Volver al resumen

amor en el campo

La fragilidad de una apuesta perdida

El aire de la tarde en las calles cercanas a las instalaciones de entrenamiento en Alemania era inusualmente cálido. Isagi Yoichi se miró en el espejo de cuerpo entero del vestíbulo del hotel, sintiendo una mezcla de humillación punzante y una extraña ligereza que no sabía cómo procesar.

—Te odio, Bachira. Te odio con toda mi alma —susurró Isagi, ajustándose la pretina de la prenda.

No era una broma, o al menos, para el resto del equipo de Blue Lock no lo era. Habían hecho una apuesta sobre quién lograría interceptar más pases de Kaiser durante el entrenamiento matutino. Isagi había perdido por un margen ridículo debido a una interferencia de Ness, y el castigo, ideado por la mente caótica de Bachira y secundada por la mirada burlona de Kurona, era simple: Isagi debía salir a cenar a un restaurante local usando una falda de tablas, estilo uniforme escolar, que alguien —probablemente Chigiri— había conseguido "por pura casualidad".

La falda era de un azul oscuro, casi negro, que le llegaba a la mitad del muslo. Sus piernas, atléticas y definidas por el entrenamiento inhumano de Noel Noa, quedaban expuestas de una manera que lo hacía sentir vulnerable. Se había puesto una sudadera oversize blanca para intentar compensar el volumen, pero el contraste solo acentuaba lo inusual de su apariencia.

—¡Te ves adorable, Isagi! —exclamó Bachira, apareciendo detrás de él con una cámara en la mano—. ¡Pareces un personaje de esos mangas que lee Reo cuando cree que nadie lo ve!

—No es gracioso, Bachira —replicó Isagi, el rostro encendido como una bengala—. Siento que el aire me da en lugares donde no debería. Vámonos ya, quiero terminar con esto rápido.

—Oh, no será rápido —dijo una voz gélida desde el pasillo. Rin Itoshi caminaba hacia ellos, mirándolo con un desprecio que ocultaba una turbación evidente—. Das asco, Isagi. Eres una deshonra para el fútbol.

—¡Cállate, Rin! —Isagi le devolvió la mirada—. Perdí una apuesta. Soy un hombre de palabra, a diferencia de otros.

Mientras el grupo caminaba hacia la salida, Isagi no podía dejar de tocarse la cinta de la muñeca, el regalo de Sae. El LED parpadeaba en verde rítmicamente. Sabía que, en algún lugar de Madrid, Sae estaba recibiendo sus datos biométricos. "Espero que no pueda detectar mi nivel de vergüenza a través de esto", pensó con pavor.

Lo que Isagi no sabía era que el "retraso" en los vuelos de la liga española y una reunión de emergencia de la UEFA en Múnich habían traído a cierta persona a la misma ciudad, exactamente al mismo sector.

El restaurante era un lugar elegante pero concurrido. Isagi intentaba mantener las piernas cerradas y la espalda recta, ignorando las miradas curiosas de los comensales alemanes. Kurona y Bachira pedían comida como si nada pasara, mientras Isagi solo quería que la tierra lo tragara.

—Isagi, relájate —dijo Kurona, señalando su plato—. Estás tensando los cuádriceps. Vas a romper la tela, tela.

—Es difícil relajarse cuando siento que medio Múnich me está mirando las rodillas —siseó Isagi.

De repente, el ambiente en el restaurante cambió. No fue un ruido, sino un silencio súbito, una caída de presión que Isagi reconoció de inmediato. Era la misma sensación que tenía en el campo cuando un depredador de élite entraba en su radio de visión.

La puerta del establecimiento se abrió y entró un hombre que vestía un abrigo largo de cachemira color arena, con el cabello perfectamente peinado y una expresión que dictaba que el resto de la humanidad era, en el mejor de los casos, un estorbo.

Itoshi Sae se detuvo en la entrada. Sus ojos verdes escanearon el lugar con desinterés hasta que se fijaron en la mesa del rincón.

Isagi sintió que su corazón se detenía y luego arrancaba a una velocidad que seguramente haría que la cinta de su muñeca enviara una alerta de infarto.

Sae caminó hacia ellos. No era el caminar de un turista, sino el de un verdugo. Bachira dejó de reír y Kurona se enderezó, alerta. Incluso Rin, que estaba en una mesa contigua, se puso rígido como una estatua.

