amor en el campo
La anatomía de un eclipse de sangre
El frío de la noche alemana no era nada comparado con el vacío que se abría en el pecho de Isagi Yoichi mientras caminaba por el callejón oscuro que conectaba el campo de entrenamiento secundario con los dormitorios. Llevaba la falda azul, la misma que Sae le había ordenado lucir con orgullo, pero en ese momento, lejos de la mirada protectora del genio, se sentía como una diana andante.
No escuchó los pasos, solo el siseo del aire antes de que un impacto brutal en su omóplato lo lanzara contra la pared de ladrillos. Isagi soltó un quejido, el aire escapando de sus pulmones en una nube blanquecina.
—Vaya, vaya. Pero si es la princesita de Itoshi Sae —una voz ronca y cargada de un odio rancio resonó en el callejón.
Isagi intentó girarse, pero una mano masiva lo agarró del cabello, estampando su rostro contra el muro. El sabor metálico de la sangre inundó su boca de inmediato. Reconoció al agresor: era Muller, un defensa del equipo sub-20 alemán que había sido humillado por Isagi en el último entrenamiento. No estaba solo; otras dos sombras se cerraban sobre él.
—¿Te crees muy especial porque ese genio arrogante te toca las piernas? —escupió Muller, propinándole un rodillazo en las costillas que hizo que Isagi cayera al suelo, jadeando—. En este país, el fútbol es para hombres, no para fenómenos que se visten como colegialas para complacer a un extranjero.
—No... tiene nada que ver... con el fútbol —logró articular Isagi, intentando levantarse, pero una bota pesada impactó en su estómago, doblándolo por la mitad.
—Tiene que ver con el respeto —dijo Muller, su rostro desfigurado por una envidia patológica—. Te vamos a quitar esa mirada de suficiencia, "héroe" de Blue Lock.
Lo que siguió fue una coreografía de violencia ciega. Isagi intentó usar su Metavisión, intentó predecir los movimientos, pero su cuerpo no era una máquina y el dolor era un ruido blanco que bloqueaba cualquier análisis. Puñetazos, patadas, insultos que se mezclaban con el sonido de la lluvia fina que empezaba a caer. Isagi se aferró a su consciencia, pensando en Sae, en la promesa de "quemarlo todo", en la cinta biométrica de su muñeca que, esperaba, estuviera enviando una señal de socorro silenciosa.
El último golpe, una patada seca en la sien, apagó las luces. Isagi Yoichi se desplomó sobre el pavimento mojado, su falda azul manchada de barro y sangre, sus ojos azules perdiendo el brillo mientras la oscuridad lo reclamaba.
A tres kilómetros de allí, en la suite del hotel donde Itoshi Sae revisaba grabaciones de partidos, un pitido agudo y persistente rompió el silencio. Sae miró el monitor de su tableta. El gráfico del ritmo cardíaco de Isagi había pasado de una agitación extrema a una línea peligrosamente plana y débil. El rastreador GPS indicaba un punto estático en un callejón sin salida.
Sae no gritó. No entró en pánico. Su rostro se transformó en una máscara de una frialdad tan absoluta que parecía inhumana. Se puso de pie, tomó las llaves de su coche y salió de la habitación. Sus movimientos eran precisos, letales, como los de un depredador que acaba de oler la sangre de su única posesión valiosa.
Cuando el coche de Sae frenó en seco a la entrada del callejón, Muller y sus amigos estaban dándole las últimas patadas al cuerpo inerte de Isagi. Se detuvieron, cegados por los faros de xenón.
Sae bajó del vehículo. No llevaba su equipo de fútbol, sino un traje negro impecable que lo hacía parecer un ángel de la muerte. Sus ojos verdes no brillaban; eran pozos de una furia racional que trascendía cualquier emoción humana.
—¿Qué creen que están haciendo con mi delantero? —La voz de Sae era tan baja que apenas superaba el susurro de la lluvia, pero los tres agresores retrocedieron un paso, instintivamente aterrados.
—¡Es solo un fenómeno, Itoshi! —gritó Muller, tratando de recuperar la compostura—. Le estamos enseñando modales. Deberías darnos las gra...
Sae se movió. No fue una carrera, fue un estallido de velocidad que desafiaba la percepción. Antes de que Muller pudiera terminar la frase, Sae le había propinado una patada circular en el pecho que lo mandó a volar contra unos cubos de basura. El sonido de las costillas rompiéndose fue nítido en el silencio de la noche.
Los otros dos intentaron abalanzarse sobre él, pero Sae no estaba jugando al fútbol. Estaba ejecutando. Esquivó un puñetazo con una elegancia insultante y, usando la inercia del agresor, le rompió el brazo con un movimiento seco y técnico. Al tercero lo agarró del cuello, estampándolo contra la misma pared donde Isagi había sido golpeado.
—Escúchame bien, basura —dijo Sae, sus ojos fijos en los del chico, que temblaba de puro terror—. He pasado toda mi vida perfeccionando mi cuerpo para crear belleza en el campo. Pero hoy... hoy voy a usar esa misma perfección para desmantelarte pieza por pieza si no te largas de mi vista antes de que decida que tu vida no vale ni el sudor de mi frente.
