Amor entre secretos
Sombras en el Fuego y el Trono de Ceniza
Aurion se encontraba en las playas de Rocadragón, pero algo se sentía extraño. El aire pesaba más de lo habitual, cargado con un olor a azufre tan denso que casi podía masticarse. Miraba a su alrededor buscando aquello que lo inquietaba, pero todo parecía, en la superficie, normal. El oleaje golpeaba con rítmica violencia las rocas negras y el cielo lucía ese tono violáceo que precede a las tormentas de verano.
Hasta que escuchó un sonido que conocía bastante bien: la risa cristalina de Visenya.
La buscó con la mirada frenéticamente, encontrándola a lo lejos. La niña se dirigía de nuevo a esa gran cueva oculta entre los acantilados de la isla, el lugar donde la sombra de la antigüedad se refugiaba.
—¡Senti! —gritó Aurion, usando el apodo cariñoso que solo él y Rhaenyra empleaban para su pequeña.
Pero ella siguió corriendo, con sus piernas cortas y rápidas, como si no lo hubiera escuchado o como si una voz más poderosa la llamara desde la oscuridad. Aurion, de inmediato, salió corriendo para intentar alcanzarla. Sus botas se hundían en la arena húmeda, dificultando cada paso. Desde el fondo de la cueva, emergió un gruñido profundo, un retumbo que hizo vibrar los dientes de Aurion en sus encías.
La colosal cabeza de Vhagar emergió de la penumbra. Visenya se detuvo justo enfrente de la dragona, extendiendo sus manos diminutas para intentar tocar el hocico cubierto de cicatrices y algas secas.
—¡Visenya, aléjate de ella! —gritó Aurion, al borde de la histeria, sintiendo que el corazón se le salía del pecho.
"No le hará daño, están vinculadas, Vhagar no le hará daño", se repetía a sí mismo como un mantra, intentando aferrarse a la lógica del vínculo que la niña había forjado accidentalmente semanas atrás. Pero el instinto protector de un padre es más fuerte que cualquier sabiduría valyria. Su sangre le gritaba que corriera, que la salvara, que se interpusiera entre el monstruo y su hija.
Sin embargo, cuando Aurion estuvo a escasos metros de alcanzarla, el suelo cedió. Literalmente. La arena se convirtió en un fango voraz que empezó a tragarlo. Aurion batallaba por salir, pero cuanto más luchaba, más rápido lo succionaba la tierra. La desesperación lo invadió mientras veía cómo la arena le llegaba ya al pecho, inmovilizando sus brazos.
Volvió a fijar la mirada al frente. Vhagar alzó su cabeza monumental, sus ojos amarillos brillando con una luz maligna. La dragona se acercó a la pequeña.
—Solo expulsará humo, no le hará daño... —susurró Aurion con la voz rota por el pánico.
Pero lo que salió del hocico de Vhagar no fue humo. Fue una explosión de fuego abrasador, un torrente de llamas doradas y verdosas que iluminó la playa como un segundo sol. El calor era tan intenso que Aurion sintió que su propia piel se ampollaba a la distancia. Cuando el fuego se disipó y Aurion volvió a mirar, donde antes estaba su pequeña y adorable niña, ahora solo se encontraba un pequeño bulto carbonizado, una mancha negra sobre la arena blanca.
—¡NO!
Aurion se incorporó de golpe, con el grito atrapado en la garganta y el sudor frío empapándole la túnica de dormir. Volteó frenéticamente a su alrededor, con los ojos muy abiertos. No estaba en la playa. No estaba atrapado en la arena. Estaba en la habitación de Rhaenyra, bajo el cobijo de las vigas de piedra de la fortaleza.
—Una pesadilla... Solo fue una maldita pesadilla... —dijo con cansancio, cubriéndose el rostro con las manos mientras intentaba regular su respiración entrecortada para evitar que las lágrimas se desbordaran.
—¿Tú tampoco puedes dormir? —preguntó una voz suave a su lado.
Aurion se giró y vio a Rhaenyra despierta. El cansancio era evidente en sus facciones, acentuado por las sombras de las velas que se consumían en los candelabros. Se acomodó de lado para mirarlo de frente, posicionando una mano protectora sobre su vientre, donde su quinto hijo crecía con cinco meses de gestación.
Aurion, con la voz aún temblorosa, empezó a contarle la visión que acababa de tener.
—Se sintió real, Rhaenyra... Tan real que aún puedo sentir el calor del fuego en mi cara. Sé que Vhagar nunca le haría daño ahora que están vinculadas, la lógica me lo dice, pero... mi miedo es a no ser lo suficientemente fuerte. No ser suficiente para protegerte a ti y a los niños. Si algo les llegara a pasar, yo... no sé qué haría.
Aurion fue callado cuando Rhaenyra puso uno de sus dedos sobre sus labios, deteniendo el flujo de su angustia. Ella se acercó más, rodeándolo con un brazo y atrayéndolo hacia su pecho.
