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Amor, pasión y futbol

Cruces de sangre y sombras de celos

La última noche en la finca tenía un sabor a despedida y a refugio que se desvanecía. El aire de la montaña, denso y cargado del aroma de los pinos, se colaba por las rendijas de los ventanales de madera, mientras el silencio absoluto de la naturaleza envolvía la propiedad. En el segundo piso, la luz tenue de las lámparas de noche creaba sombras alargadas sobre las paredes de piedra.

Richard se había encargado de llevar a Emiliana a su habitación. La pequeña, agotada tras un día de correr entre los cafetales con su "tío" favorito, apenas había protestado cuando él la arropó. Richard se quedó unos minutos más a su lado, observando cómo la respiración de la niña se volvía rítmica y profunda. Sentía una ternura que le apretaba el pecho; esa niña era el recordatorio constante de la familia que él había aprendido a amar como propia, un fragmento de Sofía y Kevin que él protegía con la misma ferocidad que un padre.

Mientras tanto, en la habitación principal, el ambiente era radicalmente distinto. Kevin y Sofía estaban solos. El anuncio del embarazo había dejado una estela de sensibilidad a flor de piel. Kevin, con el torso desnudo y sus tatuajes brillando bajo la luz ámbar, observaba a Sofía mientras ella se desataba el largo cabello negro.

—Ven aquí, nena —susurró Kevin, extendiendo una de sus manos tatuadas hacia ella.

Sofía se acercó con lentitud, sintiendo el calor que emanaba del cuerpo del futbolista. Kevin la atrajo hacia sí, rodeando su cintura con una delicadeza que ella no le conocía. Él, que solía ser una fuerza de la naturaleza, impulsivo y a veces rudo en su pasión, ahora se movía como si ella fuera de cristal de Murano.

—Kev, estoy bien —dijo ella con una sonrisa dulce, adivinando sus pensamientos—. El médico dijo que todo es normal. No tienes que tratarme como si me fuera a romper.

—Es mi hijo el que está ahí dentro, Sofi —respondió él, bajando la vista hacia el vientre de ella, depositando un beso casto sobre la piel—. Y eres tú. Eres lo más sagrado que tengo. No me perdonaría nunca si te pasara algo por no tener paciencia.

El beso comenzó lento, casi como una exploración. Los labios de Kevin recorrieron el cuello de Sofía, inhalando el perfume de su piel que siempre lo volvía loco. Ella enredó sus dedos en el cabello de él, tirando suavemente para profundizar el contacto. La química entre ambos, forjada en años de convivencia y reafirmada en el fuego de Vancouver, estalló con una intensidad renovada.

Kevin la guio hacia la cama con una parsimonia que quemaba. Cada caricia era medida, cada roce de sus manos grandes sobre los muslos de Sofía era una promesa de protección. Ella se arqueó bajo su tacto, dejando escapar un suspiro que se transformó en un gemido ahogado cuando los labios de Kevin encontraron los suyos de nuevo.

—Te amo tanto, nena —murmuró él contra su boca—. No tienes idea de cuánto necesitaba este momento a solas contigo.

La acción subió de tono, pero Kevin se mantuvo fiel a su nueva consigna de cuidado. Sus movimientos eran rítmicos, profundos, pero evitando cualquier brusquedad que pudiera incomodarla. Sofía, entregada por completo al hombre que era el padre de sus hijos, se dejó llevar por la marea de sensaciones, olvidando por un momento el mundo exterior, la prensa y hasta el pacto que compartían con Richard. En ese espacio, solo existían ellos dos y la vida que empezaba a latir entre ambos.

Fuera de la habitación, en el pasillo oscuro, Richard caminaba con sigilo tras cerrar la puerta de Emiliana. Tenía una sonrisa leve en el rostro, satisfecho por haber logrado que la pequeña se durmiera rápido. Su intención era entrar en la habitación principal, unirse a ellos como lo habían hecho tantas veces en Canadá, compartir esa complicidad que los mantenía unidos frente a la adversidad.

Pero se detuvo en seco antes de tocar la madera de la puerta.

