amor en el campo
La arquitectura del celo racional
El aire de Baviera empezaba a oler a invierno, pero dentro del centro de alto rendimiento del Bastard München, la atmósfera estaba saturada de una tensión que nada tenía que ver con el clima. Isagi Yoichi se ajustaba las botas en el vestuario, observando de reojo a Bachira Meguru, quien contenía una risita histérica detrás de su taquilla.
—¿Estás seguro de esto, Isagi? —susurró Bachira, asomando sus ojos dorados—. Sae no es precisamente conocido por su sentido del humor. Si esto sale mal, podrías terminar enterrado bajo el césped del Allianz Arena.
Isagi terminó de anudar sus cordones y se puso de pie, su rostro mostrando esa determinación gélida que solía reservar para los minutos finales de un partido decisivo.
—Sae cree que tiene el control absoluto de mis datos biométricos, de mi horario y de mi voluntad —respondió Isagi, ajustándose la cinta de la muñeca que Sae le había regalado—. Cree que soy una pieza que ya ha descifrado. Quiero ver qué pasa cuando la ecuación deja de tener sentido. Quiero ver al "genio" perder la compostura por algo que no sea un gol.
—¡Es una locura! —rio Bachira, dando saltitos—. Pero me encanta. Hiori ya está en posición. Es el actor perfecto: tranquilo, guapo y con esa mirada que parece que está viendo el alma de alguien. Sae va a colapsar.
El plan era simple pero arriesgado. Hiori Yo, con su habitual calma y su capacidad para leer el ritmo de los demás, había aceptado participar. No era una broma cruel, sino un experimento de egoísmo. Isagi necesitaba saber si el interés de Sae era puramente profesional o si, como sospechaba tras aquel beso en el vestuario, había una posesividad que rayaba lo patológico.
Quince minutos después, Isagi y Hiori caminaban por los pasillos que daban a los campos de entrenamiento. Sabían que Sae estaba allí, observando desde la pasarela superior, como un halcón analizando el terreno antes de descender.
Isagi se detuvo cerca de una de las grandes cristaleras, lo suficientemente lejos para que no pudieran oír sus palabras, pero lo suficientemente cerca para que su lenguaje corporal fuera inequívoco. Hiori, siguiendo el guion, se acercó a Isagi con una sonrisa suave.
—Te ves cansado, Isagi-kun —dijo Hiori, elevando la voz lo justo—. Deberías dejar que alguien cuide de ti de vez en cuando, no todo es correr tras el balón.
Isagi soltó una risa que sonó inusualmente melosa. Se inclinó hacia Hiori, permitiendo que sus hombros se rozaran.
—Tienes razón, Hiori. A veces olvido que hay cosas más interesantes que el análisis de datos. Me gusta cómo ves el juego... y cómo me ves a mí.
Hiori extendió una mano y, con una delicadeza ensayada, apartó un mechón de cabello de la frente de Isagi. El contacto fue prolongado. Isagi cerró los ojos un segundo, fingiendo disfrutar del gesto, mientras sentía un escalofrío en la nuca. Sabía que, en ese preciso instante, los ojos verdes de Sae estaban fijos en ellos.
Desde la pasarela, Itoshi Sae sintió que el mundo se volvía monocromático. Sus dedos se cerraron sobre la barandilla de metal con tal fuerza que los nudillos se tornaron blancos. Su Metavisión, esa herramienta que le permitía predecir el futuro en el campo, estaba procesando una anomalía que no podía ignorar.
"Isagi Yoichi está permitiendo que lo toquen", pensó Sae, y la idea le quemó las entrañas como ácido. "Está sonriendo de una forma que no es para mí. Está bajando la guardia ante un centrocampista de segunda".
Sae no bajó las escaleras corriendo. Eso habría sido vulgar. Descendió con una lentitud aristocrática, cada paso resonando en el silencio del pasillo como una sentencia de muerte. Cuando llegó al nivel del suelo, el aire pareció comprimirse.
