Amor prohibido
Calor de instinto y sombras
La casa se sentía inusualmente amplia y silenciosa. More y Bri se habían marchado hacía un par de horas rumbo a la pijamada en lo de su amiga Camila, dejando a los chicos con la promesa de no incendiar el departamento y la orden de terminar, de una vez por todas, de ordenar la biblioteca del living. Sin embargo, el ambiente, que debería haber sido de una calma rutinaria, empezó a espesarse de una manera que Camilo no lograba comprender.
Camilo estaba sentado en el suelo, rodeado de libros viejos, acomodándose los anteojos que se le resbalaban por el puente de la nariz. Levantó la vista hacia Iñigo, que estaba de pie frente al estante más alto. El chico más bajo no se había movido en los últimos cinco minutos; simplemente sostenía un ejemplar pesado, con los nudillos blancos de tanto apretar el lomo del libro.
—Che, Iñi, si te quedás así de duro vas a parecer una estatua del museo de cera —bromeó Camilo, soltando una risita burlona—. Dale, pasame ese que va en la sección de novelas.
Iñigo no respondió. Un pequeño temblor recorrió sus hombros. Camilo frunció el ceño, su instinto de Alfa, usualmente sepultado bajo capas de ironía y boludez, dio un vuelco repentino. Un aroma dulce, casi empalagoso, como miel quemada y jazmines bajo el sol, empezó a filtrarse en el aire, desplazando el olor a papel viejo.
—¿Iñigo? —Camilo se puso de pie con lentitud, dejando caer el libro que tenía en la mano.
—Camilo... —La voz de Iñigo sonó rota, un susurro agudo que terminó en un jadeo—. Me siento... raro. Me duele.
Iñigo se giró lentamente y Camilo sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Las mejillas del Omega estaban encendidas con un rubor febril, sus ojos marrones estaban vidriosos, dilatados, y una fina capa de sudor le empapaba el pelo un poco largo, pegándoselo a la frente. Se tambaleó, y el libro que sostenía cayó al suelo con un golpe seco.
—No puede ser —murmuró Camilo, dándose cuenta de lo que pasaba. Sus propios instintos empezaron a rugir en su pecho, una vibración profunda que le exigía reclamar, proteger, poseer—. Falta una semana para tu ciclo, Iñi. Se te adelantó.
—No sé... solo... ayudame —pidió Iñigo, dejándose caer de rodillas.
El deseo que emanaba de Iñigo era una fuerza física, una ola de calor que golpeó a Camilo de lleno. Como Alfa, Camilo siempre se había jactado de su autocontrol, de ser el "boludo chistoso" que no se dejaba llevar por la biología, pero el aroma de Iñigo en pleno celo era una invitación que su cuerpo no podía ignorar.
Camilo se arrodilló frente a él, tomando su rostro entre las manos. La piel de Iñigo quemaba.
—Escuchame, chiquito —dijo Camilo, tratando de mantener la voz firme aunque sus propios ojos empezaban a oscurecerse—. Estamos solos. Las chicas no vuelven. ¿Querés que te lleve a tu pieza? ¿Querés los supresores?
Iñigo negó con la cabeza frenéticamente, enredando sus dedos en la remera de Camilo y tirando de él hacia adelante hasta que sus frentes se tocaron.
—No quiero pastillas —jadeó Iñigo, frotando su nariz contra la de Camilo, buscando desesperadamente el aroma a bosque y tierra mojada del Alfa—. Te quiero a vos. Adentro. Por favor, Cami... me estoy muriendo.
El pedido fue el detonante. Camilo soltó un gruñido bajo, posesivo, y capturó los labios de Iñigo en un beso que no tenía nada de tierno. Era puro instinto, una colisión de dientes y lenguas que buscaban consuelo en medio del caos hormonal. Levantó a Iñigo en sus brazos, sorprendiéndose de lo liviano que se sentía bajo esa urgencia, y lo llevó hacia la habitación principal, pateando la puerta para cerrarla tras de ellos.
Al dejarlo sobre la cama, Iñigo se arqueó de inmediato, buscando el contacto con las sábanas frías, aunque lo que realmente necesitaba era el peso del Alfa encima suyo. Camilo se deshizo de su propia ropa con una torpeza impropia de él, sus manos temblaban mientras sus ojos no se apartaban de la figura pequeña y vulnerable que se retorcía frente a él.