Sae llegó a la mesa y no miró a nadie más que a Isagi. Sus ojos bajaron lentamente desde el rostro sudoroso del delantero hasta la falda azul que cubría sus muslos. El silencio fue sepulcral durante cinco segundos que parecieron siglos.

—Isagi Yoichi —la voz de Sae era un susurro peligroso, cargado de una irritación que rara vez mostraba—. Explícame qué demonios es esto.

—Sae... yo... fue una apuesta —balbuceó Isagi, sintiéndose como un niño pequeño atrapado haciendo una travesura—. Perdí contra Bachira y...

—Una apuesta —repitió Sae. Su mirada se desvió hacia Bachira, quien por primera vez en su vida pareció genuinamente intimidado—. Así que este es el nivel de la "esperanza" del fútbol japonés. Vestirse como una colegiala en un lugar público porque no tienen la disciplina suficiente para comportarse como profesionales.

—Oye, Itoshi Sae, no seas tan amargado —intentó decir Bachira con una sonrisa temblorosa—. Es solo diversión...

Sae no lo dejó terminar. Con un movimiento rápido, agarró a Isagi del brazo, justo por encima del codo, y lo obligó a ponerse de pie. El agarre era firme, posesivo, casi violento.

—¡Sae! ¡Suéltame, me duele! —protestó Isagi, intentando zafarse.

—Cállate —le espetó Sae. Se giró hacia el resto del grupo, su aura emanando una hostilidad tan pura que varios clientes de las mesas cercanas bajaron la cabeza—. Si vuelven a humillar el potencial de este idiota con sus juegos mediocres, me encargaré personalmente de que sus carreras terminen antes de que puedan pronunciar la palabra "selección".

—¡Espera un segundo! —Rin se puso de pie, su rostro pálido de rabia—. ¿Qué crees que haces con él? ¡Suéltalo!

Sae miró a su hermano menor como si fuera un insecto molesto en el parabrisas de un coche de lujo.

—Rin, sigues siendo un niño que no sabe distinguir entre el talento y el desperdicio. Si permites que tu rival se degrade así, no mereces ni siquiera mirarme.

Sin decir una palabra más, Sae tiró de Isagi. Lo arrastró literalmente hacia la salida. Isagi tropezaba con sus propios pies, intentando mantener la falda en su lugar mientras era conducido a través del restaurante como un prisionero de guerra.

—¡Sae, detente! ¡La gente está mirando! —gritó Isagi una vez que estuvieron en la acera.

Sae no se detuvo hasta que llegaron a un coche negro de alta gama estacionado ilegalmente en la esquina. Abrió la puerta del copiloto y empujó a Isagi dentro con una fuerza innecesaria.

—Entra y no abras la boca si no quieres que te deje tirado en la autopista —ordenó Sae, rodeando el vehículo y sentándose en el asiento del conductor.

El motor rugió y el coche salió disparado por las calles de Múnich. Isagi estaba pegado a la puerta, el corazón golpeándole las costillas con tanta fuerza que sentía náuseas. Miró de reojo a Sae; el perfil del centrocampista estaba tenso, su mandíbula apretada y sus manos sujetando el volante con una fuerza que hacía que sus nudillos se vieran blancos.

—¿A dónde vamos? —preguntó Isagi en voz baja después de diez minutos de silencio asfixiante.

—A un lugar donde no me den ganas de vomitar al verte —respondió Sae sin mirarlo—. ¿Tienes idea de lo que significa que yo te preste atención? ¿Tienes idea de lo que representa esa cinta que llevas en la muñeca?

Isagi bajó la mirada hacia la cinta azul.

—Es solo ropa, Sae. No significa que sea menos jugador.

Sae frenó de golpe en un callejón oscuro, cerca de un parque desierto. El chirrido de los neumáticos fue el único sonido antes de que Sae se desabrochara el cinturón y se inclinara sobre Isagi, invadiendo su espacio personal hasta que sus narices casi se tocaban.

—No es solo ropa —dijo Sae, su voz vibrando con una intensidad oscura—. Eres mi proyecto. Eres la única cosa en este país estúpido que tiene un valor real para mí. Cuando sales a la calle vestido así, permitiendo que idiotas como Bachira se rían de ti, estás insultando mi juicio. Estás diciendo que el hombre al que Itoshi Sae eligió para observar es un payaso.

Isagi tragó saliva. La cercanía de Sae era embriagadora. Podía oler su perfume caro y sentir el calor que emanaba de su cuerpo.

