Amor prohibido
Danza de Sombras y Éxtasis
El silencio en la habitación de Vegeta era denso, cargado con el olor a sexo, sudor y una tensión eléctrica que no se había disipado tras el primer encuentro. La luz de la luna se filtraba por el gran ventanal, dibujando relieves plateados sobre los músculos tensos del príncipe y la piel canela de Pan. Ella estaba recostada sobre él, sintiendo el latido errático de su corazón saiyajin contra su pecho.
Pero Pan no era una mujer que se conformara con la pasividad. Había aprendido en sus viajes que el ritmo no solo se llevaba en los pies, sino en cada fibra del ser, y que el control era el juego más excitante de todos.
Con una lentitud calculada, Pan se incorporó, quedando a horcajadas sobre los muslos de Vegeta. Sus ojos negros, brillantes por la excitación, se clavaron en los de él. Vegeta, con los brazos estirados sobre las almohadas, la observó con una mezcla de hambre y curiosidad. Su miembro, aún endurecido por la cercanía de la joven, palpitaba contra el muslo de ella.
—¿Qué estás haciendo, niña? —gruñó Vegeta, aunque su voz carecía de verdadera autoridad. Era un ruego disfrazado de orden.
—Te dije que todavía tenía muchos ritmos que enseñarte —susurró Pan, rozando sus labios contra la mandíbula de él—. Y este es mi favorito.
Pan se elevó ligeramente, apoyando sus manos en los hombros anchos de Vegeta. Con una precisión que recordaba a sus movimientos en el escenario, se posicionó sobre él. Sus ojos no se apartaron de los del príncipe mientras empezaba a descender. Lentamente, centímetro a centímetro, se dejó caer, permitiendo que la anatomía de Vegeta la invadiera por completo una vez más.
Un gemido profundo y gutural escapó de la garganta de Vegeta cuando sintió el calor estrecho de Pan envolviéndolo. Ella se quedó quieta un momento, completamente ensartada, dejando que sus cuerpos se acostumbraran a la unión. Luego, empezó a moverse.
No era una embestida frenética. Era un baile.
Pan comenzó a mover sus caderas en círculos lentos y sinuosos, una traslación perfecta que recordaba a la bachata más sensual que hubiera bailado en las playas del Caribe. Sus manos bajaron por el pecho de Vegeta, acariciando las cicatrices de mil batallas, mientras su torso se ondulaba con una cadencia hipnótica. Cada rotación de su pelvis extraía un jadeo de Vegeta, quien sentía que su autocontrol se desintegraba como polvo estelar.
—Maldita sea, Pan... —exhaló él, cerrando los puños sobre las sábanas—. ¿Dónde aprendiste a moverte así?
—En lugares donde el cuerpo es el único lenguaje que importa —respondió ella, inclinándose hacia adelante para que su cabello rozara el rostro de Vegeta—. Siente el ritmo, Vegeta. No luches contra él.
Ella incrementó la presión, bajando y subiendo con una lentitud tortuosa, deteniéndose justo antes de salir para luego volver a hundirse con un movimiento circular que rozaba las paredes internas de su feminidad contra la virilidad de él. Era erótico, era técnico, era una tortura deliciosa. Vegeta sentía que la sangre le hervía; quería follarla hasta el cansancio, quería reclamarla con la ferocidad de un guerrero, pero la forma en que ella lo dominaba lo mantenía cautivo de su propio placer.
—Eres una pequeña bruja —dijo Vegeta, con los ojos inyectados en sangre por la excitación.
Sus manos, incapaces de quedarse quietas por más tiempo, subieron para atrapar las nalgas de Pan. Sus dedos se hundieron en la carne firme y tonificada, apretando con una posesividad salvaje. El contacto directo de las palmas de Vegeta contra su piel hizo que Pan soltara un suspiro entrecortado, perdiendo por un segundo la compostura de su baile.
—¿Te gusta esto? —preguntó ella, acelerando ligeramente el movimiento, convirtiendo los círculos en ondulaciones verticales—. ¿Te gusta ver cómo me muevo para ti?