—Cami, rápido... por favor —suplicó Iñigo, sus manos bajando hacia sus propios pantalones, tratando de liberarse de la tela que ahora le resultaba insoportable.
Camilo lo ayudó, despojándolo de cada prenda con una mezcla de urgencia y una extraña reverencia. Cuando finalmente quedaron piel contra piel, el contacto fue eléctrico. Iñigo soltó un gemido de alivio al sentir el cuerpo más grande y cálido de Camilo presionándolo contra el colchón.
—Sos tan hermoso, Iñi —murmuró Camilo contra su cuello, dejando marcas rojas que reclamaban su territorio—. Sos mío, ¿entendés? Mío.
—Sí... siempre —respondió Iñigo, enredando sus piernas alrededor de la cintura de Camilo, empujando su cadera hacia arriba—. Hacé que pare el dolor. Llename.
Camilo no necesitó más invitación. Empezó a preparar a Iñigo con dedos largos y expertos, aunque la lubricación natural del Omega ya facilitaba las cosas. Iñigo estaba tan sensible que cada toque lo hacía estremecerse y soltar sollozos de placer. La habitación estaba saturada con el aroma de ambos, una mezcla embriagadora que nublaba cualquier pensamiento lógico.
—Mirame —ordenó Camilo con voz ronca.
Iñigo abrió los ojos, empañados por las lágrimas y el deseo. Vio a su mejor amigo, al chico que siempre lo molestaba y lo hacía reír, convertido ahora en una fuerza de la naturaleza que lo dominaba por completo.
—Te va a doler un poco al principio —advirtió Camilo, posicionándose—. Pero después va a ser todo para vos.
Cuando Camilo finalmente entró, Iñigo soltó un grito que quedó ahogado por el beso de Camilo. Fue una plenitud abrumadora, una sensación de encaje perfecto que hizo que el Omega cerrara los ojos con fuerza, aferrándose a los hombros anchos del Alfa. Camilo se quedó quieto un momento, dejando que Iñigo se acostumbrara a él, luchando contra su propio instinto de embestir con salvajismo.
—¿Estás bien? —susurró Camilo, besándole las sienes con una dulzura que contrastaba con la intensidad de la situación.
—No pares... —rogó Iñigo, recuperando el aliento—. No te atrevas a parar ahora, boludo.
Camilo soltó una risita ronca, su faceta burlona asomando incluso en medio del celo.
—Como digas, chiquito.
El ritmo empezó lento, tortuosamente pausado, sacando gemidos largos y profundos de la garganta de Iñigo. Pero pronto, la necesidad del celo se impuso. Camilo empezó a moverse con más fuerza, con más hambre, cada estocada golpeando el punto exacto que hacía que Iñigo perdiera la noción de la realidad. Las manos de Iñigo buscaban cualquier lugar donde sostenerse, arañando la espalda de Camilo, dejando marcas que el Alfa llevaría con orgullo al día siguiente.
—Camilo... Camilo... —repetía Iñigo como un mantra, su voz volviéndose un hilo de sonido cada vez que el placer lo desbordaba.
—Acá estoy, Iñi. Soy yo —respondía Camilo, bajando una mano para entrelazarla con la de él, apretando con fuerza—. Todo para vos.
El calor en la habitación era sofocante, pero ninguno de los dos lo notaba. Estaban perdidos en un ciclo de necesidad y respuesta. Camilo, movido por su naturaleza de Alfa, buscaba complacer cada rincón del cuerpo de Iñigo, mientras que Iñigo, entregado por completo, recibía todo con una intensidad que rozaba lo agónico.
—Me voy a... —Iñigo no pudo terminar la frase. Su cuerpo se tensó, sus músculos se contrajeron y un espasmo de placer puro lo recorrió de pies a cabeza.
Camilo lo siguió poco después, soltando un gruñido gutural mientras se hundía lo más profundo posible, marcando el momento con un mordisco firme en la unión del cuello y el hombro de Iñigo. No era una marca permanente, pero era lo suficientemente fuerte como para que el olor de Camilo se quedara impregnado en el sistema de Iñigo durante todo el celo.
Se desplomaron uno sobre el otro, jadeando, con los corazones latiendo al unísono contra sus pechos. El silencio que siguió fue denso y cargado de una paz que solo llega después de una tormenta de tal magnitud. Camilo no se movió, permaneció encima de Iñigo, protegiéndolo con su peso, mientras le acariciaba el pelo con una mano temblorosa.