A través de la estructura antigua de la casa, los sonidos se filtraban con una nitidez cruel. Escuchó el jadeo entrecortado de Sofía, ese tono de voz que solo conocía en la intimidad más profunda. Escuchó el susurro ronco de Kevin, llamándola por su nombre con una posesividad que Richard reconoció de inmediato. Era el sonido de una unión que, por primera vez, lo dejaba fuera.

Richard sintió un golpe seco en el estómago, como si un rival le hubiera propinado un codazo en pleno partido. Los celos, un sentimiento que él creía haber domesticado bajo el manto de la "lealtad fraternal", rugieron con una fuerza incontrolable. En su mente, la imagen del embarazo de Sofía cobró un peso insoportable. Ese bebé era el sello definitivo de la unión de Kevin y Sofía, un territorio donde él, por mucho que lo amaran, nunca tendría jurisdicción de sangre.

Se quedó allí, de pie en las sombras, escuchando cómo el placer de sus dos personas favoritas en el mundo alcanzaba su clímax. Cada gemido de Sofía era una puñalada a su ego; cada palabra de amor de Kevin era un recordatorio de su posición secundaria. La idea del "equipo de tres" se sintió, en ese instante, como una mentira piadosa que se habían inventado para no sentirse culpables.

Sin pensarlo dos veces, Richard dio media vuelta. Su respiración era errática. Entró en su habitación de invitados y, con movimientos mecánicos y violentos, empezó a meter su ropa en el maletín de deporte. No podía quedarse allí una noche más. No podía verlos a la cara a la mañana siguiente y fingir que todo estaba bien, que no le importaba ser el espectador de una familia que se cerraba sobre sí misma.

Bajó las escaleras tratando de no hacer ruido, aunque su corazón latía tan fuerte que pensó que despertaría a toda la finca. Antes de salir por la puerta principal hacia la oscuridad de la noche, sacó su celular. Sus dedos temblaban mientras escribía un mensaje rápido en el chat de Sofía.

*"Me voy. No puedo hacer esto. Verlos así me recordó que al final del día, ustedes son la familia y yo solo soy el invitado. Felicidades por el bebé, pero necesito distancia. No me busquen por unos días"*.

Cerró la puerta de la casa con un golpe seco, subió a su camioneta y arrancó, dejando que el motor rugiera en medio del silencio de la montaña, alejándose de la luz de la finca hacia la niebla de la carretera.

Arriba, en la habitación, el silencio de la post-pasión fue interrumpido por la vibración del celular de Sofía sobre la mesa de noche. Ella, aún recuperando el aliento y refugiada en el pecho de Kevin, estiró el brazo para tomarlo.

—¿Quién es a esta hora? —preguntó Kevin, pasando su mano por el cabello sudado de ella.

Sofía leyó el mensaje y su rostro cambió de la plenitud al horror en un segundo. Se sentó en la cama, cubriéndose con la sábana.

—Es Richard —dijo ella con la voz temblorosa—. Se fue, Kevin. Dice que nos escuchó... que no puede con esto.

Kevin frunció el ceño, y esa poca paciencia que lo caracterizaba estalló como una granada. Se levantó de la cama, sin importarle su desnudez, y tomó el teléfono de las manos de Sofía. Leyó el mensaje dos veces, y cada vez su expresión se volvía más dura, más agresiva.

—¿Es en serio? —exclamó Kevin, caminando de un lado a otro de la habitación—. ¿Me está reclamando porque estoy con mi mujer? ¿En mi casa? ¡No jodas, Richard!

—Kev, cálmate, él debe estar dolido... —intentó decir Sofía, pero Kevin la interrumpió con un gesto de la mano.

—¡No, Sofía! Una cosa es el pacto, una cosa es que lo queramos y que sea parte de nosotros, pero esto es el colmo. Él sabe perfectamente que tú eres mi mujer. Él sabe que este bebé es nuestro. ¿Ahora resulta que no puedo tocarte porque el señor se siente excluido? ¡Es increíble!

Kevin estaba furioso. La lealtad que sentía por Richard estaba chocando de frente con su instinto territorial. No podía tolerar que su mejor amigo pusiera en duda su derecho a la intimidad con la madre de sus hijos. Buscó el contacto de Richard y, en lugar de escribir, dejó presionado el icono del micrófono.