—Isagi.
La voz de Sae era un hilo de seda negra, extremadamente delgado y extremadamente peligroso.
Isagi se giró lentamente, fingiendo sorpresa. Hiori no retiró su mano de inmediato, lo que aumentó la presión atmosférica en el lugar.
—¡Sae! No te esperaba tan pronto —dijo Isagi, manteniendo una expresión relajada—. Estaba hablando con Hiori. Tiene unas ideas fascinantes sobre el flujo del juego en el mediocampo. Creo que me gusta mucho su estilo.
Sae ignoró a Hiori por completo, como si fuera un cono de entrenamiento estorbando en su camino. Sus ojos se clavaron en Isagi, escaneando su rostro en busca de la mentira, pero Isagi era un delantero de élite; sabía cómo engañar a la defensa.
—Hiori Yo —dijo Sae finalmente, pronunciando el nombre como si fuera un insulto—. Tu rendimiento en el último partido fue del 72% de efectividad en pases largos. Eres mediocre. No tienes nada que ofrecerle a un delantero que aspira a la cima.
Hiori, manteniendo su máscara de serenidad, sonrió.
—Tal vez mis pases no sean tan precisos como los tuyos, Itoshi-san, pero Isagi dice que mi ritmo le resulta... reconfortante. A veces, la calidez es mejor que la perfección técnica, ¿no crees?
Las venas en la sien de Sae pulsaron. Se acercó a Isagi, invadiendo su espacio personal hasta que sus pechos casi se tocaron. Podía oler el sudor de Isagi, pero también el rastro del perfume suave de Hiori que se había quedado impregnado en su hombro.
—Vete —ordenó Sae a Hiori, sin quitarle la vista de encima a Isagi.
—Estábamos en medio de una conversación, Sae —intervino Isagi, poniendo una mano en el pecho de Sae para mantener la distancia—. Hiori me estaba invitando a cenar a un lugar nuevo en el centro. Creo que voy a ir. Me apetece algo diferente a la dieta estricta que siempre sugieres.
Sae agarró la muñeca de Isagi, justo encima de la cinta biométrica. Su agarre era firme, posesivo, cargado de una electricidad estática que hacía que a Isagi le dolieran los huesos.
—He dicho que te vayas —repitió Sae, esta vez mirando a Hiori con una oscuridad tan absoluta que el chico de cabello azul finalmente asintió, dándole a Isagi una mirada de "buena suerte" antes de retirarse rápidamente.
Cuando se quedaron solos en el pasillo, el silencio fue sepulcral. Sae no soltó la muñeca de Isagi. Lo arrastró hacia una de las salas de análisis vacías y cerró la puerta de un golpe que retumbó en todo el edificio.
—¿Qué crees que estás haciendo? —preguntó Sae. Su voz ya no era gélida; estaba rota por una furia que luchaba por salir—. ¿Crees que puedes usar a un idiota como ese para provocarme? ¿Crees que tu valor aumenta porque un centrocampista mediocre te mira con ojos de cordero?
Isagi se apoyó contra la mesa de análisis, cruzando los brazos sobre el pecho. Se sentía poderoso. Había logrado lo que nadie en el mundo del fútbol había conseguido: desestabilizar la arquitectura mental de Itoshi Sae.
—No te estoy provocando, Sae. Simplemente me di cuenta de que he estado demasiado enfocado en tu visión. Hiori me trata como a una persona, no como a un experimento de laboratorio. Me gusta cómo me hace sentir. Es... refrescante.
Sae soltó una carcajada amarga, acercándose a Isagi hasta acorralarlo contra la mesa.
—¿Refrescante? Isagi, eres un monstruo. Tu egoísmo es lo único que te mantiene vivo en este campo. Si buscas "calidez" y "trato humano", te convertirás en basura en menos de una temporada. Tú necesitas mi frialdad. Necesitas mi presión. Me necesitas a mí.
