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Amor prohibido

Vapor y pergaminos

La mañana del domingo amaneció con un sol radiante que se filtraba sin piedad por las cortinas del departamento, pero para Camilo e Iñigo, el mundo se reducía a los cuatro metros cuadrados de la habitación de Camilo. Sobre la cama, una marea de fotocopias, resaltadores amarillos y libros de historia argentina parecía burlarse de ellos. El aire acondicionado, viejo y ruidoso, apenas lograba combatir el bochorno que empezaba a acumularse, no solo por el clima, sino por la cercanía forzada de sus cuerpos.

Camilo estaba sentado con la espalda apoyada en el respaldo de la cama, con los anteojos resbalándole por el puente de la nariz debido al sudor. Iñigo, por su parte, estaba desparramado a su lado, con un libro de "La Generación del 80" abierto, aunque sus ojos no habían pasado de la segunda línea en los últimos veinte minutos.

—Te juro que si leo una vez más el nombre de Julio Argentino Roca, voy a prender fuego este depto —gruñó Camilo, tirando la cabeza hacia atrás contra la pared.

Iñigo soltó un suspiro largo y se acomodó el pelo, que ya le caía de forma rebelde sobre los ojos.

—Y eso que sos vos el que insistió en que "necesitábamos" estudiar hoy, Cami. Según vos, no querías que Julián tuviera que explicarme nada.

Camilo bajó la cabeza y lo miró con los ojos entrecerrados, esa chispa burlona pero posesiva volviendo a encenderse.

—Obvio. Julián seguro te explica la Conquista del Desierto con voz de locutor de radio para hacerse el interesante. Yo te la explico como un amigo... o como lo que sea que somos ahora —Camilo estiró el brazo y le arrebató el resaltador a Iñigo—. Además, ese pibe no sabe ni dónde está parado.

—¿Sos consciente de que pasamos más tiempo hablando de mis celos o de Julián que de la historia del país? —Iñigo se sentó derecho, quedando a escasos centímetros del rostro de Camilo.

La habitación se sentía cada vez más pequeña. El calor era denso, casi palpable. Camilo dejó el resaltador sobre la colcha y se quitó los anteojos, dejándolos sobre la mesa de luz. Sin los cristales de por medio, su mirada era mucho más directa, más cruda.

—Es que es difícil concentrarse en la ley Sáenz Peña cuando te tengo al lado con esa remera que te queda gigante —murmuró Camilo, su voz perdiendo la firmeza del sarcasmo—. Me distraés, Iñi. Sos una distracción constante.

Iñigo sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado. Se acercó un poco más, dejando que sus rodillas se rozaran.

—Vos también —admitió Iñigo en un susurro—. Me duele la cabeza de intentar leer, pero creo que es porque estoy pensando en lo que pasó ayer en la cocina. Y en la cama.

Camilo soltó una risa seca, pero sus manos ya se estaban moviendo hacia la cintura de Iñigo.

—Estamos al horno, ¿no? No vamos a aprobar ni el recreo.

—Definitivamente no —coincidió Iñigo.

El beso fue inevitable. Empezó como un roce suave, una forma de acallar las palabras, pero rápidamente escaló. La frustración de intentar ser "productivos" se transformó en una urgencia física. Camilo tiró de Iñigo hacia él, haciendo que las fotocopias volaran al suelo en un desorden de papel y tinta.

—Cami, esperá —jadeó Iñigo contra sus labios—. Las chicas...

—More y Bri se fueron a lo de la tía de Bri a almorzar, no vuelven hasta la noche —respondió Camilo, bajando sus manos por la espalda de Iñigo—. Estamos solos. Otra vez.

—Hace demasiado calor —se quejó Iñigo, aunque sus manos estaban ocupadas tironeando de la remera de Camilo—. Siento que me estoy derritiendo.

Camilo se separó apenas unos milímetros, con la respiración entrecortada y los ojos brillantes de deseo. Miró a Iñigo, que tenía las mejillas encendidas y los labios húmedos.

—Tengo una idea —dijo Camilo con una sonrisa traviesa—. Vamos al baño.

Iñigo lo miró confundido, parpadeando.

—¿Al baño? ¿Para qué?

—Para refrescarnos... y para seguir esto de una forma más interesante. Vení, chiquito.

Camilo se levantó de la cama, arrastrando a Iñigo de la mano. Caminaron por el pasillo en un silencio cargado de anticipación. Al entrar al baño, Camilo cerró la puerta con llave y abrió la canilla de la ducha. El sonido del agua golpeando los azulejos llenó el espacio pequeño y cerrado. No abrió el agua caliente; dejó que el agua fría empezara a generar un vapor fresco y húmedo que alivió instantáneamente la pesadez del ambiente.