—Me vuelve loco —confesó Vegeta, y la honestidad de sus palabras fue más excitante que cualquier otra cosa.
Él ya no pudo contenerse. Sus caderas empezaron a responder desde abajo, embistiéndola con golpes secos y potentes que rompían la fluidez del baile de Pan para convertirlo en algo mucho más primitivo. Ella echó la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello, mientras sus gemidos empezaban a subir de tono, resonando en las paredes de la habitación.
—¡Más fuerte, Vegeta! —pidió ella, abandonando la técnica por la pasión pura—. ¡No te detengas!
Vegeta la tomó por la cintura, levantándola y bajándola con una fuerza sobrehumana. Cada choque de sus cuerpos era como un trueno. Pan empezó a cabalgarlo con un frenesí salvaje, sus pechos saltando rítmicamente, su piel brillando por el sudor que ahora los cubría a ambos. El ritmo ya no era lento; era una percusión rápida, agresiva, una danza de guerra en el campo de batalla de la cama.
—¡Mírame! —ordenó Vegeta, y ella obedeció, encontrando unos ojos azules que brillaban con una intensidad aterradora—. Eres mía. No importa quién seas, no importa quién sea tu abuelo... en este momento, solo eres la mujer que me pertenece.
—¡Soy tuya! —gritó Pan, sintiendo que el orgasmo empezaba a subir desde la base de su columna como una ola imparable—. ¡Lléname, Vegeta! ¡Lléname por completo!
La visión de Pan, tan sexy, tan entregada a su propia lujuria, fue el golpe de gracia para el príncipe. Vegeta visualizó el momento de su liberación, el deseo de colmarla con su semilla, de marcar su territorio de la forma más íntima posible. Sus embestidas se volvieron erráticas, profundas, buscando el cuello de su útero con cada golpe de cadera.
Pan se aferró a sus hombros, clavando sus uñas con tanta fuerza que dejó marcas rojas sobre su piel. Sus gemidos se convirtieron en gritos de puro éxtasis mientras sentía que el interior de su cuerpo se contraía en espasmos violentos. Vegeta, rugiendo como el gran simio que llevaba dentro, dio una última estocada profunda, manteniéndose dentro de ella mientras su propia liberación estallaba.
El calor inundó a Pan, una sensación de plenitud que la hizo temblar de pies a cabeza. Vegeta continuó embistiéndola un par de veces más, vaciándose por completo, queriendo asegurarse de que cada rincón de ella supiera que él había estado allí. El orgasmo fue tan potente que ambos quedaron sin aliento, colapsando uno contra el otro.
Pan se desplomó sobre el pecho de Vegeta, jadeando, con el corazón latiendo a mil por hora. Él la rodeó con sus brazos, apretándola contra sí, mientras el silencio volvía a reinar, solo interrumpido por el sonido de sus pulmones recuperando el aire.
—Has ganado esta ronda... —susurró Vegeta, con la voz ronca, acariciando el cabello sudado de Pan.
—No se trataba de ganar, Vegeta —respondió ella, levantando la cabeza con una sonrisa lánguida pero satisfecha—. Se trataba de que aprendieras a bailar.
Vegeta la miró, y por primera vez en su vida, no sintió la necesidad de decir algo hiriente o de reafirmar su orgullo. Simplemente la besó, un beso largo y profundo que sabía a sudor y a una conexión que iba más allá de lo físico. Sabía que después de esto, nada en la Corporación Cápsula volvería a ser igual. Pan había regresado no solo para reclamar su lugar en la familia, sino para incendiar el mundo de Vegeta Briefs, y él, por primera vez, estaba dispuesto a dejar que todo ardiera.
—Mañana —dijo Vegeta, con una chispa de desafío en sus ojos—, el entrenamiento será en la cámara de gravedad. Y esta vez, yo pondré la música.
Pan soltó una carcajada cristalina, acurrucándose contra él.
—Estoy deseando verlo, príncipe.