Amor en la oficina
La Trampa de la Empatía
El sol de la mañana se filtraba por los ventanales de la Torre Arnault, pero para Leonardo, la luz solo servía para resaltar las ojeras profundas y las marcas que el cuello de su camisa barata no alcanzaba a cubrir. Caminaba por los pasillos alfombrados con la espalda encorvada, sintiendo cada músculo de su cuerpo protestar. El encuentro del día anterior con Emmanuel, Carlitos y Dayron lo había dejado vacío, como una cáscara rota que aún intentaba cumplir con su deber.
Llevaba entre sus manos temblorosas el reporte de ingresos que Emmanuel le había exigido. Había pasado toda la noche en vela, llorando sobre las teclas de su vieja computadora, tratando de que los números tuvieran sentido para que el CEO no cumpliera su amenaza de dejarlo en manos de Dayron.
—Uwu... me duele todo —susurró para sí mismo, deteniéndose frente a la máquina de café del área de becarios.
—Parece que tuviste una noche difícil, Leo.
Leonardo dio un respingo, casi tirando los papeles. Se giró para encontrar a Diani, una chica que también era becaria en el departamento de contabilidad. Diani era bonita, con un cabello largo y oscuro que siempre llevaba recogido en una coleta alta, y unos ojos que siempre parecían estar analizando todo a su alrededor. A diferencia de los demás en la oficina, ella solía vestir de forma sencilla, casi con la misma humildad que Leonardo.
—D-Diani... hola —balbuceó Leonardo, bajando la mirada—. Sí, es que... el señor Emmanuel es muy exigente.
Diani se acercó a él, colocando una mano suave sobre su hombro. El contacto hizo que Leonardo se tensara, pero la expresión de la chica era de pura compasión.
—Lo sé, Leo. Todos lo vemos. Es horrible cómo te trata ese tipo —dijo ella con voz dulce, bajando el volumen como si compartieran un secreto—. Y no solo él. Carlitos es un déspota y Dayron es... bueno, ya sabes cómo es Dayron. Me da mucha pena que te usen de esa manera solo porque eres nuevo y vulnerable.
Leonardo sintió que un nudo se formaba en su garganta. Nadie en esa torre de cristal le había hablado con amabilidad desde que empezó sus prácticas. Todos lo veían como un objeto, como un "naco" o un juguete. Escuchar a Diani decir que sentía pena por él lo hizo sentir, por primera vez, que no estaba solo.
—Es que... no sé qué hacer —confesó Leonardo, sus ojos llenándose de lágrimas—. Soy pobre, necesito este trabajo para terminar la carrera. Pero a veces siento que no voy a aguantar más.
—Ven conmigo, Leo —dijo Diani, tomándolo de la mano—. El archivo del piso 12 está vacío a esta hora. Puedes descansar unos minutos y desahogarte. Yo te cubro si alguien pregunta. Necesitas relajarte, estás a punto de colapsar.
Leonardo asintió, dejándose guiar por la chica. Diani siempre había sido amable, pero nunca habían hablado tanto. Caminaron hacia una zona más apartada de la oficina, donde las estanterías llenas de documentos antiguos creaban un laberinto de sombras y silencio. Entraron en una pequeña oficina de suministros que rara vez se usaba.
Diani cerró la puerta con llave y se giró hacia él. La luz era escasa, apenas un hilo que entraba por la rendija de la puerta.
—Aquí nadie nos va a molestar —dijo ella, acercándose más—. Pobre Leo... tan petite, tan delicado. No estás hecho para este mundo de tiburones.
—Gracias, Diani. De verdad... eres la única persona buena aquí —murmuró Leonardo, frotándose los ojos con el dorso de la mano.
Diani soltó una risita, pero esta vez el sonido no fue tan dulce. Tenía un matiz metálico, algo que hizo que a Leonardo se le erizara la piel de la nuca. Ella comenzó a caminar alrededor de él, evaluándolo de la misma manera que Emmanuel lo había hecho el día anterior.
—¿Buena? No, Leo. No te equivoques —dijo Diani, y su voz bajó una octava, volviéndose más ronca, más dominante—. Solo estaba esperando mi turno.
Leonardo retrocedió hasta que su espalda chocó contra una estantería de metal. El metal frío le recordó al escritorio de Emmanuel, y el pánico comenzó a burbujear en su pecho.
—¿D-Diani? ¿De qué hablas?
—Hablo de que me das asco y envidia a partes iguales —respondió ella, acortando la distancia hasta quedar a centímetros de su rostro—. Te quejas de cómo te tratan, pero te vi ayer salir de la oficina del CEO. Tenías esa mirada de perrita satisfecha. Te gusta que te humillen, ¿verdad? Te gusta ser el centro de atención de los hombres poderosos.
—¡No! ¡Eso no es cierto! —gritó Leonardo, intentando apartarla, pero Diani lo sujetó de las muñecas con una fuerza sorprendente.
—Cállate, naco —le espetó ella, empujándolo contra la pared con violencia—. He estado observando cómo Emmanuel te mira. Cómo Carlitos te toca. Yo también quiero un trozo de este pastelito tímido.
