Amor prohibido
Sabor a Pecado y Sacrilegio
La lluvia seguía azotando los cristales de la cocina, creando una cortina de agua que los aislaba del resto de Hawkins. El eco del trueno todavía vibraba en los azulejos blancos, pero no era nada comparado con el estruendo de la sangre de Max golpeando contra sus sienes. Apenas habían pasado unas horas desde que habían compartido esa primera y desesperada unión en su habitación, y sin embargo, el hambre no se había aplacado; se había transformado en algo más voraz, más oscuro.
Max bajó las escaleras descalza, con una de las camisas de franela de Billy anudada a la cintura, cubriendo apenas lo necesario. Lo encontró en la cocina, de espaldas a ella, bebiendo agua directamente de la jarra. La luz fluorescente sobre la encimera resaltaba cada músculo de su espalda, las cicatrices y la tensión acumulada que Billy Hargrove siempre llevaba como una armadura.
—No pensé que te despertarías tan pronto —dijo Billy sin darse la vuelta, su voz era un ronquido bajo que erizó el vello de la nuca de Max.
—El ruido de la lluvia no me deja dormir —mintió ella, acercándose lentamente. Sus ojos recorrieron las nalgas de Billy, apenas cubiertas por unos calzoncillos oscuros—. O quizás es que la cama se sentía demasiado fría sin ti.
Billy dejó la jarra sobre la mesa y se giró. Sus ojos azules, inyectados en sangre y cargados de una lujuria que rozaba la locura, la devoraron al instante. No hubo palabras de cariño, ni ternura fingida. Billy la agarró de la cintura con una fuerza que la hizo jadear y la sentó de golpe sobre la encimera de mármol frío.
—¿Tienes frío, Max? —preguntó él, su rostro a milímetros del suyo. El olor a alcohol, tabaco y ese aroma masculino tan suyo la embriagó—. Porque yo me estoy quemando por dentro.
—Entonces apaga el fuego, Billy —desafió ella, enredando sus piernas alrededor de su cintura y tirando de él hacia el nido de sus muslos.
Billy no esperó. Apartó la tela de la camisa de Max con brusquedad, dejando sus pechos expuestos a la luz cruda de la cocina. Se lanzó sobre ellos como un hombre famélico, mordiendo y succionando con una urgencia que rozaba el dolor, pero que Max recibió con un gemido desgarrador. Sus manos se aferraron al cabello rubio de él, empujándolo más contra ella.
—Aquí no, Billy... alguien podría... —balbuceó ella, aunque sabía que estaban solos.
—Nadie va a venir, Max. Nadie nos ve —gruñó él contra su piel, bajando sus manos para separar sus nalgas y sentir la humedad que ya empapaba su ropa interior—. Eres una zorra tan hermosa. Mi pequeña hermanastra... ¿sabes lo que nos harían si nos encontraran así?
—Me importa una mierda —respondió ella, buscando su boca para un beso que sabía a desesperación y pecado.
Billy se deshizo de su ropa interior con un movimiento rápido y, sin preámbulos, se abrió paso dentro de ella. Max soltó un grito que fue ahogado por la boca de Billy. El mármol estaba helado contra su espalda, pero el calor que emanaba de Billy era como lava. Las embestidas en la cocina eran rítmicas, brutales, el sonido de su carne chocando resonaba en el silencio de la casa como una confesión.
—Mírame —ordenó él, agarrándola de la barbilla mientras se movía dentro de ella con una potencia que hacía que los platos en los estantes vibraran—. Quiero que veas quién te está haciendo esto.
Max abrió los ojos, empañados por las lágrimas de placer. Vio el rostro de Billy, contraído en una mueca de agonía y éxtasis, y se dio cuenta de que estaban unidos por algo mucho más fuerte que el simple deseo. Era una rebelión contra todo lo que los rodeaba.
—¡Billy! —gritó ella cuando el clímax la alcanzó, arqueando la espalda tanto que su cabeza golpeó los armarios superiores.
Él no se detuvo, siguió embistiendo hasta que su propio cuerpo se tensó y se derramó sobre ella y el mármol, dejando un rastro de su posesión. Ambos se quedaron jadeando, el vapor de su respiración mezclándose en el aire fresco de la cocina.
Pero Billy no parecía satisfecho. Había algo en su mirada, una chispa de crueldad juguetona que Max conocía bien. La bajó de la encimera, pero no la soltó.
—Esto no ha terminado —susurró él, sus dedos recorriendo el rastro de sudor en el cuello de Max—. Vamos arriba. Pero no a tu cuarto. Ni al mío.
Max lo miró con los ojos muy abiertos, comprendiendo de inmediato lo que sugería.
—Billy... la habitación de nuestros padres... eso es...
—¿Sagrado? —Billy soltó una carcajada seca y amarga—. Nada en esta casa es sagrado, Max. Especialmente no lo que ellos representan. Vamos a ensuciar su cama. Vamos a dejar nuestra marca donde ellos creen que son perfectos.