—No quería insultarte —susurró Isagi, su egoísmo empezando a responder a la provocación—. Solo fue una estupidez. Pero... ¿por qué te importa tanto? Si soy un payaso, simplemente deja de mirarme.

Sae soltó una risa amarga y corta. Extendió una mano y agarró con fuerza la tela de la falda de Isagi, arrugándola entre sus dedos.

—Ese es el problema. No puedo dejar de mirarte.

Isagi sintió una descarga eléctrica que le recorrió la columna. Los ojos de Sae no tenían el aburrimiento habitual; estaban llenos de una posesividad que rozaba la locura.

—Me envías datos biométricos todos los días —continuó Sae, su mano subiendo por el muslo de Isagi, rozando la piel desnuda por encima de la media—. Veo cómo sube tu pulso cuando entrenas, veo cómo te agotas. He memorizado el ritmo de tu corazón. Y hoy... hoy el monitor me decía que estabas ansioso. Pensé que estabas en peligro, que habías tenido una lesión. Dejé una reunión importante para buscarte, ¿y qué encuentro?

Sae apretó los dedos contra la piel de Isagi, dejando una marca roja.

—Encuentro que mi "delantero estrella" está siendo el juguete de un grupo de fracasados.

—No soy el juguete de nadie —replicó Isagi, agarrando la muñeca de Sae—. Ni siquiera el tuyo, Sae. Si quieres que te tome en serio, deja de tratarme como a una propiedad.

Sae entrecerró los ojos. Por un momento, Isagi pensó que lo golpearía o que lo echaría del coche. En su lugar, Sae soltó la falda y agarró el cuello de la sudadera de Isagi, tirando de él hacia adelante hasta que sus labios estuvieron a milímetros de distancia.

—Entonces demuéstralo —susurró Sae—. Demuéstrame que eres lo suficientemente hombre como para que no me arrepienta de haberte dado mi número.

Sae soltó el cuello de la sudadera y se echó hacia atrás, recuperando su compostura glacial en un segundo. Arrancó el coche de nuevo.

—Te llevaré a tu hotel. Quítate esa basura antes de que alguien más te vea. Mañana vendré a buscarte para un entrenamiento privado. Y si vuelves a perder una apuesta así... me aseguraré de que no puedas caminar hacia un campo de fútbol en un mes.

Isagi se quedó en silencio el resto del trayecto. Cuando llegaron al hotel de la selección de Blue Lock, Sae ni siquiera lo miró mientras salía del coche.

—Sae —dijo Isagi antes de cerrar la puerta.

El centrocampista hizo un ruido de asentimiento apenas perceptible.

—Gracias por venir a buscarme. Aunque haya sido por las razones equivocadas.

Sae no respondió. Simplemente aceleró, dejando una estela de humo y el eco de un motor potente en la noche alemana.

Isagi entró al vestíbulo, donde Bachira y los demás lo esperaban con caras de preocupación y curiosidad.

—¡Isagi! ¿Estás vivo? —gritó Bachira corriendo hacia él—. ¿Qué te hizo ese psicópata? ¡Rin casi llama a la policía!

Isagi pasó por su lado, ignorándolos a todos. Tenía la cara encendida y el corazón todavía siguiendo el ritmo que Sae había impuesto en su monitor. Se subió la falda un poco más, mirando la marca de los dedos de Sae en su muslo.

No se sentía humillado. Se sentía... visto.

—Bachira —dijo Isagi sin detenerse—. La próxima vez que quieras hacer una apuesta, asegúrate de que el premio valga la pena. Porque acabo de conseguir un entrenamiento privado con el mejor centrocampista del mundo.

Se encerró en su habitación y se quitó la falda, lanzándola al rincón más oscuro del armario. Se puso sus pantalones de entrenamiento y se sentó en la cama, mirando la cinta de su muñeca. La luz verde parpadeaba con calma ahora.

Recibió un mensaje en su teléfono.

"Mañana a las 5:00 AM en el campo anexo. No llegues tarde, colegiala."

Isagi sonrió, una sonrisa llena de ese egoísmo oscuro que Sae tanto amaba. Se tumbó en la cama, sintiendo el fantasma del toque de Sae en su piel. El fútbol en Alemania se había vuelto mucho más interesante, y la falda... bueno, la falda había sido el catalizador de algo que ya no podía detenerse.

Sae lo estaba observando. Y por primera vez, Isagi no quería esconderse. Quería que Sae viera todo: su talento, su ambición y la forma en que su corazón se aceleraba solo con escuchar su nombre. El juego del egoísmo acababa de subir de nivel.