El baño era pequeño, con azulejos blancos y un espejo que empezaba a empañarse. Camilo se sacó la remera de un tirón y la tiró a un rincón. Iñigo lo imitó, sintiéndose repentinamente tímido bajo la luz fluorescente, aunque la mirada de Camilo lo hacía sentir como la cosa más valiosa del mundo.

—Acá no hay fotocopias —dijo Camilo, acorralando a Iñigo contra la pared de azulejos fríos—. Solo vos y yo.

—Y el agua —añadió Iñigo, rodeando el cuello de Camilo con sus brazos.

Camilo lo besó con una pasión renovada. Sus manos, húmedas por el ambiente, se deslizaban con facilidad sobre la piel de Iñigo. Lo levantó en vilo, y el chico más bajo enredó sus piernas alrededor de la cintura de Camilo, buscando más contacto, más fricción. El contraste entre la espalda fría de Iñigo contra la pared y el calor ardiente del cuerpo de Camilo contra su pecho era casi demasiado para procesar.

—Sos tan lindo, Iñi —murmuró Camilo entre besos, bajando hacia su cuello—. Me vas a volver loco de verdad.

—Ya estás loco, Camilo —respondió Iñigo con un gemido cuando Camilo mordisqueó el lóbulo de su oreja—. Siempre lo estuviste.

Camilo se rió contra su piel, una vibración que recorrió todo el cuerpo de Iñigo. Sin bajarlo, se acercó más a la zona de la ducha. El agua salpicaba sus pies, refrescándolos mientras sus cuerpos seguían subiendo de temperatura. La humedad del baño hacía que cada caricia se sintiera más intensa, más eléctrica.

Las manos de Camilo bajaron hasta los muslos de Iñigo, apretando con fuerza. Iñigo echó la cabeza hacia atrás, dejando que su pelo se mojara con las gotas que rebotaban. El sonido del agua era el único testigo de lo que estaba pasando, una cortina de ruido blanco que los aislaba del resto del departamento, de la facultad y de cualquier preocupación.

—Cami, por favor —suplicó Iñigo, buscando la boca de Camilo otra vez—. No aguanto más.

Camilo lo bajó lentamente, pero no para soltarlo. Se arrodilló frente a él en el espacio reducido del baño, sus ojos marrones fijos en los de Iñigo con una intensidad que lo dejó sin aliento.

—Te quiero, Iñi —soltó Camilo de repente. No fue una broma, no hubo ironía, ni rastro de su habitual personalidad burlona. Fue una confesión directa, cruda, dicha entre el vapor del agua fría.

Iñigo se quedó helado por un segundo, con el corazón martilleando contra sus costillas. Se agachó para quedar a su altura, tomando el rostro de Camilo entre sus manos.

—Yo también te quiero, boludo. Mucho más de lo que alguna vez me animé a decirte por miedo a que te rieras de mí.

Camilo sonrió, una sonrisa genuina y dulce que rara vez mostraba.

—Nunca me reiría de esto. De nosotros.

Se fundieron en un abrazo largo, bajo el sonido constante de la ducha. Pero la ternura pronto volvió a dar paso al deseo. Camilo se puso de pie y, con una agilidad que sorprendió a Iñigo, lo sentó sobre el borde de la bacha del baño.

—Cuidado, que se va a romper —advirtió Iñigo entre risas nerviosas.

—Si se rompe, la arreglamos después. Ahora hay cosas más importantes —respondió Camilo antes de volver a devorarle los labios.

El espacio era estrecho, incómodo para cualquier otra persona, pero para ellos era perfecto. Cada roce accidentado contra el botiquín o la canilla solo añadía a la urgencia del momento. Camilo exploraba cada rincón de la piel de Iñigo como si estuviera tratando de memorizarlo, de grabarlo bajo sus párpados para siempre. Iñigo, por su parte, se entregaba por completo, perdiendo el sentido de dónde terminaba él y dónde empezaba Camilo.

En el clímax del encuentro, con el vapor envolviéndolos y el agua corriendo olvidada, todo lo demás desapareció. No había burlas, no había chistes pesados, no había inseguridades. Solo estaban ellos dos, encontrándose de una manera que las palabras nunca habían permitido.

Mucho tiempo después, Camilo cerró la canilla. El silencio que siguió fue repentino y absoluto, solo roto por sus respiraciones agitadas. Iñigo seguía sentado en la bacha, con la cabeza apoyada en el hombro de Camilo, sintiendo cómo las gotas de agua se deslizaban por su espalda.

—Bueno —dijo Camilo, recuperando poco a poco su tono habitual—, creo que definitivamente no vamos a estudiar hoy.

