amor en el campo
La arquitectura del egoísmo
El viaje hacia Alemania fue un borrón de nubes blancas y el zumbido constante de los motores del avión. Isagi Yoichi no podía dejar de mirar la pantalla de su dispositivo. El mensaje anónimo de Sae seguía allí, quemando como una marca de hierro al rojo vivo en su mente. "Si no puedes dominar tu propio entorno, nunca podrás dominar el mío". Esas palabras eran más que una advertencia; eran un mapa.
Al llegar a las instalaciones del Bastard München, el aire frío de Baviera golpeó su rostro, recordándole que ya no estaba en el entorno controlado de Blue Lock. Aquí, el fútbol era una industria pesada, una ciencia de eficiencia alemana donde el sentimentalismo no tenía cabida. Y en el centro de todo estaba Noel Noa, el hombre que personificaba la lógica pura.
Sin embargo, a pesar de la presencia del mejor jugador del mundo, Isagi sentía que una parte de sus pensamientos seguía anclada en aquel encuentro nocturno en la barandilla. El roce de los dedos de Sae, la intensidad de su mirada verde... era un veneno que lo impulsaba a correr más rápido, a pensar con más frialdad.
—Oye, Isagi, ¿estás en este planeta o te has quedado atrapado en tu Metavisión? —La voz de Kurona lo devolvió a la realidad. El chico de cabello rosado lo observaba con curiosidad mientras se ajustaban las botas en el vestuario.
—Estoy aquí —respondió Isagi, forzando una sonrisa—. Solo trato de asimilar el sistema de Noa. Es... diferente.
—Es racional —intervino la voz profunda de Kunigami desde el otro lado de la sala. Su transformación tras el "Wild Card" era evidente; ya no era el héroe que Isagi recordaba, sino una máquina de músculos y resentimiento—. Aquí, si no produces números, eres basura. No importa lo que pienses o lo que sientas.
Isagi asintió, pero en su interior sabía que había algo más. Sae le había dicho que el talento sin instinto era ruido. Y para sobrevivir en el Bastard München, necesitaba fusionar la lógica de Noa con el instinto depredador que Sae había despertado en él.
Las semanas de entrenamiento fueron un infierno de datos y repeticiones. Isagi luchaba por ganarse un puesto en un equipo que giraba en torno a Michael Kaiser, el "Emperador" de las categorías inferiores. Kaiser era todo lo que Sae le había advertido: alguien que sostenía la caja del rompecabezas y lo pisoteaba a su antojo.
Una noche, después de una sesión de video agotadora, Isagi regresó a su habitación compartida. Al encender la luz, encontró un paquete pequeño sobre su cama. No tenía remitente, solo un sello de una empresa de mensajería internacional con sede en Madrid.
Con manos temblorosas, abrió la caja. Dentro había una cinta de muñeca de alta resistencia, de color azul oscuro, casi negro. Debajo, una nota escrita con una caligrafía elegante y minimalista:
"Kaiser es un obstáculo mediocre. Si te detiene un payaso con tatuajes de rosas, ni siquiera te molestes en llamarme."
Isagi sintió que un escalofrío le recorría la espalda. Sae lo estaba observando. No sabía cómo, ni le importaba. El hecho de que el prodigio del Real Madrid se tomara el tiempo de enviarle aquello era una inyección de adrenalina directa al corazón. Se colocó la cinta en la muñeca derecha. Se sentía pesada, como una promesa.
—Así que... de verdad me estás esperando en la cima —susurró Isagi a la habitación vacía.
El primer partido de la Liga Neo-Egoísta contra el FC Barcha fue el escenario perfecto. Isagi sabía que Bachira estaría allí, bailando con su "monstruo", pero sus ojos buscaban algo más allá del campo. Buscaba la validación de la mirada que lo había juzgado en Japón.
Durante el encuentro, la tensión entre Kaiser e Isagi era palpable. Cada vez que Isagi intentaba orquestar una jugada, Kaiser intervenía, robándole el protagonismo, tratándolo como a un simple peón. Pero Isagi ya no era el chico que se conformaba con las sobras.
—¡Isagi! —gritó Bachira mientras regateaba a dos defensas—. ¡Estás muy serio! ¡Diviértete un poco!
—No he venido a divertirme, Bachira —respondió Isagi mientras sus ojos escaneaban el campo, activando la Metavisión a un nivel que nunca antes había alcanzado.