La idea era tan perversa que Max sintió una nueva oleada de calor recorriendo su vientre. Era el acto definitivo de profanación, el clavo final en el ataúd de su inocencia. Billy la tomó de la mano y la arrastró escaleras arriba, hacia la habitación principal, la que siempre estaba cerrada, la que olía a perfume caro y a la hipocresía de Neil Hargrove.
Billy pateó la puerta y la habitación se abrió ante ellos, sumida en una penumbra elegante. La cama era enorme, con sábanas de seda que brillaban bajo la luz de la luna que se filtraba por las cortinas entreabiertas.
—Tú primero —dijo Billy, empujándola suavemente hacia el colchón.
Max se dejó caer en el centro de la cama matrimonial. Se sentía pequeña en ese espacio, pero la presencia de Billy, cerrando la puerta con llave detrás de él, la hacía sentir poderosa. Él se desnudó por completo esta vez, dejando que Max admirara su cuerpo atlético antes de subir a la cama y posicionarse sobre ella.
—Imagina que Neil entra ahora mismo —susurró Billy al oído de Max, su mano bajando hacia su entrepierna con una lentitud tortuosa—. Imagina su cara al ver lo que su hijo le hace a su preciada hijastra en su propia cama.
—Cállate, Billy —pidió Max, aunque la imagen la excitaba de una manera prohibida—. Solo... hazme tuya otra vez.
Esta vez, el encuentro fue diferente. No fue la urgencia frenética de la cocina, sino una exploración lenta y deliberada. Billy usó sus manos y su boca para recorrer cada centímetro de la piel de Max, saboreándola sobre las sábanas de seda que se arrugaban bajo ellos. Max se sentía como una reina en un trono de pecado.
—Eres tan jodidamente hermosa —murmuró Billy, su voz perdiendo parte de su dureza—. No sé qué me has hecho, Max, pero no puedo parar.
—No pares —rogó ella, abriéndose para él una vez más.
Cuando Billy entró en ella esta vez, lo hizo con una profundidad que hizo que Max viera estrellas. El contraste entre la suavidad de las sábanas y la rudeza de los movimientos de Billy era embriagador. Cada vez que él se hundía en ella, Max sentía que estaba reclamando no solo su cuerpo, sino su alma, arrancándola del aburrido y opresivo Hawkins para llevarla a un lugar donde solo existían ellos dos.
—Dilo —gruñó Billy, aumentando el ritmo, sus manos apretando las caderas de Max hasta que supo que dejaría marcas—. Di de quién eres.
—¡Tuya! —gritó Max, enterrando sus uñas en la espalda de Billy, sintiendo cómo el placer subía por sus piernas como una marea imparable—. ¡Soy tuya, Billy! ¡Haz lo que quieras conmigo!
El ritmo se volvió salvaje. El sonido de la cama crujiendo contra la pared rítmicamente se mezclaba con sus jadeos y el golpeteo incesante de la lluvia fuera. Era un sacrilegio, una danza de sombras en el corazón del hogar que se suponía debía protegerlos. En ese momento, sobre las sábanas de sus padres, Max y Billy no eran solo dos adolescentes rotos; eran dioses en su propio universo privado de dolor y placer.
Billy aceleró, sus músculos brillando por el sudor, su rostro enterrado en el hueco del cuello de Max. Ella lo envolvió con sus brazos y piernas, queriendo fundirse con él, queriendo que este momento de absoluta libertad y transgresión no terminara nunca.
—¡Max! —rugió Billy cuando finalmente llegó al límite, su cuerpo sacudiéndose con una violencia que hizo que Max soltara un grito de puro éxtasis.
Se derrumbaron el uno sobre el otro, exhaustos, el aire en la habitación cargado con el olor del sexo y la traición. El silencio que siguió fue denso, roto solo por sus respiraciones entrecortadas.
Billy se apartó a un lado, pero mantuvo a Max pegada a su costado. Sus dedos jugaban distraídamente con un mechón de su cabello pelirrojo.
—Mañana, cuando ellos vuelvan, esta habitación olerá a nosotros —dijo Billy con una sonrisa sombría—. Y ellos no tendrán ni idea de que su pequeño mundo perfecto ha sido destruido desde dentro.
Max apoyó la cabeza en el pecho de Billy, escuchando el latido errático de su corazón.
—No me importa —dijo ella con firmeza—. Mientras estemos juntos en esto, pueden tener su mundo perfecto. Nosotros tenemos el nuestro.
Billy la rodeó con sus brazos, y por un momento, la oscuridad de Hawkins pareció menos amenazante. Sabían que lo que habían hecho no tenía perdón, que su amor era una enfermedad que los consumiría tarde o temprano. Pero mientras la tormenta seguía rugiendo fuera, en esa cama que no les pertenecía, Max y Billy Hargrove encontraron una paz retorcida que nadie más podría entender jamás.
—Duerme, pequeña Max —susurró él, cerrando los ojos—. Mañana volveremos a ser los hermanos que se odian. Pero esta noche... esta noche el infierno es nuestro.
Max cerró los ojos, sonriendo en la oscuridad, sabiendo que el fuego que habían encendido nunca se apagaría del todo. Habían cruzado el punto de no retorno, y el sabor del pecado era lo más dulce que jamás había probado.