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Amor entre coronas

Entre Sombras de Seda y Latidos de Arena

El estanque de los lotos era un refugio de plata bajo la luna llena. El agua, inmóvil como un espejo, devolvía el reflejo de dos figuras que no deberían estar allí, lejos del protocolo y las miradas inquisidoras de la aristocracia. Nick observó a la princesa Judy de reojo; la luz nocturna acentuaba el brillo amatista de sus ojos y la delicadeza de sus facciones, pero lo que más le cautivaba era esa energía vibrante que parecía emanar de ella incluso cuando estaba en silencio.

—¿Sabes? —rompió el silencio Judy, jugueteando con un pétalo que flotaba cerca de la orilla—. He pasado años practicando el vals con tutores que me daban golpecitos en los tobillos si fallaba un paso. Pero nunca me dijeron que el baile más interesante de mi vida ocurriría en un jardín, huyendo de la fiesta.

Nick soltó una carcajada suave, un sonido ronco que vibró en el aire fresco de la noche.

—Bueno, yo aprendí a bailar por pura obligación diplomática. Mi padre decía que un rey que no sabe moverse en la pista es un rey que no sabe moverse en la política. Aunque siempre preferí el caos de las dunas al orden de un salón.

Judy se giró hacia él, con una chispa de travesura en la mirada.

—¿Insinúa el Rey de Sahara que sus pies son tan torpes como su carácter gruñón?

Nick arqueó una ceja, fingiéndose ofendido mientras se llevaba una mano al pecho.

—¿Gruñón? Yo lo llamaría "encanto selectivo", princesa. Y en cuanto a mis pies... —Se acercó un paso, reduciendo la distancia entre ambos hasta que el aroma a azahar de Judy y el olor a sándalo y sol de Nick se mezclaron—. Creo que podría darle una lección o dos, incluso sin una orquesta de cincuenta músicos.

La música del salón, una melodía suave de violines y violonchelos, llegaba hasta ellos como un susurro lejano, filtrada por los altos setos del laberinto. Judy extendió su mano derecha, con la palma hacia arriba, en un mudo desafío que Nick no tardó en aceptar.

Cuando sus manos se encontraron, una descarga eléctrica recorrió el brazo de Nick. La piel de Judy era suave, pero su agarre era firme, revelando la determinación que la caracterizaba. Él colocó su mano izquierda en la cintura de la princesa, sintiendo la delicadeza de la seda de su vestido y, debajo de ella, la calidez de su cuerpo.

Empezaron a moverse. No era el vals rígido y coreografiado que ambos habían ejecutado mil veces en sus cortes. Era algo más fluido, más íntimo. Nick guiaba con una elegancia natural que Judy no esperaba de un zorro que se quejaba del rocío, y ella lo seguía con una agilidad que lo dejó sin aliento.

—Bailas bien para ser un ermitaño real —susurró Judy, mientras giraban lentamente cerca del borde del agua.

—Y tú eres sorprendentemente ligera para ser tan... decidida —respondió Nick, bajando la voz hasta convertirla en una caricia—. Casi olvido que estamos en BurryBorrow y no en un sueño.

A medida que el baile avanzaba, la atmósfera cambió. El ingenio y las bromas quedaron en segundo plano, reemplazados por una conciencia aguda del otro. Nick no podía apartar la vista de los labios de Judy, que se curvaban en una sonrisa suave, ni de la forma en que su respiración se acompasaba con la de él. Por primera vez en años, el peso de la corona de Sahara, las responsabilidades de su reino y la soledad de su palacio desaparecieron. Solo existía ella.

Judy, por su parte, sentía que su corazón martilleaba contra sus costillas con una fuerza desconocida. Había conocido a cientos de príncipes, todos ellos perfectos, todos ellos predecibles. Pero Nick... Nick era un rompecabezas de cinismo y ternura, un rey que prefería la sombra de un jardín a la luz de los candelabros. En sus brazos, no se sentía como una pieza de ajedrez política, sino como una mujer vista por primera vez.

El ritmo de la música lejana se volvió más lento, llegando a su clímax. Nick atrajo a Judy un poco más hacia él, eliminando cualquier espacio sobrante. Sus rostros quedaron a escasos centímetros. El mundo alrededor se desvaneció: las flores, el estanque, incluso el lejano eco de los invitados. Solo quedaba el calor compartido y el ritmo de dos corazones que, por un instante, latían al unísono.

