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Amor entre secretos

Entre rosas y víboras

El reflejo en el espejo de obsidiana y plata le devolvía a Rhaenyra Targaryen la imagen de una mujer que ya no era la niña imprudente que solía sobrevolar Desembarco del Rey a lomos de Syrax. Sus hombros eran más anchos, su busto más generoso y sus caderas habían florecido con la fuerza de quien ha dado vida cuatro veces. Mientras sus damas de compañía trenzaban mechones de oro plateado con hilos de seda roja, Rhaenyra mantenía la mirada fija en su propio rostro, buscando en sus ojos morados la determinación necesaria para la noche que se avecinaba.

La comitiva de su padre, el rey Viserys, había llegado a Rocadragón antes de lo previsto. Laenor, cumpliendo con sus deberes de consorte con esa ligereza de espíritu que lo caracterizaba, se había llevado a Jacaerys, Lucerys y Joffrey al puerto para recibirlos. La habitación, por lo tanto, estaba en una calma tensa, solo interrumpida por el suave tarareo de las sirvientas.

A través del espejo, Rhaenyra vio un movimiento en el rincón de la estancia. La pequeña Visenya se había despertado de su siesta. La niña, un torbellino de energía y testarudez, lucía un vestido de terciopelo rojo sangre que resaltaba su piel pálida y su cabello oscuro como el ala de un cuervo. Sobre su cabeza, la corona de rosas que Aurion le había tejido esa tarde se mantenía firme, aunque algunas hojas se habían marchitado levemente.

—Princesa, es hora de colocaros la tiara de oro —dijo una de las damas, acercándose a Visenya con la joya real.

—¡No! —La voz de la niña, de apenas dos años, resonó con una autoridad impropia de su edad—. ¡Flores! ¡Mi corona de flores!

—Pero, alteza, vuestro abuelo el Rey está aquí. Debéis lucir vuestras joyas —insistió la sirvienta, intentando retirar las rosas.

Visenya frunció el ceño, un gesto que era una copia exacta del de Aurion cuando estaba contrariado, y se cruzó de brazos con un berrinche asomando en sus labios.

—¡Es de Kepa! —gritó la pequeña, protegiendo las flores con sus manos—. ¡Mía!

Rhaenyra no pudo evitar que una sonrisa melancólica curvara sus labios. Hizo un gesto a la dama para que se retirara.

—Déjala —ordenó la princesa—. Si desea llevar las flores de su protector, que las lleve. En este castillo, la voluntad de un dragón es ley, incluso si ese dragón prefiere las rosas al oro.

Al ver a su hija defender con tanta ferocidad aquel regalo sencillo, Rhaenyra se perdió en los pasillos de su memoria. Era imposible no recordar cómo había empezado todo. Recordó la humillación de aquella noche en que Daemon la arrastró a los bajos fondos para luego abandonarla a su suerte, dejándola vulnerable y confundida. Recordó el olor a orina y podredumbre de aquel callejón oscuro, el tacto rudo de los hombres que la habían acorralado y el terror gélido que le recorrió la espina dorsal.

Y luego, recordó a Aurion.

No era un caballero de brillante armadura en aquel entonces, sino un simple capa dorada del Lecho de Pulgas. Pero la ferocidad con la que manejó su espada para rescatarla, la honestidad en sus ojos verdes y la forma en que la envolvió en su capa sin pedir nada a cambio, sembraron una semilla que ningún matrimonio de estado pudo arrancar.

Había pasado un año de matrimonio con Laenor antes de que la realidad los golpeara. Su esposo era un hombre bueno, pero sus deseos habitaban en costas donde ella no podía navegar. Tras intentos fallidos y lágrimas compartidas en la oscuridad, Rhaenyra había tomado una decisión nacida tanto del deseo como de la necesidad de supervivencia dinástica. Había llamado a Aurion a sus aposentos y, por primera vez en su vida, la princesa de Rocadragón se había mostrado vulnerable ante un hombre de baja cuna. Le había pedido no solo su espada, sino su semilla y su corazón.

—Vuestro cabello está listo, princesa —anunció la dama principal, sacándola de sus pensamientos.

Rhaenyra se puso en pie, sintiendo el peso de su nuevo embarazo como una presencia cálida en su vientre. Tomó la mano de Visenya y salieron de los aposentos.

