Amor prohibido
Sudor y Pecado en la Tarde de Hawkins
El aire en la habitación de Billy seguía siendo pesado, impregnado de una mezcla de almizcle, sexo y el omnipresente olor a cigarrillos que parecía adherirse a las paredes. Max sentía el latido de su propio corazón todavía resonando en sus oídos, una percusión salvaje que se negaba a calmarse. El cuerpo de Billy a su lado era un radiador humano; su piel, aún húmeda, se pegaba a la de ella cada vez que se movía apenas unos milímetros.
—Te lo dije, Maxie —murmuró Billy, su voz era un gruñido bajo, ronco por los gritos contenidos—. Tienes que irte. Si el viejo entra y te ve aquí, no habrá lugar en este pueblo donde puedas esconderte.
Max se incorporó lentamente, sintiendo una punzada de dolor placentero entre los muslos. Miró a su hermanastro, observando la línea de su mandíbula tensa y esos ojos que, incluso en la penumbra, brillaban con una intensidad depredadora. No era solo miedo a Neil lo que veía en él; era una posesión absoluta, una furia que solo ella sabía despertar y calmar.
—No me asusta —mintió ella, aunque el solo pensamiento de los pasos pesados de su padrastro en el porche le revolvía el estómago—. No más que tú, al menos.
Billy soltó una risa seca, desprovista de humor, y se sentó en el borde de la cama. Sus músculos se tensaron, dibujando sombras profundas en su espalda. Sin decir una palabra, alcanzó el paquete de Marlboro sobre la mesilla, encendió uno y soltó una densa nube de humo gris que flotó hacia el techo.
—Eres una mentirosa —dijo él, girándose para mirarla por encima del hombro—. Te encanta jugar con fuego porque crees que puedes controlar las llamas. Pero mírame, Max. Yo soy el incendio.
Max no retrocedió. Se deslizó por el colchón hasta quedar justo detrás de él, rodeando su cintura con los brazos y pegando su pecho desnudo a su espalda. Sintió cómo Billy se tensaba, cómo su respiración se volvía errática de nuevo.
—Entonces deja que me queme —susurró ella, deslizando las manos hacia abajo, buscando la hebilla del cinturón que él apenas se había subido.
Billy soltó el cigarrillo en el cenicero de cristal y, con un movimiento fulminante, se giró y la atrapó por las muñecas, inmovilizándola contra las sábanas revueltas. Su rostro estaba a centímetros del de ella, y Max pudo ver el deseo luchando contra la paranoia en sus pupilas.
—¿Quieres más? —preguntó él, su voz descendiendo a un susurro peligroso—. ¿No has tenido suficiente con que casi te rompa hace diez minutos?
—Nunca es suficiente contigo, Billy —respondió ella, desafiante, arqueando las cejas—. A menos que tengas miedo de no poder seguirme el ritmo.
Ese fue el detonante. Billy soltó un gruñido animal y la besó, pero esta vez no hubo rastro de la lentitud de antes. Fue un asalto. Sus lenguas se encontraron en una batalla por el dominio mientras las manos de él recorrían el cuerpo de Max con una urgencia renovada, como si estuviera tratando de memorizar cada curva, cada peca, cada rincón de su piel antes de que el mundo exterior los obligara a separarse.
Él la hizo girar con brusquedad, dejándola a cuatro patas sobre el colchón. Max soltó un jadeo de sorpresa que rápidamente se convirtió en un gemido cuando sintió los dedos de Billy enterrándose en sus caderas, tirando de ella hacia atrás.
—Maldita seas, Max —gruñó él al oído de ella, mordiendo con fuerza el lóbulo de su oreja—. Me vas a llevar a la tumba.
—Entonces llévame contigo —jadeó ella, empujando su trasero contra la entrepierna de él, sintiendo la dureza de su deseo volviendo a presionar contra su piel.
Billy no perdió el tiempo. Se deshizo de sus pantalones con una mano mientras la otra mantenía a Max sujeta por el cuello, no con fuerza suficiente para hacerle daño, sino para recordarle quién tenía el control. Cuando entró en ella de nuevo, el impacto fue tan fuerte que Max enterró la cara en la almohada para ahogar un grito.
—Dime de quién eres —ordenó Billy, golpeando rítmicamente contra ella, cada estocada más profunda y feroz que la anterior.
—Tuya... soy tuya, Billy —balbuceó ella, con la visión nublándose por el placer—. ¡Ah, Dios, más fuerte!
El sonido de la carne chocando contra la carne llenaba la habitación, un ritmo primitivo que parecía sincronizarse con el calor sofocante de la tarde de Indiana. Billy no tenía piedad. Sus manos bajaron de sus caderas para apretar sus nalgas, dejando marcas rojas que Max llevaría como trofeos bajo su ropa al día siguiente. La arrastró por la cama, cambiando de posición sin detener el movimiento, hasta que ella quedó de espaldas de nuevo, con las piernas echadas sobre los hombros de él.
Max miraba hacia arriba, viendo el ventilador de techo girar y girar, pero todo lo que sentía era a Billy. Lo sentía en la forma en que su pecho subía y bajaba, en el sudor que goteaba de su frente sobre el vientre de ella, y en la forma en que sus ojos azules la devoraban. Era una comunión violenta, un lenguaje que solo ellos hablaban en esa casa llena de secretos y odio.
—Mírame, Maxie —dijo él, su voz rompiéndose por el esfuerzo—. No cierres los ojos. Quiero que veas quién te está haciendo esto.
Max obedeció, encontrando su mirada. En ese momento, no había rastro del matón del instituto o del hermano abusivo; solo había un hombre desesperado por una conexión que sabía que estaba prohibida. La intensidad del momento alcanzó su punto crítico. Max sintió que una ola de electricidad recorría su columna vertebral, estallando en su vientre con una fuerza que la hizo temblar incontrolablemente.
—¡Billy! —gritó ella, olvidando por un segundo el riesgo de ser escuchada.
Él respondió con una serie de embestidas rápidas y brutales, su cuerpo tensándose como un arco antes de colapsar. Se corrió dentro de ella con un gemido largo y agónico, hundiéndose en su cuerpo como si buscara refugio del resto del mundo.
Se quedaron así, jadeando, envueltos el uno en el otro mientras el sudor los enfriaba lentamente. El silencio que siguió fue casi ensordecedor. Max sentía el peso de Billy sobre ella, un peso que, por primera vez en su vida, no se sentía como una carga, sino como un ancla.
De repente, el sonido de un motor en el camino de entrada rompió el hechizo. El Camaro de Neil.
—Mierda —susurró Billy, separándose de ella con una agilidad que solo el miedo puro podía otorgar—. ¡Vete! ¡Ahora!
Max reaccionó por instinto. Recogió su camiseta y sus shorts del suelo, vistiéndose con manos temblorosas mientras Billy se ponía los vaqueros y trataba de ordenar las sábanas. Se miraron por un último segundo, un intercambio silencioso de complicidad y terror.
—Mañana —susurró Max, acercándose a la puerta.
—Mañana —confirmó él, ya encendiendo otro cigarrillo para ocultar el olor del sexo en la habitación.
Max salió al pasillo justo cuando la puerta principal se abría abajo. Se deslizó en su propia habitación y cerró la puerta sin hacer ruido, apoyando la espalda contra la madera. Su corazón seguía corriendo, y el rastro de Billy todavía quemaba en su piel. Sabía que lo que estaban haciendo era una locura, que era un pecado que Hawkins no perdonaría, pero mientras sentía el calor persistente entre sus piernas, Max supo que lo haría una y otra vez hasta que el fuego finalmente los consumiera a ambos.