Amor de universidad
Susurros en los Pasillos y Marcas en la Piel
El frío de la noche en Busán parecía haberse evaporado en el instante en que los labios de Jungkook y Jimin se encontraron. El césped húmedo bajo sus cuerpos ya no importaba; solo existía el calor frenético de ese contacto. Jungkook, que siempre se había enorgullecido de su autocontrol, sentía cómo sus barreras se desmoronaban pieza por pieza. Jimin no besaba de forma pasiva; era un reclamo, una lucha por el dominio que le devolvía cada gramo de intensidad.
Cuando finalmente se separaron para tomar aire, sus frentes permanecieron unidas. La respiración de Jimin era errática, y sus ojos azules, generalmente afilados como cuchillas, estaban nublados por un deseo líquido.
—Te lo advertí, Jeon —susurró Jimin, su voz apenas un hilo ronco que vibró contra los labios del pelinegro—. Si me pruebas, no vas a querer a nadie más. Soy una adicción muy cara.
Jungkook soltó una risa baja, cargada de una confianza que solo Jimin lograba despertar en él. Sus manos, grandes y firmes, bajaron desde el césped hasta la cintura del rubio, apretando con una posesividad que hizo que Jimin soltara un suspiro entrecortado.
—No te preocupes por el precio —respondió Jungkook, volviendo a besar la comisura de sus labios—. Puedo pagarlo.
Sin embargo, la burbuja se rompió cuando las luces automáticas de seguridad del estadio se encendieron con un zumbido metálico. Ambos se tensaron. Jungkook ayudó a Jimin a levantarse, sacudiendo el pasto de su sudadera con una delicadeza que contrastaba con la fuerza de hace unos momentos.
—Mañana todo el mundo va a estar hablando, ¿lo sabes? —dijo Jimin, recuperando su máscara de indiferencia mientras se acomodaba el cabello rubio—. Los rumores en esta universidad corren más rápido que tú en el campo.
—Que hablen —sentenció Jungkook, tomando su balón—. No me importa lo que digan en los pasillos, siempre y cuando tú y yo sepamos qué pasó aquí.
Jimin lo miró de reojo, una sonrisa ladina apareciendo en su rostro.
—Oh, Jungkook... eres tan noble que casi me das ternura. Pero recuerda: yo no soy de los que se esconden. Si alguien intenta marcar territorio donde no le corresponde, habrá problemas.
***
A la mañana siguiente, la cafetería de la Universidad de Busán era un hervidero de chismes. La noticia de que el "Capitán de Hielo" y el "Nuevo Porrista Estrella" habían sido vistos saliendo juntos del estadio a altas horas de la noche se había extendido como pólvora.
Jungkook caminaba con su bandeja, ignorando las miradas furtivas. Se sentó en la mesa de siempre, donde Yoongi ya lo esperaba con una expresión que prometía un interrogatorio exhaustivo.
—¿Quieres explicarme por qué mi teléfono no ha dejado de sonar con fotos borrosas de ti y de mi hermano en el campo? —preguntó Yoongi, dejando su café con un golpe seco sobre la mesa.
Jungkook suspiró, frotándose la nuca.
—Solo estábamos... entrenando, Yoongi.
—No me mientas, Jeon. Conozco esa mirada. Te dije que no le pusieras un ojo encima, y ahora resulta que pasaron la noche bajo las estrellas —Yoongi entrecerró sus ojos felinos—. Jimin es mi hermano, y aunque sé que sabe defenderse solo, también sé que es un caos andante. Si le rompes el corazón, no me importará que seas mi mejor amigo.
—No tengo intención de romperle nada —respondió Jungkook con seriedad—. Pero él es... diferente a todo lo que he conocido.
En ese momento, el grupo de porristas entró en la cafetería. Jimin lideraba la marcha, moviendo las caderas con una gracia natural que hacía que todas las cabezas se giraran. A su lado, Taehyung reía ante algo que Jimin le decía al oído.
Jimin pasó por la mesa de Jungkook sin detenerse, pero sus dedos rozaron el hombro del capitán de forma casi imperceptible, dejando un rastro de fuego a su paso. Sin embargo, no todos estaban felices con la escena.
Lee Soe, sentada unas mesas más allá, apretaba su tenedor con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Ella había pasado dos años intentando que Jungkook la notara, y ahora un recién llegado de Seúl le estaba arrebatando su trofeo.