Iñigo soltó una carcajada cansada, ocultando el rostro en el cuello de Camilo.

—¿Recién te das cuenta? Sos un genio, Cami. Un verdadero intelectual.

Camilo lo estrechó más fuerte contra él, dejando un beso en su pelo húmedo.

—Soy un genio que sabe lo que quiere. Y lo que quiero es quedarme acá con vos hasta que las chicas vuelvan y nos pregunten por qué tenemos los dedos arrugados como pasas de uva.

Iñigo se separó un poco para mirarlo, con una sonrisa radiante.

—Podemos decirles que la historia de la Argentina es muy... húmeda.

—Ves, por eso te quiero —Camilo le dio un beso corto y ruidoso—. Porque sos igual de boludo que yo.

Salieron del baño envueltos en toallas, dejando un rastro de huellas mojadas por el pasillo. La habitación seguía siendo un caos de fotocopias, pero ya no se sentía como una carga. Camilo ayudó a Iñigo a secarse el pelo con una delicadeza que hacía que a Iñigo se le llenaran los ojos de lágrimas de pura felicidad.

Se acostaron de nuevo en la cama, esta vez por encima de las sábanas, entrelazados. El calor del mediodía seguía allí, pero ya no les molestaba. Camilo buscó sus anteojos en la mesa de luz y se los puso, mirando a Iñigo con una claridad nueva.

—¿Sabés qué es lo peor? —preguntó Camilo, acariciando el brazo de Iñigo.

—¿Qué?

—Que ahora que sé cómo besás bajo el agua, no sé cómo voy a volver a prestarle atención a ninguna clase de la facultad. Voy a estar todo el día pensando en el baño de este depto.

Iñigo se rió, acurrucándose contra su costado.

—Y bueno, vas a tener que esforzarte. Porque si desaprobás, More me va a echar la culpa a mí por ser una "distracción".

—More ya sabe que soy un caso perdido —dijo Camilo, cerrando los ojos con un suspiro de satisfacción—. Pero por lo menos soy un caso perdido con el mejor novio del mundo.

Iñigo se quedó callado un segundo, procesando la palabra. *Novio*. Sonaba bien. Sonaba real.

—¿Novio, eh? —preguntó Iñigo con un tono juguetón—. ¿Ya me estás pidiendo casamiento también?

Camilo abrió un ojo y le lanzó una mirada burlona.

—No te agrandes, chiquito. Primero aprobá el parcial de historia y después vemos.

Iñigo le dio un golpe juguetón en el brazo y se hundió más en el abrazo. El resto de la tarde transcurrió en una bruma de caricias perezosas y charlas sin sentido. Intentaron, por pura decencia, leer un par de páginas más sobre la crisis del 30, pero terminaron riéndose de las fotos de los próceres en los libros, inventándoles diálogos absurdos.

Cuando el sol empezó a bajar y las sombras se alargaron sobre el piso de madera, el sonido de la puerta principal les avisó que la paz estaba por terminar.

—¡Llegamos! —gritó la voz de More, seguida por el sonido de bolsas—. ¡Trajimos facturas y chismes! ¡Camilo, Iñigo, espero que hayan avanzado con el estudio o las mato!

Camilo e Iñigo se miraron. Iñigo tenía el pelo hecho un desastre y Camilo todavía tenía una marca roja en el cuello que ninguna remera iba a poder tapar.

—Estamos muertos —susurró Iñigo, tratando de peinarse con los dedos.

—Nah —respondió Camilo, levantándose con una confianza renovada—. Dejá que hablen. Total, la lección de hoy ya la aprendimos muy bien.

—¿Ah sí? —preguntó Iñigo, poniéndose de pie—. ¿Y cuál es?

Camilo lo tomó de la cintura y le dio un último beso antes de salir al living a enfrentar el interrogatorio de sus amigas.

—Que la historia es importante, pero el presente... el presente es mucho mejor.

Salieron de la habitación justo cuando Bri y More entraban a la cocina. More los miró, miró el pelo húmedo de Iñigo, miró la cara de satisfacción de Camilo y luego las fotocopias desparramadas que se veían a través de la puerta abierta.

—¿Estudiando historia, no? —preguntó More, apoyando las manos en sus caderas con una sonrisa de oreja a oreja.

—Muchísimo, More —respondió Camilo, rodeando los hombros de Iñigo con su brazo—. No te imaginás lo que aprendimos sobre las corrientes... de agua.

Bri se ajustó los anteojos y soltó una carcajada, mientras Iñigo se escondía detrás del hombro de Camilo, rojo como un tomate pero con una sonrisa que no le cabía en la cara. Al final del día, entre el calor, los libros y las bromas, lo único que importaba era que el silencio ya no era necesario. Todo estaba dicho.