En el pasillo, apoyado contra la pared de piedra con la vigilancia de un lobo, las esperaba Aurion. Su armadura de escamas oscuras brillaba bajo las antorchas. Al verlas, su rostro severo se suavizó.

—Estáis radiante, mi princesa —dijo él, inclinando levemente la cabeza—. Y vos, pequeña Visenya, parecéis una verdadera reina de la primavera con esa corona.

Visenya soltó un chillido de alegría y se lanzó hacia él. Aurion la atrapó en el aire, permitiendo que la niña riera antes de volver a ponerla en el suelo.

—¡Mano, Kepa! —exigió Visenya, extendiendo su pequeña mano hacia él mientras con la otra sujetaba la de su madre.

Aurion dudó un instante, mirando a Rhaenyra. Ella asintió con un brillo desafiante en los ojos. Sabían que caminar así por los pasillos de Rocadragón era una invitación a los susurros, pero en ese breve trayecto hacia el Gran Salón, querían ser la familia que el destino les negaba ser en público. Aurion tomó la mano de la niña, cerrando el círculo.

Sin embargo, al acercarse a las grandes puertas de roble del salón, Aurion soltó suavemente a la pequeña. El deber recuperó su lugar sobre el deseo. Se colocó un paso por detrás de Rhaenyra, con la mano en el pomo de su espada, transformándose de nuevo en la sombra protectora.

Al entrar, el bullicio del banquete los recibió. Laenor estaba allí, rodeado de los tres niños mayores. Jacaerys y Lucerys, con sus cabellos oscuros y rasgos fuertes, contrastaban con la figura esbelta y platinada de su "padre" legal. Viserys, sentado en la cabecera, parecía más envejecido que la última vez, pero sus ojos se iluminaron al ver a su hija favorita.

Visenya no esperó a las presentaciones. Corrió por la alfombra hacia el trono de su abuelo.

—¡Abuelo! —gritó, trepando por las vestiduras reales del rey.

Viserys soltó una carcajada ronca, abrazando a la pequeña.

—¡Aquí está mi pequeña guerrera! —exclamó el rey, besando la frente de la niña—. ¿Qué es esto? ¿Una corona de rosas? Es mucho más hermosa que cualquier joya de Valyria.

—¿Me has traído un regalo, abuelo? —preguntó ella con la franqueza de la infancia.

—Por supuesto que sí, pequeña. Pero primero debemos cenar —respondió Viserys, ignorando por completo el hecho de que su nieta tenía el cabello tan oscuro como el carbón y ninguna semejanza con los Velaryon.

Rhaenyra sintió un nudo de gratitud hacia su padre. Su ceguera voluntaria era su mayor escudo. Sin embargo, ese alivio se evaporó cuando una figura vestida de verde esmeralda se interpuso en su camino.

Alicent Hightower lucía una sonrisa que no llegaba a sus ojos, los cuales se movían como víboras, analizando cada detalle. Se detuvieron primero en Visenya, luego en los chicos y, finalmente, se clavaron en Aurion, que permanecía impasible detrás de la princesa.

—Rhaenyra, querida —dijo la reina con una voz melosa que ocultaba veneno—. Qué alegría ver que tu familia sigue... floreciendo.

Rhaenyra mantuvo la espalda recta, sintiendo la presencia sólida de Aurion a su espalda.

—Gracias, reina Alicent. La fertilidad es una bendición de los dioses, ¿no es así? —replicó Rhaenyra, rozando deliberadamente su vientre aún plano.

Alicent apretó los labios, su mirada volviendo a los niños.

—Es fascinante cómo la genética juega con nosotros —comentó la reina, alzando una ceja—. Tus hijos están creciendo muy rápido. Joffrey es la viva imagen de un guerrero... aunque me pregunto de dónde habrán sacado esos rasgos tan... marcados. Parecen sacados de los callejones más profundos de la capital.

Rhaenyra sintió que la sangre le hervía, pero no perdió la compostura.

—Tienen la fuerza de los dragones, Alicent. Algo que no se hereda de los libros de oraciones ni de las ambiciones de los segundos hijos —respondió con una sonrisa mordaz—. Quizás deberías preocuparte menos por mis hijos y más por los tuyos; he oído que Aegon prefiere las peleas de ratas a las lecciones de historia.

