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Amor en la oficina

El Sacrificio de la Migaja

El aire en la oficina de Emmanuel era tan denso que se podía cortar con un cuchillo. El aroma a perfume caro de diseñador se mezclaba con el olor metálico de la piel sudada y el deseo crudo. Leonardo, atrapado entre el escritorio de obsidiana y el cuerpo macizo de su jefe, sentía que sus pulmones no daban abasto. Carlitos, detrás de él, no dejaba de presionar su cuerpo atlético contra su espalda, marcando territorio con una posesividad que rayaba en lo violento.

—Míralo, Emmanuel —susurró Carlitos, su aliento caliente quemando la oreja de Leonardo—. El becario está temblando como una hoja. ¿Será miedo o es que ya no puede aguantar más las ganas de que lo terminemos de romper?

Emmanuel soltó una carcajada ronca, una vibración que Leonardo sintió directamente en su pecho. El CEO sujetó las muñecas del chico con una sola mano, inmovilizándolo contra la madera fría. Con la otra mano, comenzó a desabrocharse el cinturón de cuero italiano con una lentitud tortuosa.

—Es solo un naco, Carlitos —sentenció Emmanuel, clavando su mirada gélida en los ojos llorosos de Leonardo—. Un muerto de hambre que no sabe lo que es bueno. Pero hoy va a aprender que su único propósito en esta torre es servirnos a nosotros.

—P-por favor... —gimió Leonardo, su voz quebrándose—. Es demasiado... yo solo... uwu... no puedo...

—¡Cállate con esos sonidos estúpidos! —rugió Emmanuel, dándole un suave pero firme azote que hizo que Leonardo saltara—. Aquí no eres un personaje de tus dibujitos chinos. Aquí eres mi propiedad.

Carlitos, aprovechando la vulnerabilidad del becario, bajó sus manos hacia los muslos delgados de Leonardo, apretando la carne con una fuerza que dejaría marcas. Estaba disfrutando cada segundo de la humillación del chico. Sus celos, antes venenosos, se habían transformado en un combustible erótico. Si no podía tener a Emmanuel solo para él, al menos destruirían juntos a ese pequeño intruso.

Sin embargo, el clímax de la tensión se vio interrumpido por un golpe suave pero insistente en la puerta de roble.

Emmanuel se detuvo, con una expresión de fastidio absoluto cruzando su rostro perfecto. Carlitos gruñó, sin soltar a Leonardo.

—Dije que nadie entraba —bramó Emmanuel hacia la puerta.

La puerta se abrió apenas unos centímetros, lo suficiente para que una figura se deslizara hacia adentro con una agilidad casi felina. No era seguridad, ni otro ejecutivo. Era Dayron.

Dayron era conocido en los pisos inferiores como "la perrita migajera". Era un chico joven, de rasgos afilados y una mirada que siempre parecía estar buscando la aprobación de alguien superior. Vestía una ropa que intentaba ser elegante pero se notaba barata, y siempre estaba rondando a Emmanuel, aceptando cualquier migaja de atención, cualquier insulto o cualquier orden humillante con una sonrisa servil. Era, en esencia, un joto que no tenía dignidad cuando se trataba del CEO.

—Señor Emmanuel... perdone la interrupción —dijo Dayron, bajando la mirada de inmediato al ver la escena, aunque sus ojos brillaron con una envidia mal disimulada al ver a Leonardo en esa posición—. Traía los documentos que me pidió... pero veo que está ocupado educando al nuevo.

Emmanuel arqueó una ceja, soltando ligeramente el agarre sobre Leonardo, quien se desplomó un poco sobre el escritorio, respirando con dificultad.

—Dayron —dijo el CEO con un tono cargado de desprecio divertido—. Siempre apareces cuando hay algo sucio que hacer. ¿Qué haces aquí?

Dayron se acercó, caminando con un contoneo exagerado, ignorando por completo la mirada asesina que Carlitos le lanzaba. Se arrodilló a los pies de Emmanuel sin que nadie se lo pidiera, acariciando la bota de cuero del millonario con una devoción enfermiza.

—Solo quería saber si necesitaba ayuda, señor —susurró Dayron, mirando de reojo a Leonardo—. Este becario se ve tan... frágil. No creo que aguante el ritmo de un hombre como usted. En cambio, yo... yo acepto lo que sea. Usted sabe que me encanta que me use.

