Amor prohibido
Bajo la piel y el silencio
El sonido de la puerta principal cerrándose con un golpe seco dejó tras de sí un vacío que, lejos de ser tranquilo, se sentía cargado de una electricidad estática casi insoportable. More y Bri se habían ido con la excusa más barata del mundo: "necesitamos comprar cosas para la cena", dijeron, a pesar de que la heladera estaba llena y que faltaban seis horas para que alguien tuviera hambre. Sus miradas cómplices antes de cruzar el umbral lo habían dicho todo. Querían dejarlos solos.
Camilo e Iñigo se quedaron en el living, rodeados por el eco de las risas que acababan de desvanecerse. Camilo estaba de pie junto a la ventana, jugueteando con las patillas de sus anteojos, mientras Iñigo permanecía sentado en el sofá, con las manos entrelazadas sobre las rodillas.
El aire acondicionado zumbaba suavemente, pero no era suficiente para enfriar el calor que emanaba del pecho de Camilo. Desde aquel beso en la cocina, las cosas habían entrado en una dimensión desconocida. Ya no eran solo amigos, pero el título de "algo más" todavía les quedaba grande y aterrador.
—Se nota a leguas que nos tendieron una trampa —rompió el silencio Camilo, dándose la vuelta con una sonrisa forzada que no llegaba a sus ojos—. More es una boluda, se piensa que es sutil.
Iñigo levantó la vista y soltó una risita nerviosa, acomodándose un mechón de pelo detrás de la oreja.
—Bueno, al menos ahora hay silencio. Estaban gritando mucho —respondió Iñigo, aunque su voz sonaba un poco temblorosa.
Camilo caminó hacia el sofá con esa zancada desgarbada que lo hacía parecer más alto de lo que era. Se sentó a una distancia prudencial, pero lo suficientemente cerca como para que el calor de sus cuerpos empezara a mezclarse. Se quitó los anteojos y los dejó sobre la mesa ratona, frotándose los ojos con cansancio.
—Iñi —dijo Camilo, bajando el tono—. ¿Estás bien? Desde lo del otro día estás... raro. Como si tuvieras miedo de que te muerda.
Iñigo se giró para enfrentarlo. Sus ojos marrones, siempre tan dulces y transparentes, brillaban con una mezcla de ansiedad y deseo.
—No tengo miedo de que me muerdas, Camilo. Tengo miedo de que esto sea solo una de tus bromas. Sos un burlón profesional, no sé cuándo hablás en serio y cuándo estás siendo un boludo porque sí.
Camilo sintió una puntzada de culpa. Era cierto, su mecanismo de defensa siempre había sido el humor ácido y la molestia constante. Pero lo que sentía por el chico que tenía al lado no tenía nada de gracioso.
—No estoy jodiendo, Iñigo. Te lo juro por lo que quieras —Camilo acortó la distancia, rompiendo la barrera del espacio personal—. Me volvés loco. Y me revienta que seas tan... tan vos. Tan bueno, tan chiquito, tan perfecto. Me hacés sentir un desastre.
Iñigo humedeció sus labios, un gesto que Camilo siguió con una intensidad depredadora.
—No sos un desastre —susurró Iñigo, extendiendo una mano para tocar la mejilla de Camilo—. Sos mi mejor amigo. Y ahora sos... no sé qué sos. Pero me gusta.
Esa fue la señal que Camilo necesitaba. Sin decir una palabra más, se abalanzó sobre los labios de Iñigo. El contacto fue explosivo, mucho más que la primera vez. Esta vez no había prisa por soltarse antes de que alguien entrara; tenían horas por delante.
Camilo lo empujó suavemente hacia atrás hasta que Iñigo quedó recostado contra los almohadones del sofá. Se posicionó sobre él, apoyando su peso en los antebrazos para no aplastarlo, aunque Iñigo parecía querer precisamente eso: sentirlo cerca, sentir la diferencia de sus cuerpos.
El beso se volvió profundo, hambriento. Las manos de Camilo, antes inquietas, ahora se movían con un propósito claro, recorriendo los costados de Iñigo, subiendo por sus costillas hasta enredarse en su pelo un poco largo. Iñigo soltó un suspiro entrecortado contra su boca, un sonido que hizo que la sangre de Camilo hirviera.
—Cami... —jadeó Iñigo cuando el beso bajó hacia su mandíbula.
—Acá estoy —respondió Camilo con voz ronca, dejando un rastro de besos húmedos por su cuello—. No me voy a ningún lado.
