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Amor prohibido

Ritmos en la Gravedad

El sol de la tarde golpeaba los ventanales reforzados de la Corporación Cápsula, pero dentro de la cámara de gravedad, el ambiente era un horno de pura presión y sudor. La máquina marcaba cien veces la gravedad de la Tierra, un nivel que para cualquier humano sería una sentencia de muerte instantánea, pero para los dos guerreros que intercambiaban golpes en su interior, era apenas el calentamiento.

Pan se movía con una agilidad que rozaba lo irreal. No era la misma fuerza bruta y directa que Vegeta recordaba de su niñez; sus movimientos tenían una cadencia, un flujo que le permitía esquivar los ataques del príncipe con una elegancia felina. Cada vez que Vegeta lanzaba un golpe directo, ella giraba sobre su propio eje, utilizando la inercia para contraatacar con patadas precisas que buscaban los puntos débiles de su defensa.

—¡Te estás volviendo lenta, Pan! —rugió Vegeta, bloqueando un rodillazo dirigido a su costado. Sus músculos estaban tensos, y el sudor empapaba su camiseta de entrenamiento, marcando cada relieve de su pecho y hombros.

—No es lentitud, Vegeta —respondió ella con una sonrisa desafiante, recuperando la distancia con una voltereta hacia atrás—. Es ritmo. Deberías intentar encontrar el tuyo, estás demasiado rígido.

Vegeta gruñó, sintiendo una punzada de irritación mezclada con una creciente fascinación. La joven que tenía enfrente era una visión de poder y belleza. Llevaba un conjunto de entrenamiento negro, extremadamente ajustado, que se adhería a sus curvas como una segunda piel. Sus piernas, largas y tonificadas por años de danza y combate, eran armas letales, y su abdomen, firme y ligeramente bronceado, subía y bajaba con una respiración controlada.

El entrenamiento continuó durante una hora más, una danza de violencia y precisión que terminó cuando ambos quedaron exhaustos, jadeando en el centro de la sala. Vegeta apagó la gravedad con un golpe seco en el panel de control.

—Suficiente por hoy —dijo él, dándole la espalda para ocultar que su respiración estaba más agitada de lo normal—. Tu técnica ha mejorado, pero sigues perdiendo el tiempo con esos giros innecesarios.

—Esos giros son los que hicieron que no pudieras tocarme en los últimos diez minutos —replicó Pan, recogiéndose el cabello en una coleta alta, dejando al descubierto su cuello elegante y húmedo—. Gracias por el entrenamiento, Vegeta. Hacía tiempo que no me sentía tan... viva.

Vegeta no respondió. Salió de la cámara sin mirar atrás, dirigiéndose a las duchas. Necesitaba agua fría. Su mente estaba hecha un desastre. La tensión con Bulma seguía ahí, un silencio gélido que llenaba las habitaciones de su mansión, y la presencia de Pan en la casa era como arrojar gasolina a un fuego que creía tener bajo control.

Pan, por su parte, se quedó sola en la inmensa sala de entrenamiento. El silencio que siguió a la partida de Vegeta era pesado. Se sentó en el suelo, bebiendo agua de una botella térmica, sintiendo el eco de la música que siempre llevaba en la sangre. En Latinoamérica, el baile no era solo un pasatiempo; era una forma de liberación, una expresión de la propia alma que ella había aprendido a fusionar con su herencia saiyajin.

Se levantó y caminó hacia el sistema de sonido integrado de la sala. Con unos pocos toques en su dispositivo, una melodía de salsa brava, intensa y cargada de percusión, empezó a llenar el espacio metálico. Los primeros acordes de los metales resonaron contra las paredes, y Pan cerró los ojos, dejando que el ritmo se apoderara de sus fibras.

Empezó despacio. Un paso básico, marcando el uno-dos-tres con una precisión milimétrica. Sus caderas empezaron a oscilar, un movimiento circular y fluido que parecía no tener fin. A medida que la música subía de intensidad, Pan se dejó llevar. Ya no era la guerrera; era la mujer que había aprendido a seducir al mundo con su cuerpo.

Mientras tanto, en el pasillo, Vegeta se detuvo en seco. Se había dado cuenta de que había olvidado su cronómetro de alta precisión en la consola de la cámara. Refunfuñando por su propio descuido, dio media vuelta y caminó hacia la puerta blindada.

Al acercarse, escuchó la música. No era el ruido estruendoso que Trunks solía escuchar, sino algo rítmico, caliente, casi carnal. La puerta estaba entreabierta, apenas unos centímetros. Vegeta se detuvo, con la intención inicial de entrar y exigir silencio, pero lo que vio a través de la rendija lo dejó petrificado.

Pan estaba en el centro de la sala, bajo una luz cenital que resaltaba el brillo del sudor en su piel dorada. Bailaba sola, pero se movía como si estuviera entrelazada con un amante invisible. Sus manos recorrían su propio cuerpo, bajando por su cintura de avispa y subiendo por sus muslos, mientras sus caderas ejecutaban movimientos tan sugerentes y técnicos que desafiaban la anatomía.

Era sexy. Era pecaminoso. Era la imagen misma de la tentación.

Vegeta sintió un golpe de calor en la boca del estómago. Sus ojos negros se dilataron, fijos en la forma en que Pan arqueaba la espalda, echando la cabeza hacia atrás mientras su mirada, cargada de una sensualidad salvaje, se perdía en el techo. No podía apartar la vista. Sabía que debía irse, que quedarse allí era una traición a su orgullo y a su posición, pero su cuerpo no respondía.