Carlitos soltó una risa burlona, apartándose un poco de Leonardo para encarar al recién llegado.

—Vaya, la mascota oficial ha llegado —escupió el secretario—. ¿Vienes por tus sobras, Dayron?

—Si las sobras vienen de Emmanuel, me las como todas —respondió Dayron con una sonrisa descarada, lamiéndose los labios mientras miraba el cuerpo de su jefe.

Emmanuel miró a los tres: el becario tímido y "petite" que lloraba de miedo y excitación, su secretario posesivo y ardiente, y la perrita migajera dispuesta a todo por un poco de abuso. Un sentimiento de poder absoluto lo embriagó.

—Parece que la fiesta se está haciendo más grande —dijo Emmanuel, agarrando a Dayron por el cabello y obligándolo a levantar la cabeza—. Leonardo, mira esto. Mira a alguien que sí sabe cuál es su lugar. Dayron no se queja, Dayron no dice "uwu", Dayron simplemente sirve.

Leonardo, con el rostro rojo y las lágrimas manchando sus mejillas, miró a Dayron. Se sentía humillado, pero ver la entrega total de Dayron despertó en él una chispa de algo que no sabía que tenía: una envidia oscura. Quería ser él quien estuviera a los pies de Emmanuel, pero su timidez y su torpeza se lo impedían.

—Señor... —balbuceó Leonardo, intentando recuperar la atención—. Yo... yo también puedo...

—¿Tú también puedes qué, gatito? —se burló Carlitos, volviendo a presionar a Leonardo contra la mesa—. ¿Vas a dejar de ser un naco por un momento y portarte como un hombre, o prefieres que Dayron te enseñe cómo se atiende a dos jefes a la vez?

Emmanuel soltó a Dayron y le dio una orden silenciosa con la mirada. Dayron, entendiendo perfectamente, se levantó y se acercó a Leonardo. El contraste era evidente: Leonardo era la pureza rota, Dayron era la depravación aceptada.

—Pobrecito —susurró Dayron al oído de Leonardo, mientras sus manos expertas comenzaban a acariciar el pecho del becario—. Estás tan asustado... Deja que yo te ayude a complacerlos. Si no puedes tú solo, yo cargaré con el peso por ti.

Dayron comenzó a besar el cuello de Leonardo con una agresividad que buscaba marcarlo, mientras Carlitos, desde atrás, mordía el hombro del becario. Emmanuel, de pie como un dios observando su creación, se despojó finalmente de sus pantalones, revelando su virilidad imponente que hizo que Leonardo soltara un gemido de puro terror y deseo.

—Hoy vamos a ver quién aguanta más —declaró Emmanuel, su voz resonando en las paredes de cristal de la oficina—. Carlitos, encárgate de que Leonardo no se mueva. Dayron, tú sabes qué hacer.

—Sí, mi señor —respondió Dayron, sumergiéndose en la tarea con una eficacia aterradora.

El despacho del CEO se convirtió en un caos de cuerpos entrelazados. Carlitos mantenía a Leonardo sujeto, susurrándole insultos al oído que solo servían para encender más la situación. Dayron se movía entre ellos, buscando siempre la aprobación de Emmanuel, permitiendo que el CEO descargara su frustración y su deseo sobre él cuando Leonardo parecía estar a punto de desmayarse.

—¡Mírame, Leonardo! —ordenó Emmanuel, mientras tomaba a Dayron con brutalidad frente a los ojos del becario—. ¡Mira cómo se entrega alguien que de verdad aprecia mi grandeza!

Leonardo miraba, hipnotizado por la escena. El dolor, la humillación y el placer se mezclaban en su mente de una forma que nunca creyó posible. Sentía las manos de Carlitos por todo su cuerpo, reclamando cada centímetro de su piel, mientras veía a Dayron aceptar el abuso de Emmanuel con una alegría masoquista.

—¡Yo... yo también quiero! —gritó de repente Leonardo, rompiendo su fachada de timidez por un segundo, empujado por la desesperación de no ser dejado de lado—. ¡Señor Emmanuel, por favor!

Emmanuel se detuvo un momento, una sonrisa cruel dibujándose en sus labios.

