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Amor Condicional

El peso de la corona de cristal

La biblioteca central de la universidad era un laberinto de estanterías de roble oscuro y silencio sepulcral, un lugar donde el conocimiento parecía pesar tanto como el aire mismo. Para Kurapika, siempre había sido su santuario, el único rincón donde su mente podía expandirse sin las interrupciones del mundo exterior. Pero esa mañana, el aire se sentía viciado. Cada susurro lejano de una página al pasar le recordaba el mensaje de Chrollo, una amenaza envuelta en papel de regalo intelectual.

Leorio caminaba a su lado, intentando —y fallando estrepitosamente— pasar desapercibido. A diferencia de Kurapika, que se deslizaba entre las mesas como una sombra elegante con un abrigo largo que disimulaba cualquier rastro de su estado, Leorio avanzaba con la mandíbula tensa y los puños hundidos en los bolsillos de su chaqueta de cuero. Su aroma a alfa, usualmente cálido y reconfortante, estaba teñido de una agresividad latente que hacía que algunos omegas en las mesas de estudio levantaran la vista con inquietud.

—Relájate —susurró Kurapika sin mirarlo, con la vista fija en el pasillo de física teórica—. Si sigues gruñendo de esa manera, Chrollo no necesitará que le digamos nada; tu instinto te delatará a kilómetros.

—No estoy gruñendo —masculló Leorio, aunque sus dientes estaban apretados—. Solo estoy... alerta. Ese tipo juega con las palabras como si fueran piezas de ajedrez, Kurapika. No me gusta que estés a solas con él.

—No estaré a solas. Estás aquí, ¿no? —Kurapika se detuvo frente a una mesa apartada en el fondo, cerca de los ventanales que daban a los jardines traseros.

Allí estaba él. Chrollo Lucilfer no parecía un acosador ni un villano; parecía un erudito absorto en su pasión. Tenía varios libros abiertos y un cuaderno donde anotaba con una caligrafía impecable. Al notar la presencia de ambos, levantó la vista y cerró su pluma estilográfica con un clic seco que resonó en el silencio.

—Puntuales como siempre, Kurapika —dijo Chrollo, dedicándole una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Y veo que has traído a tu... guardaespaldas.

Leorio no esperó a que lo invitaran. Apartó una silla con un chirrido deliberadamente molesto y se sentó, cruzando los brazos sobre el pecho.

—Se llama cortesía, Lucilfer. Algo que parece que te falta cuando envías mensajes crípticos a mitad de la noche —soltó Leorio, clavando su mirada en el alfa dominante.

Chrollo no se inmutó. Su atención regresó a Kurapika, quien se sentó frente a él con una calma gélida, aunque por dentro sentía un ligero mareo que empezaba a subir por su garganta.

—Kurapika, siempre te he admirado por tu pureza —comenzó Chrollo, ignorando a Leorio por completo—. En esta universidad llena de mentes mediocres, tú eres un diamante. Pero los diamantes tienen una estructura molecular rígida. Si se contaminan con elementos externos, cambian. Tu aroma ha cambiado. Tu forma de caminar ha cambiado. Y la frecuencia con la que este alfa de medicina te ronda es... estadísticamente imposible de ignorar.

—Ve al grano, Chrollo —intervino Kurapika, su voz cortando el aire como una hoja de afeitar—. No me interesan tus analogías químicas. Dijiste que teníamos que hablar de mi "situación". Aquí estoy. Habla.

Chrollo se inclinó hacia adelante, entrelazando sus dedos sobre la mesa.

—Estás esperando un hijo. Un hijo de un alfa que, a juzgar por su comportamiento, ni siquiera está a tu altura intelectual. Es una tragedia, Kurapika. Un desperdicio de potencial genético y académico.

Leorio saltó de su asiento, golpeando la mesa con la palma de la mano. El estruendo hizo que varios estudiantes en las mesas cercanas se sobresaltaran.

—¡Escúchame bien, maldito engreído! —rugió Leorio, su voz vibrando con una autoridad que rara vez usaba—. Puedes medir el mundo con tus libros y tus ecuaciones, pero no tienes ni la más mínima idea de lo que pasa en esta vida. Kurapika no es un "potencial genético", es una persona. Y lo que nosotros tengamos o dejemos de tener no es algo en lo que puedas meter tus narices de aristócrata.