—Escúchame, Aurion Waters —dijo ella con una seriedad cargada de amor—. Confío plenamente en ti. Te confié mi vida aquel día en el callejón, te confié mi corazón cuando nos casamos con Laenor, y te he confiado la existencia de mis hijos. No hay nadie en este mundo, ni con corona ni con dragón, en quien confíe más para cuidarnos.
Aurion se dejó abrazar, hundiendo su rostro en el hueco de su cuello. Sentir el calor de Rhaenyra y la presión de su vientre abultado contra su propio cuerpo fue el único bálsamo capaz de calmar el temblor de sus manos.
—Sabes que haría lo que sea por protegerlos —murmuró él contra su piel—. Lo demostré cuando eliminé a Larys Strong del camino. No dudaría en ensuciarme las manos mil veces más. Daría mi vida por ti y por los niños sin pensarlo un segundo. No me da miedo morir; la muerte me ha acechado desde que era un niño hambriento en el Lecho de Pulgas. Pero si alguno de ustedes muere por mi culpa, por mi incapacidad de protegerlos... eso es lo que no soportaría.
Rhaenyra se conmovió visiblemente. Se separó un poco para tomar el rostro de Aurion entre sus manos, obligándolo a mirarla a los ojos.
—Te creo. Sé que darías tu último aliento por nosotros, pero no quiero que lo hagas —dijo ella, con un par de lágrimas asomando en sus ojos morados—. Te necesito vivo, Aurion. Te necesito a mi lado para reinar, para ver crecer a estos niños, para que ellos tengan a su padre cerca, aunque sea en las sombras. No te perdonaría que me abandonaras de esa forma, dejándome sola con este peso.
Aurion la abrazó con una fuerza renovada, y ella se aferró a él como si fuera el único ancla en un mar embravecido. Tras unos momentos de silencio reconfortante, Aurion le juró que no la abandonaría nunca, sellando la promesa con un beso suave que sabía a consuelo y a determinación.
Cuando se separaron, unieron sus frentes, compartiendo el mismo aire.
—¿Y tú? —preguntó él—. ¿Por qué estabas despierta antes de que mi pesadilla me despertara?
Rhaenyra suspiró, acariciando su vientre.
—Este pequeño no deja de moverse —admitió con una sonrisa cansada—, pero es más que eso. Es el nerviosismo. Mi padre llega hoy, Aurion. No sé cuál es el motivo real de su visita, y la idea de tener a Alicent aquí, con todos sus lamebotas y sus miradas de juicio, me revuelve el estómago más que el embarazo.
Aurion tomó su mano y la besó.
—La visita de tu padre no tiene por qué ser algo malo —la tranquilizó—. Él te ama, Rhaenyra. A su manera, siempre te ha protegido. En cuanto a la Reina... aumentaré la seguridad alrededor de los niños. Ni un solo hombre de los Hightower se acercará a ellos sin que mi espada esté cerca. Te lo prometo.
Ella asintió, sintiéndose un poco más ligera. Aurion la instó a dormir, argumentando que necesitarían todas sus fuerzas para el protocolo del día siguiente. Se acomodaron de nuevo, entrelazando sus piernas, y la presencia del otro finalmente les permitió caer en un sueño plácido y sin visiones de fuego.
Antes de la salida del sol, ambos se levantaron en silencio. Rhaenyra, como tantas otras veces, ayudó a Aurion a ponerse la armadura negra de servicio. Sus dedos eran expertos en ajustar las correas y asegurar las placas de metal, un ritual íntimo que habían perfeccionado a lo largo de los años. Al terminar, se despidieron con un beso apasionado, sabiendo que en cuanto cruzaran esa puerta, tendrían que mantener la distancia profesional que el mundo esperaba de una princesa y su espada jurada.
Aurion salió de los aposentos y recuperó su posición al lado de la puerta, con el rostro convertido en una máscara de impasibilidad.
Poco antes del mediodía, el cielo se tiñó de rojo. El príncipe Daemon llegó a lomos de Caraxes, acompañado por sus hijas gemelas, Baela y Rhaena. La muerte de Laena había dejado una marca profunda; el aspecto soberbio y burlesco de Daemon había sido reemplazado por un semblante silencioso y sombrío. Sus hijas, envueltas en capas de luto, parecían pequeñas sombras heridas.
Rhaenyra recibió a su tío con un abrazo lleno de significado, pero cuando intentó indagar sobre la visita del Rey, Daemon solo se encogió de hombros con amargura. Él tampoco sabía por qué Viserys había solicitado su presencia con tanta urgencia.
Finalmente, el barco real atracó en los muelles de Rocadragón. El Rey Viserys, visiblemente más débil y apoyado en un bastón, desembarcó seguido por la Reina Alicent, vestida en un verde impecable que gritaba su desafío.