—¿Seguís vivo, chiquito? —preguntó Camilo después de unos minutos, su voz volviendo a ser la de siempre, aunque con una nota de ternura profunda.
Iñigo soltó una risita débil, todavía temblando por las secuelas del orgasmo.
—Creo que sí... pero me dejaste sin piernas, boludo. Sos un animal.
—Soy un Alfa, ¿qué esperabas? —Camilo se incorporó un poco, apoyándose en los codos para mirar a Iñigo a los ojos—. Además, vos me lo pediste. "Llename, Cami", decías.
—¡Callate! —Iñigo le dio un golpe flojo en el pecho, sonrojándose hasta las orejas—. No es justo que uses eso en mi contra ahora.
Camilo le dio un beso corto y ruidoso en la punta de la nariz.
—Es justo y necesario. Pero bueno, preparate, porque esto recién empieza. El celo dura un par de días y yo no tengo ninguna intención de dejarte salir de esta cama.
Iñigo lo miró con una mezcla de cansancio y un nuevo destello de deseo en sus ojos. El celo no se iba a ir tan fácil; el calor ya empezaba a subir de nuevo por su columna vertebral.
—¿Ah sí? ¿Y qué vas a hacer al respecto? —desafió Iñigo con una sonrisa valiente.
Camilo le devolvió la sonrisa, una expresión cargada de una promesa que hizo que Iñigo se estremeciera de anticipación.
—Voy a hacer que te olvides hasta de cómo te llamás, Iñi.
La tarde se convirtió en noche y la noche en madrugada, y el departamento permaneció en un estado de aislamiento total. En la cocina, las facturas que More y Bri habían traído el día anterior se enfriaban, y los libros en el living seguían desparramados por el suelo, olvidados. Nada de eso importaba.
Dentro de la habitación, el tiempo se medía en caricias, en susurros y en la forma en que Camilo lograba calmar el fuego de Iñigo solo para volver a encenderlo un momento después. Hubo momentos de una ternura infinita, donde Camilo simplemente acunaba a Iñigo entre sus brazos, dándole agua y besándolo como si fuera la porcelana más fina del mundo. Y hubo momentos de una pasión salvaje, donde el instinto tomaba el control y las paredes del cuarto parecían demasiado estrechas para contener tanta energía.
—Cami... —murmuró Iñigo en un momento de lucidez, mientras Camilo le besaba la espalda—. ¿Qué van a decir las chicas cuando vuelvan y vean este desastre?
Camilo se detuvo y miró alrededor: sábanas por el suelo, almohadas en cualquier lado y un olor a Alfa y Omega que probablemente se sentía desde el pasillo.
—Probablemente More nos va a cobrar una multa por "exceso de hormonas en propiedad privada" —dijo Camilo, encogiéndose de hombros—. Y Bri nos va a mirar con esa cara de "yo ya lo sabía" que tiene siempre. Pero me importa un carajo, Iñi.
Iñigo se dio la vuelta para quedar frente a él, pasando sus brazos por el cuello de Camilo.
—A mí también. Me importa un carajo todo mientras estés acá.
—No me voy a ir a ningún lado —prometió Camilo, volviendo a atrapar sus labios—. Tenemos mucho tiempo por delante.
El celo de Iñigo continuó con su ritmo implacable, pero con Camilo a su lado, el deseo ya no era una carga dolorosa, sino un lenguaje nuevo que ambos estaban aprendiendo a hablar con fluidez. Entre las sombras de la habitación y el calor de sus cuerpos, el "boludo" de Camilo y el "chiquito" de Iñigo habían desaparecido, dejando paso a algo mucho más real, mucho más fuerte y, definitivamente, mucho más profundo.
Cuando el sol del lunes empezó a asomar, ambos estaban profundamente dormidos, entrelazados de tal forma que era difícil saber dónde terminaba uno y empezaba el otro. El departamento seguía en silencio, pero era un silencio lleno de promesas cumplidas y de un vínculo que, tras esa noche, ya nada ni nadie podría romper.
Camilo, incluso en sueños, apretó un poco más a Iñigo contra su pecho, y el Omega, sintiendo el calor de su Alfa, soltó un suspiro de absoluta satisfacción, hundiéndose en un sueño reparador antes de que la siguiente ola de calor volviera a reclamarlos. Al final, las chicas tenían razón: necesitaban tiempo a solas. Solo que nadie se imaginó que ese tiempo cambiaría sus vidas para siempre.