Amor prohibido
Cicatrices y Cenizas bajo la Piel
El sol de la mañana se filtraba de manera hiriente a través de las cortinas de seda de la habitación de Neil y Susan. Max se despertó con una sensación de pesadez en los párpados y un dolor sordo, pero extrañamente satisfactorio, entre los muslos. El olor de la habitación había cambiado; ya no era solo el aroma aséptico y pretencioso de sus padres, sino algo más denso, más humano. Olía a sudor, a sexo y a la rebeldía de dos cuerpos que habían decidido prenderle fuego a las normas.
Se giró lentamente, sintiendo el roce de las sábanas caras contra su piel desnuda. Billy ya no estaba a su lado. El lugar que había ocupado en la cama todavía conservaba un rastro de calor, pero el resto del colchón estaba frío. Un instante de pánico la atravesó: ¿se habría arrepentido? ¿Habría vuelto a ser el monstruo que la despreciaba para ocultar lo que sentía?
Se sentó, cubriéndose con la sábana, y vio a Billy de pie frente al gran ventanal de la habitación. Estaba completamente desnudo, con un cigarrillo encendido entre los dedos, observando el jardín trasero donde la lluvia de la noche anterior había dejado charcos profundos y ramas rotas. La luz del día revelaba las marcas de las uñas de Max en sus hombros y espalda, cicatrices rojas que él lucía como medallas de guerra.
—Ya vienen de camino —dijo Billy sin volverse. Su voz era una lija, seca y cargada de una tensión que la noche no había logrado disipar del todo—. He llamado a la gasolinera de la autopista. Los han visto pasar hace media hora.
Max sintió un escalofrío. La realidad de Hawkins regresaba para reclamarlos.
—Entonces tenemos que limpiar esto —susurró ella, aunque no se movió. Sus ojos seguían fijos en la silueta de su hermanastro, en la forma en que sus músculos se tensaban al inhalar el humo.
Billy se giró finalmente. No había arrepentimiento en sus ojos, solo una determinación sombría y una chispa de ese deseo posesivo que la había consumido horas antes. Cruzó la habitación con la elegancia de un depredador y se detuvo al borde de la cama, dejando caer la ceniza del cigarrillo directamente sobre la alfombra blanca de Susan.
—¿Tienes miedo, Max? —preguntó, arqueando una ceja.
—No —respondió ella, irguiéndose y dejando que la sábana resbalara un poco, desafiándolo—. Te dije que no te tenía miedo. Y no les tengo miedo a ellos.
Billy soltó una carcajada corta y amarga, extendiendo una mano para acariciar la mandíbula de Max. Sus dedos olían a tabaco.
—Deberías tenerlo. Lo que hemos hecho... si Neil se entera, no se limitará a gritar. Nos mataría a ambos. O peor, nos separaría de una forma que ni tú ni yo podríamos soportar.
Max se inclinó hacia su mano, cerrando los ojos.
—No podrá separarnos si no lo sabe. Seremos mejores actores que nunca, Billy. Odio puro en los pasillos, indiferencia en la mesa. Pero cuando cierren su puerta...
—Cuando cierren su puerta, el infierno volverá a abrirse —completó él, bajando la mano para apretarle el cuello, no con fuerza, sino con una posesión absoluta—. Vístete. Tenemos diez minutos para borrar el rastro de nuestro pecado.
Los minutos siguientes fueron un borrón de actividad frenética y silenciosa. Max ayudó a Billy a rehacer la cama de sus padres, estirando las sábanas de seda con una precisión quirúrgica para que no quedara ni una sola arruga que delatara el peso de sus cuerpos. Mientras lo hacían, Max no pudo evitar ver las manchas casi invisibles que habían quedado en el tejido, secretos microscópicos que quedarían allí, bajo el cuerpo de su madre y de Neil, como una broma macabra.
Billy se vistió en silencio, recuperando su uniforme de chico malo de Hawkins: los vaqueros ajustados, la chaqueta de cuero, la mirada de acero. Max regresó a su habitación para ponerse sus propios shorts y su camiseta de tirantes, pero antes de salir, se miró al espejo. Sus labios estaban un poco hinchados, y sus ojos azules brillaban con una intensidad que no podía ocultar. Parecía más mujer, más peligrosa.
Bajó a la cocina justo cuando el coche de Neil entraba en el camino de entrada. El ruido del motor era como una sentencia de muerte. Billy ya estaba allí, sentado a la mesa con una taza de café negro, fingiendo leer una revista de coches.
