Amor prohibido
Sinfonía de Pecado en Casa Vacía
Max empujó la puerta principal de la casa de los Hargrove con el pie, soltando su mochila sobre la alfombra con un golpe seco que resonó en el vacío. El campamento de verano había sido un infierno de mosquitos, fogatas estúpidas y actividades grupales que odiaba, pero nada se comparaba con la tensión que había dejado atrás en Hawkins. Sus padres se habían ido de vacaciones a la costa, una segunda luna de miel desesperada para salvar un matrimonio que ya olía a podrido, dejándola a ella y a Billy solos durante una semana entera.
El silencio de la casa era absoluto, o eso creía ella hasta que un sonido rítmico y jadeante llegó desde el piso de arriba. Max frunció el ceño. No era el televisor, ni la radio. Era algo más visceral.
Subió las escaleras con cautela, sus zapatillas Vans sin hacer ruido sobre la moqueta. La puerta de la habitación de Billy estaba abierta de par en par, una invitación o un descuido que no pensaba ignorar. Cuando se asomó, el aire se le escapó de los pulmones.
Billy estaba tumbado en su cama, con los vaqueros bajados hasta las rodillas y la mano derecha envolviendo su miembro erecto con una ferocidad que hacía que las venas de su antebrazo resaltaran. Tenía los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás y la boca entreabierta, soltando gemidos roncos que Max nunca había escuchado en público. Estaba sudando, su pecho subiendo y bajando mientras se entregaba a un placer solitario que, Max lo sabía, tenía nombre y apellido.
—¿Necesitas ayuda con eso, Billy? —soltó ella, apoyada en el marco de la puerta con una sonrisa depredadora.
Billy se sobresaltó, abriendo los ojos de golpe. Sus pupilas estaban dilatadas, oscuras por el deseo. No intentó cubrirse; al contrario, detuvo el movimiento de su mano pero mantuvo el agarre, desafiándola.
—Has vuelto pronto, Maxie —dijo él, su voz era pura grava—. ¿Te echaron por ser demasiado insoportable?
—Me echaron porque no dejaba de pensar en lo mucho que quería quemar este lugar —respondió ella, entrando en el cuarto y cerrando la puerta con el pie—. Y en lo mucho que quería que tú me quemaras a mí.
Billy soltó una carcajada ronca y se puso en pie, dejando que sus vaqueros cayeran al suelo. Estaba completamente desnudo, magnífico en su arrogancia y su deseo evidente. Caminó hacia ella, acorralándola contra la madera de la puerta.
—No tienes idea de lo que has provocado —gruñó él, hundiendo la cara en el cuello de Max y aspirando su aroma—. He pasado cada maldita noche imaginando que eras tú la que me tocaba.
—Pues deja de imaginar —susurró Max, agarrándolo por el cabello y tirando de él hacia sus labios.
El beso fue una explosión. No hubo sutileza, solo hambre acumulada durante semanas. Billy la levantó en vilo, las piernas de Max se enredaron en su cintura mientras él la devoraba.
—En toda la casa, Maxie —dijo él contra su boca, sus manos apretando con fuerza sus nalgas—. Mis viejos no están. No hay reglas. Vamos a profanar cada rincón de este maldito mausoleo.
La llevó al baño del pasillo sin bajarla. La sentó sobre el mármol frío del lavabo, contrastando violentamente con el calor que emanaba de sus cuerpos. Billy le arrancó la camiseta del campamento, los botones saltando en todas direcciones, y se ensañó con sus pechos, mordiendo y succionando hasta que Max empezó a sollozar de placer.
—Billy, por favor... ahora —