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Amor, pasión y futbol

Entre el miedo y el milagro

La luz de la mañana en la montaña antioqueña no era como la de Vancouver. Aquí, el sol se filtraba entre los cafetales y la niebla con una calidez que prometía un día de paz, pero para Sofía, el despertar fue todo menos tranquilo. El aroma del café recién colado que subía desde la cocina, un olor que normalmente amaba, le revolvió el estómago de una manera violenta. Corrió al baño de la habitación principal, cerrando la puerta con un clic apresurado, y se arrodilló frente al inodoro mientras las náuseas la sacudían.

Se lavó la cara con agua fría, mirando su reflejo en el espejo. Su piel clara se veía un poco más pálida de lo habitual y sus ojos negros, usualmente brillantes, tenían una sombra de incertidumbre. Se pasó la mano por el vientre plano, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima de la finca. Hizo memoria rápidamente. Sus ciclos siempre eran exactos, una de las ventajas de su disciplina como estudiante de negocios, y se dio cuenta con un vuelco en el corazón de que llevaba casi diez días de retraso.

Sabía que en el segundo cajón del mueble del baño, Kevin siempre guardaba un botiquín de emergencias que incluía de todo, desde vendas para sus tobillos hasta pruebas de embarazo. Kevin era precavido, casi paranoico con su salud y la de ella. Sofía abrió el cajón con manos temblorosas y sacó la pequeña caja de plástico.

El silencio de la casa era absoluto. Kevin y Richard debían estar abajo, probablemente entrenando un poco en el gimnasio improvisado o jugando con Emiliana en el jardín. Sofía siguió las instrucciones mecánicamente, con el corazón martilleando contra sus costillas. Los minutos de espera se sintieron como horas de un partido empatado en el último minuto. Cuando finalmente miró el dispositivo, las dos líneas rosadas brillaban con una claridad aterradora.

Positivo.

Sofía se sentó en el suelo frío del baño, tapándose la boca para no soltar un grito. No había duda alguna sobre la paternidad. Kevin era posesivo y extremadamente cuidadoso con ella; aunque compartían su vida y su cama con Richard bajo ese pacto sagrado que nació en Canadá, Kevin era el único que, en la intimidad más profunda, se permitía terminar dentro de ella. Era su forma de marcar territorio, de recordar que, aunque el amor fuera de tres, la semilla de la familia era suya.

Escuchó pasos pesados subiendo las escaleras. Conocía ese andar rítmico: era Kevin.

—¿Sofi? ¿Amor, estás ahí? —preguntó él tras la puerta, dando dos toques suaves—. Richard ya hizo el desayuno y la gorda pregunta por ti.

Sofía se levantó, escondió la prueba tras su espalda y abrió la puerta. Al ver el rostro de Kevin, su expresión de preocupación habitual cuando ella tardaba, no pudo contenerse más. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—¿Qué pasó? ¿Te sientes mal? —Kevin entró rápidamente y cerró la puerta, tomándola por los hombros. Sus tatuajes se tensaron mientras la escaneaba buscando alguna herida—. ¿Es por lo de la prensa de ayer? No les hagas caso, nena, ya lo hablamos.

—No es la prensa, Kevin —susurró ella, extendiendo la mano para mostrarle el plástico blanco—. Es esto.

Kevin se quedó petrificado. Sus ojos pasaron de la prueba al rostro de Sofía y luego otra vez al dispositivo. El defensa central de la Selección, el hombre que no le temía a los delanteros más feroces del mundo, se quedó sin habla. Lentamente, una sonrisa enorme, casi incrédula, empezó a dibujarse en su rostro.

—¿De verdad? —preguntó él con la voz quebrada. La levantó en vilo, abrazándola con una fuerza que casi le quita el aliento—. ¡Sofi! ¡Otro berraco en camino! O una princesa, no importa... ¡Dios mío, gracias!

—¿Estás feliz? —preguntó ella, riendo y llorando a la vez mientras él la llenaba de besos en la frente y las mejillas.

—¿Que si estoy feliz? ¡Estoy que me estallo, nena! —exclamó Kevin, acariciándole el vientre con una devoción casi religiosa—. Sabes que por ti y por mis hijos mato y como del muerto. Vamos a ser cuatro ahora... bueno, cinco con el perro.

Se quedaron así un momento, envueltos en la burbuja de su propia felicidad, hasta que la realidad del piso de abajo se filtró por la puerta. Sofía se separó un poco, mirando a Kevin con preocupación.

—Kevin... ¿y Richard? —preguntó ella en un susurro—. ¿Cómo le vamos a decir? Esto cambia todo. El pacto era de tres, pero este bebé... este bebé es nuestro. Es tu sangre.

La expresión de Kevin cambió, volviéndose más seria, más analítica. Miró hacia la puerta del baño, como si pudiera ver a través de las paredes hacia donde estaba su mejor amigo.