—Leorio, siéntate —ordenó Kurapika, aunque su propia mirada hacia Chrollo era de un desprecio absoluto.

—¿Por qué ocultarlo? —continuó Chrollo, imperturbable—. Si la facultad se entera, tu beca de excelencia peligraría. Un omega encinta no proyecta la imagen de dedicación absoluta que exige el departamento de física. Yo podría ayudarte, Kurapika. Tengo contactos en el consejo. Podría asegurar tu futuro... si admites que cometiste un error y dejas que alguien con verdadera influencia se encargue de ti.

Kurapika sintió una oleada de náuseas, pero esta vez no eran por el embarazo. Era asco puro. Se puso de pie lentamente, apoyando las manos en la mesa para mantener el equilibrio. Sus ojos avellana brillaron con una intensidad peligrosa, casi tornándose de un rojo profundo por la rabia contenida.

—¿Encargarte de mí? —Kurapika soltó una risa seca, carente de alegría—. Chrollo, tu arrogancia es tu mayor ceguera. Crees que porque puedes leer a las personas, puedes poseerlas. Me ofreces protección a cambio de mi autonomía, como si fuera un objeto que necesita ser reparado.

—Es pragmatismo —respondió Chrollo.

—Es insultante —sentenció Kurapika—. Leorio podrá ser ruidoso, podrá ser impulsivo y, a veces, un completo idiota —Leorio puso una mueca de ofensa, pero no lo interrumpió—, pero él me ve. Me vio cuando estaba en mi peor momento y no me pidió nada a cambio. No me ofreció un "trato" basado en mi utilidad. Me ofreció su apoyo cuando no tenía por qué hacerlo.

Leorio sintió que el corazón le daba un vuelco. Era la primera vez que Kurapika lo defendía de esa manera, reconociendo el valor de su presencia.

—Así que —continuó Kurapika, enderezando la espalda—, si planeas usar esta información para chantajearme o para "ayudarme", ahórrate el esfuerzo. No te tengo miedo. Y si intentas destruir mi carrera, te aseguro que me llevaré la tuya por delante. Tengo suficientes pruebas de tus "colaboraciones" poco éticas en los exámenes de ingreso como para que el decano se interese.

Chrollo guardó silencio por un momento, evaluando la situación. Sabía que Kurapika no mentía; el rubio era calculador y nunca lanzaba una amenaza sin tener las armas para respaldarla. Finalmente, cerró sus libros y se puso de pie, manteniendo su máscara de serenidad.

—Es una lástima. Realmente pensé que eras más inteligente que esto, Kurapika. El sentimentalismo es una debilidad que los omegas dominantes no deberían permitirse.

—Y la soberbia es una debilidad que los alfas como tú siempre lamentan —replicó Leorio, poniéndose al lado de Kurapika y pasando un brazo protector, aunque sin tocarlo, por detrás de su espalda.

Chrollo se alejó sin decir una palabra más, desapareciendo entre las estanterías como un fantasma de tinta y papel. Solo cuando estuvieron seguros de que se había ido, Kurapika se dejó caer en la silla, exhalando un aire que parecía haber estado reteniendo durante horas. Sus manos temblaban ligeramente.

—Lo logramos —susurró Leorio, agachándose para quedar a su altura—. Lo mandamos a la mierda, Kurapika.

—Por ahora —respondió el rubio, cerrando los ojos—. Pero Chrollo no olvida. Esto solo ha sido una batalla. Él esperará a que cometamos un error.

—Entonces no lo cometeremos —dijo Leorio con firmeza, tomando una de las manos frías de Kurapika entre las suyas—. Escucha, sé que no soy el alfa más brillante del mundo, y sé que esto empezó de la peor manera posible... con ese malentendido del dinero y mi huida repentina. Pero no voy a dejar que nadie te humille. Ni él, ni la universidad, ni nadie.

