cocina, ajustándose una bata de seda azul oscuro que ocultaba su figura. Se sentó a la mesa y aceptó el té, inhalando el vapor con los ojos cerrados.

—He estado pensando en lo que dijiste ayer —comenzó Kurapika, manteniendo la vista fija en la taza—. Sobre la nota. Si es cierto que no fue... un pago, entonces mi comportamiento estos meses ha sido injusto.

Leorio dejó el cazo sobre la encimera y se apoyó en ella, mirando al omega con seriedad.

—No tienes que disculparte, Kurapika. En tu lugar, yo habría pensado lo mismo. Fue una cadena de errores estúpidos. Lo que importa es que ahora lo sabes. No te rescaté esa noche para usarte. Te rescaté porque... bueno, porque era lo correcto. Y lo que pasó después... —Leorio se rascó la mejilla, sintiendo el calor subirle al rostro— fue porque ninguno de los dos pudo evitarlo.

Kurapika asintió apenas, un gesto casi imperceptible.

—Aun así, el trato sigue en pie. Este embarazo es un secreto. Chrollo Lucilfer es perspicaz, Leorio. Ayer marcaste territorio de una forma muy burda. Si vuelves a hacerlo, confirmará sus sospechas. Él cree que soy un enigma por resolver, y no se detendrá hasta que encuentre la respuesta.

—Ese tipo es un problema —gruñó Leorio, sentándose frente a él—. No me gusta cómo te mira. Como si fueras una ecuación que quiere despejar.

—Soy capaz de manejar a Chrollo —sentenció Kurapika con firmeza—. Lo que me preocupa es que tú no sepas manejar tus impulsos. Eres un alfa, Leorio. Tu instinto está empezando a aflorar debido a mi estado. Tu aroma es más fuerte cuando él está cerca, más... posesivo.

Leorio se quedó callado. Sabía que Kurapika tenía razón. Como estudiante de medicina, entendía perfectamente la biología detrás de sus impulsos, pero controlarlos era otra historia. Su lobo interno quería desgarrar a cualquiera que pusiera una mano sobre el omega que llevaba a su cachorro.

—Haré lo posible por contenerme —prometió Leorio—. Pero prométeme tú que no te pondrás en peligro. Si te sientes mal, si ese tipo te presiona demasiado... me llamas. No importa si estoy en medio de una cirugía de práctica.

Kurapika lo miró a los ojos, y por un segundo, la distancia entre ellos pareció acortarse.

—Lo haré.

El día en la universidad fue, como predijo Kurapika, un campo de minas. Leorio intentaba concentrarse en sus clases de patología, pero su mente no dejaba de viajar a la facultad de física. Se sentía como un león enjaulado. Cada vez que pasaba por los pasillos comunes, agudizaba el oído, buscando fragmentos de conversaciones sobre "el rubio de física" o "el nuevo interés de Lucilfer".

Por la tarde, mientras Leorio salía de la biblioteca cargado de libros de pediatría, se topó de frente con una figura que hizo que sus vellos se erizaran. Chrollo Lucilfer estaba apoyado contra una pared, leyendo un libro pequeño de tapas de cuero, como si no tuviera nada mejor que hacer. Al ver a Leorio, cerró el libro con elegancia y sonrió. No era una sonrisa amistosa; era la sonrisa de un depredador que acababa de encontrar un rastro interesante.

—Ah, el estudiante de medicina —dijo Chrollo, su voz fluyendo como seda—. Leorio, ¿verdad?

Leorio apretó el agarre en sus libros, manteniendo una expresión neutra.

—Lucilfer. No sabía que los de humanidades se perdieran tanto por esta zona.

—Oh, me gusta caminar. Ayuda a pensar —Chrollo dio un paso hacia adelante, invadiendo sutilmente el espacio de Leorio—. Estaba pensando en Kurapika. Es un joven fascinante, ¿no crees? Tan puro, tan... intocable. O eso pensaba yo hasta ayer.

Leorio sintió un tic en el ojo, pero se obligó a soltar una risotada falsa.

—Es un buen tipo. Un poco estirado, pero buen amigo.

