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Amor entre coronas

Cartas de Arena y Sueños de Azahar

El sol de la mañana se filtraba por los ventanales de la biblioteca real de BurryBorrow, pero Judy Hopps no estaba prestando la menor atención al pesado tomo sobre tratados comerciales que descansaba en su regazo. Sus ojos amatistas estaban fijos en el horizonte, más allá de las colinas verdes, imaginando el lugar donde el cielo se encontraba con la arena.

Habían pasado apenas diez días desde el baile, pero para Judy, el tiempo se había estirado como una cuerda tensa. Sus padres comentaban lo "distraída" que estaba la princesa, atribuyéndolo al cansancio de las festividades. No sabían que su hija estaba atrapada en un bucle infinito de recuerdos: el tacto de una mano cálida en su cintura, el brillo verde de una mirada inteligente y el eco de una voz ronca llamándola "Zanahorias".

—Princesa, el capitán de la guardia pregunta si hoy asistirá a la práctica de tiro con arco —interrumpió una de las sirvientas, entrando con una bandeja de plata.

Judy se sobresaltó, cerrando el libro de golpe.

—Diles que iré en un momento, Bonnie. Solo... —Se detuvo al ver lo que había en la bandeja—. ¿Es eso para mí?

En el centro de la bandeja descansaba un sobre de papel grueso, de un tono ocre que recordaba a la tierra seca, sellado con cera roja que llevaba la impronta de un zorro bajo un sol radiante. El sello del Reino de Sahara.

—Llegó hace unos minutos con un mensajero que parecía haber cabalgado sin descanso —explicó la sirvienta con una sonrisa cómplice.

Judy tomó la carta con dedos temblorosos. En cuanto la puerta se cerró, rompió el sello con una urgencia impropia de una dama de la corte.

"Para la Princesa de los Jardines," comenzaba la nota, con una caligrafía elegante pero con trazos algo descuidados, como si quien escribiera tuviera prisa. "He sobrevivido al viaje de regreso, aunque mi escudero Finnick insiste en que mi carácter ha empeorado. Dice que suspiro demasiado mirando hacia el norte. Le he dicho que solo estoy vigilando posibles frentes meteorológicos, pero es un zorro difícil de engañar. Espero que los príncipes aburridos no te hayan asfixiado todavía. Atentamente, Nick."

Judy soltó una risita, presionando el papel contra su pecho. No era una declaración de amor, pero era *él*. Era su voz plasmada en tinta.

Durante las semanas siguientes, el intercambio se volvió constante. Lo que empezó como breves notas de amistad y pullas ingeniosas fue transformándose, casi sin que se dieran cuenta, en un diálogo de almas. Las cartas de Nick se volvieron más largas, más profundas. Ya no solo hablaba de la política de Sahara o de las quejas de Finnick; hablaba de la soledad que sentía en el trono antes de conocerla, de cómo el color violeta de las flores del desierto le recordaba a sus ojos, y de cómo el palacio se sentía más vacío ahora que sabía que ella existía en alguna parte del mundo.

"A veces me encuentro hablando con tu recuerdo en el balcón," decía una de las cartas más recientes. "Y me doy cuenta de que Sahara tiene todo el oro del mundo, pero le falta la luz que tú trajiste a mi jardín aquella noche. Te adoro, Judy. Con una intensidad que asusta a este viejo zorro gruñón."

Judy recibió esa carta mientras se encontraba en medio de sus clases de equitación. Estaba ajustando la silla de su caballo cuando el mensajero real apareció. Al leer las palabras "te adoro", sintió que sus rodillas flaqueaban. Se sentó sobre una bala de heno, ignorando las miradas curiosas de su instructor. Al final de la misiva, Nick hacía la propuesta que ella tanto había anhelado.

"Ven a Sahara, Judy. Deja que te enseñe las estrellas de las que hablamos. Ven a ser la luz de mi reino, aunque sea por unos días. Te espero con el corazón en la mano."

—¿Buenas noticias, Alteza? —preguntó el instructor de equitación, acercándose.

Judy levantó la vista, con una determinación que recordaba a la guerrera que llevaba dentro.

—Las mejores. Prepare mi equipaje de viaje. Me voy al sur.

El viaje al Reino de Sahara fue una transición de colores. Del verde vibrante de BurryBorrow al ocre dorado, al naranja encendido y, finalmente, al blanco deslumbrante de la capital de Nick, construida con piedra caliza que brillaba como perlas bajo el sol implacable.

Cuando el carruaje de Judy cruzó las puertas de la ciudad, ella quedó maravillada. No era el desierto estéril que algunos describían; era un lugar lleno de vida, con mercados bulliciosos que olían a especias exóticas, palmeras que daban una sombra fresca y canales de agua cristalina que serpenteaban por las calles.