—No va a durar —susurró Soe para sus amigas—. Jungkook es un chico serio. Jimin es solo un juguete nuevo. Cuando se canse de sus berrinches, volverá a lo que conoce.
—¿Eso crees, castañita? —la voz de Taehyung apareció de la nada detrás de ella.
Taehyung tenía una sonrisa cuadrada, pero sus ojos café no mostraban ninguna calidez.
—Jimin no es el juguete de nadie —continuó Taehyung, inclinándose hacia Soe—. Y si fuera tú, cuidaría mis palabras. Jimin tiene garras, pero yo tengo una lengua muy afilada para destruir reputaciones. Deja de perseguir a Jungkook, das un poco de lástima.
Soe se puso roja de furia y vergüenza, mientras Taehyung se alejaba con elegancia para reunirse con Jimin en la fila de la comida.
***
Las clases pasaron con una lentitud agónica para Jungkook. Su mente regresaba una y otra vez al tacto de la piel de Jimin. Al salir de su última clase, se encontró con Kim Leendo bloqueando el pasillo. El chico todavía tenía una venda en la muñeca por el encuentro del día anterior.
—Oye, Jeon —dijo Leendo, tratando de sonar rudo—. ¿Es verdad lo que dicen? ¿Te estás acostando con el rubio? Ten cuidado, dicen que en Seúl tenía una reputación de... bueno, ya sabes. Que no se conforma con uno solo.
Jungkook dejó caer sus libros al suelo, el sonido resonando en el pasillo vacío. Dio un paso adelante, invadiendo el espacio de Leendo. Jungkook era más alto y mucho más robusto, y su sombra cubrió por completo al otro chico.
—Vuelve a repetir eso —dijo Jungkook, su voz baja y peligrosa—. Vuelve a decir una sola palabra sobre Jimin y te juro que ni el director podrá salvarte de lo que te voy a hacer.
Leendo tragó saliva, retrocediendo hasta chocar con los casilleros.
—Solo... solo decía lo que escuché...
—Pues deja de escuchar basura —sentenció Jungkook, recogiendo sus cosas—. Jimin es mucho más hombre de lo que tú serás en diez vidas. Lárgate.
Jungkook no sabía que, a la vuelta de la esquina, Jimin había escuchado todo. El rubio estaba apoyado contra la pared, con una pequeña sonrisa jugando en sus labios. Cuando Jungkook pasó por su lado, Jimin lo tomó de la chaqueta y lo arrastró hacia un aula vacía, cerrando la puerta con llave.
—Vaya, Capitán —ronroneó Jimin, empujando a Jungkook contra la mesa del profesor—. No sabía que tenías ese instinto protector tan desarrollado. Casi me haces mojar los pantalones con ese tono de voz.
Jungkook soltó un suspiro pesado, dejando sus libros en la mesa y rodeando la cintura de Jimin.
—No soporto que hablen de ti así. Esos idiotas no te conocen.
—Nadie me conoce realmente, Jungkook —dijo Jimin, su tono volviéndose un poco más serio—. Solo ven lo que quiero que vean. Ven al porrista guapo y con carácter, pero no ven lo que hay debajo.
—Yo quiero verlo —respondió Jungkook, enterrando su rostro en el cuello de Jimin, aspirando el aroma a vainilla y sudor limpio—. Quiero verlo todo.
Jimin soltó un gemido bajo cuando Jungkook comenzó a dejar besos húmedos en su cuello, succionando la piel delicada justo por encima de la clavícula.
—Vas a... vas a dejar una marca —jadeó Jimin, echando la cabeza hacia atrás—. Tengo práctica en diez minutos... todos lo verán.
—Eso es exactamente lo que quiero —murmuró Jungkook contra su piel—. Que todos vean que tienes dueño.
Jimin se separó bruscamente, sus ojos azules ardiendo.
—¿Dueño? —preguntó con una ceja levantada—. Te dije que no me gusta seguir órdenes, Jeon. Yo no soy de nadie.
Jungkook sonrió, sabiendo que había tocado una fibra sensible.
—Lo sé. Pero me gusta cuando te pones así.
