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Amor desesperado

Jaula de Terciopelo y Cuero

El rugido del motor de la motocicleta de Pablo era lo único que llenaba los oídos de Nicolás mientras cruzaban las calles de la ciudad. El viento golpeaba su rostro, despeinando aún más sus rizos negros y obligándolo a cerrar sus ojos verdes con fuerza. Sus brazos rodeaban la cintura de Pablo con una desesperación silenciosa, aferrándose a la chaqueta de cuero negro como si fuera su único ancla en un mundo que se movía demasiado rápido. Podía sentir la firmeza de los músculos de Pablo y el calor que emanaba de su espalda, una calidez que le resultaba tan aterradora como reconfortante.

Para Nicolás, la velocidad siempre había sido sinónimo de peligro, pero con Pablo, el peligro se sentía como una elección. Cuando finalmente la moto se detuvo frente a una casa de diseño moderno, rodeada por un muro alto y portones de hierro, el chico tímido soltó un suspiro de alivio que se perdió en el aire.

Pablo bajó de la moto con una agilidad felina y, sin esperar a que Nicolás se quitara el casco, lo tomó por la cintura para ayudarlo a descender. Sus manos grandes y fuertes permanecieron allí un segundo más de lo necesario, marcando su territorio incluso en la soledad de su propia entrada.

—Ya estamos en casa, Nico —dijo Pablo, su voz recuperando ese tono posesivo que hacía que las piernas de Nicolás flaquearan—. Aquí nadie va a molestarte. Nadie va a mirarte.

Nicolás se quitó el casco con torpeza, dejando que sus rizos saltaran libres. Miró la imponente construcción y luego a Pablo.

—¿Tus padres no están? —preguntó en un susurro, sintiéndose pequeño bajo la sombra del rubio.

—Nunca están —respondió Pablo con una frialdad que cortaba el aire—. Y aunque estuvieran, este es mi espacio. Tú eres mi invitado, y lo que yo diga es ley aquí.

Pablo tomó la mano de Nicolás, entrelazando sus dedos con una fuerza que no admitía réplica, y lo guio hacia el interior. La casa era minimalista, decorada casi por completo en tonos oscuros, grises y negros, reflejando perfectamente la personalidad de su dueño. Al entrar en el salón principal, Pablo no se detuvo; llevó a Nicolás directamente hacia su habitación en la planta superior.

Al cruzar el umbral del cuarto de Pablo, Nicolás sintió que entraba en el santuario personal del depredador. Había un olor intenso a madera, tabaco y ese perfume caro que siempre acompañaba al rubio. La habitación era amplia, con una cama de sábanas negras y grandes ventanales que daban al jardín trasero, aunque las cortinas estaban parcialmente cerradas, creando una atmósfera de penumbra constante.

—Siéntate —ordenó Pablo, señalando la cama.

Nicolás obedeció de inmediato, hundiéndose en el colchón suave. Se sentía fuera de lugar con su uniforme escolar algo arrugado y su expresión de ciervo asustado. Pablo, por el contrario, se quitó la chaqueta de cuero, revelando una camiseta negra ajustada que acentuaba su físico imponente. Se acercó a un pequeño mueble y sacó una botella de agua, entregándosela a Nicolás.

—Bébete esto. Estás temblando —comentó Pablo, sentándose a su lado. No dejó espacio entre ellos; sus muslos se tocaban, y Nicolás podía sentir la intensidad de la mirada azul de Pablo fija en su perfil.

—Es solo que... nunca me había saltado las clases —admitió Nicolás tras dar un sorbo corto—. Tengo miedo de que llamen a mi madre.

Pablo soltó una risa seca y se inclinó hacia él, atrapando un rizo negro entre sus dedos y tirando suavemente de él.

—Nadie va a llamar a nadie, Nico. Yo me encargué de eso. Tengo mis métodos para que los profesores miren hacia otro lado. Lo que debería preocuparte no es el colegio, sino por qué sigues pensando en otras cosas cuando estás conmigo.

Nicolás bajó la vista, sus mejillas tiñéndose de un rosa intenso.

—Lo siento, Pablo.

—Mírame cuando te hablo —exigió Pablo, usando su otra mano para levantar el mentón de Nicolás con firmeza—. Te lo dije en el instituto y te lo repito ahora: no soporto que me ignores. Soy lo único que debería importar en este momento. ¿Entiendes?

—Sí... lo entiendo —susurró Nicolás, hipnotizado por el brillo posesivo en los ojos del rubio.

Pablo suavizó el agarre en su mentón, pero sus dedos empezaron a acariciar el labio inferior de Nicolás con una lentitud tortuosa.

—Eres tan frágil, Nico. A veces me da la impresión de que si te aprieto demasiado, podrías romperte. Pero luego recuerdo cómo me miras, cómo me buscas cuando tienes miedo, y sé que eres mío por elección propia.

—Tengo miedo de muchas cosas —confesó Nicolás en un arrebato de honestidad, su voz apenas un hilo—, pero cuando estoy contigo... el miedo es diferente. Es como si el resto del mundo dejara de existir y solo importara lo que tú quieres de mí.

—Eso es porque eres mi propiedad, y mi deber es que el mundo exterior deje de ser una amenaza para ti —dijo Pablo, su voz volviéndose más profunda y oscura—. Pero a cambio, tienes que ser completamente transparente conmigo. No quiero secretos. No quiero que pienses en Mateo, ni en ningún otro idiota que intente dirigirte la palabra.

Nicolás asintió frenéticamente. El recuerdo de la escena en clase todavía lo ponía nervioso.

—No me importa Mateo, Pablo. De verdad. No quería hablar con él.