Camilo empezó a desabotonar la camisa de Iñigo con dedos torpes, la adrenalina le jugaba en contra. Iñigo, por su parte, tironeaba de la remera de Camilo, queriendo deshacerse de cualquier tela que los separara. Cuando finalmente la piel se encontró con la piel, el mundo exterior dejó de existir.
Iñigo era cálido y suave, una contraparte perfecta para la energía errática de Camilo. El chico más alto se detuvo un segundo para admirarlo, con los ojos oscurecidos por la pasión.
—Sos hermoso, ¿sabías? —murmuró Camilo, acariciando el pecho de Iñigo con el pulgar.
Iñigo se sonrojó con fuerza, pero no apartó la mirada.
—Y vos sos muy lindo cuando te callás y sos tierno —respondió Iñigo con una sonrisa valiente, tirando de Camilo hacia abajo para volver a besarlo.
La tensión que habían acumulado durante meses, disfrazada de peleas por quién ganaba al TEG o de burlas sobre la altura de Iñigo, se estaba transformando en algo tangible y poderoso. Camilo bajó una mano hacia el cinturón de Iñigo, pidiendo permiso en silencio con la mirada. Iñigo asintió, su respiración volviéndose cada vez más pesada.
—Vamos a la pieza —propuso Camilo en un susurro—. El sofá es un asco y More va a sospechar si dejamos manchas de... bueno, ya sabés.
Iñigo soltó una carcajada nerviosa, la primera en toda la tarde.
—Sos un boludo hasta en los momentos más serios, Camilo.
—Es parte de mi encanto —respondió él, ayudándolo a levantarse.
Caminaron hacia la habitación de Camilo casi tropezando entre ellos, sin poder dejar de tocarse. Una vez dentro, Camilo pateó la puerta para cerrarla y empujó a Iñigo hacia la cama. El ambiente en el cuarto era más íntimo, con la luz del atardecer filtrándose por las cortinas entreabiertas, creando sombras alargadas sobre las sábanas revueltas.
Lo que siguió fue una danza de descubrimientos. Camilo, que siempre solía tener el control de las situaciones a través de la palabra, se encontraba ahora vulnerable, entregado a la suavidad de Iñigo. Cada vez que Iñigo gemía su nombre, Camilo sentía que el corazón se le salía del pecho.
—Más... —pidió Iñigo, arqueando la espalda cuando los dedos de Camilo exploraron lugares nuevos—. Por favor, Cami.
—No tenés que pedir por favor, Iñi —dijo Camilo, deteniéndose un segundo para mirarlo a los ojos—. Todo lo que quieras. Soy todo tuyo.
El encuentro fue intenso, cargado de una urgencia que solo nace de la represión. No era solo sexo; era una conversación que no sabían cómo tener con palabras. Era Camilo pidiendo perdón por ser tan molesto, y era Iñigo diciendo que lo quería a pesar de todo. Cada caricia, cada mordisco en el hombro, cada roce de sus piernas entrelazadas era una confesión.
En el momento culminante, Camilo enterró el rostro en el hueco del cuello de Iñigo, aferrándose a sus hombros como si fuera su único ancla en medio de una tormenta. Iñigo lo abrazó con todas sus fuerzas, cerrando los ojos y dejando que la sensación lo inundara por completo.
Minutos después, el silencio volvió a la habitación, pero era un silencio diferente. Ya no era pesado ni incómodo; era un silencio lleno, satisfecho.
Camilo estaba tumbado de espaldas, recuperando el aliento, con un brazo rodeando a Iñigo, quien tenía la cabeza apoyada en su pecho. El sudor hacía que sus pieles se pegaran, pero a ninguno le importaba.
—¿Seguís pensando que soy un boludo? —preguntó Camilo después de un rato, su voz volviendo a su tono juguetón, aunque con una ternura evidente.
Iñigo trazó círculos invisibles en el abdomen de Camilo.
—Sí. Un boludo muy talentoso, pero un boludo al fin.
Camilo se rió, el sonido vibrando en su caja torácica.
—Bueno, me conformo con eso.
Se quedaron así un tiempo largo, disfrutando de la paz que viene después del caos. Camilo le acariciaba el pelo a Iñigo, desenredando los nudos con paciencia. En ese momento, las inseguridades sobre Julián, las bromas de More y las dudas sobre el futuro parecían estar a kilómetros de distancia.
—Che —dijo Iñigo de repente, levantando un poco la cabeza—. ¿Qué les vamos a decir a las chicas cuando vuelvan?
Camilo hizo una mueca, imaginando la cara de victoria de More.
