Amor desesperado
Marcas de Posesión y el Silencio del Alba
El despertar en la habitación de Pablo fue como emerger de un sueño profundo y denso, uno donde el aire pesaba y el tiempo no tenía significado. Nicolás abrió los ojos lentamente, encontrándose con la penumbra que aún reinaba en el cuarto. Las cortinas gruesas bloqueaban casi toda la luz del sol matutino, dejando solo un hilo dorado que cortaba el suelo de madera oscura. Lo primero que sintió fue el peso. Un brazo sólido y firme rodeaba su cintura, manteniéndolo anclado contra un cuerpo mucho más grande y cálido que el suyo.
Intentó moverse ligeramente, pero el agarre se tensó al instante, incluso antes de que Pablo abriera los ojos. Era como si su cuerpo estuviera programado para detectar cualquier intento de alejamiento, incluso en el sueño.
—¿A dónde crees que vas? —La voz de Pablo, ronca por el sueño, vibró contra la nuca de Nicolás, enviando un escalofrío por su columna.
—Solo... quería estirarme un poco —susurró Nicolás, sintiendo cómo el corazón se le aceleraba—. Buenos días, Pablo.
Pablo no respondió de inmediato. En su lugar, enterró el rostro en los rizos negros de Nicolás, inhalando profundamente. El chico sintió los labios del rubio rozar la piel de su cuello, justo encima del lugar donde anoche había dejado una marca violácea que ahora escocía ligeramente.
—Es temprano —gruñó Pablo, girando a Nicolás para que quedara frente a él—. No tienes permiso para irte a ningún lado.
Nicolás miró esos ojos azules que, a la luz tenue, parecían dos zafiros fríos. El cabello rubio de Pablo estaba revuelto, dándole un aspecto menos calculado y más salvaje, más peligroso. Nicolás se sintió pequeño, atrapado entre las sábanas de seda negra y la mirada posesiva de su dueño.
—Tenemos que ir al instituto —recordó Nicolás en un susurro, bajando la vista hacia el pecho desnudo de Pablo—. Mis padres pensarán que...
—Tus padres piensan lo que yo les dije que pensaran —interrumpió Pablo con un tono seco, levantando el mentón de Nicolás para obligarlo a sostenerle la mirada—. No te preocupes por ellos. Preocúpate por obedecer.
Pablo se incorporó, quedando sentado en la cama, y obligó a Nicolás a hacer lo mismo. Con una parsimonia que ponía nervioso al pelinegro, Pablo comenzó a trazar con la punta de sus dedos las marcas que él mismo había dejado en el cuello y los hombros de Nicolás la noche anterior. Eran como sellos de propiedad que resaltaban contra la piel pálida del chico introvertido.
—Mírate —murmuró Pablo, con una sonrisa ladeada que no llegaba a ser amable—. Estás marcado de arriba abajo. Cualquiera que te vea hoy sabrá exactamente a quién perteneces.
Nicolás se encogió de hombros, sintiendo una mezcla de vergüenza y una extraña sumisión que lo hacía querer esconderse y, al mismo tiempo, mostrar esas marcas al mundo para que nadie más se le acercara.
—¿Vas a dejar que use una bufanda? —preguntó Nicolás tímidamente—. Hace frío fuera... y no quiero que el director me diga nada.
Pablo soltó una carcajada fría, una que no contenía humor.
—¿Una bufanda? No, Nico. Quiero que todos lo vean. Quiero que ese imbécil de Mateo y cualquier otro que piense que puede respirar cerca de ti entienda que eres terreno prohibido. Si el director tiene algún problema, tendrá que hablar conmigo. Y nadie en ese colegio es tan estúpido como para enfrentarse a mí.
Nicolás tragó saliva. Sabía que no había margen para la negociación. Cuando Pablo decidía algo, el resto del mundo simplemente tenía que aceptarlo.
El proceso de prepararse fue silencioso y cargado de una tensión eléctrica. Pablo observaba cada movimiento de Nicolás mientras este se ponía el uniforme. Era una vigilancia constante, casi física, que hacía que al chico de ojos verdes le temblaran las manos al abotonarse la camisa. Cuando terminó, Pablo se acercó y, con una brusquedad que ocultaba una extraña ternura, le arregló el cuello de la camisa, asegurándose de que la marca más oscura en su cuello quedara parcialmente visible, pero lo suficientemente expuesta para ser notada.
