Amor prohibido
Llamas en la Oscuridad
Vegeta cerró la puerta de su baño privado con una violencia que hizo vibrar las paredes. No encendió las luces; no las necesitaba. La penumbra era su única aliada para ocultar la humillación de su propio cuerpo. Se despojó de la ropa de entrenamiento con movimientos bruscos, casi rompiendo la tela, mientras su respiración seguía siendo un desastre sonoro en el silencio de la estancia.
Se metió bajo la ducha y abrió el grifo del agua fría al máximo. El impacto gélido golpeó su espalda, pero el fuego que sentía en las venas no se apagaba. Al cerrar los ojos, la oscuridad de sus párpados se convertía en una pantalla donde se proyectaba, una y otra vez, la imagen de Pan. Veía el arco de su espalda, el movimiento rítmico de sus caderas, esa forma casi animal y a la vez divina en la que se desplazaba por la sala de gravedad.
—Maldita sea... —gruñó, apoyando ambas manos contra el azulejo frío.
Intentó meditar, intentó pensar en tácticas de combate, en el vacío del espacio, en cualquier cosa que no fuera ella. Pero el recuerdo del roce de su hombro contra su pecho era como una quemadura que se extendía. Su mano, impulsada por un instinto que su orgullo ya no podía frenar, bajó hacia su entrepierna.
Al rodearse con los dedos, un gemido ronco escapó de su garganta. No era solo alivio físico; era una necesidad desesperada. En su mente, ya no estaba solo en la ducha. Imaginaba que esas manos que lo recorrían eran las de Pan, que ese cuerpo firme y flexible estaba atrapado entre él y la pared. Visualizó sus piernas largas envolviendo su cintura, su piel dorada brillando bajo el sudor, y esos labios entreabiertos soltando su nombre con el mismo ritmo de la música que ella bailaba.
Apretó los dientes, moviendo su mano con una urgencia febril. Se imaginó tomándola por el cabello, obligándola a mirarlo mientras la poseía con una ferocidad que solo un saiyajin podía desplegar. Quería romper esa seguridad de diosa, quería verla perder el control bajo su mando. El clímax llegó rápido, violento y doloroso, dejando a Vegeta temblando bajo el agua fría, con el corazón martilleando una verdad que ya no podía negar: estaba obsesionado con la nieta de su mayor rival.
Pasaron tres días. Tres días en los que Vegeta evitó cualquier contacto visual con Pan, refugiándose en entrenamientos solitarios y misiones diplomáticas innecesarias para la Corporación Cápsula. Su relación con Bulma finalmente había llegado al punto de no retorno. No había gritos, solo una aceptación silenciosa de que el fuego se había extinguido hacía años. El divorcio estaba en proceso, una formalidad legal que ya se sentía real en la distancia que mantenían dentro de la mansión.
Esa tarde, la casa estaba inusualmente silenciosa. Bulma se había ido a una conferencia en el extranjero y Bra había arrastrado a Trunks a un estreno de cine en el centro. Pan, que se estaba quedando unos días en la corporación, pensó que estaba sola.
Salió del baño de invitados de la planta superior, envuelta únicamente en una toalla blanca que apenas cubría lo indispensable. Su piel estaba sonrosada por el vapor y su cabello oscuro goteaba sobre sus hombros, dejando un rastro de humedad sobre la tela. Caminaba distraída, tarareando una melodía lenta, cuando al doblar el pasillo hacia su habitación, se detuvo en seco.
Vegeta estaba allí, apoyado contra el marco de la puerta de su propio estudio, con una botella de agua en la mano. Se quedó inmóvil, observándola.
La luz del atardecer entraba por los ventanales, bañando a Pan en un resplandor ámbar. La toalla resaltaba la curva de sus caderas y la firmeza de sus muslos. Para Vegeta, que llevaba días luchando contra sus propios demonios, verla así fue el detonante final.
—Vegeta... —susurró Pan, y esta vez no hubo burla en su voz. Sus ojos negros se dilataron al notar la intensidad en la mirada del príncipe.
Él no dijo nada. Dio tres pasos largos, acortando la distancia con una velocidad que hizo que Pan retrocediera hasta chocar contra la pared del pasillo. Vegeta colocó una mano a cada lado de su cabeza, acorralándola. El aroma a jabón floral y piel húmeda lo golpeó como un mazo.
—Te advertí que dejaras de jugar —dijo Vegeta, con una voz tan baja y cargada de amenaza sexual que Pan sintió un escalofrío recorrerle la columna.