—¿Amigo? —Chrollo enarcó una ceja, sus ojos oscuros brillando con malicia—. Tu aroma dice otra cosa, Leorio. Ayer, cuando te acercaste a él, olías a protección y a reclamo. Es un aroma muy específico que solo los alfas emiten cuando su pareja está... vulnerable. O quizás, cuando hay algo más en juego.

Leorio sintió un sudor frío bajarle por la espalda. Chrollo era mucho más peligroso de lo que había imaginado. No solo era inteligente, sino que tenía un olfato social y biológico letal.

—No sé de qué hablas, genio —respondió Leorio, empezando a caminar para dejarlo atrás—. Creo que has leído demasiada poesía romántica. Kurapika y yo compartimos piso para ahorrar gastos, eso es todo. Es un acuerdo práctico entre estudiantes.

—Un acuerdo práctico —repitió Chrollo para sí mismo, observando cómo Leorio se alejaba—. Ya veremos cuánto dura la practicidad cuando la verdad empiece a pesar.

Leorio no se detuvo hasta llegar al estacionamiento. Su corazón latía con fuerza. Tenía que advertir a Kurapika. Chrollo no solo sospechaba, estaba cazando.

Cuando llegó al apartamento, encontró a Kurapika sentado en el suelo del salón, rodeado de diagramas y cálculos complejos. Parecía agotado. Al escuchar la puerta, Kurapika levantó la vista, y Leorio notó que tenía las mejillas ligeramente encendidas.

—¿Estás bien? —preguntó Leorio, dejando sus cosas y acercándose rápidamente.

—Hace calor —murmuró Kurapika, soltándose un par de botones de la camisa—. Y me duele la espalda. Estos libros son cada vez más pesados.

Leorio se arrodilló detrás de él. Sin pedir permiso, puso sus manos grandes y cálidas sobre los hombros del omega, empezando a masajear con suavidad. Kurapika se tensó al principio, soltando un pequeño siseo, pero pronto sus hombros bajaron y dejó escapar un suspiro de alivio.

—Estás demasiado estresado —dijo Leorio con voz baja—. Chrollo me abordó hoy. Sabe que hay algo entre nosotros, Kurapika. No sabe exactamente qué, pero está oliendo el cambio.

Kurapika cerró los ojos, inclinando la cabeza hacia atrás, apoyándola sin querer en el pecho de Leorio.

—Lo sé. Hoy en clase no dejó de mirarme. Incluso se ofreció a llevarme los libros hasta casa. Tuve que inventar que me vería con un profesor para quitármelo de encima.

—Ese maldito... —Leorio apretó un poco más los hombros de Kurapika, pero luego suavizó el toque, pasando sus manos hacia la base del cuello—. No podemos seguir así mucho tiempo. El embarazo empezará a notarse físicamente en unas semanas. Tus camisas de seda no harán milagros para siempre.

Kurapika se giró en el círculo de los brazos de Leorio, quedando cara a cara con él. La cercanía era embriagadora. El aroma del omega, ahora más dulce y denso por el cansancio, envolvía a Leorio como una manta.

—Lo sé —susurró Kurapika—. Pero no puedo rendirme ahora. Si dejo la facultad, habré perdido todo por lo que luché. Mis sueños de ser investigador, mi independencia... todo se reduciría a ser "el omega que se descuidó".

Leorio sintió una punzada de dolor en el pecho. Odiaba que Kurapika viera el fruto de su noche como una carga o un error, aunque entendía perfectamente sus razones.

—No perderás nada —dijo Leorio, poniendo una mano en la mejilla de Kurapika—. Yo estoy aquí. Si tienes que faltar, yo te traeré los apuntes. Si tienes que ocultarte, yo seré tu escudo. No eres "un omega que se descuidó", Kurapika. Eres el hombre más fuerte que conozco.

Kurapika lo miró con una intensidad que hizo que el tiempo se detuviera. Sus ojos avellana buscaron algo en el rostro de Leorio, quizás una señal de duda o de falsedad, pero solo encontró esa honestidad bruta y noble que caracterizaba al alfa.

—¿Por qué eres tan amable conmigo? —preguntó Kurapika en un hilo de voz—. Después de cómo te traté, después de despreciarte... ¿Por qué sigues aquí?