—Richard es un hombre de honor, Sofi —dijo Kevin, aunque su voz perdió un poco de seguridad—. Él sabe cómo son las cosas entre nosotros. Pero tienes razón. No sé cómo se lo va a tomar. Él ama a Emiliana como si fuera suya, pero un bebé nuevo... verlo crecer sabiendo que no es su sangre, tal vez sea demasiado para él.

—No quiero que se sienta excluido —dijo Sofía, guardando la prueba en el bolsillo de su bata—. Él ha sido nuestro pilar estos meses. En Vancouver, sin él, yo me hubiera vuelto loca con la presión.

—Bajemos —sentenció Kevin, tomando su mano con firmeza—. No podemos ocultárselo. Si vamos a ser un equipo, tenemos que jugar con las cartas sobre la mesa.

Bajaron las escaleras lentamente. En la sala, la chimenea aún conservaba algunas brasas de la noche anterior. En el comedor, Richard estaba terminando de servir unos huevos pericos y arepa de chocolate. Emiliana estaba sentada en su silla alta, pintando con crayones un dibujo de los tres en el norte.

—¡Al fin bajaron los reyes de la casa! —exclamó Richard con esa sonrisa radiante que siempre iluminaba la habitación—. Sofi, te serví el café flojo como te gusta. Te veías un poco pálida anoche, pensé que necesitabas descansar.

Sofía miró a Richard y sintió una punzada de ternura mezclada con culpa. Él se veía tan integrado, tan feliz de estar en ese refugio privado. Kevin carraspeó, atrayendo la atención de Richard.

—Richi, deja eso un momento —dijo Kevin, caminando hacia la mesa—. Tenemos que hablar con vos.

Richard dejó la espátula de madera sobre el mesón y se giró, notando de inmediato la tensión en el ambiente. Su mirada pasó de Kevin a Sofía, analizando cada gesto con la precisión de un mediocampista que detecta una jugada de peligro.

—¿Qué pasó? —preguntó Richard, bajando el tono—. ¿Llamaron de la Federación? ¿Otra vez la prensa?

—No es nada de eso, parcero —respondió Kevin, rodeando la cintura de Sofía con el brazo—. Es algo de nosotros. Sofía se hizo una prueba esta mañana.

Richard se quedó inmóvil. Sus ojos se fijaron en el vientre de Sofía y luego subieron a los de ella. El silencio en el comedor se volvió tan denso que solo se escuchaba el rasgueo del crayón de Emiliana sobre el papel.

—Está embarazada —soltó Kevin, sin rodeos.

Richard parpadeó varias veces. Se apoyó contra el mesón de la cocina, buscando estabilidad. No dijo nada durante varios segundos, y Sofía sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.

—¿Estás segura, Sofi? —preguntó Richard finalmente. Su voz no sonaba enojada, sino extrañamente suave, casi frágil.

—Sí, Richard —respondió ella, acercándose un paso—. Me hice la prueba hace veinte minutos. Sale positivo muy claro.

Richard miró a Kevin. La comunicación no verbal entre los dos futbolistas siempre había sido su mayor fuerte, pero hoy parecía haber una interferencia.

—Es mío, Richi —dijo Kevin con una honestidad brutal pero sin rastro de malicia—. Sabes que en eso nosotros siempre hemos tenido cuidado.

Richard asintió lentamente, bajando la mirada hacia sus manos. Sofía sintió que el corazón se le partía. ¿Acaso esto era el fin de lo que habían construido? ¿Se sentiría Richard como el tercero en discordia, el intruso en una familia que seguía creciendo biológicamente sin él?

—Felicidades, hermano —dijo Richard, levantando la vista. Sus ojos estaban ligeramente vidriosos, pero había una sonrisa sincera, aunque algo triste, en sus labios—. De verdad, felicidades a los dos. Un hijo siempre es una bendición.

Richard caminó hacia ellos y le dio un abrazo fuerte a Kevin, un choque de hombros que significaba respeto. Luego se acercó a Sofía y le tomó las manos, dándole un beso tierno en la mejilla.

—Vas a ser la mamá más hermosa del mundo otra vez, Sofi —susurró él—. Emiliana va a estar feliz con un hermanito.

—Richard... —Sofía lo miró a los ojos, buscando la verdad tras su cortesía—. ¿Cómo te sientes tú con esto? Queremos que seas parte de esto, pero entendemos si es... difícil.

Richard soltó un suspiro largo y se pasó la mano por el cuello, mirando hacia el jardín donde la niebla terminaba de disiparse.

—No les voy a mentir —confesó Richard—. Por un segundo, sentí un vacío aquí en el pecho. Pensé: "Bueno, ya se completó el círculo y yo me quedé afuera". Es inevitable pensar eso cuando uno sabe que no es la sangre de uno.

—Vos nunca vas a estar afuera, Richard —intervino Kevin, dando un paso adelante—. Sos mi hermano. Lo que pasó en Vancouver no fue un juego. Si este bebé viene al mundo, va a tener dos hombres cuidándolo, igual que la gorda.

