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Amor entre secretos

La Danza de los Colmillos y el Juramento del Escudo

La luz de las antorchas en el Gran Salón de Rocadragón siempre había parecido cálida para Rhaenyra, un refugio contra las intrigas de la capital. Pero esa noche, el fuego de los braseros proyectaba sombras alargadas y retorcidas que semejaban garras sobre las paredes de piedra. La cena para celebrar el nombramiento de Daemon como Maestro de los Susurros debía ser un triunfo, el golpe final a la influencia de los Hightower. Sin embargo, el aire estaba saturado de una tensión eléctrica, un presagio de que la sangre pesaba más que las celebraciones.

Rhaenyra caminaba por el corredor principal, sintiendo el peso de su quinto embarazo. Sus movimientos eran más lentos, su andar más pesado, pero su espíritu ardía con una satisfacción silenciosa. A su lado, Aurion Waters caminaba con la precisión de un depredador. Su armadura oscura, grabada con el dragón de tres cabezas, brillaba bajo la luz mortecina. La capa roja, pesada y solemne, ondeaba tras él como un río de vino y guerra.

—¿Te he dicho lo hermosa que te miras esta noche, princesa? —preguntó Aurion en voz baja, con una sonrisa pícara que suavizaba sus facciones endurecidas por los años.

Rhaenyra se detuvo un instante, girándose para mirarlo. A pesar de que los años habían ensanchado sus caderas y los embarazos habían dejado huellas en su piel, en los ojos verdes de Aurion ella seguía siendo la joven que rescató en aquel callejón maloliente. Él no veía a una heredera cuestionada; veía a su mundo entero.

—Me lo has dicho tres veces esta noche, Aurion —respondió ella, sintiendo un calor familiar en las mejillas—. Hoy estás más galante de lo que acostumbras.

—Es la felicidad, princesa —dijo él, bajando un poco la voz para que solo ella lo escuchara—. Ver la cara de Alicent cuando el Rey nombró a Daemon... esa visión me alimentará durante años. Hemos ganado una batalla importante.

Rhaenyra le sonrió con una picardía que prometía mucho más que palabras.

—Cuando la comitiva de mi padre abandone la isla, celebraremos a lo grande —le prometió, bajando la mirada hacia sus manos—. Solo nosotros dos.

Aurion tragó saliva, sus ojos oscureciéndose por el deseo contenido, pero el momento se rompió antes de que pudiera responder. El sonido de botas metálicas corriendo sobre la piedra resonó en el pasillo. Un guardia de Rocadragón apareció a la vuelta de la esquina, sin aliento y con el rostro pálido.

—Princesa... —jadeó el hombre, haciendo una reverencia apresurada—. Se solicita su presencia en la sala del trono de inmediato. Ha sucedido algo... algo con los jóvenes príncipes.

El mundo pareció detenerse. Rhaenyra sintió una punzada de frío en el vientre que nada tenía que ver con el bebé. Aurion ya había desenvainado un palmo de su espada por puro instinto, su mirada volviéndose gélida y letal.

—¿Qué ha pasado? —exigió Aurion, su voz resonando con la autoridad de un comandante.

—Hubo una pelea, Ser. En los jardines. Sangre... ha corrido mucha sangre.

Rhaenyra no esperó más. Se sujetó el vientre con una mano y comenzó a caminar lo más rápido que su cuerpo le permitía, ignorando el dolor en la espalda. Detrás de ella, escuchaba los pasos pesados y rítmicos de Aurion, una presencia constante que era lo único que evitaba que el pánico la consumiera.

Cuando las puertas del salón se abrieron, la escena que los recibió fue una pesadilla tallada en mármol. El salón estaba dividido: en un lado, los guardias de Rocadragón con las manos en los pomos de sus espadas; en el otro, los capas blancas y los hombres de los Hightower, tensos como cuerdas de arco.

En el centro, el caos.

Rhaenyra casi cayó de rodillas al ver a sus hijos. Jacaerys tenía un ojo hinchado y el labio partido; Lucerys presionaba un paño empapado en sangre contra su nariz rota; y el pequeño Joffrey tenía la ceja abierta, con un hilo de sangre corriéndole por la mejilla. Pero fue Visenya quien rompió el corazón de Rhaenyra. La niña estaba en brazos de Leanor, temblando de forma violenta, con los ojos desorbitados por el terror.

Al ver a su madre, la pequeña se soltó de Leanor y corrió hacia ella con un grito desgarrador.

—¡Madre! ¡Kepa! —sollozó la niña, refugiándose en las faldas de Rhaenyra.

Aurion se adelantó, colocándose como un muro de hierro frente a su familia. Su mirada recorrió a sus hijos, uno por uno, y Rhaenyra pudo ver cómo sus hombros se ensanchaban y sus puños se cerraban. Era la furia de un padre que ha visto su tesoro profanado.