Leorio sonrió con tristeza, acariciando con el pulgar el pómulo del rubio.

—Porque soy un idiota, supongo. Y porque desde esa noche, no he podido sacarte de mi cabeza. No es solo por el bebé, Kurapika. Es por ti. Eres como una estrella: brillante, fría y lejana, pero no puedo evitar querer alcanzarla.

Kurapika no respondió con palabras. En su lugar, acortó la distancia y apoyó su frente contra la de Leorio. Fue un gesto de rendición silenciosa, una tregua en la guerra que mantenía contra sus propios sentimientos.

—Leorio... —murmuró—. Tengo miedo.

Fue la primera vez que Kurapika admitía una debilidad. Leorio sintió que su instinto protector estallaba. Rodeó al omega con sus brazos, atrayéndolo hacia su pecho en un abrazo firme y seguro.

—No tengas miedo. No dejaré que nada te pase. Ni Chrollo, ni los rumores, ni nadie te tocará.

Se quedaron así durante mucho tiempo, en el suelo del modesto salón, rodeados de libros de física y medicina, dos mundos opuestos unidos por un error que empezaba a sentirse como el destino.

Sin embargo, la paz fue interrumpida por el sonido del teléfono de Kurapika. Un mensaje había llegado. Kurapika se separó a regañadientes y tomó el dispositivo. Su rostro se volvió pálido al leer el contenido.

—¿Qué pasa? —preguntó Leorio, poniéndose alerta.

Kurapika le mostró la pantalla. Era un número desconocido, pero el mensaje era claro:

"El sándalo y la lluvia son una combinación encantadora, pero el dulce aroma de la vida nueva es imposible de ocultar para quien sabe observar. Nos vemos mañana en la biblioteca, Kurapika. Tenemos mucho de qué hablar sobre tu... situación."

No hacía falta firma.

—Nos tiene —susurró Kurapika, sus manos empezando a temblar—. Chrollo lo sabe.

Leorio se puso de pie, su expresión transformándose en una de pura determinación. El carisma y la coquetería habían desaparecido, dejando paso al alfa que estaba dispuesto a todo por su familia.

—No nos tiene —dijo Leorio con voz firme—. Él cree que tiene el control porque piensa que estamos asustados. Pero no conoce a Leorio Paradinight. Mañana iré contigo a esa biblioteca.

—¡No puedes! —exclamó Kurapika—. Si te ve allí, confirmará todo.

—Que lo confirme entonces —replicó Leorio, tomando su chaqueta—. Si quiere jugar a los acertijos, vamos a darle una respuesta que no espera. Kurapika, confía en mí. No soy tan inteligente como tú o como él, pero sé cómo pelear sucio cuando se trata de proteger lo que es mío.

Kurapika lo miró, y por primera vez, vio en Leorio no a un estudiante de medicina carismático o a un alfa descuidado, sino a un hombre capaz de mover montañas.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó el omega.

Leorio le guiñó un ojo, aunque su mirada seguía siendo seria.

—Voy a hacer lo que mejor sé hacer: ser un imprevisto. Chrollo espera que te escondas. Mañana, vamos a caminar por esa universidad con la cabeza en alto. Y si quiere hablar, hablaremos los tres.

Esa noche, el sueño fue esquivo para ambos. Mientras Kurapika se tocaba el vientre, sintiendo por primera vez una conexión real con la vida que crecía dentro de él, Leorio repasaba mentalmente cada lección de anatomía y cada truco callejero que conocía.

La guerra fría en la facultad de física estaba a punto de volverse muy caliente, y el "príncipe de hielo" ya no estaba solo en su trono. Tenía a un alfa ruidoso, noble y perdidamente enamorado dispuesto a incendiar el mundo para mantenerlo a salvo.

—Mañana —susurró Leorio en la oscuridad de su habitación—, Chrollo Lucilfer aprenderá que no todas las ecuaciones se pueden resolver.

Y en el silencio del apartamento, el aroma a sándalo y lluvia se hizo más fuerte, sellando una promesa que ni siquiera la sombra de Chrollo podría romper fácilmente. El drama apenas comenzaba, pero por primera vez en meses, Kurapika no se sentía usado ni desechado. Se sentía, contra todo pronóstico, amado.