Jimin lo miró por un momento, antes de lanzarse sobre él y besarlo con una ferocidad que casi los hace caer de la mesa. Sus manos se buscaron bajo las camisetas, la piel caliente encontrándose con la piel. Jungkook acarició los abdominales marcados de Jimin, mientras el rubio tiraba del cabello pelinegro de Jungkook con desesperación.
—Esta noche —dijo Jimin entre besos—. Mi madre salió de la ciudad para una conferencia de negocios. Yoongi se quedará en casa de un amigo... creo que es Taehyung, aunque él no lo admite.
—Estaré allí —prometió Jungkook.
***
La casa de los Park era acogedora, llena de fotos familiares que mostraban un pasado feliz. Jungkook llegó a las ocho de la noche, sintiéndose extrañamente nervioso. No era su primera vez con alguien, pero con Jimin se sentía como si fuera la primera vez que algo realmente importaba.
Jimin abrió la puerta vistiendo solo unos pantalones de seda negra y una camisa blanca de botones desabrochada hasta la mitad. Se veía etéreo, casi irreal bajo la luz tenue del recibidor.
—Llegas tarde, Capitán —dijo Jimin, aunque su sonrisa decía que no le importaba—. Tres minutos tarde. Tendré que cobrarte intereses.
Jungkook entró y cerró la puerta, sin quitarle los ojos de encima.
—¿Qué tipo de intereses?
Jimin no respondió con palabras. Tomó a Jungkook de la mano y lo guio escaleras arriba hasta su habitación. El cuarto de Jimin era tal como él: ordenado pero con un toque de rebeldía, con pósteres de danza contemporánea y una luz de neón azul que bañaba todo de un tono místico.
En cuanto la puerta se cerró, la ropa comenzó a estorbar. Jungkook se deshizo de su chaqueta y su camiseta en un movimiento fluido, revelando su torso musculoso y los tatuajes que comenzaban en su brazo y se perdían bajo su hombro. Jimin pasó sus dedos por la tinta, maravillado.
—Eres una obra de arte, Jeon —susurró Jimin.
—Tú eres la perfección, Park.
Jungkook levantó a Jimin con facilidad, haciendo que el rubio enredara sus piernas alrededor de su cintura. Lo depositó con cuidado sobre la cama, posicionándose entre sus muslos. El contacto de sus cuerpos era eléctrico. Cada caricia, cada roce de labios, era una declaración de guerra y de paz al mismo tiempo.
Jimin guio las manos de Jungkook por su cuerpo, mostrándole lo que le gustaba, mientras Jungkook exploraba cada rincón de la piel de porcelana del rubio. Cuando finalmente se unieron, el mundo exterior dejó de existir. No había rumores, no había soccer, no había expectativas familiares. Solo estaban ellos dos, buscando el ritmo del otro en una danza mucho más íntima que cualquier coreografía.
—Jungkook... —gemía Jimin, con las uñas clavadas en los hombros del pelinegro—. Jungkook, no te detengas...
El sudor brillaba en sus cuerpos bajo la luz azul. Jungkook se sentía completo, como si hubiera estado buscando esa conexión toda su vida sin saberlo. Jimin, por su parte, se entregaba con una vulnerabilidad que nunca mostraba a nadie más, dejando que Jungkook viera al chico dulce que se escondía tras la fachada de acero.
Después, mientras descansaban entrelazados bajo las sábanas, el silencio era cómodo. Jungkook acariciaba el cabello rubio de Jimin, quien tenía la cabeza apoyada en su pecho.
—Mañana Soe va a tener un ataque cuando vea las marcas en mi cuello —comentó Jimin con voz perezosa.
—Que lo tenga —dijo Jungkook, besando la coronilla de su cabeza—. No me importa nadie más que tú.
—¿Incluso si Yoongi intenta matarte? —rio Jimin.
—Incluso entonces.
***
El viernes llegó con la expectativa de la gran presentación de bienvenida. El estadio estaba lleno. El equipo de soccer estaba en la banda, esperando su turno para entrar al campo. Jungkook, con su uniforme impecable, buscaba a Jimin entre el grupo de porristas.
La música comenzó a sonar, una mezcla potente de hip-hop y pop. Los porristas saltaron al campo, pero todas las miradas se centraron en el centro de la formación. Jimin se movía con una energía arrolladora. En un momento de la rutina, realizó una serie de acrobacias que terminaron en una pirámide humana. Él estaba en la cima, brillando bajo los reflectores.