Pan, con sus sentidos de saiyajin agudizados, notó la presencia de Vegeta casi de inmediato. Sintió su ki, una energía densa y cargada de una tensión que conocía muy bien. Sin embargo, no se detuvo. Al contrario, una chispa de picardía se encendió en su pecho. Quería ver hasta dónde podía llegar el inquebrantable príncipe de los saiyajins.

La música cambió a una salsa más lenta, más pesada, con un bajo que vibraba en el suelo. Pan se giró ligeramente hacia la dirección de la puerta, sin mirar directamente a la rendija, pero sabiendo exactamente dónde estaba él. Empezó a hacer movimientos más eróticos, bajando hasta el suelo en un "despacio" que acentuaba la curva de sus glúteos y la firmeza de sus piernas. Sus movimientos se volvieron más ondulantes, más bajos, casi como una caricia al aire.

Se llevó las manos a la nuca, soltando su cabello para que cayera en una cascada oscura sobre sus hombros, y empezó a ondular el torso con una cadencia que gritaba invitación. Sus labios estaban entreabiertos, y su mirada se volvió pesada, cargada de un deseo que sabía que estaba provocando al otro lado de la puerta.

Vegeta, oculto en las sombras del pasillo, sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Su corazón martilleaba contra sus costillas como un tambor de guerra. El calor que había sentido inicialmente se concentró en su entrepierna con una violencia que lo dejó sin aliento. Sintió cómo su virilidad reaccionaba, endureciéndose dolorosamente contra la tela de su pantalón de entrenamiento. Una erección potente y evidente que lo avergonzó y lo excitó a partes iguales.

—Maldita sea... —susurró para sí mismo, con la voz rota por la tensión.

Verla allí, tan dueña de su cuerpo, tan poderosa en su feminidad, era un ataque más efectivo que cualquier ráfaga de energía que Goku le hubiera lanzado jamás. Pan era una diosa, una criatura de fuego que estaba quemando todas sus defensas. Cada vez que ella movía las caderas con esa intención erótica, Vegeta sentía una descarga eléctrica recorrerle la columna vertebral.

Pan se acercó un poco más a la puerta, bailando de espaldas, moviendo su cintura con una lentitud tortuosa. Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en sus rodillas, dejando que su figura se proyectara con total claridad ante los ojos de Vegeta. Era un desafío silencioso, una exhibición de poder que no buscaba la victoria en el campo de batalla, sino la rendición total de los sentidos.

Vegeta apretó los puños, clavándose las uñas en las palmas. La excitación era casi insoportable. Quería entrar, quería tomarla de la cintura y detener ese movimiento que lo estaba volviendo loco, quería probar si su piel sabía tan dulce como sugería su baile. Pero el peso de su propia historia, de su relación con los Briefs y de la diferencia de edad, lo mantenía anclado al suelo del pasillo, consumiéndose en su propio deseo.

De repente, la canción terminó con un golpe seco de percusión. Pan se quedó inmóvil, de espaldas a la puerta, con el pecho subiendo y bajando con fuerza. El silencio que siguió fue atronador.

—¿Se le olvidó algo, Vegeta? —preguntó ella, sin darse la vuelta, su voz cargada de un tono juguetón y aterciopelado que cortó el aire como una cuchilla.

Vegeta sintió que la sangre se le subía al rostro. La habían descubierto. El gran príncipe de los saiyajins había sido atrapado espiando como un adolescente hormonal.

—El cronómetro —logró decir, tratando de recuperar su tono autoritario, aunque su voz sonó más áspera de lo habitual—. Estaba... pasando por aquí.

Pan se giró lentamente. Tenía una sonrisa triunfal en los labios, una expresión que mezclaba la inocencia de la chica que conocía desde siempre con la malicia de la mujer que acababa de ver. Sus ojos bajaron por un segundo, de forma deliberada, hacia la zona de la pelvis de Vegeta, donde el bulto en su pantalón era imposible de ignorar.

La mirada de Pan volvió a encontrarse con la de él, y su sonrisa se ensanchó. No hubo burla, solo una aceptación ardiente de la tensión que flotaba entre ambos.

—Está sobre la consola —dijo ella, señalando con un gesto elegante, mientras se acercaba a él caminando con esa fluidez felina—. Bailar ayuda a soltar los músculos, debería intentarlo alguna vez. Quita mucha... tensión.

Pan pasó por su lado para salir de la sala, rozando deliberadamente su hombro contra el pecho de Vegeta. El contacto duró apenas un segundo, pero fue suficiente para que él sintiera el calor que emanaba de su piel y el aroma embriagador de su sudor y perfume.

Vegeta se quedó allí, solo en la sala, con el cronómetro en la mano y el cuerpo gritando por una liberación que no llegaría pronto. Miró hacia la puerta por donde ella se había ido, sintiendo que el equilibrio de su mundo se había roto para siempre. Pan no era solo la nieta de su rival; era una fuerza de la naturaleza que acababa de reclamar un territorio en su mente del que no podría desalojarla.

—Esto va a ser un problema —gruñó Vegeta, aunque esta vez, no había molestia en su voz, sino una rendición oscura ante lo inevitable.

Mientras tanto, Pan caminaba por los pasillos de la corporación con un brillo de victoria en sus ojos. Sabía que había cruzado una línea, y lo mejor de todo era que Vegeta la había seguido voluntariamente. El juego apenas comenzaba, y ella tenía todo el ritmo del mundo para llevarlo hasta el final.