—Recuerda —susurró Billy sin levantar la vista—, eres la mocosa que me arruina la vida. Y yo soy el imbécil que no te soporta.
—Entendido —respondió Max, sintiendo cómo la máscara de indiferencia se instalaba en su rostro.
La puerta principal se abrió y el aire de la casa cambió instantáneamente. La presencia de Neil Hargrove siempre traía consigo una presión atmosférica sofocante. Entró en la cocina seguido de Susan, que parecía cansada y cargada con bolsas de la compra.
—¿Todo tranquilo por aquí? —preguntó Neil, su voz retumbando en las paredes. Su mirada recorrió la estancia, deteniéndose un segundo de más en Billy y luego en Max.
—Tan aburrido como siempre —respondió Billy con una voz cargada de desprecio fingido—. La cría no ha dejado de poner esa música de mierda en su cuarto. Casi le rompo la puerta para que se callara.
Max puso los ojos en blanco, cruzando los brazos sobre el pecho.
—Y él no ha dejado de apestar la casa con sus cigarrillos —replicó ella, inyectando todo el veneno que pudo en sus palabras—. Ojalá te hubieras quedado en la carretera, Billy.
Neil soltó un bufido, aparentemente satisfecho con la hostilidad habitual.
—Me alegra ver que nada ha cambiado —dijo el hombre, dejando las llaves sobre la encimera, exactamente en el mismo lugar donde, horas antes, Billy había poseído a Max—. Susan, sube las maletas. Yo tengo cosas que hacer en el despacho.
Susan asintió, lanzando una mirada rápida y preocupada a Max antes de subir las escaleras. Max sintió una punzada de culpa, pero se desvaneció tan rápido como había llegado. Su madre vivía en una mentira de comodidad y miedo; ella, al menos, había encontrado algo real en medio del caos, por muy retorcido que fuera.
Pasaron las horas. La casa volvió a su rutina de silencios tensos y ruidos domésticos. Max se encerró en su cuarto con su monopatín, tratando de procesar la dualidad de su existencia. Cada vez que escuchaba los pasos de Billy por el pasillo, su corazón daba un vuelco. Sabía que él estaba ahí fuera, fingiendo ser el mismo de siempre, mientras ella todavía sentía el rastro de su tacto en su piel.
A media tarde, el calor volvió a apretar. Max salió al porche trasero para buscar un poco de aire. Billy estaba allí, lavando el Camaro con una manguera. El agua corría por sus brazos tatuados y su pecho desnudo, brillando bajo el sol de Indiana. Max se sentó en los escalones, observándolo. Sabía que Neil estaba en el salón, viendo las noticias, a pocos metros de ellos.
Billy dirigió el chorro de agua hacia las ruedas, pero su mirada se desvió hacia Max. Fue un segundo, una conexión eléctrica que nadie más vio. Él sonrió de lado, una expresión depredadora que le decía que no había olvidado ni un solo detalle de la noche.
—¿Te gusta lo que ves, Max? —preguntó él en voz alta, pero con un tono que pretendía ser molesto para cualquier oído indiscreto.
—Solo miro lo sucio que está el coche —respondió ella, levantándose y acercándose a él, deteniéndose justo en el límite de lo que parecería normal—. Te has dejado una mancha en el capó.
Se acercó lo suficiente para que él pudiera olerla, para que el calor que emanaba de sus cuerpos se mezclara de nuevo. Billy dejó caer la manguera y el agua empezó a encharcar sus pies. Se inclinó hacia ella, fingiendo que examinaba la supuesta mancha.
—La mancha está en todas partes, Max —susurró él, tan bajo que solo ella pudo oírlo—. Está bajo tu ropa, en tu boca, en esa cama de arriba. No vas a poder quitártela nunca.
—No quiero quitármela —respondió ella con la misma intensidad—. Quiero más.
Billy soltó una risa ronca, agarrando una esponja con fuerza.
—Esta noche, cuando el viejo se duerma —dijo él—. En el garaje. El Camaro tiene los asientos de atrás lo suficientemente amplios para lo que te voy a hacer.
Max sintió que las piernas le temblaban. La idea de hacerlo en el coche, con el riesgo de que Neil bajara en cualquier momento, era una droga que la hacía sentir más viva que nunca.
—Estaré allí —prometió ella.
—Más te vale. Ahora lárgate de aquí antes de que te empape con la manguera, mocosa.