—Perfecto —dijo Pablo, besando la frente de Nicolás—. Vamos.
El trayecto al instituto San Judas Tadeo en la motocicleta fue un borrón de velocidad y viento. Al llegar al estacionamiento, el ambiente cambió. Los estudiantes que estaban afuera se quedaron en silencio al ver llegar la moto negra de Pablo. Nicolás sintió que todas las miradas se clavaban en él mientras se quitaba el casco, intentando desesperadamente que sus rizos cubrieran su rostro.
Pero Pablo no lo permitió. En cuanto Nicolás bajó de la moto, Pablo lo tomó de la nuca y lo atrajo hacia sí, dándole un beso posesivo y lento frente a todos. Fue una declaración de guerra contra cualquiera que se atreviera a cuestionar su dominio.
—Camina —ordenó Pablo, pasando un brazo por encima de los hombros de Nicolás, apretándolo contra su costado.
Mientras atravesaban los pasillos, Nicolás mantenía la cabeza gacha, pero podía sentir los susurros a su alrededor. "Míralo", "está marcado", "¿viste cómo lo lleva Pablo?". La timidez de Nicolás estaba en su punto máximo; sentía que quería fundirse con el suelo, pero el brazo de Pablo era una cadena de hierro que lo mantenía en su lugar.
Al llegar a la clase de Matemáticas, se encontraron con Mateo en la puerta. El chico, al ver a Nicolás, intentó sonreír, pero su expresión se congeló al notar la marca en el cuello del pelinegro y, sobre todo, la mirada asesina de Pablo.
—Hola, Nico... —comenzó Mateo con voz insegura.
Pablo se detuvo en seco, haciendo que Nicolás también se detuviera. El rubio dio un paso hacia adelante, invadiendo el espacio personal de Mateo. Pablo era considerablemente más alto y su sola presencia vestida de negro parecía oscurecer el pasillo.
—¿No aprendiste ayer, Mateo? —La voz de Pablo era un susurro peligroso, el tipo de sonido que precede a un ataque—. Te dije que Nicolás está ocupado. Y hoy, está más ocupado que nunca. No lo mires. No le hables. Ni siquiera pienses en su nombre. ¿Fui lo suficientemente claro o necesito explicártelo de otra forma?
Mateo retrocedió, chocando contra los casilleros. Su rostro estaba pálido y sus manos temblaban.
—Sí... sí, Pablo. Lo siento. No quería...
—Lárgate —cortó Pablo.
Mateo salió disparado hacia el aula sin mirar atrás. Nicolás sintió una punzada de culpa, pero antes de que pudiera decir nada, Pablo lo giró para que lo mirara.
—¿Te da lástima? —preguntó Pablo, sus ojos azules entrecerrados por los celos—. ¿Acaso te gusta que te hable?
—No, no es eso —respondió Nicolás rápidamente, asustado por el cambio de humor de Pablo—. Es solo que... no quiero que te metas en problemas por mi culpa.
—Tú eres mi única prioridad, Nico. Si alguien se mete en mi camino para llegar a ti, yo lo quito. No hay problemas, solo soluciones —sentenció el rubio.
Entraron al aula y, como era de esperar, Pablo se sentó justo detrás de Nicolás, a pesar de que no era su asiento asignado. El profesor entró poco después, pero al ver la disposición de los asientos y la expresión desafiante de Pablo, decidió no decir nada. El poder de la familia de Pablo y su propia reputación eran suficientes para silenciar cualquier autoridad escolar.
Durante la clase, Nicolás intentó concentrarse en las ecuaciones, pero sentía la mano de Pablo acariciando ocasionalmente su nuca, jugando con los rizos de la base de su cabeza. Era una caricia constante que le recordaba que no era libre, que incluso en medio de una lección académica, pertenecía a alguien.
A mitad de la hora, Nicolás sintió la necesidad de ir al baño. Levantó la mano con timidez y, tras recibir el permiso del profesor, se levantó. Antes de llegar a la puerta, sintió que alguien más se levantaba detrás de él.
—Yo también voy —anunció Pablo con voz firme, sin pedir permiso, simplemente informando.
Caminaron por el pasillo vacío en silencio. Al entrar al baño, Pablo cerró la puerta principal con el pestillo, un sonido metálico que hizo que el corazón de Nicolás diera un vuelco.
—¿Pablo? Solo iba a lavarme la cara —dijo Nicolás, retrocediendo hasta chocar con los lavabos de porcelana fría.