—¿Qué ha pasado? —gritó Rhaenyra, su voz cargada de una furia primitiva—. ¿Quién se ha atrevido a lastimar a mis hijos? ¡Quiero su cabeza en una pica antes de que termine la hora!

—¡Lo que sucede es que tus hijos son unos salvajes! —chilló la Reina Alicent desde el otro lado del salón.

Rhaenyra giró la cabeza y vio a Aemond sentado en una silla. El Gran Maestre trabajaba frenéticamente sobre su rostro, pero el rojo intenso que empapaba las vendas no dejaba lugar a dudas: el chico había perdido un ojo.

—Tus hijos han mutilado a mi hijo —continuó Alicent, con la voz quebrada por el odio—. ¡Atacaron a Aemond y lo han dejado marcado de por vida! ¿Cómo te atreves a exigir compensación?

—¡Él nos atacó primero! —gritó Jacaerys, dando un paso al frente a pesar de sus heridas—. ¡Él llamó a Visenya...!

—¡Cállate, bastardo! —le espetó Alicent.

El silencio que siguió a esa palabra fue tan pesado que dolió. Aurion dio un paso al frente, su mano apretando la empuñadura de su espada con tal fuerza que el cuero crujió. Sus ojos verdes estaban fijos en Aemond con una intención tan asesina que incluso los guardias de la reina retrocedieron un paso.

—¡Basta! —la voz de Viserys, sentado en el trono, sonó cansada pero autoritaria—. ¡Silencio todos! ¡Jacaerys, habla! Cuéntame qué ha pasado, sin omitir nada.

El niño, con la voz entrecortada por el shock, relató la historia. Habían llevado a Visenya a los jardines porque la niña quería ver a Vhagar volar en la distancia. Aemond había llegado entonces, insultándolos, llamando a Visenya "bastarda" y burlándose de que un dragón tan antiguo estuviera vinculado a alguien de su ralea. Jace contó cómo Aemond los golpeó a los tres, pero lo peor vino después.

—Él... él la atrapó —dijo Jace, señalando a Visenya—. Ella quería huir para buscar ayuda, pero él la empujó contra la baranda del jardín. ¡Casi cae al vacío, abuelo! Tuve que sujetarla de la mano para que no muriera. Y cuando intenté subirla, él quiso empujarme a mí también. Fue entonces cuando Luke... cuando Luke sacó la daga.

Rhaenyra sintió que el mundo daba vueltas. El intento de asesinato de su hija, el insulto a su sangre... la furia la invadió como un incendio forestal.

—Insultó a mi hija, agredió a mis hijos e intentó empujar a una princesa a su muerte —dijo Rhaenyra, su voz ahora baja y peligrosa—. Aemond tiene suerte de haber perdido solo un ojo. Debería perder mucho más. Padre, te exijo que sea interrogado para saber quién le ha llenado la cabeza con esas mentiras vulgares y que sea expulsado de mis dominios de inmediato.

Viserys, abrumado, miró a su hijo menor.

—¿Dónde escuchaste eso, Aemond? ¿Quién te dijo tales infamias?

El chico, con el rostro pálido y vendado, miró a su madre antes de señalar a su hermano mayor.

—Aegon me lo dijo. Él dice que es evidente.

Viserys se volvió hacia Aegon con una expresión de decepción absoluta.

—¿Tú, Aegon? ¿Tú esparces estas calumnias?

Aegon, con una mezcla de aburrimiento y embriaguez, se encogió de hombros.

—Solo hay que mirarlos, padre. Claramente no se parecen a Leanor.

—¡Suficiente! —rugió el Rey, golpeando su bastón contra el suelo—. ¡Cualquiera que vuelva a poner en duda la legitimidad de mis nietos perderá la lengua! ¡Es un decreto real!

Alicent, fuera de sí, dio un paso hacia adelante.

—¡Eso no es suficiente! ¡Ojo por ojo! ¡Traed al chico Velaryon! Si el Rey no hace justicia, yo misma le sacaré el ojo a ese pequeño monstruo. ¡Ser Criston, haced vuestro deber!

Criston Cole dio un paso al frente, pero no llegó lejos. Aurion Waters se interpuso en su camino, desenvainando su espada con un sonido metálico que erizó los cabellos de todos los presentes. El acero oscuro de Rocadragón brilló bajo las antorchas.

—Si das un paso más, Cole —dijo Aurion, su voz era puro hielo—, no habrá Guardia Real que te salve de que te abra desde la garganta hasta el ombligo. Toca a uno de esos niños y será lo último que hagas.

El aire se volvió irrespirable. Los dos guerreros se miraron, el odio acumulado durante años a punto de estallar en una carnicería.

—¡Calma! —gritó Viserys—. ¡He dicho que basta! Quien derrame sangre en este salón morirá antes de que su espada toque el suelo.