—¿Ah, sí? —Isagi arqueó una ceja—. Porque lo que vi ahí fuera fue a un hombre muerto de celos, no a un genio del fútbol. Si de verdad soy solo tu "proyecto", ¿por qué te importa tanto con quién cene?
Sae golpeó la mesa con ambas manos, encerrando a Isagi entre sus brazos. Su rostro estaba a milímetros del de Isagi, y por primera vez, el delantero vio una grieta profunda en el cristal.
—¡Porque eres mío! —rugió Sae, y la confesión pareció arrancarle algo de las entrañas—. He pasado meses analizando cada latido de tu corazón a través de esa cinta. He diseñado cada pase de mi vida para que solo tú pudieras alcanzarlo. He despreciado a todo el fútbol japonés solo para salvarte a ti. ¿Y te atreves a decirme que te gusta el "ritmo" de ese imbécil?
Isagi sintió que su propio corazón se aceleraba, pero no por miedo, sino por el triunfo absoluto de su ego. Había roto a Sae.
—Dilo otra vez —susurró Isagi, desafiante—. Di por qué te importa.
Sae agarró el cuello de la camiseta de Isagi y lo atrajo hacia sí con una violencia desesperada.
—Porque no puedo jugar sin ti —confesó Sae, su voz quebrándose en un susurro ronco—. Porque desde que te conocí, el campo se siente vacío si no estás en mi radio de visión. Porque ver a ese idiota tocándote me hizo querer quemar este edificio entero. Si quieres cenar con alguien, será conmigo. Si quieres que alguien cuide de ti, seré yo. No vuelvas a permitir que nadie más se acerque a tu flujo, Isagi. Es una orden.
Isagi sonrió, una sonrisa lenta y depredadora que hizo que Sae se detuviera.
—Era una broma, Sae.
El silencio que siguió fue denso. Sae parpadeó, procesando las palabras. Su agarre en la camiseta de Isagi se aflojó ligeramente.
—¿Qué? —preguntó, con la voz cargada de una confusión casi infantil.
—Una broma —repitió Isagi, disfrutando de cada segundo de la vulnerabilidad del genio—. Quería ver si el gran Itoshi Sae era capaz de sentir algo más que desprecio por los demás. Quería saber si de verdad me veías como a un igual o solo como a una pieza. Y supongo que la respuesta es bastante clara, ¿no? Casi matas a Hiori con la mirada.
Sae soltó la camiseta de Isagi y dio un paso atrás, su rostro pasando del rojo de la furia a una palidez mortecina. Se pasó una mano por el cabello, intentando recuperar su compostura, pero sus manos temblaban ligeramente.
—Eres un demonio, Isagi Yoichi —dijo Sae, su voz recuperando poco a poco su filo—. Has usado mi propia Metavisión contra mí. Has manipulado mis emociones como si fueran una defensa débil.
—Aprendí del mejor —replicó Isagi, enderezándose—. Pero no me arrepiento. Ahora sé que no soy solo un proyecto para ti. Sé que me necesitas tanto como yo te necesito a ti para ser el mejor del mundo.
Sae se quedó mirándolo durante un largo rato. La furia se transformó en algo más profundo, una admiración oscura y retorcida. Se acercó de nuevo, pero esta vez no hubo violencia, solo una posesividad absoluta. Agarró a Isagi por la nuca y lo obligó a mirarlo fijamente.
—Si vuelves a hacer algo así —susurró Sae contra sus labios—, me aseguraré de que Hiori Yo no vuelva a caminar sobre un campo de fútbol. Y a ti... a ti te encerraré en mi casa en Madrid y no verás la luz del sol hasta que olvides cómo se pronuncia el nombre de cualquier otro hombre.
—Suena como un desafío —desafió Isagi.
Sae lo besó entonces. No fue un beso dulce, sino una colisión de dientes y lenguas, un reclamo territorial que buscaba borrar cualquier rastro de la broma, cualquier rastro de Hiori, cualquier rastro de duda. Isagi respondió con la misma intensidad, mordiendo el labio inferior de Sae hasta que probó el sabor metálico de la sangre.