Diani comenzó a pasar sus manos por el cuerpo de Leonardo, pero no con la rudeza de Emmanuel, sino con una posesividad fría y calculadora. Leonardo intentó zafarse, pero ella era más fuerte de lo que aparentaba.
—Diani, por favor... somos compañeros... —suplicó Leonardo, sintiendo que el mundo se volvía a cerrar sobre él.
—Compañeros, claro —se burló ella—. Pero en esta empresa, todos somos depredadores. Y tú eres la presa más fácil que he visto en mi vida.
Diani se pegó a él, y fue entonces cuando Leonardo sintió algo extraño. A pesar de que ella vestía una falda de tubo ajustada, sintió un bulto pequeño pero firme presionando contra su muslo. Sus ojos se abrieron de par en par por la confusión y el miedo.
—¿Qué... qué es eso? —tartamudeó el becario.
Diani sonrió de forma depredadora, una expresión que transformó su rostro antes angelical en algo oscuro y abusivo. Se llevó una mano a la cintura, bajando lentamente la cremallera de su falda.
—Ah, esto —dijo ella con una calma aterradora—. Digamos que tengo un pequeño secreto, Leo. Soy una chica... con una sorpresa. Un regalo de la genética que me permite divertirme de formas que no imaginas.
Diani bajó su ropa interior lo suficiente para revelar un miembro pequeño, de apenas un centímetro, pero que se erguía con una determinación maligna. Leonardo no podía creer lo que veía. Su mente, ya fragmentada por el trauma, no lograba procesar la situación.
—Es... es diminuto —susurró Leonardo sin pensar, su ingenuidad traicionándolo.
La cara de Diani se encendió de rabia. Le propinó una bofetada que hizo que la cabeza de Leonardo golpeara contra la estantería.
—¡Es suficiente para romperte a ti, pedazo de basura! —rugió ella—. Puede que sea pequeño, pero te aseguro que te va a doler más que todo lo que Emmanuel te hizo. Porque yo no tengo la elegancia del jefe. Yo solo tengo odio y ganas de usarte.
Diani obligó a Leonardo a ponerse de rodillas con un tirón de cabello que le arrancó un grito. El becario cayó sobre el suelo de linóleo sucio, temblando incontrolablemente. La chica se posicionó frente a él, obligándolo a mirar su pequeña pero agresiva virilidad.
—Míralo, naco —ordenó Diani—. Míralo y date cuenta de que no hay nadie en esta torre que quiera ayudarte. Todos queremos lo mismo: ver cuánto puedes aguantar antes de que te quiebres por completo.
Leonardo cerró los ojos, deseando desaparecer. El "uwu" que solía usar para protegerse de la realidad ya no servía de nada. Estaba atrapado en una habitación de suministros con una chica que lo odiaba y que estaba dispuesta a usar su condición para humillarlo de la forma más cruel posible.
—Abre la boca —mandó Diani, su voz vibrando con una autoridad que emulaba la de Emmanuel—. Ahora mismo.
Leonardo obedeció, las lágrimas cayendo sobre sus labios. Diani lo tomó de la mandíbula, forzándolo a aceptar su pequeño pero firme atributo. A pesar de su tamaño, la agresividad con la que ella se movía era sofocante. No había placer en esto, solo una dominación pura y un deseo de rebajar a Leonardo a lo más profundo del fango.
—Eso es... come de mi mano, becario —se burló Diani, mientras sus manos recorrían el cabello de Leonardo con brusquedad—. ¿No te sientes afortunado? Tienes a todo el personal de la Torre Arnault queriendo un pedazo de ti. Eres la perrita de la oficina.
Diani no se detuvo ahí. Con un movimiento rápido, giró a Leonardo y lo obligó a agacharse sobre unas cajas de papel para fotocopiadora. La posición era degradante, y el frío de la habitación hacía que su piel se erizara.
—Vamos a ver si este centímetro es capaz de hacerte gritar —susurró Diani al oído de Leonardo, mordiéndole el lóbulo con saña.
Lo que siguió fue una sesión de abuso metódico. Diani usaba su pequeño tamaño para penetrar de forma repetida y rápida, causando una irritación que hacía que Leonardo sollozara de dolor. Ella se reía de sus lamentos, disfrutando de la superioridad que sentía al tener al "favorito del jefe" bajo su control.
—¿Qué pasa, Leo? —se mofaba ella entre jadeos—. ¿Extrañas las manos grandes de Emmanuel? ¿O prefieres el perfume de Carlitos? Lástima... ahora solo me tienes a mí, la becaria que nadie nota. Pero yo soy la que te tiene ahora, ¿verdad?
Leonardo hundió el rostro en el cartón de las cajas, tratando de ahogar sus gritos. Se sentía sucio, más sucio que nunca. La traición de Diani dolía más que los golpes de Emmanuel, porque ella se había acercado con la máscara de la amistad.
—Por favor... basta... —suplicó Leonardo con un hilo de voz.
