Amor prohibido
Ritmos de Dominación y Deseo
La penumbra de la habitación de Vegeta se sentía más pesada que nunca, cargada de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos se erizara. El primer encuentro había sido un estallido de necesidad contenida, pero para un guerrero de la casta de Vegeta y una mujer con el fuego latino en la sangre como Pan, una sola ronda era apenas el prólogo de una guerra de sentidos.
Pan estaba recuperando el aliento, con la mejilla apoyada en el pecho firme del saiyajin, cuando sintió el cambio en la atmósfera. Vegeta no era de los que se quedaban quietos disfrutando de la calma tras la tormenta. Sus manos, grandes y ásperas, se cerraron sobre la cintura de Pan con una fuerza que le hizo soltar un pequeño jadeo de sorpresa.
—¿Creías que esto había terminado, Pan? —La voz de Vegeta era un rugido bajo, una vibración que ella sintió directamente en su vientre.
Sin esperar respuesta, Vegeta la movió con la facilidad con la que un depredador maneja a su presa. Con un movimiento rápido y coordinado, le dio la vuelta, obligándola a quedar boca abajo contra las sábanas de seda oscura. El contraste de la piel dorada de Pan contra la tela negra era una visión que habría hecho claudicar a cualquier dios.
Pan, lejos de resistirse, colaboró con el movimiento. Apoyó sus antebrazos en el colchón y alzó sus caderas de forma instintiva, arqueando la espalda de una manera que resaltaba la perfección de sus glúteos tonificados. Era una postura de sumisión aparente, pero sus ojos, que miraban por encima del hombro, brillaban con un desafío absoluto.
Vegeta se posicionó detrás de ella, arrodillado. Sus ojos recorrieron la geografía de ese cuerpo que lo había obsesionado desde el momento en que la vio bailar en el jardín. No perdió el tiempo. Con una mano sujetó firmemente una de las caderas de Pan y, con un empuje seco y decidido, se introdujo en ella.
—¡Ah! —El grito de Pan fue una mezcla de dolor momentáneo y un placer abrumador.
Su vagina estaba tersa, increíblemente apretada, envolviendo el miembro de Vegeta como un guante de seda caliente. El príncipe cerró los ojos por un segundo, apretando los dientes ante la sensación. Se sentía como si estuviera entrando en un volcán. Empezó a embestirla salvajemente, con la misma furia con la que golpeaba un saco de arena en la cámara de gravedad. Cada impacto hacía que el cuerpo de Pan se sacudiera hacia adelante, obligándola a aferrarse a las sábanas para no salir despedida.
—¡Vegeta! —exclamó ella, con la voz entrecortada por el ritmo frenético—. ¡Más... más!
Pero Vegeta, en un giro cruel de los acontecimientos, decidió cambiar de estrategia. De repente, detuvo el ritmo salvaje. Sus movimientos se volvieron lentos, tortuosamente pausados. Entraba en ella con una dureza que buscaba el fondo, pero se retiraba casi por completo antes de volver a empezar, dilatando cada segundo de contacto.
—¿Esto es lo que quieres? —susurró él al oído de Pan, mordiéndole ligeramente el lóbulo—. ¿Quieres que sea así de lento? ¿Que te haga suplicar por cada centímetro?
Pan sentía que se volvía loca. El cambio de ritmo era una tortura china para sus sentidos. Su cuerpo, acostumbrado a la intensidad del baile y de la lucha, pedía a gritos la velocidad, la fricción, el choque constante.
—No... No hagas eso —suplicó ella, moviendo la cabeza de un lado a otro—. Por favor, Vegeta, no me tortures. Lo quiero todo... lo quiero dentro de mí ahora. ¡Fóllame duro y rápido!
Vegeta dejó escapar una risa oscura y triunfante. Disfrutaba verla así, perdiendo esa compostura de diosa que tanto lo había irritado. Sin embargo, se mantuvo firme en su ritmo lento, deleitándose en la forma en que ella se retorcía bajo él.
—Un guerrero debe aprender a controlar sus impulsos, Pan —dijo él con ironía, aunque el sudor que corría por su propia frente delataba que él también estaba al límite.
Pan comprendió que, si quería velocidad, tendría que tomarla por sí misma. Recordó las lecciones de las calles de Medellín, donde el movimiento de cadera no era solo estética, sino poder. Apoyó las palmas de las manos con firmeza y empezó a mover sus caderas con un ritmo circular y frenético, una imitación perfecta de sus pasos de baile más prohibidos.