—Lo sé, Kev —respondió Richard—. Y eso es lo que me asusta y me emociona a la vez. No sé qué lugar voy a ocupar en la vida de este niño. Con Emiliana fue fácil porque ella ya estaba aquí cuando yo llegué, pero ver el proceso desde cero... ver cómo Sofi crece, cómo tú te emocionas... me hace dar cuenta de cuánto los quiero y de cuánto me duele no poder darles eso yo mismo.

Sofía se acercó y lo abrazó, hundiendo su rostro en el pecho de Richard. Él la rodeó con sus brazos, buscando consuelo en el mismo lugar donde encontraba su mayor deseo.

—No tienes que darnos nada más de lo que ya nos das, Richard —dijo Sofía—. Tu amor, tu apoyo, tu lealtad... eso es lo que mantiene este equipo unido. Este bebé va a nacer en una familia diferente, sí, pero va a tener más amor que cualquier otro niño en el mundo.

—¿Y qué vamos a hacer con la prensa? —preguntó Richard, tratando de recuperar su tono práctico—. Si ya nos tenían en la mira por lo de ayer, cuando se enteren de que Sofi está embarazada, van a hacer cuentas. Van a tratar de manchar esto, de decir que el hijo puede ser de cualquiera de los dos.

Kevin apretó los dientes, y sus ojos brillaron con esa chispa de impaciencia y agresividad protectora que lo caracterizaba.

—Que digan lo que quieran —sentenció Kevin—. Yo sé quién es el papá y vos sabés quién es tu hermano. Vamos a proteger a Sofía más que nunca. Si tenemos que encerrarnos en esta finca los nueve meses, lo hacemos. No voy a dejar que nadie toque a mi mujer ni a mi hijo con sus chismes.

—Tenemos que ser inteligentes —sugirió Richard—. No podemos escondernos para siempre. Sofía tiene que seguir estudiando, tú tienes que jugar. Hay que manejar esto con la misma naturalidad con la que manejamos el almuerzo en el pueblo.

—Richard tiene razón, amor —dijo Sofía, mirando a Kevin—. Si actuamos como si tuviéramos algo que ocultar, ellos ganan. Vamos a decir que estamos felices, que Emiliana va a tener un hermano, y que Richard es nuestro mejor amigo y apoyo incondicional, como siempre.

Richard sonrió, esta vez con más fuerza. Se acercó a la mesa y tomó a Emiliana en sus brazos, quien lo miraba con curiosidad.

—Emi, ¿sabes qué? —le dijo Richard a la niña—. Vas a tener un hermanito para jugar fútbol. Y el tío Richard le va a enseñar a cobrar los tiros libres mejor que tu papá.

—¡Eh, no te pases de calidad! —bromeó Kevin, lanzándole una servilleta mientras reía—. Que el que tiene la puntería soy yo.

La risa de Emiliana llenó el comedor, aliviando la tensión que quedaba. Sofía se sentó a desayunar, sintiendo que el nudo en su estómago empezaba a deshacerse. Sabía que venían meses difíciles. Sabía que la diferencia de edad volvería a ser tema de conversación, que su "maternidad precoz" sería juzgada de nuevo y que la presencia constante de Richard Ríos en sus vidas seguiría alimentando las leyendas urbanas de los portales de chismes.

Pero mientras veía a Kevin y a Richard discutir sobre si el bebé debía ser derecho o zurdo, entendió que el pacto de Vancouver no se había roto; se había transformado en algo mucho más sólido. Ya no eran solo tres amantes escondidos en un hotel del norte; eran una unidad de resistencia en el corazón de su propia tierra.

—¿Sofi? —llamó Richard, sacándola de sus pensamientos—. ¿En qué piensas tanto?

—En que voy a necesitar mucha paciencia con ustedes dos —respondió ella con una sonrisa pícara—. Si con una niña ya se vuelven locos, no me quiero imaginar con un bebé nuevo en la casa.

—Nosotros te cuidamos, nena —dijo Kevin, tomándole la mano sobre la mesa—. Los dos. Siempre.

—Siempre —eco Richard, sellando la promesa con una mirada que no necesitaba más explicaciones.

Afuera, la niebla se había retirado por completo, revelando el verde intenso de las montañas antioqueñas. El mundo seguiría girando, la prensa seguiría inventando y la Selección seguiría exigiendo lo mejor de sus hombres. Pero dentro de las paredes de esa finca, un nuevo secreto empezaba a latir, un milagro que desafiaba las convenciones y que, contra todo pronóstico, unía más a esos tres corazones que el destino había decidido entrelazar para siempre.

La vida de Sofía Jaramillo, a sus diecinueve años, era un laberinto de responsabilidades y pasiones prohibidas, pero mientras tuviera a sus dos guerreros a su lado, no había laberinto del que no pudiera salir victoriosa. El segundo día en la finca no trajo solo un resultado positivo; trajo la certeza de que su equipo era, ahora más que nunca, invencible.