El carruaje se detuvo frente al gran palacio. Nick estaba allí, esperándola al pie de la escalinata. No vestía sus ropas de gala, sino una túnica de seda ligera color esmeralda que resaltaba su pelaje rojizo. En cuanto Judy bajó, sus miradas se cruzaron y el mundo alrededor pareció enmudecer.

—Has venido —dijo Nick. Su voz era apenas un susurro, pero cargado de una emoción que no pudo ocultar.

—Te dije que quería ver esas estrellas —respondió Judy, sonriendo con una mezcla de timidez y alegría pura.

—Bueno —Nick dio un paso adelante, rompiendo el protocolo y tomando sus manos frente a toda su corte—, las estrellas no salen hasta la noche, pero creo que puedo encontrar algo que te mantenga entretenida hasta entonces.

Nick la guió por el palacio, mostrándole las maravillas de su hogar. Le enseñó la sala de los mapas, los jardines colgantes donde crecían dátiles dulces y la gran biblioteca que contenía la historia de mil años de nómadas. Pero Judy notaba que Nick estaba inusualmente inquieto. Sus bromas eran más breves y sus ojos verdes la buscaban constantemente, como si temiera que ella fuera un espejismo que fuera a desvanecerse en el calor del desierto.

Finalmente, al atardecer, Nick la llevó a su despacho privado. Era una estancia circular, con grandes ventanales que daban a las dunas infinitas, que en ese momento se teñían de púrpura y carmesí bajo el sol poniente. El despacho estaba lleno de libros, pergaminos y el aroma reconfortante a sándalo que Judy asociaba con él.

—Es hermoso, Nick —dijo ella, acercándose a la ventana—. Nunca he visto nada igual.

Nick no miraba el paisaje. La miraba a ella. La luz del ocaso bañaba a Judy, haciéndola parecer una visión celestial. El contraste de su pelaje grisáceo y su vestido de viaje azul contra el fondo dorado del desierto era la imagen más perfecta que Nick había visto jamás.

—Judy... —la llamó él, con voz suave.

Ella se giró y se encontró con que Nick estaba muy cerca. La expresión gruñona que solía usar como escudo había desaparecido por completo, dejando al descubierto una vulnerabilidad que la conmovió hasta lo más profundo.

—He pasado cada noche desde que me fui de tu reino intentando escribir lo que siento —comenzó Nick, dando un paso más—. He llenado pergaminos enteros, he borrado mil frases, he buscado las palabras más elegantes en todos los idiomas que conozco. Pero nada parece suficiente.

Judy sintió que su corazón comenzaba a latir con fuerza.

—Nick, no necesitas palabras elegantes conmigo —susurró ella, acortando la distancia.

—Lo sé —asintió él, tomando su rostro entre sus manos con una delicadeza infinita, como si ella fuera de cristal—. Pero necesito que sepas que ya no puedo imaginar este reino, ni este trono, ni mi vida, sin ti. Te amo, Judy. No como un rey ama a una princesa por conveniencia, sino como un hombre que ha encontrado su hogar en el alma de otra persona.

Las lágrimas asomaron a los ojos de Judy, pero eran de felicidad pura.

—Yo también te amo, Nick —respondió ella, rodeando su cuello con sus brazos—. Me sentía perdida en mi propio castillo hasta que chocaste conmigo en ese jardín. Gracias por no dejar de mandarme esas cartas. Gracias por ser el zorro más testarudo y maravilloso del mundo.

Nick soltó un suspiro de alivio, una sonrisa radiante iluminando su rostro.

—Entonces, supongo que ya no tengo que preocuparme por las crisis comerciales inventadas —bromeó él, aunque su voz temblaba de emoción.

—No —dijo Judy, inclinándose hacia él—, ahora solo tienes que preocuparte por esto.

Nick acortó el último espacio que los separaba y la besó. Fue un beso que sabía a anhelo cumplido, a promesas cumplidas y a un futuro que apenas comenzaba. Fue un beso tierno, pero cargado de toda la pasión que habían contenido en sus cartas durante semanas. En la quietud del despacho, rodeados por el silencio majestuoso del Sahara, dos mundos diferentes finalmente se convirtieron en uno solo.

Cuando se separaron, Nick apoyó su frente contra la de ella, cerrando los ojos.

—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto, Zanahorias? —preguntó él con un tono juguetón.

—¿Qué, Nick?

—Que Finnick va a tener que admitir que yo tenía razón. No estaba vigilando el clima. Estaba esperando mi destino.

Judy rió y lo abrazó con fuerza, mientras afuera, la primera estrella de la noche se encendía sobre las arenas de Sahara, brillando con la misma intensidad que el amor que acababa de nacer entre un rey y su princesa.