Rhaenyra, temblando de rabia, miró a Alicent y luego a su padre.

—Suficiente —sentenció la princesa—. Los quiero fuera. Fuera de mi hogar, fuera de mi vista. No quiero que vuestra presencia manche Rocadragón ni un minuto más. Si al amanecer seguís aquí, consideraré vuestra estancia como una invasión.

Sin esperar respuesta, Rhaenyra tomó a Visenya en brazos. La niña se aferró a ella, escondiendo el rostro en su cuello. Jacaerys, Lucerys y Joffrey la siguieron, escoltados de cerca por un Aurion que no envainó su arma hasta que las puertas del salón se cerraron tras ellos.

Aquella noche, el castillo fue un hervidero de silencios y guardias reforzadas. Rhaenyra pasó horas limpiando las heridas de sus hijos, asegurándoles que estaban a salvo. Visenya no quiso soltarse de ella, por lo que terminaron durmiendo juntas en la gran cama real. Aurion se quedó en la habitación, sentado en una silla frente a la puerta, con la espada descansando sobre sus rodillas. No durmió. Sus ojos verdes vigilaban la oscuridad, jurando que nadie volvería a tocar a lo que más amaba.

***

Cuatro meses después.

El invierno parecía haber llegado prematuramente a Rocadragón, pero dentro de los aposentos de la princesa, el calor era sofocante. Rhaenyra gritaba, sus manos aferradas a las sábanas con una fuerza que hacía crujir la madera de la cama. Afuera, en el pasillo, Aurion Waters caminaba de un lado a otro, contando cada segundo, cada gemido.

Había pasado por esto cuatro veces, pero la angustia nunca disminuía. Se sentía como un león enjaulado, incapaz de ayudar a la mujer que era su vida. Se detenía frente a la puerta, cerrando los ojos y rezando a dioses en los que no creía, pidiendo que ella estuviera bien, que el niño naciera sano.

De repente, un llanto agudo y potente rompió el silencio del pasillo. Aurion se detuvo en seco. Sus hombros se relajaron y una lágrima de alivio rodó por su mejilla.

Pasaron horas hasta que el Maestre Gerardys salió y le permitió entrar. El castillo estaba sumido en el silencio de la madrugada. Al entrar, vio a Rhaenyra recostada contra las almohadas, pálida y exhausta, pero con una sonrisa de paz absoluta. En sus brazos sostenía un pequeño bulto envuelto en mantas de seda blanca y gris.

Aurion se acercó con pasos temblorosos. Se arrodilló al lado de la cama y tomó la mano de Rhaenyra, besándola con devoción.

—Lo has hecho de nuevo, mi princesa —susurró él—. Eres la mujer más fuerte de los Siete Reinos.

Rhaenyra se movió con cuidado para mostrarle al bebé. El niño abrió unos ojos grandes y curiosos, y para asombro de Aurion, una pequeña mata de vello plateado brillaba sobre su cabecita.

—Es hermoso —dijo Aurion, su voz quebrándose de emoción—. Es... es un dragón perfecto.

Rhaenyra le entregó al bebé con cuidado. Aurion lo sostuvo con una delicadeza infinita, maravillado por la fragilidad de esa nueva vida que compartía su sangre. El pequeño se agitó un poco, buscando el calor de su padre, y se quedó tranquilo al sentir los dedos callosos de Aurion acariciar su mejilla.

—¿Cuál es su nombre? —preguntó Aurion, sin poder dejar de mirar al niño.

—Aelor —respondió Rhaenyra—. Se llamará Aelor Targaryen.

Aurion sintió que el pecho se le llenaba de una determinación feroz. Miró el cabello plateado del niño, una bendición que quizás calmaría las lenguas de la corte, pero para él no importaba el color del pelo o el nombre del linaje.

—Bienvenido, Aelor —susurró Aurion, acercando al bebé a su rostro—. Te prometo que nadie te pondrá un dedo encima. Te prometo que crecerás en un mundo donde no tengas que esconderte. Soy tu escudo, pequeño, y seré tu espada hasta el final de mis días.

Rhaenyra observó la escena con lágrimas en los ojos. Sabía que la guerra con los Verdes era inevitable, que las sombras se cerraban sobre ellos y que el Trono de Hierro exigiría un precio de sangre. Pero mientras miraba a Aurion sosteniendo a su quinto hijo, supo que mientras ese hombre del Lecho de Pulgas estuviera de pie, su familia tendría una oportunidad.

Aurion devolvió al bebé a los brazos de su madre y se sentó al borde de la cama, rodeándolos a ambos. En la quietud de la noche de Rocadragón, el caballero y la princesa compartieron un momento de verdad pura, un refugio antes de la tormenta que cambiaría el mundo para siempre. El escudo estaba listo, y la danza, aunque sangrienta, no los encontraría desprevenidos.