Amor prohibido
Ecos de Neón y Ceniza
La noche en California no era como la de Hawkins. En el pequeño pueblo de Indiana, la oscuridad se sentía viva, como si algo estuviera siempre acechando entre los árboles, esperando el momento justo para arrastrarte al vacío. Pero aquí, en su pequeño refugio frente al mar, la noche era eléctrica, vibrante y extrañamente pacífica. El sonido de los grillos era reemplazado por el murmullo constante de las olas y el eco lejano de la carretera costera.
Billy estaba sentado en el porche de la cabaña, con los pies apoyados en la barandilla de madera y una cerveza fría en la mano. Llevaba solo unos pantalones de lino desabrochados, dejando que la brisa nocturna enfriara su piel todavía marcada por los encuentros del día. El humo de su cigarrillo se elevaba en espirales pálidas bajo la luz de la luna.
Escuchó el sonido de la puerta corrediza abrirse detrás de él. No tuvo que girarse para saber que era ella. El aroma de su perfume, una mezcla de vainilla y algo salvaje, lo golpeó antes de que Max se apoyara en el marco de la puerta.
—¿No puedes dormir? —preguntó ella. Su voz era un susurro suave que erizaba el vello de la nuca de Billy.
—Demasiado silencio —respondió él, dándole un trago a su cerveza—. Todavía estoy esperando que alguien empiece a gritar o que la puerta se caiga a patadas. Supongo que las viejas costumbres mueren lentamente.
Max caminó hacia él. Llevaba puesta una de las camisas de seda de Billy, una prenda negra que le quedaba enorme y que apenas ocultaba el hecho de que no llevaba nada debajo. Se sentó en su regazo, horcajadas sobre sus muslos, obligando a Billy a soltar el cigarrillo para sostenerla por la cintura.
—Ya no hay nadie que venga a por nosotros, Billy —dijo ella, pasando sus dedos por las cicatrices de su pecho—. Los monstruos se quedaron en el Upside Down y los demonios de carne y hueso están bajo tierra.
Billy la miró fijamente. Sus ojos azules, siempre tan intensos, parecían querer devorarla. La luz de la luna acentuaba las facciones de Max, haciéndola parecer una diosa de fuego en medio de la penumbra.
—A veces me pregunto si esto es real —confesó él, su voz volviéndose más profunda—. Si no morí en aquel centro comercial y esto es solo algún tipo de sueño febril antes de que el Azotamentes me borre de la existencia.
Max le tomó la cara con ambas manos, obligándolo a sostenerle la mirada. Sus palmas estaban calientes, llenas de vida.
—Es real. Yo soy real —le aseguró ella antes de besarlo con una urgencia que siempre lo tomaba por sorpresa—. Siente mis latidos, Billy. Siente cuánto te necesito.
Él la apretó contra sí, sus manos bajando por la seda de la camisa hasta encontrar la piel desnuda de sus muslos. El contacto fue como una descarga eléctrica. A pesar de haber pasado todo el día explorando sus cuerpos, el hambre que sentían el uno por el otro parecía insaciable. Era una adicción, una forma de recordarse a sí mismos que estaban vivos y que eran libres.
—Eres una pequeña bruja, ¿lo sabes? —gru