Amor prohibido
Pecados de Seda y Sal
El sol de California no se parecía en nada al de Indiana. Era una luz dorada, casi líquida, que se filtraba por las ventanas de la pequeña capilla de madera frente a la costa de Malibú. No había invitados. No había amigos de la escuela, ni miembros del Club de los Perdedores, ni rastro de la pesadilla que dejaron atrás en Hawkins. Solo estaban ellos, el juez de paz que apenas los miraba y el rugido del océano de fondo, reclamando su lugar como testigos del sacrilegio más hermoso del mundo.
Billy esperaba frente al altar improvisado. Vestía un traje negro que le ajustaba a la perfección, sin corbata, con los primeros botones de la camisa blanca abiertos, dejando ver el medallón que siempre colgaba de su cuello. Sus rizos rubios estaban algo más largos, aclarados por el sol del Pacífico, y sus ojos azules escaneaban la entrada con una impaciencia que rozaba la violencia. Estaba nervioso, un sentimiento que Billy Hargrove rara vez admitía, pero el pulso le latía con fuerza en la garganta.
Entonces, las puertas se abrieron.
Max apareció bajo el marco de madera y, por un segundo, el tiempo se detuvo. Si Billy pensaba que ya la conocía en todas sus facetas, estaba equivocado. No era una novia tradicional. No había encaje recatado ni velos que ocultaran su rostro. Max caminaba hacia él con un vestido de seda blanca que era, en una palabra, pecaminoso.
El vestido era de un estilo lencero, con tirantes tan finos que parecían hilos de araña sosteniendo la tela sobre sus hombros. El escote en V caía profundamente, revelando la curva de sus pechos con una audacia que desafiaba cualquier convención. Pero lo más impactante era la caída de la tela: se adhería a sus caderas como una segunda piel, y cada paso que daba revelaba una abertura lateral que subía hasta lo más alto de su muslo, mostrando sus piernas largas y firmes. Su melena pelirroja no estaba recogida; caía en ondas salvajes sobre su espalda, que quedaba totalmente al descubierto gracias al diseño del vestido, que apenas se cruzaba con dos hilos de seda en la base de la columna vertebral.
Billy sintió que se le secaba la boca. Sus manos se