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Amor prohibido

Sinfonía de Sal y Obsidiana

Billy la cargó hacia el interior de la cabaña sin romper el contacto de sus labios, una maniobra torpe y desesperada que terminó con ambos tropezando contra la mesa de madera antes de alcanzar el sofá desvencijado que presidía el salón. El aire en la habitación estaba cargado de la humedad del mar y del aroma a tabaco que siempre emanaba de la piel de él.

—No soy una bruja —susurró Max cuando finalmente se separaron para recuperar el aliento—, solo soy la única persona que sabe exactamente qué botones pulsar para que pierdas la cabeza.

Billy soltó una carcajada ronca, una que no llegaba a sus ojos porque estos estaban demasiado ocupados devorando la visión de Max bajo la luz mortecina de la lámpara de aceite. La camisa de seda negra se había deslizado por uno de sus hombros, revelando la curva pálida y perfecta que invitaba a sus labios a pecar de nuevo.

—Lo sabes demasiado bien, pelirroja —dijo él, su voz vibrando con una posesividad que habría asustado a cualquiera que no fuera ella—. Pero esta noche no quiero juegos. Quiero que entiendas que no hay vuelta atrás. Que este anillo —tomó su mano y besó el metal frío— es una cadena que nos ata al mismo destino.

—No me asustan las cadenas si eres tú quien sostiene el otro extremo —respondió Max con una madurez que siempre lograba desarmarlo.

Se puso en pie con una elegancia felina, dejando que la camisa de seda cayera al suelo con un susurro casi imperceptible. Se quedó allí, desnuda ante él, bañada por la luz plateada que entraba por la ventana. Sus pecas parecían constelaciones sobre su piel, y sus ojos azules desafiaban la oscuridad con una chispa de fuego puro. Billy sintió que el corazón le martilleaba contra las costillas; no importaba cuántas veces la viera, el impacto siempre era el mismo: una mezcla de adoración religiosa y deseo primitivo.

—Maldita sea, Max —gruñó él, levantándose para acortar la distancia.

Sus manos, grandes y callosas, rodearon la cintura de ella con una firmeza que la hizo arquear la espalda. Max soltó un suspiro entrecortado cuando sintió el contraste del pecho desnudo de Billy contra sus pezones sensibles. Era como si el mundo exterior, con sus leyes y sus juicios, se hubiera desvanecido por completo, dejando solo este pequeño espacio de madera y sombra donde ellos eran los únicos soberanos.

—Hazme olvidar el frío, Billy —suplicó ella, hundiendo las uñas en los hombros de él—. Hazme sentir que el fuego de Hawkins se ha apagado para siempre.

Billy no necesitó que se lo dijera dos veces. La levantó con una facilidad asombrosa, sus piernas enredándose instintivamente alrededor de su cintura. La llevó hacia la habitación principal, donde la cama los esperaba con las sábanas revueltas del día anterior. Al dejarla sobre el colchón, se tomó un momento para observarla, extendida como una ofrenda, con su melena pelirroja desparramada sobre la almohada como un incendio forestal.

—Te amo tanto que me duele —confesó Billy en un susurro casi inaudible, una vulnerabilidad que solo permitía que ella viera—. A veces siento que si te toco demasiado fuerte, te romperás.

Max estiró la mano y acarició su mejilla, sintiendo la aspereza de la barba de un día.

—No me romperé. Me hiciste fuerte, Billy. Me enseñaste a luchar, incluso cuando el enemigo eras tú. Ahora enséñame a pertenecerte.

Él se despojó de los pantalones de lino con movimientos frenéticos y se situó entre sus muslos, sintiendo el calor que emanaba de ella. El primer contacto fue una descarga eléctrica que recorrió la columna de ambos. Billy se movió con una lentitud tortuosa al principio, queriendo saborear cada centímetro de su piel, cada gemido que escapaba de los labios de Max. Sus manos recorrían su cuerpo con una devoción casi sagrada, memorizando cada curva, cada pequeña imperfección que la hacía perfecta a sus ojos.

—Eres mía —repetía él contra su cuello, marcando su territorio con besos que pronto se convertirían en marcas moradas—. Mi esposa. Mi vida. Mi todo.

—Tuyo —jadeó ella, cerrando los ojos mientras el placer empezaba a nublar su juicio—. Siempre tuyo.

El ritmo aumentó, volviéndose salvaje y descontrolado, un reflejo de la tormenta que siempre había definido su relación. No era solo sexo; era una exorcismo. Estaban expulsando los fantasmas de Neil, la indiferencia de Susan y el terror de los laboratorios. Con cada embestida, Billy sentía que recuperaba una parte de su alma que creía perdida en los callejones de Hawkins. Y Max, aferrada a su espalda como si fuera su única balsa en un naufragio, sentía que finalmente estaba llegando a casa.