Kurapika abrió los ojos y miró a Leorio. Por primera vez, no vio al estudiante de medicina descuidado que siempre llegaba tarde, sino al hombre que lo había rescatado de un callejón y que, a pesar de sus propios miedos, se mantenía como un pilar inamovible a su lado.

—Leorio —murmuró Kurapika—, gracias. Por estar aquí.

—Siempre —respondió el alfa, dándole un apretón suave en la mano—. Ahora, vámonos de aquí. Este lugar me da escalofríos y creo que el pequeño necesita que comas algo que no sea té y galletas de avena.

Al salir de la biblioteca, el sol de la tarde los recibió con un calor reconfortante. Caminaron por el campus, y aunque algunos estudiantes aún los miraban con curiosidad —el popular Kurapika Kurta caminando junto al ruidoso Leorio Paradinight era una imagen extraña—, a ninguno de los dos pareció importarle.

Sin embargo, la convivencia no tardaría en traer nuevos desafíos. Al llegar al apartamento, el agotamiento físico de Kurapika se hizo evidente. Se desplomó en el sofá, frotándose las sienes.

—¿Te duele algo? —preguntó Leorio, dejando las llaves en la mesa.

—Solo es... cansancio acumulado. Y el aroma de Chrollo todavía está pegado a mi ropa. Es asqueroso.

—Toma una ducha caliente. Yo prepararé la cena. ¿Qué te parece una sopa de miso? Es buena para el estómago.

Kurapika asintió y se retiró a su habitación. Leorio se quedó en la cocina, pero mientras cortaba los ingredientes, su mente volvió a las palabras de Chrollo. "Un desperdicio de potencial genético". La inseguridad, ese viejo enemigo que Leorio siempre intentaba ocultar con bromas y galantería, volvió a asomar la cabeza. ¿Realmente era suficiente para alguien como Kurapika? Él apenas llegaba a fin de mes, sus notas eran aceptables pero no brillantes, y su futuro como médico aún era una montaña empinada por escalar.

Cuando Kurapika salió de la ducha, vestido con ropa cómoda y el cabello húmedo, encontró a Leorio mirando fijamente la olla de sopa, perdido en sus pensamientos.

—¿En qué piensas? —preguntó Kurapika, sentándose en la barra de la cocina.

—En que ese tipo tenía razón en algo —admitió Leorio sin mirarlo—. Eres brillante, Kurapika. Tienes un futuro increíble por delante. Y a veces me pregunto si estar atado a mí, por un accidente de una noche, no es... una carga que no mereces.

Kurapika guardó silencio durante un largo minuto. Se levantó y caminó hacia Leorio, deteniéndose justo a su lado. El aroma a jabón y la frescura del omega calmaron instantáneamente la ansiedad del alfa.

—No vuelvas a decir eso —dijo Kurapika con una voz suave pero cargada de una extraña ternura—. Esa noche no fue un accidente, Leorio. Fue una elección, aunque estuviéramos bajo la influencia de las feromonas. Y lo que estamos haciendo ahora... cuidar de este niño, enfrentarnos a personas como Chrollo... eso también es una elección.

Leorio lo miró, sorprendido por la sinceridad en sus palabras.

—No soy una carga —continuó Kurapika, desviando la mirada con un ligero rubor en las mejillas—. Y tú no eres un lastre. Eres... la única persona que me hace sentir que no tengo que ser perfecto todo el tiempo. Con Chrollo, con los profesores, con mis compañeros, siempre tengo que ser el mejor. Pero aquí...

—Aquí solo eres Kurapika —completó Leorio con una sonrisa.

—Exacto.

Esa noche, la cena transcurrió entre risas ligeras y planes para el próximo control médico. Por primera vez, el ambiente no estaba cargado de secretos o reproches, sino de una complicidad naciente. Sin embargo, el drama no tardaría en golpear de nuevo, esta vez desde un flanco que Leorio no esperaba.

Al día siguiente, mientras Leorio estaba en una práctica de pediatría, recibió una llamada de un número conocido. Era Melody, una de las pocas amigas reales de Kurapika en la facultad de música, una omega beta con un oído absoluto para las emociones.