—¡Escúchame bien, Richard! —la voz de Kevin retumbó en la habitación, cargada de una rabia gélida—. No puedo creer que seas tan inmaduro de irte así, dejando a Sofía preocupada en su estado. Si nos escuchaste, pues qué pena, hermano, pero te recuerdo que esta es mi familia. Sofía es mi mujer y el bebé que viene es un Castaño. Si no puedes manejar que nosotros tengamos nuestra intimidad, entonces el que tiene el problema eres tú, no nosotros. No nos vengas con reclamos de celos ahora, que aquí nadie te ha echado, te fuiste vos solo como un cobarde. Cuando se te pase la rabieta, hablamos, pero no le vuelvas a escribir así a Sofía.

Kevin soltó el botón y arrojó el celular sobre la cama. Sofía lo miraba con los ojos muy abiertos, impactada por la dureza de sus palabras.

—Kevin, fue muy fuerte... —murmuró ella.

—Fue lo que tenía que escuchar, Sofi —respondió Kevin, sentándose al borde de la cama y tratando de regular su respiración—. Richard tiene que entender los límites. Yo lo quiero como a un hermano, he compartido contigo con él porque confío en él, pero no voy a permitir que nos haga sentir culpables por amarnos. Nuestra familia es la prioridad.

Sofía se acercó a él y le puso una mano en la espalda, recorriendo los tatuajes que ella conocía de memoria.

—Tienes razón —dijo ella en voz baja—. Pero me duele que esto termine así. Vancouver fue un sueño, pero la realidad de Colombia es mucho más dura.

—La realidad es que somos tres, Sofi —dijo Kevin, volteándose para mirarla a los ojos—. Pero tú y yo somos el cimiento. El bebé que viene es la prueba de eso. Richard tiene que decidir si quiere ser parte de este equipo aceptando las reglas, o si prefiere quedarse solo con sus celos.

El silencio volvió a la habitación, pero ya no era el silencio dulce de antes. Era un silencio denso, cargado de la incertidumbre del futuro. Sofía se recostó de nuevo, pensando en Richard conduciendo por la carretera oscura, y en el bebé que crecía en su vientre, ajeno a las tormentas de los adultos.

A pesar de la rabia de Kevin y del abandono de Richard, una cosa había quedado clara esa noche: la familia Castaño-Jaramillo tenía un núcleo inquebrantable. El pacto de tres seguía existiendo, pero las jerarquías se habían reestablecido por la fuerza de los hechos.

Horas después, cuando el primer rayo de sol empezó a despuntar sobre las montañas, el celular de Sofía vibró de nuevo. No era un mensaje de texto. Era una notificación de una transferencia bancaria y un mensaje corto de Richard, enviado desde algún punto de la carretera.

*"Perdón. Kevin tiene razón. Fui un estúpido. Los celos me cegaron. No me voy de sus vidas, solo necesitaba aire. Cuiden al bebé. Hablamos cuando llegue a Bogotá"*.

Sofía le mostró el mensaje a Kevin, quien apenas despertaba. El futbolista leyó, soltó un bufido de desdén, pero sus hombros se relajaron.

—Al menos tiene la decencia de reconocerlo —dijo Kevin, atrayendo a Sofía hacia sus brazos—. Pero que le quede claro: aquí mandamos nosotros.

—Somos un equipo complicado, Kev —rio Sofía con tristeza.

—El mejor equipo del mundo, nena —respondió él, besando su frente—. Con suplentes, con estrellas y con un nuevo fichaje en camino.

La última noche en la finca terminó no con el adiós definitivo que Richard había planeado, sino con una lección de realidad. La familia de tres seguía en pie, pero bajo la sombra de los tatuajes de Kevin y la luz del embarazo de Sofía, las reglas habían cambiado para siempre. El norte de Vancouver quedaba lejos, pero el fuego que encendieron allí seguía quemando, a veces dándoles calor, y otras veces, como esa noche, amenazando con incendiarlo todo.

Sofía cerró los ojos, sintiendo la mano de Kevin sobre su vientre. Sabía que Richard volvería. Sabía que Kevin lo perdonaría. Y sabía que, pasara lo que pasara, ese bebé nacería en medio de una tormenta de amor que nadie, ni la prensa ni los celos, podría apagar jamás.