Amor prohibido
Llamas en el Altar de Sal
Billy sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Max no parecía una novia; parecía una aparición, una sirena que acababa de emerger del océano para reclamar su alma. El vestido de seda blanca brillaba bajo la luz del sol, casi transparente en los bordes, delineando cada curva de su cuerpo con una precisión que resultaba tortuosa. Mientras ella avanzaba, el roce de la tela contra su piel producía un sonido suave, un susurro que para Billy era más fuerte que el estruendo de las olas.
Ella se detuvo frente a él. Sus ojos azules estaban cargados de un desafío eléctrico, una chispa de "mírame, soy tuya, pero también soy tu perdición". Max sabía perfectamente el efecto que estaba causando. Había elegido ese vestido para borrar cualquier rastro de la niña de Hawkins, para sellar su transformación en la mujer que solo Billy podía tocar.
—Estás... —Billy se interrumpió, su voz era un gruñido bajo, áspero por el deseo—. Vas a hacer que me olvide de dónde estamos, Max.
Max sonrió, una curva lenta y peligrosa en sus labios pintados de rojo.
—Esa es la idea, Billy. Que no puedas pensar en nada más.
El juez de paz, un hombre mayor con la piel curtida por el sol de California, carraspeó, rompiendo el hechizo por un instante. Empezó a recitar las palabras de la ceremonia, pero ninguno de los dos escuchaba realmente. Billy no podía apartar la mirada del escote de Max, de la forma en que el tejido se tensaba sobre sus pezones cuando ella respiraba hondo. El calor en la pequeña capilla se volvió insoportable.
Cuando llegó el momento de los anillos, Billy tomó la mano de Max. Sus dedos temblaban ligeramente, no de miedo, sino de una urgencia contenida que amenazaba con desbordarse. Deslizó la banda de oro sobre el dedo de ella, sellando el pacto que habían hecho entre las cenizas de su antigua casa.
—Por el poder que me otorga el estado de California —dijo el juez, pareciendo querer terminar rápido ante la intensidad casi violenta que emanaba de la pareja—, los declaro marido y mujer. Puedes besar a la novia.
Billy no esperó. Rodeó la cintura de Max con un brazo, pegándola a su cuerpo con una fuerza que hizo que ella soltara un jadeo. La seda del vestido era tan fina que Billy podía sentir el calor de su piel, la vibración de su corazón acelerado. La besó con una posesividad que reclamaba cada centímetro de su ser, un beso que sabía a sal, a libertad y a un hambre que llevaba años alimentándose en las sombras.
—Vámonos de aquí —susurró Billy contra sus labios, ignorando al juez que ya estaba recogiendo sus papeles.
—Todavía no has visto lo mejor del vestido —le devolvió ella en un susurro cargado de promesa.
Salieron de la capilla casi corriendo. Billy la llevó hasta el Camaro negro que descansaba sobre la arena, un vestigio de su vida pasada que ahora los transportaba hacia su nueva realidad. No fueron muy lejos. Habían alquilado una pequeña cabaña de madera a pocos metros de la orilla, oculta tras unas dunas y rodeada de vegetación salvaje. Era rústica, aislada, perfecta.
En cuanto la puerta de la cabaña se cerró tras ellos, Billy acorraló a Max contra la madera. El sonido del pestillo al encajarse fue la señal de salida.
—Ese vestido, Max... —dijo él, hundiendo la cara en su cuello, aspirando el aroma a vainilla y mar—. Me ha tenido al borde del abismo toda la mañana.
—¿Te gusta? —preguntó ella, echando la cabeza hacia atrás para darle más acceso. Sus manos se hundieron en los rizos de Billy, tirando de ellos con fuerza—. Me costó una fortuna, pero valía la pena si lograba que me miraras así.
—Te miraría así aunque estuvieras envuelta en una sábana vieja —gruñó él—. Pero esto... esto es una tortura.
Billy bajó las manos hacia la espalda de Max, recorriendo la piel desnuda que quedaba expuesta por el diseño del vestido. Sus dedos trazaron la línea de su columna hasta llegar a los hilos de seda que sujetaban la prenda en la base. Con un movimiento experto, tiró de ellos. El nudo se deshizo con una facilidad insultante.
El vestido se deslizó por el cuerpo de Max como agua, acumulándose en un charco de seda blanca a sus pies. Ella no llevaba nada debajo. La luz del atardecer entraba por la ventana, bañando su piel pálida y sus pecas en un tono anaranjado, convirtiéndola en una estatua de fuego y mármol.
Billy se quedó paralizado un segundo, devorándola con la mirada. Max dio un paso hacia adelante, quedando a milímetros de él.
—Ahora es tu turno —dijo ella, empezando a desabrochar los botones de la camisa de Billy con dedos ávidos—. No quiero nada entre nosotros. Ni ropa, ni secretos, ni el pasado.