Sin esperar respuesta, Rhaenyra pasó de largo, dejando a la reina con la palabra en la boca. Se sentó en su lugar asignado, con Aurion situándose inmediatamente detrás de su silla, como una estatua de hierro y lealtad.

El banquete comenzó, pero para Aurion, el sabor del vino y la comida era inexistente. Sus sentidos estaban agudizados, captando cada murmullo, cada mirada furtiva. Podía sentir el odio que emanaba de la mesa de los Verdes.

—Ser Aurion —una voz siseante lo sacó de su vigilancia.

Era Ser Criston Cole. El Lord Comandante de la Guardia Real se había acercado con una copa en la mano, su rostro marcado por una amargura que los años no habían suavizado.

—Ser Criston —respondió Aurion con voz neutra.

—Debo felicitaros, Ser —dijo Cole, inclinándose lo suficiente para que solo Aurion lo oyera—. Vuestro trabajo como "protector" es... exhaustivo. La princesa parece muy satisfecha con vuestros servicios. En mis tiempos, los guardias jurados nos conformábamos con proteger la vida de nuestros señores, no con sembrar sus campos.

Aurion no parpadeó. Sus manos permanecieron relajadas, pero su mente estaba evaluando la distancia hasta el cuello de Cole.

—Un guardaespaldas debe estar donde se le necesita, Ser Criston —respondió Aurion con calma—. Algunos protegemos lo que amamos, otros simplemente vigilan lo que perdieron por despecho.

Cole apretó la mandíbula, sus ojos brillando con una furia asesina, pero antes de que pudiera responder, un estallido de risas en la mesa real los interrumpió.

Aurion desvió la mirada. Sabía que las palabras de Cole eran solo el principio. Los Verdes no se conformarían con insultos. Miró a Jacaerys, que intentaba actuar como un príncipe perfecto; a Lucerys, que reía con Laenor; y a la pequeña Visenya, que ahora jugaba con los anillos del Rey. Eran sus hijos. Su sangre. Y estaban rodeados de depredadores.

Su mirada recorrió el salón hasta posarse en la mesa de los consejeros. Allí, sentado en las sombras, estaba Larys Strong. El hombre apodado "El Pie Zambo" observaba la escena con una sonrisa enigmática, sus ojos moviéndose de Rhaenyra a Aurion con una inteligencia maliciosa. Larys era la araña que tejía las redes de Alicent, el hombre que convertía los secretos en dagas.

Aurion comprendió en ese instante que las espadas de madera de sus hijos y su propia fuerza bruta no serían suficientes para lo que vendría. Si quería proteger a Rhaenyra y a los niños de la tormenta que se avecinaba, debía aprender a jugar el juego de las sombras.

Larys Strong sería el primero. Aurion sabía que el hombre del pie zambo tenía debilidades, secretos propios ocultos bajo esa capa de humildad y cojera. Si los Verdes querían usar la verdad sobre la paternidad de sus hijos como un arma, él tendría que encontrar un arma más terrible para silenciarlos.

—¿Pasa algo, Aurion? —susurró Rhaenyra, inclinándose levemente hacia atrás sin dejar de sonreír a los invitados.

Aurion ajustó su posición, su mirada fija en Larys, quien acababa de levantar su copa hacia él en un brindis silencioso y burlón.

—Nada de lo que debas preocuparte esta noche, mi princesa —respondió Aurion con una voz que era puro acero—. Solo estoy identificando las malas hierbas que hay que arrancar del jardín.

Rhaenyra asintió, confiando plenamente en el hombre que la había salvado una vez en un callejón y que ahora, lo sabía bien, estaba dispuesto a quemar el mundo entero para que sus hijos pudieran seguir llamándolo, aunque fuera en el secreto de sus corazones, su Kepa.

El banquete continuó entre risas falsas y promesas de paz, mientras en la penumbra del Gran Salón de Rocadragón, un hombre nacido en el Lecho de Pulgas juraba que ningún pie zambo, ninguna reina verde y ningún caballero despechado apagaría la luz de los dragones que él mismo había ayudado a engendrar.