—Lo sé —gruñó Pablo, acercando su rostro al de Nicolás hasta que sus narices se rozaron—. Pero el hecho de que él creyera que tenía derecho a hablarte me enfurece. Me dan ganas de marcarte de una forma que nadie más se atreva a ponerte un ojo encima.

El corazón de Nicolás dio un vuelco. La posesividad de Pablo era abrumadora, una red de seda y acero que lo envolvía cada vez más. Sin embargo, en lugar de querer huir, Nicolás sintió una extraña urgencia de consolar al rubio, de demostrarle que no tenía por qué dudar.

—Ya me marcaste, Pablo —dijo Nicolás con una valentía inusual, señalando su propio pecho, donde su corazón latía por él—. Nadie más entra aquí.

Pablo guardó silencio por un momento, su expresión oscilando entre la sorpresa y una devoción casi violenta. Sin previo aviso, empujó a Nicolás contra las almohadas, posicionándose sobre él sin llegar a dejar caer todo su peso. Nicolás jadeó, sus manos buscando apoyo en los hombros de Pablo.

—Dilo otra vez —ordenó Pablo, sus ojos azules ardiendo con una intensidad que hizo que Nicolás se estremeciera.

—Soy tuyo —repitió Nicolás, con la voz temblorosa pero firme en su convicción—. Solo tuyo.

Pablo soltó un suspiro pesado, casi como un gruñido de satisfacción, y enterró su rostro en el hueco del cuello de Nicolás. Sus labios rozaron la piel sensible, dejando besos ardientes que marcaban un camino de fuego desde su oreja hasta la clavícula. Nicolás arqueó la espalda, cerrando los ojos y enredando sus dedos en el cabello rubio de Pablo.

—Nico... si alguna vez intentas dejarme, no sé de qué sería capaz —susurró Pablo contra su piel, sus manos bajando por los costados de Nicolás para apretar su cintura con fuerza—. Te buscaría en el fin del mundo. Te encerraría si fuera necesario para que nadie más te viera.

—No voy a dejarte —respondió Nicolás, sintiendo una mezcla de terror y éxtasis ante la confesión—. No sabría cómo vivir sin esta... sin esta sombra tuya que me cubre.

Pablo se separó lo suficiente para volver a mirarlo. Su rostro, usualmente una máscara de frialdad y control, mostraba grietas de una necesidad desesperada.

—Eres mi obsesión, pequeño. Mi única debilidad. Y odio tener debilidades, pero contigo es diferente. Contigo siento que tengo algo que vale la pena proteger de toda la basura que hay ahí fuera.

Pablo volvió a besarlo, pero esta vez no fue un beso de reclamo territorial, sino uno cargado de una urgencia hambrienta. Nicolás respondió con todo lo que tenía, abriéndose a él, permitiendo que Pablo tomara el control total de la situación. En ese momento, en la penumbra de la habitación, las reglas del instituto, las clases de historia y las miradas de los compañeros no eran más que recuerdos borrosos.

Minutos después, quedaron tendidos en el silencio de la habitación, con Nicolás acurrucado contra el pecho de Pablo y el brazo del rubio rodeándolo de forma protectora. El silencio era absoluto, roto solo por la respiración acompasada de ambos.

—¿Te quedarás a dormir? —preguntó Pablo, su tono volviendo a ser el de una orden disfrazada de pregunta.

—Mis padres... se preocuparán —intentó decir Nicolás, aunque sabía que era una batalla perdida.

—Les enviaré un mensaje desde tu teléfono diciendo que te quedarás a estudiar en casa de un amigo —decidió Pablo, extendiendo la mano para tomar el celular de Nicolás que estaba sobre la mesa de noche—. No acepto un no por respuesta. Hoy te quedas conmigo. Mañana iremos juntos al colegio y nadie se atreverá a preguntarte dónde estuviste.

Nicolás suspiró, dejándose llevar por la corriente. Sabía que Pablo estaba tejiendo una jaula a su alrededor, una jaula de oro y terciopelo, pero se sentía tan seguro dentro de ella que no encontraba razones para querer salir.

—Está bien, Pablo. Me quedaré.

Pablo sonrió de esa manera depredadora que tanto fascinaba a Nicolás y le dio un pequeño beso en la frente.

—Buen chico.

Mientras la tarde caía y las sombras se alargaban en la habitación, Nicolás se dio cuenta de que su vida ya no le pertenecía. Había sido reclamada por el chico de negro, por el rubio de ojos fríos que solo se calentaban cuando lo miraban a él. Y aunque sabía que los celos de Pablo solo crecerían, que su control se volvería más asfixiante con el tiempo, Nicolás se acurrucó más cerca de su corazón.

—Pablo —susurró Nicolás cuando el sueño empezaba a vencerlo.

—Dime.

—Gracias por... por elegirme.

Pablo apretó el agarre, su mandíbula tensándose por un momento antes de relajarse.

—No tuve elección, Nico. Desde el primer día que te vi escondido tras esos libros, supe que tenías que ser mío. Y ahora que lo eres, el mundo entero tendrá que pasar por encima de mi cadáver antes de tocarte un solo rizo.

Nicolás cerró los ojos, sintiéndose finalmente a salvo. En el retorcido universo de Pablo, él era el centro, el tesoro guardado bajo llave, la única luz en medio de la oscuridad. Y para un chico tímido e introvertido que siempre había querido ser invisible, ser el objeto de una obsesión tan absoluta era, extrañamente, lo más parecido a la libertad que jamás había conocido.

Fuera, el mundo seguía girando, pero dentro de aquellas cuatro paredes oscuras, el tiempo se había detenido. Solo existían ellos dos: el dominante y el sumiso, el dueño y su posesión, unidos por un hilo invisible de celos, deseo y una necesidad que ninguno de los dos podía, ni quería, controlar.