Vio los hilos, vio las trayectorias. Vio el ángulo muerto de Kaiser. En ese momento, recordó las palabras de Sae: "Tienes que estar dispuesto a quemarlo todo".
En una jugada relámpago, Isagi no pasó el balón a Kaiser, como dictaba la "lógica" del equipo. En su lugar, utilizó el movimiento de Kaiser como señuelo para abrir un espacio que nadie más había visto. El campo se transformó en un tablero de ajedrez donde él era la única pieza con voluntad propia.
El pase de Kurona llegó justo a su pie. Isagi sintió la resistencia del aire, el sudor en su frente y la presión de la defensa del Barcha. Pero sobre todo, sintió la cinta en su muñeca.
—Este es mi mundo —rugió Isagi mentalmente.
Aunque no marcó el gol final —el mérito se lo llevó Kunigami tras un rebote—, la jugada entera había nacido del egoísmo de Isagi. Al terminar el partido, mientras los jugadores se retiraban al túnel, Isagi sintió que su teléfono vibraba en el vestuario.
Era una videollamada. Un número internacional.
Isagi se alejó del grupo, escondiéndose en una zona de cámaras de mantenimiento. Respirando con dificultad, aceptó la llamada. La pantalla mostró el rostro de Itoshi Sae. Estaba en lo que parecía ser un gimnasio privado en España, con el cabello ligeramente húmedo por el ejercicio.
—Has estado... aceptable —dijo Sae sin preámbulos. Su voz era tan gélida y perfecta como siempre.
—¿Aceptable? —Isagi soltó una risa nerviosa, secándose el sudor con el antebrazo—. Acabo de desmantelar la lógica del mejor equipo de Alemania para crear mi propia oportunidad.
—Y aun así, no marcaste —replicó Sae, entornando los ojos—. Un delantero que no marca es solo un centrocampista con delirios de grandeza. Sin embargo... el uso que hiciste de Kaiser fue interesante. Lo trataste como a una herramienta. Eso es un avance.
Isagi se apoyó contra la pared fría, sintiendo que el agotamiento empezaba a pasarle factura.
—Me enviaste la cinta —dijo Isagi, bajando el tono de voz—. ¿Por qué, Sae? ¿Por qué te tomas tantas molestias conmigo?
Sae guardó silencio por un momento. En la pantalla, Isagi pudo ver cómo la expresión del centrocampista se suavizaba casi imperceptiblemente. Era una mirada que Sae no le daba a nadie más, ni siquiera a su hermano Rin. Era una mezcla de posesividad y una curiosidad científica casi devoradora.
—Porque estoy aburrido, Isagi Yoichi —dijo Sae finalmente—. En Europa hay muchos jugadores buenos, pero todos son predecibles. Tú... tú tienes esa chispa de locura que hace que el fútbol no sea solo un trabajo. Eres el único que hace que quiera ver qué pasará mañana.
—¿Solo por eso? —preguntó Isagi, sintiendo un calor diferente en el pecho.
—Y porque quiero ver tu cara cuando finalmente te destruya en un campo de verdad —añadió Sae con una sonrisa ladeada, una que hizo que el corazón de Isagi diera un vuelco—. No te acostumbres a mi amabilidad. Solo estoy alimentando a mi presa para que el festín sea mejor.
—No soy tu presa, Sae —replicó Isagi, recuperando su fuego—. Soy el que va a obligarte a jugar en serio.
—Ya veremos. Por cierto... —Sae se acercó más a la cámara, y por un segundo, Isagi sintió que estaban de nuevo en Blue Lock, a escasos centímetros—. Esa cinta de muñeca tiene un rastreador de rendimiento biométrico conectado a mi servidor. Cada latido de tu corazón, cada gramo de esfuerzo... lo estoy viendo todo. No puedes ocultarme nada.
Isagi se quedó sin habla. La audacia de Sae era asombrosa. No solo lo estaba animando, lo estaba monitorizando, reclamando acceso a su propia fisiología. Era una invasión de privacidad absoluta, y sin embargo, a Isagi no le importaba. Al contrario, le excitaba la idea de que Sae estuviera pendiente de cada uno de sus movimientos.
—Eres un psicópata —susurró Isagi con una sonrisa.
—Soy un profesional —corrigió Sae—. Duerme un poco, Isagi. Tus niveles de cortisol están subiendo y no quiero que tu cerebro se atrofie. Tenemos una cita en la final de la Champions en unos años. No llegues tarde.