El reencuentro fue tenso. Viserys abrazó a Daemon para darle el pésame, un gesto que Daemon correspondió con rigidez. Todo el grupo se trasladó al salón principal para el almuerzo. Aurion permanecía de pie contra la pared, con los ojos moviéndose de un lado a otro, analizando cada gesto de los caballeros de la Reina.
—Espero que este nuevo pequeño se parezca más a su padre —comentó Alicent durante la comida, dirigiendo una mirada cargada de veneno al vientre de Rhaenyra—. Sería una pena que la genética siguiera siendo tan... caprichosa con vuestra descendencia, princesa.
Rhaenyra apretó los cubiertos con fuerza, pero mantuvo la mirada en su plato.
—La salud es lo único que pido a los dioses, Reina Alicent —respondió con una calma que Aurion sabía que era fingida—. La apariencia es algo superficial para quienes valoramos la lealtad y la sangre por encima de los colores.
—¡Abuelo! —exclamó de pronto la pequeña Visenya, rompiendo la tensión—. ¡Tengo un dragón! ¡Es muy grande y tiene muchos años!
Viserys se iluminó, olvidando por un momento sus dolores.
—¿Ah, sí? ¿Y qué dragón es ese, mi pequeña delicia?
—¡Vhagar! —gritó la niña con entusiasmo—. Ella me deja tocarla y me cuenta secretos con sus gruñidos.
Un silencio sepulcral cayó sobre la mesa. Aurion notó cómo el príncipe Aemond, que hasta entonces había estado callado, apretaba los puños hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Sus ojos fijos en Visenya destilaban una furia y una envidia tan puras que Aurion sintió un escalofrío. "Vigílalo", se dijo a sí mismo. "Ese niño es una víbora herida".
—¡Un brindis! —exclamó Viserys, ajeno a la tensión de sus nietos—. ¡Un brindis por Visenya Targaryen, la jinete más joven de la historia en reclamar a la Reina de todos los Dragones!
Durante la tarde, el Rey insistió en bajar al patio de entrenamiento para ver a Jacaerys y Lucerys practicar. Aurion se puso rígido cuando el Rey centró su atención en él. Durante un segundo, el terror de ser descubierto lo invadió. Sabía que Viserys practicaba una ceguera voluntaria respecto a la apariencia de sus nietos, pero temía que, en un momento de lucidez, decidiera que la cabeza de Aurion debía rodar por haber profanado la línea real.
—Entrenáis bien a mis nietos, Ser Aurion —dijo el Rey, observando cómo Jace desarmaba a Luke con un movimiento fluido—. Serán grandes guerreros.
—Solo soy un humilde servidor, Majestad —respondió Aurion con una inclinación—. Los príncipes tienen el talento en la sangre; yo solo les doy las herramientas para usarlo.
—No seáis modesto —rio Viserys—. Ellos no dejan de hablar de vos. Dicen que sois el hombre más valiente de los Siete Reinos. Me alegra saber que mi hija tiene a alguien así a su lado.
Aurion sintió un nudo de orgullo en la garganta al saber lo que sus hijos pensaban de él. No podían llamarlo padre en público, pero su admiración era el título más noble que jamás recibiría.
Al caer la noche, durante la cena formal, el Rey finalmente reveló el propósito de su viaje. Se puso en pie con dificultad, levantando su copa.
—Tras la lamentable pérdida de Lord Larys Strong —comenzó Viserys, y Aurion vio cómo Alicent se tensaba—, el Consejo Privado ha quedado cojo. Necesito a alguien de mi sangre, alguien en quien pueda confiar plenamente para vigilar las sombras del reino. Por ello, nombro a mi hermano, el Príncipe Daemon Targaryen, como nuevo Maestro de los Susurros.
El plan de Rhaenyra y Aurion había dado frutos. La cara de la Reina Alicent se transformó en una máscara de furia contenida. Se notaba que sospechaba que la muerte de Larys no había sido un accidente, pero sin pruebas, estaba acorralada. La presencia de Daemon en el Consejo Privado era un golpe maestro que inclinaba la balanza de poder hacia el reclamo de Rhaenyra.
La cena terminó con una atmósfera cargada de electricidad. Los Verdes se retiraron a sus aposentos con pasos rápidos, mientras Rhaenyra intercambiaba una mirada triunfal con Aurion desde la distancia.
Aurion, sin embargo, no bajó la guardia. Sabía que esto era solo el comienzo. Mientras veía a Aemond alejarse lanzando una última mirada de odio hacia donde estaban los niños, Aurion comprendió que la victoria de hoy solo alimentaría el fuego de mañana. Pero mientras acariciaba el pomo de su espada, recordó el calor de Rhaenyra en la cama y la risa de sus hijos. No importaba qué tormentas trajeran los Hightower o el destino; él era el escudo de los dragones, y su guardia apenas acababa de empezar.