Al bajar, Jimin lanzó un beso hacia la zona donde estaba el equipo de soccer. No fue un gesto general; sus ojos estaban fijos en Jungkook.
—¡Vaya descarado! —exclamó uno de los compañeros de Jungkook—. Ese chico nuevo sí que sabe cómo marcar territorio.
Jungkook solo sonrió, sintiendo un orgullo que le llenaba el pecho. Sin embargo, la tensión aumentó cuando, al terminar la rutina, Lee Soe se acercó a Jimin mientras el equipo de soccer entraba al campo.
—Crees que ganaste, ¿verdad? —le siseó Soe a Jimin para que solo él escuchara—. Pero Jungkook se aburrirá de ti. Siempre lo hace. No eres especial.
Jimin se detuvo, mirando a Soe con una calma aterradora. Se acercó a ella, ajustando el lazo de su uniforme.
—Escúchame bien, Soe —dijo Jimin, su voz fría como el hielo—. No me importa lo que pienses de mí. Pero si vuelves a mencionar el nombre de Jungkook con esa boca llena de veneno, me encargaré de que tu lugar en este equipo sea solo un recuerdo. Él es mío. Y yo no comparto mis juguetes, y mucho menos mis tesoros.
Jimin pasó por su lado, chocando su hombro con el de ella deliberadamente. Se dirigió hacia Jungkook, quien lo esperaba cerca de la línea de banda. Frente a toda la universidad, ante los ojos de sus padres que estaban en las gradas, y ante la mirada atónita de Yoongi, Jimin tomó a Jungkook por el cuello de su camiseta de soccer y lo atrajo para un beso corto pero posesivo.
—Gana este partido, Capitán —dijo Jimin al separarse, con un guiño—. Tengo una recompensa especial esperándote.
Jungkook sintió que podía comerse el mundo. Entró al campo con una determinación feroz. El partido fue una masacre; Jungkook anotó tres goles y Yoongi no dejó pasar ni un solo balón. La sinergia entre el capitán y el portero era imbatible, impulsada por la extraña pero poderosa dinámica que ahora los unía a través de Jimin.
Al final del encuentro, mientras los estudiantes celebraban en la pista, Jungkook buscó a su familia. Namjoon y Seokjin bajaron a la cancha con Soobin, quien corrió a abrazar a su hermano.
—¡Ganaste, Kookie! —gritó el pequeño.
—Buen trabajo, hijo —dijo Namjoon, dándole una palmada en el hombro—. Aunque creo que el beso de antes del partido tuvo algo que ver con tu energía.
Seokjin rió, abrazando a su esposo.
—Déjalo, Namjoon. Jimin es un chico encantador, aunque un poco intenso. Me recuerda a alguien que conozco... —dijo mirando a su esposo con picardía.
Shin-hye también se acercó, junto a Jimin y Yoongi. La madre de los Park miraba a su hijo menor con una mezcla de sorpresa y aceptación.
—Parece que los rumores eran ciertos —dijo Shin-hye, abrazando a Jimin—. Has causado un terremoto en esta universidad en menos de una semana.
—Solo estoy reclamando lo que me pertenece, mamá —respondió Jimin, mirando a Jungkook con una intensidad que prometía una noche larga.
Yoongi suspiró, cruzándose de brazos mientras Taehyung se acercaba tímidamente a su lado.
—Supongo que tendré que acostumbrarme a ver tu cara de idiota todas las mañanas en el desayuno, Jungkook —gruñó Yoongi, aunque había una chispa de alivio en sus ojos al ver a su hermano tan feliz.
—Te acostumbrarás —dijo Jungkook, tomando la mano de Jimin y entrelazando sus dedos—. Porque esto no es solo un romance de intercambio. Esto es para siempre.
Jimin apretó su mano, recostando su cabeza en el hombro musculoso de Jungkook. Los rumores seguirían, los celos de Soe no desaparecerían de la noche a la mañana, y Leendo probablemente seguiría siendo un idiota, pero nada de eso importaba. En el corazón de Busán, entre goles y pompones, Jungkook y Jimin habían encontrado algo que nadie podría quitarles.
Porque cuando el amor adolescente se mezcla con la pasión y el carácter, no hay defensa que pueda detener el gol más importante de sus vidas.