Nick bajó la mirada, perdiéndose en el violeta profundo de los ojos de Judy. Sintió una urgencia casi dolorosa de proteger esa chispa de vida, de conocer cada pensamiento que cruzaba por su mente.

—Judy... —murmuró su nombre por primera vez, sin títulos ni protocolos.

La respiración de ella se mezcló con la suya, un suspiro cálido que Nick sintió en sus propios labios. Judy cerró los ojos, inclinándose apenas un milímetro, esperando, deseando que el tiempo se detuviera para siempre en ese jardín.

¡CLAP! ¡CLAP! ¡CLAP!

El estruendo repentino de aplausos provenientes del palacio rompió el hechizo como un cristal estallando. La orquesta había terminado su pieza principal y los invitados celebraban ruidosamente desde las terrazas.

Ambos se separaron de un salto, como si hubieran sido sorprendidos en una travesura. Judy se alisó el vestido frenéticamente, sintiendo que sus mejillas ardían más que las antorchas del salón. Nick se aclaró la garganta y se ajustó la túnica, tratando de recuperar su máscara de indiferencia real, aunque sus manos aún temblaban ligeramente.

—Parece que la "inspección táctica" ha terminado —dijo Nick, con una sonrisa que no llegó a ser tan burlona como de costumbre. Sus ojos verdes seguían fijos en ella, brillando con una intensidad que la hizo estremecer.

—Sí —respondió Judy, intentando recuperar el aliento—. Mis padres me buscarán pronto. Si no aparezco, enviarán a toda la guardia real a peinar los arbustos.

Caminaron de regreso hacia las luces del palacio en un silencio cargado de palabras no dichas. A medida que se acercaban a la entrada principal, la realidad comenzó a imponerse. Nick era un rey de un reino lejano y árido; ella era la heredera de una tierra verde y fértil. Un océano de kilómetros y responsabilidades los separaba.

Al llegar al umbral de las grandes puertas de roble, Judy se detuvo. La tristeza la invadió de repente, una sensación de vacío al pensar que, una vez que Nick cruzara esas puertas hacia su carruaje, volvería a ser solo una anécdota en los libros de historia de su reino.

—Supongo que esto es todo —dijo ella, tratando de mantener su voz firme—. Mañana partirás hacia Sahara.

Nick la observó. Verla así, con la luz del salón bañando su figura pero con esa sombra de tristeza en los ojos, le revolvió el alma. No podía simplemente irse. No después de haber sentido lo que sintió en el jardín.

—Judy, mírame —pidió él con suavidad.

Ella levantó la vista. Nick dio un paso hacia ella, ignorando a los guardias que los observaban con curiosidad desde la distancia. Tomó la mano de la princesa entre las suyas, sintiendo su pequeñez y su fuerza.

—No soy muy bueno con las promesas reales —comenzó Nick, con esa voz ronca que a ella tanto le gustaba—, y suelo desconfiar de los finales de cuento de hadas. Pero te aseguro algo: no he viajado cientos de kilómetros solo para bailar un vals y olvidarlo.

Judy sintió que una chispa de esperanza se encendía en su pecho.

—¿Lo dices en serio? —susurró.

—Lo digo muy en serio —afirmó Nick—. Sahara puede ser un lugar árido, pero sé reconocer un tesoro cuando lo encuentro entre la arena. Nos volveremos a ver, Judy Hopps. Aunque tenga que inventar una crisis comercial o una disputa por los límites de los desiertos solo para tener una excusa para volver.

Nick se inclinó con una elegancia que esta vez no tenía nada de exagerada ni de burla. Llevó la mano de Judy a sus labios y depositó un beso suave, prolongado, sobre el dorso de su mano. El contacto fue breve, pero dejó una marca invisible de fuego en la piel de la princesa.

—Hasta pronto, Zanahorias —susurró él, usando un apodo que acababa de inventar y que la hizo sonreír entre la melancolía.

Judy se quedó allí, de pie bajo el arco de piedra, viendo cómo la capa roja y dorada de Nick desaparecía entre la multitud del salón mientras buscaba a su escudero. Se llevó la mano que él había besado al corazón, sintiendo los latidos aún desbocados.

—Hasta pronto, Nick —murmuró ella para sí misma.

Sabía que la espera sería larga y que los príncipes aburridos seguirían desfilando por su corte, pero ya no le importaba. Porque ahora, bajo el cielo de BurryBorrow, el recuerdo de un rey gruñón y una danza bajo la luna era suficiente para iluminar cualquier salón de baile, por muy oscuro que fuera.