Max se dio la vuelta y entró en la casa, pasando por delante de un Neil que ni siquiera levantó la vista del televisor. Sentía una risa histérica burbujeando en su garganta. Estaban jugando con fuego en una habitación llena de gasolina, y ella no podía esperar a que todo estallara.
La noche cayó sobre Hawkins con una lentitud agónica. Max esperó en su cama, contando los minutos, escuchando cómo la casa se sumergía en el silencio absoluto. Cuando finalmente escuchó el ronquido rítmico de Neil desde la habitación principal, se levantó con cuidado. No se puso zapatos. Caminó de puntillas por el pasillo, evitando las tablas del suelo que sabía que crujían.
La puerta del garaje se abrió sin hacer ruido. El aire allí olía a aceite de motor, gasolina y caucho. El Camaro descansaba en el centro, una bestia de metal negro que guardaba sus propios secretos. La puerta del conductor estaba abierta y la luz tenue del interior iluminaba a Billy. Estaba sentado en el asiento del conductor, fumando, esperándola.
Max se deslizó dentro del garaje y cerró la puerta a sus espaldas.
—Has tardado —dijo Billy, apagando el cigarrillo en el cenicero del coche.
—Neil no se dormía —respondió ella, acercándose al vehículo.
Billy salió del coche y la acorraló contra la puerta del garaje. Sus manos fueron directas a sus muslos, levantándola sin esfuerzo. Max rodeó su cintura con las piernas, sintiendo la frialdad del metal de la puerta contra su espalda y el calor abrasador de Billy contra su frente.
—Aquí no hay sábanas de seda, Max —gruñó él, besándola con una ferocidad que le hizo sangre en el labio—. Aquí solo hay grasa y metal. ¿Crees que puedes aguantarlo?
—Pruébame —desafió ella, buscando sus pantalones con manos desesperadas.
Billy la llevó hacia el asiento trasero del Camaro. El espacio era estrecho, claustrofóbico, pero eso solo aumentaba la excitación. Se deshicieron de la ropa con movimientos torpes y urgentes, suspiros ahogados llenando el habitáculo del coche. El cuero de los asientos estaba frío, pero pronto se calentó con el roce de sus cuerpos.
—Eres tan jodidamente estrecha —gimió Billy cuando entró en ella de un solo impulso, llenándola por completo. El coche se balanceó sobre su suspensión, un movimiento rítmico que parecía acompañar el latido de sus corazones.
Max enterró la cara en el cuello de Billy para no gritar. El placer era diferente aquí; era más crudo, más animal. La cercanía del peligro, el hecho de que estaban a pocos metros de donde su padre dormía, hacía que cada estocada de Billy se sintiera como una descarga eléctrica.
—¡Billy! —susurró ella, sus uñas dejando surcos en sus brazos mientras él aumentaba la velocidad, sus cuerpos sudorosos resbalando sobre el cuero.
—Dilo —ordenó él, su voz quebrada por el esfuerzo—. Di que me perteneces, Max. Di que nadie más va a tocarte así.
—Solo tú... siempre solo tú —respondió ella, entregándose al abismo.
El clímax los golpeó como un choque frontal. Billy se aferró a ella como si fuera su única salvación en un mundo que lo odiaba, y Max lo sostuvo con la fuerza de alguien que ha encontrado su lugar en el rincón más oscuro del universo. Se quedaron allí, entrelazados en la penumbra del coche, mientras el motor del Camaro todavía parecía irradiar un calor residual.
—Esto nos va a destruir, ¿lo sabes? —dijo Billy después de un rato, su voz extrañamente tranquila mientras acariciaba el cabello de Max.
—Ya estábamos destruidos, Billy —respondió ella, mirando el techo del coche—. Solo estamos juntando los pedazos de una forma diferente.
Billy no respondió, pero la apretó más fuerte contra él. Sabían que Hawkins no tenía lugar para ellos, que su amor era un sacrilegio y su deseo una sentencia. Pero mientras el mundo exterior seguía su curso, ajeno a la tormenta que habitaba en ese garaje, Max y Billy Hargrove se permitieron ser libres.
Eran cicatrices y cenizas, eran el secreto mejor guardado de una ciudad llena de monstruos, y por primera vez en sus vidas, no tenían miedo de arder. La marca de Billy estaba bajo su piel, y la de Max estaba grabada en el alma de él. Y mientras el sol no saliera, el infierno seguía siendo su único y verdadero hogar.