—¿Ah sí? ¿El becario quiere ser parte del juego de verdad? —Emmanuel apartó a Dayron, quien cayó al suelo jadeando pero con una mirada de triunfo—. Entonces demuéstramelo. Demuéstrame que eres más que un naco con suerte.

Carlitos soltó las manos de Leonardo, permitiéndole girarse. El pequeño becario, temblando pero decidido, se arrodilló frente a su jefe, imitando la postura de Dayron. Sus ojos grandes y llorosos buscaron los de Emmanuel.

—Haré lo que sea... —susurró Leonardo—. Solo... no me ignore.

—Eso es lo que quería oír —dijo Emmanuel, agarrando a Leonardo por el cuello de la camisa—. Carlitos, ven aquí. Vamos a enseñarle a este niño lo que significa trabajar horas extra en la Torre Arnault.

Carlitos se posicionó detrás de Leonardo una vez más, mientras Dayron, desde el suelo, se abrazaba a las piernas de Emmanuel, buscando su parte del festín. La oficina, con la ciudad de fondo a través de los ventanales, fue testigo de una danza de poder y sumisión donde la moral no tenía cabida.

Emmanuel no tuvo piedad. Usó a Leonardo con una fuerza que hizo que el chico viera estrellas, mientras Carlitos se encargaba de que cada centímetro del cuerpo del becario fuera reclamado. Dayron, siempre presente, se encargaba de los detalles más bajos, aceptando las migajas de placer que caían de la mesa del rey.

—Eres una perrita tan deliciosa, Leonardo —jadeó Carlitos, su autocontrol desapareciendo por completo—. Mucho mejor que cualquier secretario o cualquier otra basura que haya pasado por aquí.

—Es... es porque es mío —sentenció Emmanuel, llegando a su límite—. Los tres son míos. Pero tú, Leonardo... tú vas a recordar este día cada vez que cierres los ojos.

El clímax fue una explosión de sensaciones que dejó a los cuatro hombres exhaustos. Leonardo quedó tendido sobre la alfombra persa, su cuerpo cubierto de marcas y fluidos, respirando con dificultad. Carlitos se desplomó en su silla de cuero, intentando recuperar el aliento y la compostura, aunque sus ojos seguían fijos en Leonardo con una mezcla de odio y deseo. Dayron, fiel a su naturaleza, se arrastró hasta Emmanuel para ayudarlo a vestirse, limpiando cualquier rastro de la batalla con una sumisión absoluta.

Emmanuel se ajustó la corbata frente al espejo, como si nada hubiera pasado. Se giró hacia el desastre en su oficina con una frialdad renovada.

—Leonardo —dijo con voz gélida.

El chico levantó la cabeza, sus ojos aún nublados.

—¿S-sí, señor?

—Mañana quiero el reporte de ingresos en mi escritorio a las siete de la mañana —dijo Emmanuel, poniéndose su chaqueta de traje—. Y si tiene un solo error, Dayron elegirá el castigo.

Dayron soltó una risita maliciosa, mirando a Leonardo con superioridad.

—No se preocupe, señor —dijo la perrita migajera—. Yo me encargaré de supervisar que el becario aprenda... muy bien.

Carlitos se levantó, ajustándose el traje y recuperando su máscara de secretario eficiente, aunque su mirada hacia Leonardo seguía siendo una promesa de más tormento.

—Vámonos, Emmanuel —dijo Carlitos—. Tenemos la cena con los inversores.

Los dos hombres salieron de la oficina, seguidos por un Dayron que caminaba un paso por detrás, como una sombra fiel. Leonardo se quedó solo en la inmensa oficina, rodeado del lujo que lo despreciaba y del aroma de los hombres que lo habían roto.

Se abrazó a sí mismo, sintiendo el escozor en su piel y el vacío en su interior. Sabía que debería odiarlos, que debería renunciar y huir de ese lugar. Pero mientras se levantaba temblorosamente para recoger su ropa barata y rota, una pequeña y oscura parte de él, la parte que ya no era tan "uwu", deseaba desesperadamente que llegaran las siete de la mañana.

Porque en la Torre Arnault, el dolor era la única moneda que realmente valía para comprar la atención del CEO. Y Leonardo, el becario pobre y naco, acababa de descubrir que estaba dispuesto a gastar hasta su último aliento con tal de seguir siendo su juguete favorito.