Billy se deshizo de la chaqueta y la camisa en un movimiento frenético, dejando al descubierto su torso marcado y sudoroso. Max pasó sus uñas por sus pectorales, dejando surcos rojos que Billy recibió con un gemido de satisfacción. Él la levantó en vilo, y Max enredó sus piernas alrededor de su cintura, sintiendo la dureza de su deseo a través de la tela de sus pantalones.
Caminaron de esa forma hasta la cama, una estructura de madera con sábanas blancas que pronto quedarían reducidas al caos. Billy la depositó sobre el colchón con una mezcla de rudeza y adoración. Se deshizo del resto de su ropa en segundos, volviendo a ella como un hombre sediento que encuentra un oasis.
—Eres mía, Max Hargrove —dijo él, situándose entre sus muslos—. Mi esposa. Mi única verdad.
—Y tú eres mío, Billy —respondió ella, arqueando la espalda cuando él empezó a besar el camino de sus muslos—. Hazme sentir que Hawkins nunca existió. Hazme sentir que solo existe este momento.
El primer contacto fue una explosión. Billy entró en ella con un empuje decidido, llenándola por completo. Max soltó un grito que se perdió en el estruendo de las olas que golpeaban la orilla fuera de la cabaña. Era un ritmo salvaje, una danza de dos cuerpos que se conocían de memoria pero que se descubrían de nuevo bajo el amparo de la legalidad de su unión.
—Mírame, Max —ordenó él, con el sudor goteando de su frente—. Quiero ver tus ojos cuando te corras. Quiero saber que soy yo quien te lleva ahí.
Max abrió los ojos, empañados por el placer, y se encontró con el azul intenso de Billy. No había odio ya, no había la rabia que solía definir sus interacciones en aquella casa de Indiana. Había una devoción absoluta, una necesidad de pertenencia que los consumía a ambos.
—Siempre eres tú... —jadeó ella, clavando las uñas en los brazos de él—. Siempre has sido tú, incluso cuando te odiaba.
Billy aceleró el ritmo, sus embestidas se volvieron más profundas, más urgentes. El sonido de sus cuerpos chocando se mezclaba con sus respiraciones entrecortadas y los gemidos que Max ya no intentaba reprimir. El placer empezó a subir desde su vientre, una ola de calor que amenazaba con deshacerla.
—¡Billy! —gritó ella, cerrando las piernas alrededor de su espalda, atrayéndolo aún más, queriendo fundirse con él.
Él soltó un gruñido gutural y se hundió una última vez, liberándose dentro de ella mientras Max alcanzaba el clímax, sintiendo que el mundo estallaba en mil pedazos de luz blanca. Se quedaron así durante varios minutos, colapsados el uno sobre el otro, con los corazones latiendo al unísono, como si intentaran sincronizar sus vidas para siempre.
Finalmente, Billy se dejó caer a su lado, atrayéndola hacia su pecho. El silencio en la cabaña era absoluto, roto solo por el sonido lejano del mar. Max apoyó la cabeza en el hombro de su marido, trazando con el dedo el contorno del tatuaje que Billy tenía en el brazo.
—Lo hemos conseguido —susurró ella, con la voz todavía temblorosa—. Estamos fuera.
Billy le besó la coronilla, aspirando el olor de su cabello pelirrojo.
—Te lo dije, pelirroja. Nadie iba a separarnos. A partir de hoy, el resto del mundo puede irse al infierno.
—¿Crees que Neil nos estaría buscando si estuviera vivo? —preguntó ella, una pequeña sombra de duda cruzando su mente.
Billy se tensó por un momento, pero luego se relajó, apretándola más fuerte.
—Ese hombre está muerto y enterrado, Max. Sus reglas, sus golpes... todo eso se quedó en Hawkins. Aquí somos otros. Aquí tú eres mi mujer y yo soy el hombre que va a darte todo lo que él te quitó.
Max cerró los ojos, dejando que la paz la envolviera. Por primera vez en su vida, no se sentía como una fugitiva. No se sentía como la hermanastra que debía ocultarse en los rincones para recibir afecto. Era la reina de su propio destino, y Billy era su guardián.
—Mañana quiero ir a la playa —dijo ella, con una sonrisa soñadora—. Quiero nadar en el océano hasta que me duelan los brazos.
—Iremos —prometió Billy—. Iremos a donde quieras. Tenemos todo el tiempo del mundo.
Se quedaron dormidos mientras la luna empezaba a reflejarse en el agua del Pacífico. El vestido de seda blanca seguía en el suelo, un recordatorio silencioso de la ceremonia que los había unido, pero ya no lo necesitaban. Ya no necesitaban símbolos ni telas caras. Se tenían el uno al otro, y en la inmensidad de California, eso era más que suficiente para sobrevivir a cualquier tormenta que el futuro decidiera enviarles. Eran los Hargrove, y el mundo, por fin, les pertenecía.