Sae lo soltó y el chico corrió, arrastrando a sus compañeros heridos fuera del callejón. Sae no los siguió. No le importaban. Su mundo se había reducido a la figura pequeña y rota que yacía en el suelo.
Se arrodilló al lado de Isagi. El corazón de Sae, ese órgano que él siempre decía que era puramente mecánico, dio un vuelco doloroso al ver el rostro de Isagi cubierto de hematomas, su labio partido y la falda —el símbolo de su vínculo— destrozada.
—Isagi... —susurró Sae, pasando sus dedos por la mejilla del delantero con una ternura que habría escandalizado a cualquiera que lo conociera—. Despierta, idiota. No puedes morir aquí. Todavía no me has superado.
Isagi no respondió. Su respiración era superficial, un hilo de vida que se escapaba. Sae lo tomó en brazos, ignorando que la sangre manchaba su ropa cara, y lo llevó al coche. Condujo hacia la clínica privada del club a una velocidad suicida, su mano derecha apretando con fuerza la de Isagi, como si pudiera transmitirle su propia voluntad de vivir a través del contacto.
Dos horas después, Isagi abrió los ojos en una habitación blanca y aséptica. El dolor era una marea punzante que recorría cada nervio de su cuerpo. Intentó moverse, pero una mano firme lo detuvo.
—No te muevas, pedazo de imbécil —la voz de Sae llegó desde la penumbra, cargada de una mezcla de alivio y una rabia fría.
Isagi giró la cabeza lentamente. Sae estaba sentado en una silla al lado de la cama. Su traje estaba arrugado, su cabello desordenado y tenía manchas de sangre en los puños de la camisa. Nunca lo había visto así. Parecía humano. Parecía vulnerable.
—Sae... —la voz de Isagi era un rasguño—. ¿Qué pasó?
—Pasó que eres un descuidado —dijo Sae, aunque sus ojos lo devoraban con una intensidad posesiva—. Te dejaste atrapar por tres mediocres. Casi permites que destruyan el único talento que hace que este deporte sea interesante para mí.
Isagi intentó sonreír, pero el dolor en su labio se lo impidió.
—Viniste por mí...
—Por supuesto que vine —Sae se inclinó hacia adelante, su rostro quedando a pocos centímetros del de Isagi—. Nadie tiene el derecho de tocarte, Isagi Yoichi. Nadie tiene el derecho de romperte excepto yo en un campo de fútbol. Esos bastardos... me aseguraré de que nunca vuelvan a ver la luz de un estadio. Ya he hablado con la directiva. Sus carreras han terminado.
Isagi vio la oscuridad en la mirada de Sae y comprendió que no era una exageración. Sae había usado todo su poder para borrar a los que le habían hecho daño.
—La falda... —susurró Isagi, recordando el motivo del ataque.
Sae guardó silencio por un momento. Tomó la mano de Isagi, entrelazando sus dedos.
—La falda fue una prueba —dijo Sae—. Quería ver si tenías el ego para llevarla a pesar del mundo. Y lo hiciste. El hecho de que esos animales te atacaran solo demuestra que tienen miedo de lo que representas. Tienen miedo de tu libertad.
Sae se levantó y se sentó en el borde de la cama, atrayendo a Isagi hacia su pecho con una delicadeza extrema, cuidando de no lastimar sus costillas vendadas. Isagi apoyó la cabeza en el hombro de Sae, sintiendo el latido rítmico y fuerte del centrocampista.
—Escúchame bien, Isagi —susurró Sae contra su oído—, a partir de mañana, no te moverás sin mi permiso. No entrenarás sin que yo esté presente. Eres mi delantero, mi tesoro, y si el mundo es demasiado feo para entender tu genialidad, entonces quemaremos el mundo juntos. Pero no volverás a sangrar por la mano de nadie que no sea yo.
Isagi cerró los ojos, sintiéndose extrañamente seguro en los brazos del hombre más frío de Blue Lock. El dolor seguía ahí, pero la calidez de Sae era un anestésico poderoso.
—Sae... —dijo Isagi en un suspiro—, sigo queriendo ganarte. Incluso así.
Sae soltó una risa corta, una vibración de puro egoísmo y placer que resonó en el pecho de Isagi.
—Esa es la única respuesta aceptable. Recupérate, Isagi. Porque cuando vuelvas al campo, voy a exigirte tanto que desearás que esos alemanes te hubieran matado. Pero hasta entonces... —Sae le dio un beso suave en la frente, un gesto de una devoción aterradora—, descansa. El mundo puede esperar. Yo no me muevo de aquí.
Isagi se quedó dormido poco después, bajo la vigilancia constante de los ojos verdes de Sae, que no se apartaron de él ni un segundo. Fuera, la lluvia seguía cayendo, pero dentro de esa habitación, la arquitectura del egoísmo se había transformado en algo mucho más peligroso: una obsesión compartida donde la sangre y el fútbol eran el único lenguaje posible. Sae ya no solo quería un delantero; quería un compañero de condena, y estaba dispuesto a destruir a cualquiera que se interpusiera en su camino. Porque Isagi Yoichi no era solo una pieza de su rompecabezas; era la única razón por la que Itoshi Sae todavía creía en el ángulo del ojo del mundo.