Pablo se acercó lentamente, desabrochándose el primer botón de su camisa negra. Su mirada estaba fija en los ojos verdes de Nicolás, que brillaban con una mezcla de miedo y anticipación.
—Te vi en clase —dijo Pablo, acorralándolo contra el lavabo—. Estabas mirando por la ventana. Parecías distraído. ¿En qué pensabas? ¿En la libertad? ¿En estar lejos de mí?
—No... pensaba en lo que dijiste esta mañana —mintió Nicolás, aunque en parte era cierto—. En que soy tuyo.
Pablo sonrió, una sonrisa que esta vez tenía un tinte de triunfo absoluto. Colocó sus manos a ambos lados de la cintura de Nicolás y lo levantó, sentándolo sobre el borde del lavabo. Nicolás soltó un pequeño grito de sorpresa, agarrándose a los hombros de Pablo.
—Eso es lo que quiero oír —susurró Pablo, pegando su frente a la de él—. Pero las palabras no son suficientes para alguien como yo, Nico. Soy posesivo, soy celoso y no tengo paciencia. Necesito que me lo demuestres cada segundo del día.
—¿Cómo? —preguntó Nicolás, con la respiración entrecortada.
—No vuelvas a mirar a nadie más. No vuelvas a sonreír si no es para mí. Quiero que este instituto sea tu prisión y que yo sea tu único guardián. ¿Puedes hacer eso por mí?
Nicolás cerró los ojos, dejando que las lágrimas de frustración y deseo se acumularan en sus pestañas. Sabía que lo que Pablo pedía era una entrega total, la anulación de su propia voluntad. Pero cuando Pablo lo besó, un beso que sabía a posesión y a una protección asfixiante, Nicolás se dio cuenta de que ya no sabía cómo ser otra cosa que no fuera "el chico de Pablo".
—Sí —susurró contra sus labios—. Seré lo que tú quieras.
Pablo lo apretó más contra él, sus manos subiendo por debajo de la camisa del uniforme de Nicolás, marcando su piel con la presión de sus dedos.
—Eres mi pequeño milagro, Nico —murmuró Pablo en su oído—. Y voy a guardarte tan bien que el mundo olvidará que alguna vez exististe sin mí.
El resto de la jornada escolar fue un desfile de control. Pablo no se separó de él ni un centímetro. En el almuerzo, Nicolás no comió con sus pocos conocidos; se sentó en una mesa apartada con Pablo, quien lo alimentó casi literalmente con su mirada. Cualquiera que intentara acercarse a la mesa era repelido por el aura gélida que emanaba del rubio.
Al final del día, mientras caminaban de regreso a la motocicleta, Nicolás se sentía agotado emocionalmente, pero extrañamente completo. La introversión que siempre lo había hecho sentir solo ahora estaba llena por la presencia abrumadora de Pablo.
—¿A dónde vamos ahora? —preguntó Nicolás mientras se ponía el casco.
—A donde yo diga —respondió Pablo, subiéndose a la moto y esperando a que Nicolás se aferrara a él—. Tu vida de antes se terminó, Nico. Ahora solo existe lo que hagamos juntos.
Mientras se alejaban del instituto, dejando atrás las miradas curiosas y los susurros, Nicolás apoyó la mejilla en la espalda de Pablo. El sol se ponía en el horizonte, tiñendo el cielo de un rojo violento, casi del color de las marcas que Pablo había dejado en su piel.
Nicolás sabía que el camino que había tomado no tenía retorno. Había cambiado su soledad por una jaula, su timidez por una sombra protectora que no lo dejaba respirar. Pero mientras sentía el latido del corazón de Pablo contra su pecho, supo que no cambiaría esa posesión por nada en el mundo. Porque en los ojos fríos de Pablo, Nicolás había encontrado el único lugar donde no era invisible, donde era el centro de un universo oscuro y devoto.
—Eres mío —susurró el viento, o quizás fue la voz de Pablo en su mente.
—Soy tuyo —respondió el silencio de Nicolás, aceptando su destino con un suspiro de rendición.
La moto aceleró, perdiéndose en las sombras de la ciudad, llevando consigo al chico de los rizos negros y a su dueño rubio, unidos en un vínculo que el mundo llamaría obsesión, pero que para ellos era la única forma de amor que conocían. Un amor que no pedía permiso, que no conocía límites y que, sobre todo, no aceptaba finales.