—Nada. No les digamos nada. Vamos a dejar que sufran con la duda un par de días más. Si les decimos ahora, More va a estar insoportable diciendo "se los dije" durante un mes.
Iñigo soltó una risita.
—Tenés razón. Pero va a ser difícil ocultarlo si me seguís mirando como me estás mirando ahora.
—¿Cómo te estoy mirando? —preguntó Camilo, fingiendo inocencia.
—Como si fueras a comerme otra vez.
Camilo se giró sobre su costado, quedando cara a cara con Iñigo. Le acomodó los anteojos a Iñigo (que ni siquiera los llevaba puestos, era solo la costumbre de Camilo de tocar sus propios anteojos trasladada al rostro del otro) y le dio un beso corto en la punta de la nariz.
—Y... es una posibilidad —admitió Camilo—. Todavía faltan como tres horas para que vuelvan.
Iñigo sonrió, esa sonrisa dulce que siempre lograba que Camilo bajara la guardia.
—Sos insaciable, Camilo.
—Es tu culpa por ser tan lindo —respondió él, volviendo a atrapar sus labios.
Afuera, la ciudad seguía su curso, el tráfico de la tarde aumentaba y More y Bri probablemente estaban en alguna cafetería riéndose de su propia genialidad como "cupidos". Pero dentro de esa habitación, entre las sábanas y el calor compartido, Camilo e Iñigo habían construido un mundo donde no importaba quién era más alto, quién era más inteligente o quién era más boludo.
Solo importaba que, por fin, se tenían el uno al otro.
Cuando el sol terminó de ocultarse y las primeras sombras de la noche invadieron el cuarto, se escuchó el sonido de llaves en la puerta principal.
—¡Llegamos! —gritó la voz de Bri desde el living—. ¡Trajimos helado porque sabemos que después de "discutir" da hambre!
Camilo e Iñigo se miraron, entrando en pánico por un segundo.
—¡Rápido, ponete la remera! —susurró Camilo, saltando de la cama y buscando sus calzoncillos por el suelo.
—¡No encuentro mi media! —respondió Iñigo, revolviendo las sábanas.
—¡Olvidate de la media, Iñi! ¡Cualquier cosa decí que te la comió el perro que no tenemos!
Se vistieron a la velocidad de la luz, tratando de borrar cualquier rastro del "desastre" pasional. Cuando salieron al pasillo, Camilo iba con el pelo más despeinado de lo habitual y la remera al revés, e Iñigo estaba sospechosamente rojo y evitaba mirar a More a los ojos.
More estaba apoyada en la barra de la cocina, sosteniendo un pote de helado y con una ceja levantada.
—Vaya, vaya —dijo More, escaneando a Camilo de arriba abajo—. Linda remera, Cami. No sabía que la etiqueta ahora se usaba adelante.
Camilo se miró el pecho y maldijo por lo bajo, dándole la vuelta a la prenda con un movimiento brusco mientras Bri e Iñigo intentaban no estallar en carcajadas.
—Es la nueva moda de Buenos Aires, More. No sabés nada de estilo —se defendió Camilo, recuperando su máscara de burlón—. ¿Y el helado? Me muero de hambre.
Bri se acercó a Iñigo y le dio un apretón cariñoso en el brazo, notando el brillo diferente en sus ojos.
—¿Todo bien, Iñi? —preguntó en voz baja.
Iñigo miró a Camilo, quien le guiñó un ojo discretamente mientras le robaba una cucharada de helado a More.
—Sí, Bri —respondió Iñigo con una paz que no había sentido en años—. Todo re bien.
La noche terminó como tantas otras: los cuatro sentados en el suelo, comiendo helado y quejándose de la facultad. Pero bajo la mesa, el pie de Camilo buscó el de Iñigo y se quedó ahí, enganchado, un ancla silenciosa que confirmaba que lo que había pasado en esa habitación no era un sueño.
Camilo se acomodó los anteojos, miró a sus amigos y sintió que, por una vez, no necesitaba ninguna broma para sentirse el centro del mundo. Solo necesitaba la mano de Iñigo rozando la suya bajo el frío del pote de helado.
—Che, More —dijo Camilo con una sonrisa de lado—. Mañana no me esperen para almorzar. Iñigo y yo tenemos que... estudiar historia. Muy a fondo.
More soltó una carcajada que casi hace que se ahogue con el dulce de leche.
—¡Lo sabía! ¡Sos un asco de sutil, Camilo!
—Callate, boluda —respondió él, pero esta vez, no le molestó en absoluto que ella tuviera la razón.