Sus nalgas se balanceaban hacia atrás con una velocidad asombrosa, encontrándose con el cuerpo de Vegeta a mitad de camino. Ella dictaba el ritmo ahora, balanceándose hacia atrás de forma sexy y decidida, obligando al miembro de Vegeta a entrar y salir a una velocidad que él ya no podía controlar. Era como si ella estuviera bailando sobre él, utilizando su propia anatomía para forzar la rendición del príncipe.
—¡Maldita sea! —rugió Vegeta.
El roce constante, el calor húmedo y la visión de Pan moviéndose con esa maestría erótica quebraron la última barrera de su autocontrol. El ki de Vegeta empezó a fluctuar violentamente, haciendo que las ventanas de la habitación vibraran y que los objetos pequeños sobre las mesitas de noche cayeran al suelo.
—¿Quieres velocidad? —preguntó él con una voz que ya no era humana.
En un estallido de luz dorada que iluminó toda la mansión, Vegeta se transformó en Super Saiyajin. Su cabello se erizó en un rubio resplandeciente y su aura de poder rodeó a ambos, elevando la temperatura de la habitación hasta niveles insoportables.
Con la fuerza y la velocidad aumentadas por la transformación, Vegeta la tomó de la cintura con una fuerza que habría dejado moratones en cualquier otra mujer, pero Pan, con su resistencia de guerrera, solo sintió una excitación renovada. Él empezó a embestirla con una rapidez inhumana. Cada golpe era como una explosión de energía, rápido, duro, sin piedad.
Pan gritaba, con los ojos en blanco, perdida en un torbellino de sensaciones que nunca imaginó posibles. El poder de Vegeta la atravesaba, no solo físicamente, sino a través de su ki, creando una conexión que los hacía vibrar en la misma frecuencia.
—¡Sí! ¡Así! —gritaba Pan, mientras sus uñas se enterraban en el colchón, rompiendo la tela—. ¡Dame todo tu poder!
Vegeta no se detuvo. Su rostro estaba contraído por un esfuerzo que iba más allá de lo físico. Estaba dándolo todo, volcando su frustración, su orgullo y su naciente pasión en cada movimiento. La habitación parecía pequeña para la energía que estaban liberando.
El clímax llegó como un Big Bang. Vegeta sintió que su energía llegaba al punto crítico y, con un último rugido de puro éxtasis, se hundió en Pan con tal fuerza que la cama se hundió bajo ellos. Pan sintió una oleada de calor que la quemaba por dentro, un éxtasis tan absoluto que su mente se quedó en blanco durante varios segundos.
El aura dorada se desvaneció lentamente, dejando a la habitación en una penumbra húmeda y silenciosa. Vegeta volvió a su estado normal, desplomándose sobre la espalda de Pan, jadeando pesadamente. Ella estaba inmóvil, con los músculos todavía temblando por las ondas de choque del placer.
—Eso... —logró decir Pan con un hilo de voz—... eso no fue un baile, Vegeta. Eso fue una ejecución.
Vegeta se apartó con lentitud, dejándose caer a su lado. Su mirada, antes dura y severa, ahora tenía un brillo de respeto y algo que se parecía peligrosamente a la ternura.
—Tú lo pediste —respondió él, limpiándose el sudor de la frente—. Y un saiyajin siempre cumple con sus desafíos.
Pan se giró hacia él, con una sonrisa radiante y el cabello desordenado cubriendo parte de su rostro. Se veía más hermosa que nunca, una diosa que acababa de sobrevivir al fuego de un sol.
—Entonces prepárate —dijo ella, acercándose para darle un beso casto en los labios—, porque mañana tengo una nueva coreografía que mostrarte. Y te aseguro que vas a necesitar más que el Super Saiyajin para seguirme el paso.
Vegeta cerró los ojos, dejando escapar un suspiro que era casi una risa. Por primera vez en décadas, no estaba pensando en Goku, ni en el entrenamiento, ni en su orgullo herido. Solo estaba pensando en la mujer que tenía al lado y en el hecho de que, por fin, había encontrado a alguien capaz de bailar al ritmo de su propia tormenta.
—Que así sea, Pan —murmuró él antes de quedarse profundamente dormido, con el aroma de ella impregnado en su piel como una marca indeleble.