La pantalla se apagó. Isagi se quedó mirando el reflejo negro de su dispositivo. Su respiración se había estabilizado, pero su mente era un torbellino.
Al salir del túnel, se encontró con Rin. Su antiguo rival y hermano de Sae lo esperaba con los brazos cruzados, apoyado contra una de las paredes del pasillo. Sus ojos estaban inyectados en sangre, como si hubiera estado conteniendo una furia volcánica durante todo el partido del Bastard.
—¿Con quién hablabas? —preguntó Rin, su voz era un siseo peligroso.
—Con nadie importante, Rin —mintió Isagi, intentando pasar de largo.
Rin lo agarró del brazo, justo por encima de la cinta de muñeca que Sae le había enviado. Sus ojos se fijaron en el accesorio. Rin conocía esa marca. Conocía el estilo. Su rostro se contorsionó en una mueca de puro odio.
—Esa cinta... es de él, ¿verdad? —Rin apretó el agarre hasta que Isagi hizo una mueca de dolor—. ¿Qué demonios estás tramando con mi hermano, Isagi?
—No estoy tramando nada —dijo Isagi, sosteniendo la mirada de Rin con una frialdad que sorprendió al menor de los Itoshi—. Simplemente estoy buscando el camino para ser el mejor. Si Sae decide mostrarme el mapa, no voy a rechazarlo.
—¡Él te usará y te tirará como a un juguete roto! —gritó Rin, soltándolo bruscamente—. ¡No sabes cómo es! ¡Él destruye todo lo que toca!
—Tal vez —respondió Isagi, ajustándose la cinta con calma—. Pero yo no soy como los demás, Rin. Yo no quiero que Sae me proteja o que me quiera. Quiero que me necesite. Quiero ser el único delantero en el mundo por el que él esté dispuesto a dar un pase.
Rin se quedó estupefacto. La ambición de Isagi había mutado. Ya no era solo el deseo de ganar; era algo más profundo, algo que rozaba la obsesión personal.
—Estás loco —murmuró Rin, retrocediendo un paso.
—En este lugar, todos lo estamos —sentenció Isagi antes de alejarse hacia las duchas.
Esa noche, mientras el resto del equipo celebraba la victoria en el comedor, Isagi se quedó en la terraza del complejo deportivo. Miró hacia el cielo estrellado de Alemania y luego hacia su muñeca. La pequeña luz LED de la cinta parpadeaba suavemente en color verde, indicando que la conexión estaba activa.
Sae estaba en algún lugar de España, quizás mirando una pantalla, analizando sus datos, pensando en él. Esa conexión invisible era más real que cualquier táctica de Noa o cualquier grito de Kaiser.
Isagi cerró los ojos y visualizó el campo de nuevo. Pero esta vez, no estaba solo. En su visión, Sae estaba a su lado, con esa expresión de superioridad aburrida, esperando que Isagi hiciera algo digno de su atención.
—Voy a devorar este país, Sae —prometió en voz baja—. Y luego iré a por ti. No para derrotarte, sino para que veas que el mundo que tú ves... es el mismo que yo estoy construyendo.
A miles de kilómetros de distancia, en una lujosa suite de Madrid, Itoshi Sae observaba una gráfica en su tableta. El ritmo cardíaco de Isagi Yoichi se había elevado ligeramente en el momento exacto en que él había pensado en su nombre. Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, apareció en los labios del prodigio.
—Interesante —susurró Sae, dejando la tableta sobre la mesa de noche—. Realmente eres un monstruo fascinante, Isagi. No me hagas esperar demasiado.
El juego en Europa acababa de empezar, y las piezas ya no estaban dispuestas para un simple partido de fútbol. Era una guerra de egos, una danza de sombras y luces donde Isagi Yoichi y Itoshi Sae estaban destinados a colisionar, destruyendo todo a su alrededor para crear algo nuevo, algo que solo ellos dos podrían entender.
Isagi se tocó la cinta de la muñeca una última vez antes de entrar. Sentía el pulso de Sae a través de los datos, una presencia constante que lo empujaba hacia el abismo de su propio potencial. Ya no tenía miedo de quemarse. Si el precio de estar al lado de Sae era el incendio de su propia alma, Isagi Yoichi estaba más que dispuesto a pagar el precio.
Porque en el ángulo del ojo del mundo, solo había espacio para dos. Y él se aseguraría de que nadie más pudiera entrar en ese círculo sagrado de egoísmo y genialidad.