El aire en la habitación se volvió pesado, saturado de calor y del sonido de sus respiraciones sincronizadas. Max arqueó la espalda, clavando las uñas en los brazos de Billy mientras el clímax empezaba a formarse en su vientre como una ola gigante.

—¡Billy! —gritó su nombre, un grito de liberación que resonó en las paredes de madera.

Él la siguió poco después, hundiéndose en ella con una fuerza que parecía querer fundir sus huesos. Se quedaron así, abrazados, mientras el mundo recuperaba poco a poco su forma original. El sudor enfriándose en sus cuerpos era el único recordatorio de la intensidad de la batalla que acababan de librar.

—¿Estás bien? —preguntó Billy después de un rato, su voz cargada de una preocupación genuina.

Max se acurrucó contra su pecho, escuchando el latido rítmico de su corazón, que poco a poco recuperaba la normalidad.

—Nunca he estado mejor —respondió ella, cerrando los ojos—. Por primera vez en mi vida, no tengo miedo de lo que vendrá mañana.

Billy la rodeó con sus brazos, besando su frente con una ternura que habría sorprendido a cualquiera que lo hubiera conocido en sus días de gloria en el instituto.

—Mañana buscaremos un trabajo —dijo él, empezando a trazar planes para su nueva vida—. Quizás en un taller mecánico, o en el muelle. Y tú podrías volver a estudiar, Max. Podrías ser lo que quisieras.

—Solo quiero ser libre, Billy. Contigo.

—Lo somos, pelirroja. Lo somos.

Se quedaron en silencio, dejando que la paz de la noche californiana los envolviera. A través de la ventana, las estrellas brillaban con una intensidad que nunca habían visto en Indiana. Era un cielo nuevo, un mundo nuevo, y ellos eran los arquitectos de su propio destino.

—¿Crees que los chicos nos echan de menos? —preguntó Max de repente, pensando por un segundo en Lucas, en Dustin y en Eleven.

Billy guardó silencio por un momento, mirando hacia el techo.

—Seguro que sí. Pero ellos tienen su propia lucha, Max. Nosotros ya peleamos la nuestra. Nos ganamos el derecho a desaparecer.

—Tienes razón —concedió ella—. A veces me siento culpable por haberlos dejado atrás, pero luego te miro y sé que no podría estar en ningún otro lugar.

—Ellos estarán bien —aseguró Billy—. Tienen a ese sheriff y se tienen los unos a los otros. Nosotros solo nos teníamos a nosotros. Y ahora, eso es suficiente.

Max bostezó, el cansancio finalmente ganándole la partida a la adrenalina. Se acomodó mejor contra el cuerpo de Billy, sintiendo su calor como una manta protectora.

—Prométeme una cosa, Billy —dijo con la voz ya borrosa por el sueño.

—Lo que quieras.

—No vuelvas a dejar que la oscuridad te gane. No aquí.

Billy apretó la mandíbula, recordando los momentos en que sintió que perdía el control, cuando la rabia de su padre parecía fluir por sus propias venas. Miró a la mujer que dormía en sus brazos, la única persona que había visto al monstruo y había decidido amarlo de todos modos.

—Te lo prometo, Max. Aquí solo habrá luz. Te lo juro por nosotros.

Poco a poco, la respiración de Max se volvió profunda y regular. Billy se quedó despierto un rato más, velando su sueño, como un guardián que finalmente ha encontrado el tesoro que debe proteger. Sabía que el camino no sería fácil; que tendrían que lidiar con la falta de dinero, con el pasado que a veces llamaría a su puerta en forma de pesadillas y con la soledad de ser dos extraños en una tierra desconocida.

Pero mientras sentía el calor de Max contra su piel y veía el anillo brillando en su dedo, supo que valía la pena. Habían cruzado el infierno para llegar a esta cabaña, y no dejarían que nada ni nadie les arrebatara su pedazo de cielo.

El sol empezó a asomar por el horizonte, tiñendo el océano de tonos rosados y naranjas. Un nuevo día comenzaba en California. El primer día del resto de sus vidas. Billy cerró los ojos finalmente, dejándose llevar por el sueño, con la certeza de que, por primera vez, el despertar no sería una condena, sino una bendición.

Afuera, las olas seguían su ritmo eterno, borrando las huellas que habían dejado en la arena el día anterior. El pasado se disolvía con la sal, y el futuro se extendía ante ellos como un lienzo en blanco, esperando a ser pintado con los colores de su libertad. Eran los Hargrove, eran amantes, eran fugitivos, pero sobre todo, eran libres. Y en la inmensidad del Pacífico, eso era lo único que realmente importaba.