—No estoy jugando —respondió ella, sosteniéndole la mirada con un valor que solo una saiyajin poseería en esa situación—. Sabes perfectamente lo que quieres, Vegeta. Lo supe desde que me viste bailar.
Vegeta no esperó más. Se inclinó y la besó con una pasión hambrienta, casi desesperada. No fue un beso tierno; fue una colisión de deseos contenidos. Sus lenguas se encontraron en una batalla por el dominio, y Pan respondió con la misma intensidad, enredando sus dedos en el cabello de él, atrayéndolo más hacia ella.
Sin romper el beso, Vegeta pasó sus brazos por debajo de sus muslos y la cargó. Pan envolvió sus piernas alrededor de su cintura, sintiendo la dureza del cuerpo de él contra su intimidad protegida apenas por la toalla. Él caminó hacia su habitación, la pateó para cerrarla y la depositó sobre la cama de sábanas de seda oscura.
Con un movimiento fluido, Vegeta tiró del nudo de la toalla. La tela cayó al suelo, dejando el cuerpo de Pan al descubierto. Vegeta se quedó un segundo en silencio, simplemente admirándola. Era perfecta. Sus senos eran firmes, coronados por pezones rosados que se erizaban ante el aire frío y la mirada de él. Su vientre plano, sus caderas anchas... parecía una estatua tallada por los dioses para la perdición de los hombres.
—Eres... increíble —gruñó él, deshaciéndose de su propia ropa con una rapidez inaudita.
Cuando él se quedó desnudo frente a ella, Pan no pudo evitar recorrer con la mirada el cuerpo del guerrero. Vegeta conservaba una musculatura poderosa, definida por décadas de batallas. Su presencia emanaba una autoridad y una virilidad que la hacían vibrar.
Vegeta se lanzó sobre ella, atrapando uno de sus senos con la boca. Succionó con hambre, usando su lengua para estimular el pezón mientras sus manos recorrían los muslos de Pan, abriéndolos. Ella soltó un gemido agudo, arqueando la espalda, enterrando sus uñas en los hombros de él.
—Más... Vegeta, por favor —suplicó ella, con la voz rota.
Él no la hizo esperar. Se posicionó entre sus piernas, sintiendo la humedad que ella ya desprendía. La miró a los ojos, buscando esa chispa de desafío que tanto lo había irritado y atraído a la vez.
—Ahora eres mía, Pan —sentenció él antes de empujar con fuerza.
La penetración fue profunda, llenándola por completo. Pan soltó un grito que fue ahogado por un nuevo beso de Vegeta. Él empezó a moverse con un ritmo salvaje, embistiéndola con una fuerza que hacía que la cama crujiera. No había delicadeza, solo una necesidad cruda de poseerla, de marcarla como suya.
Pan se aferraba a él, siguiendo su ritmo con la misma fluidez con la que bailaba. Sus cuerpos chocaban con un sonido rítmico, una percusión de carne y deseo que llenaba la habitación. Vegeta la tomó por las muñecas, anclándolas sobre su cabeza, mientras aceleraba sus estocadas, buscando el fondo de su ser.
—¡Vegeta! —gritó ella, perdiendo el control, sintiendo cómo el placer se acumulaba en su vientre como una supernova a punto de estallar.
Él aumentó la velocidad, ignorando el sudor que empapaba ambos cuerpos. Cada embestida era una declaración de poder, una forma de decir que, a pesar de todo, él seguía siendo el rey y ella era la única reina capaz de sostenerle el trono. Cuando el clímax los alcanzó, fue como una explosión de energía saiyajin. Vegeta se hundió en ella una última vez, liberándose con un rugido, mientras Pan colapsaba en sus brazos, temblando por las ondas de placer que la recorrían.
Minutos después, el silencio regresó a la habitación, solo interrumpido por sus respiraciones agitadas. Vegeta permanecía sobre ella, con la cabeza apoyada en el hueco de su cuello.
—No voy a pedir disculpas —dijo él, con su tono habitual recuperando un poco de su aspereza, aunque sus manos seguían acariciando la cintura de ella con una posesividad evidente.
Pan sonrió en la oscuridad, rodeando el cuello de él con sus brazos.
—No te atrevas a hacerlo —respondió ella—. Esto apenas es el comienzo, Vegeta. Todavía tengo muchos ritmos que enseñarte.
Vegeta levantó la cabeza y la miró. Por primera vez en mucho tiempo, la sombra de una sonrisa genuina, aunque cargada de malicia, apareció en su rostro. Sabía que su vida acababa de complicarse de una manera irreversible, pero mientras sentía el calor de Pan bajo él, decidió que el caos nunca había sido tan gratificante.