—No voy a parar hasta que entres en razón —respondió Diani, aumentando el ritmo—. Tienes que entender que aquí no hay amigos. Solo hay amos y esclavos. Y tú, Leonardo, naciste para ser esclavo.
Después de lo que parecieron horas, Diani finalmente se detuvo. Se ajustó la falda y se limpió con un pañuelo de papel que sacó de su bolsillo, como si estuviera limpiando una mancha de café. Miró a Leonardo, que yacía en el suelo, deshecho y temblando, con la camisa rota y los ojos vacíos.
—Levántate —le ordenó ella, dándole un puntapié suave en el costado—. Tienes que entregar ese reporte. No querrás que el señor Emmanuel se enoje, ¿verdad?
Leonardo se levantó con movimientos torpes, sintiendo un escozor insoportable. Recogió los papeles del suelo, que ahora estaban arrugados y manchados.
—Si dices una sola palabra de esto a alguien —dijo Diani, acercándose para arreglarle el cuello de la camisa con una falsa ternura que le dio náuseas a Leonardo—, le diré a todos que tú me acosaste. Y ya sabes a quién le van a creer: a la chica trabajadora o al becario naco que se acuesta con el jefe por unos pesos.
Diani le dio una última palmadita en la mejilla y salió de la habitación con una sonrisa radiante, como si acabara de tener la charla más motivadora del mundo.
Leonardo se quedó solo en el silencio del archivo. Se miró en un pequeño espejo roto que había sobre una estantería. Ya no reconocía al chico que había empezado las prácticas hacía unos meses. Sus ojos "uwu" estaban apagados, sustituidos por una mirada de mil yardas.
Salió del archivo y caminó hacia la oficina de Emmanuel. Sus pasos eran lentos, pesados. Cada vez que se cruzaba con alguien, sentía que todos sabían su secreto, que todos podían oler el rastro de Diani, de Emmanuel y de los demás sobre su piel.
Llegó a la puerta de la oficina del CEO. Carlitos estaba allí, sentado en su escritorio de recepción, revisando unos documentos con una expresión de aburrimiento. Al ver a Leonardo, una sonrisa burlona apareció en su rostro.
—Llegas tarde, becario —dijo Carlitos, recorriéndolo con la mirada—. Y te ves... especialmente desaliñado hoy. ¿Qué pasa? ¿Diani no te dio un buen café?
Leonardo no respondió. Simplemente bajó la cabeza y caminó hacia la puerta de Emmanuel.
—El señor lo espera —añadió Carlitos con un tono cargado de veneno—. Y parece que hoy está de un humor especialmente... creativo.
Leonardo abrió la puerta. Emmanuel estaba allí, de pie frente al ventanal, observando la ciudad como si fuera su tablero de ajedrez. Al escuchar entrar al becario, se giró lentamente. Sus ojos recorrieron el estado lamentable de Leonardo y una chispa de interés se encendió en ellos.
—Tardaste mucho, Leonardo —dijo Emmanuel, su voz resonando con esa autoridad abusiva que tanto terror le causaba—. Espero que el reporte esté perfecto. Porque si no...
Emmanuel se detuvo al notar algo. Se acercó a Leonardo y olfateó el aire cerca de su cuello.
—Hueles a algo diferente —comentó el CEO, entrecerrando los ojos—. Un perfume barato... de mujer. Pero hay algo más. Algo amargo.
Leonardo tembló. No podía decir la verdad, pero tampoco podía ocultar el rastro del abuso de Diani.
—Yo... tuve un accidente en el archivo, señor —mintió Leonardo, su voz apenas un susurro.
Emmanuel lo tomó de la barbilla, obligándolo a mirarlo. Vio el rastro de la bofetada de Diani en su mejilla y la marca de los dientes en su cuello. Una sonrisa cruel y posesiva se dibujó en los labios del millonario.
—Parece que alguien más ha estado jugando con mi juguete —dijo Emmanuel, y por un momento, Leonardo no supo si estaba enojado o divertido—. No importa. Eso solo significa que tendré que marcarte con más fuerza para que nadie olvide a quién perteneces.
Emmanuel lo empujó hacia el escritorio, el mismo lugar donde ayer había comenzado su pesadilla. Leonardo cerró los ojos, aceptando su destino. En la Torre Arnault, no había escapatoria. Si no era el CEO, era el secretario. Si no era el secretario, era la perrita migajera. Y si no eran ellos, incluso la becaria más "amable" resultaba ser un monstruo dispuesto a devorarlo.
—Sí, señor... —murmuró Leonardo, rindiéndose por completo—. Lo que usted diga... uwu.
Mientras Emmanuel comenzaba a despojarlo de lo poco que quedaba de su dignidad, Leonardo se dio cuenta de una verdad aterradora: en ese edificio de lujo y cristal, él no era una persona. Era solo el campo de batalla donde los demás libraban sus guerras de poder. Y lo peor de todo es que, en medio del dolor y la humillación, una parte de él ya no sabía cómo vivir de otra manera.