—Eres un enfermo, Sae —dijo Isagi cuando se separaron, jadeando.
—Y tú eres mi enfermedad —respondió Sae, limpiándose la sangre del labio con el pulgar—. Ahora, quítate esa ropa. Hueles a él y me da asco.
Sae lo llevó hacia las duchas privadas del ala VIP, sin soltarle la mano ni un segundo. Durante la siguiente hora, el agua caliente borró cualquier rastro de la broma, pero no pudo borrar la nueva dinámica que se había establecido entre ellos. Sae fue meticuloso, lavando el cuerpo de Isagi como si estuviera purificando un templo que había sido profanado.
—No vuelvas a decir que te gusta el estilo de otro —ordenó Sae mientras le pasaba la esponja por la espalda, sus movimientos eran tensos—. Tu cuerpo está diseñado para mi fútbol. Tus goles son míos. Tu ritmo es mío.
Isagi se giró bajo el agua, dejando que las gotas empaparan su rostro. Miró a Sae, que parecía un dios caído, obsesionado y consumido por su propia creación.
—Solo si tus pases siguen siendo perfectos, Sae —respondió Isagi, rodeando el cuello del centrocampista con sus brazos—. Si bajas el nivel, buscaré a alguien que pueda seguirme el ritmo.
Sae lo apretó contra los azulejos fríos, su cuerpo mojado presionando contra el de Isagi.
—Nunca bajaré el nivel. Voy a elevarte tanto que el oxígeno te faltará, y seré el único que pueda darte aliento. Eres mi delantero, Isagi. Mi único delantero.
La broma había terminado, pero las consecuencias eran permanentes. Isagi había descubierto el interruptor de la locura de Sae, y Sae había aceptado que su egoísmo ya no estaba solo en el balón, sino en el corazón del chico que tenía delante.
Al salir de las duchas, Sae le entregó a Isagi una de sus propias camisetas de entrenamiento, una que llevaba el nombre "Itoshi" bordado en el cuello.
—Póntela —dijo Sae—. Y no te la quites hasta que lleguemos a mi hotel.
Isagi obedeció, sintiendo el peso de la marca de Sae sobre sus hombros. Mientras caminaban por el complejo, los demás jugadores de Blue Lock se apartaban, intimidados por el aura de posesividad absoluta que emanaba de Sae.
Bachira, observando desde lejos, silbó bajito.
—Vaya... creo que Isagi despertó al monstruo de verdad —comentó a un Hiori que todavía estaba un poco pálido.
—Ese tipo da miedo —respondió Hiori—. Pero fíjate en Isagi. No parece asustado. Parece que acaba de ganar la final de la Champions.
Y así era. Isagi Yoichi caminaba al lado de Itoshi Sae, sintiendo la mano del genio apretando la suya con una fuerza que prometía tanto dolor como gloria. Había manipulado al hombre más frío del mundo y lo había convertido en su guardián más feroz. El juego del egoísmo había alcanzado un nivel donde ya no importaban los goles, sino quién pertenecía a quién en la arquitectura del deseo.
—¿Sae? —preguntó Isagi mientras subían al coche negro que los esperaba fuera.
—¿Qué?
—La próxima vez, tal vez la broma sea con Kaiser.
Sae frenó en seco antes de entrar al vehículo. Miró a Isagi con una expresión que prometía represalias divinas.
—Si vuelves a mencionar a ese rubio oxigenado en el mismo contexto que nosotros, te juro que el próximo partido del Bastard München se jugará sin delantero centro. Porque estarás demasiado ocupado intentando volver a caminar.
Isagi soltó una carcajada, una risa de puro egoísmo y placer. Había encontrado el ángulo perfecto del ojo del mundo, y estaba justo ahí, en la furia protectora de Itoshi Sae. El fútbol nunca volvería a ser igual, y la broma había sido el pase perfecto para el gol más importante de su vida.