—¿Leorio? Tienes que venir a la facultad de física —dijo Melody, su voz sonando preocupada—. Kurapika se desmayó en medio de una conferencia. No deja que nadie lo toque, pero está pálido como la cera y no para de repetir tu nombre.

Leorio no terminó de escuchar. Salió corriendo del hospital universitario, ignorando los gritos de su supervisor. Su corazón martilleaba contra sus costillas. "Por favor, que esté bien, que el bebé esté bien", repetía como un mantra.

Cuando llegó, encontró a Kurapika en una sala de descanso, rodeado de un par de profesores preocupados. Kurapika estaba sentado en un diván, con la respiración entrecortada y los ojos vidriosos. En cuanto vio aparecer a Leorio por la puerta, su expresión de pánico se transformó en una de alivio absoluto.

—¡Leorio! —exclamó, intentando levantarse, pero fallando por la debilidad.

Leorio llegó a su lado en dos zancadas, apartando a los profesores con un gesto autoritario. Se arrodilló frente a él, tomándole el pulso y revisando sus pupilas con la eficiencia de un médico, pero con la desesperación de un compañero.

—Estoy aquí, estoy aquí. Respira, Kurapika. ¿Qué pasó?

—Fue... un mareo fuerte. La presión... —susurró el rubio, aferrándose a la chaqueta de Leorio.

Uno de los profesores, un hombre mayor con gafas, se aclaró la garganta.

—Señor Paradinight, el joven Kurta insiste en que usted es su contacto de emergencia. Estábamos a punto de llamar a una ambulancia, pero él se negó rotundamente.

—Yo me encargo —dijo Leorio, mirando al profesor con una intensidad que no admitía réplicas—. Soy estudiante de medicina de último año y conozco su historial. Solo necesita descansar.

Leorio ayudó a Kurapika a ponerse de pie, pasando el brazo del omega por encima de sus hombros. Mientras salían del edificio, Leorio notó que Chrollo Lucilfer estaba observando desde la distancia, con una expresión ilegible. El desmayo de Kurapika en público era la grieta que Chrollo estaba esperando.

Una vez en el taxi, Kurapika se apoyó pesadamente contra Leorio.

—Lo siento —murmuró—. Fui descuidado. No desayuné bien y el estrés de ayer...

—No te disculpes —dijo Leorio, besando suavemente la coronilla del rubio, un gesto espontáneo que hizo que ambos se tensaran por un segundo antes de relajarse—. Vamos a casa. Necesitas reposo absoluto. Y mañana, no vas a ir a clase.

—Tengo un examen de...

—Me importa un bledo el examen —lo cortó Leorio—. Tu salud y la del pequeño son lo primero. Si tengo que encadenarte a la cama para que descanses, lo haré.

Kurapika soltó una pequeña risa débil.

—Eres tan exagerado, Leorio.

—Y tú eres tan terco. Hacemos una pareja perfecta, ¿no crees?

Kurapika no respondió, pero entrelazó sus dedos con los de Leorio, apretándolos con fuerza. El camino que tenían por delante estaba lleno de sombras, de celos y de una verdad que cada vez era más difícil de ocultar, pero en ese taxi, en medio del tráfico de la ciudad, Kurapika se sintió a salvo.

Sabía que Chrollo no se detendría, y que los rumores en la facultad empezarían a arder como la pólvora tras su desmayo. Pero también sabía que, por primera vez en su vida, no tenía que cargar con el peso de su corona de cristal solo. El alfa ruidoso y de gran corazón que tenía al lado estaba listo para sostenerla por él, o mejor aún, para ayudarlo a romperla y construir algo mucho más real.

—Leorio —dijo Kurapika antes de llegar al apartamento.

—¿Dime?

—Esa noche... en el hotel... a pesar de todo, fuiste muy gentil. Gracias por eso también.

Leorio sintió que se le hacía un nudo en la garganta. Solo pudo asentir, prometiéndose a sí mismo que, pasara lo que pasara, nunca dejaría que Kurapika volviera a sentirse solo o desechado. La historia que había empezado con una nota perdida y un fajo de billetes malinterpretado estaba escribiendo un nuevo capítulo, uno donde el amor empezaba a ganar la batalla al orgullo.