Volver al resumen

Amor y futbol

Entre maletas y despedidas

El olor a desinfectante y el pitido constante de las máquinas finalmente quedaron atrás. Tras cuatro días que se sintieron como cuatro años, Emiliana cruzaba la puerta de la clínica en los brazos de Kevin. La pequeña aún se veía un poco pálida, con una bandita de colores en el antebrazo donde había estado la vía, pero sus ojos ya brillaban con la chispa de siempre.

Sofía caminaba a su lado, cargando el bolso con los juguetes que habían servido de distracción durante la hospitalización. Al salir a la calle, el aire fresco de Medellín les dio la bienvenida, pero también el recordatorio de que el tiempo no se había detenido. El Mundial estaba a la vuelta de la esquina y el calendario no perdonaba.

—Al fin en casa —susurró Kevin mientras acomodaba a Emi en la silla de seguridad de la camioneta—. Pensé que este día no iba a llegar nunca.

—Lo importante es que ya está bien, amor —respondió Sofía, acariciándole el hombro—. El doctor dijo que solo necesita reposo y terminar los antibióticos orales.

—El problema es que mañana nos vamos —Kevin suspiró, apoyando la frente contra el marco de la puerta del carro—. No sé cómo voy a hacer para subirme a ese avión y dejarlas solas en el aeropuerto, así sea solo por unas horas.

—No vamos a estar solas, Kevin. Vamos con las otras familias y nos vemos allá en un abrir y cerrar de ojos —Sofía intentó sonar segura, aunque por dentro los nervios también la carcomían.

El regreso al apartamento fue un torbellino. No hubo tiempo para descansar en el sofá ni para celebrar la salud de la niña con calma. La sala estaba invadida por maletas abiertas, uniformes de la Selección Colombia, ropa de invierno para el viaje y el trípode de Sofía, que seguía en una esquina esperando ser usado.

—¡Mami, mi oso! —gritó Emi, corriendo hacia su habitación en cuanto sus pies tocaron el suelo—. ¡El oso también va al Mundial!

—¡Claro que sí, princesa! —rio Sofía— Pero primero hay que guardarlo en la maleta pequeña.

Kevin, por su parte, se movía por la habitación principal con una eficiencia mecánica que ocultaba su ansiedad. Doblaba las camisetas amarillas con el número 5, guardaba los guayos y revisaba su pasaporte cada cinco minutos. El escándalo mediático de la clínica se había calmado un poco tras un comunicado oficial del club, pero la presión deportiva estaba en su punto máximo.

—¿Amor, ya guardaste los adaptadores de corriente? —preguntó Sofía, entrando al cuarto con un fajo de ropa de Emi.

Kevin no respondió. Estaba sentado en el borde de la cama, con la cabeza entre las manos.

—¿Kevin?

—Me siento un pésimo padre, Sofi —dijo él, sin levantar la mirada—. Emi acaba de salir del hospital y mañana la voy a meter en un vuelo de diez horas. Y yo ni siquiera voy a estar en el mismo avión para cargarla si le duele algo.

Sofía dejó la ropa a un lado y se sentó frente a él, obligándolo a mirarla.

—Escúchame bien, Kevin Castaño. Eres el mejor papá que esa niña pudo tener. Estás yendo a representar a tu país, a cumplir el sueño por el que has trabajado toda la vida. Emi está orgullosa de ti, y yo voy a estar ahí para ella cada segundo del viaje.

—Es que si te pasa algo... si ella recae... —El temperamento de Kevin, siempre tan explosivo, se había transformado en una vulnerabilidad que solo Sofía conocía.

—No va a pasar nada —sentenció ella con firmeza—. Ahora, deja de darle vueltas a la cabeza y ayúdame a cerrar esta maleta, que parece que guardamos un elefante.

La noche cayó rápido sobre la ciudad. Después de lograr que Emi se durmiera (gracias a una dosis de jarabe y muchas historias de dinosaurios futbolistas), el apartamento quedó en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el roce de las cremalleras.

Eran las once de la noche. El vuelo de los jugadores salía a las cinco de la mañana; el de las familias, a las nueve.

Kevin terminó de cerrar su maleta de equipo y se giró hacia Sofía, que estaba terminando de editar un clip rápido para avisar a sus seguidores que ya estaban en casa. Al verla allí, bajo la luz tenue de la lámpara, con su camiseta de entrenamiento y el cabello recogido, Kevin sintió que el deseo lo golpeaba con la misma fuerza que el primer día.

Se acercó a ella por detrás, rodeando su cintura y apartándole el cabello del cuello para besar la piel sensible.

—Mañana a esta hora vamos a estar en continentes diferentes —murmuró él, su voz vibrando contra su oído.

Sofía soltó un suspiro largo, dejando caer el celular sobre la mesa. Se giró en sus brazos, enredando sus dedos en el cuello de Kevin.

—No me lo recuerdes. Ya me estoy haciendo a la idea de las horas de vuelo sin ti para ayudarme con los berrinches de Emi.

—Prometo compensártelo apenas lleguen al hotel —Kevin la atrajo más hacia él, sus manos bajando hacia sus caderas con una urgencia que no admitía discusiones—. Necesito llevarme un recuerdo muy claro de ti, Sofi. Algo que me dure todo el vuelo.

—Kevin, tenemos que despertarnos en cuatro horas... —protestó ella débilmente, aunque ya estaba buscando los labios de él.

—Dormiré en el avión —respondió él antes de sellar sus palabras con un beso profundo, cargado de la adrenalina del viaje y la necesidad de reafirmar su vínculo tras los días de angustia en el hospital.

La levantó con facilidad, como si no pesara nada, y la llevó hacia la cama que estaba rodeada de maletas a medio cerrar. En ese espacio reducido, entre el equipaje y los sueños mundiales, se despojaron de la ropa con una desesperación silenciosa.

Kevin recorrió su cuerpo con una devoción casi religiosa. Sus manos, que mañana estarían apretando los puños en el himno nacional, ahora se movían con una delicadeza extrema sobre la piel de Sofía. La besó en los hombros, en el vientre, en la cicatriz pequeña que ella tenía en la rodilla, como queriendo memorizar cada detalle de su geografía.

—Eres lo único que me mantiene cuerdo, ¿lo sabes? —susurró él, mirándola a los ojos mientras se posicionaba sobre ella.

—Y tú eres mi mundo, Kevin. Ve y juega como solo tú sabes. Nosotras vamos a estar ahí, gritando cada jugada.

Cuando entró en ella, el tiempo pareció detenerse. No era solo sexo; era una despedida y una promesa al mismo tiempo. El ritmo era lento al principio, una danza de piel y suspiros contenidos para no despertar a la niña en el cuarto de al lado. Pero pronto, la intensidad del temperamento de Kevin tomó el control. Sus movimientos se volvieron más fuertes, más urgentes, buscando esa conexión total que los hacía sentir invencibles.

Sofía se aferró a su espalda, enterrando las uñas en sus músculos tensos, sintiendo el sudor de Kevin mezclarse con el suyo. En el clímax, él escondió el rostro en el hueco de su cuello, soltando un gruñido ahogado mientras ella sentía que el corazón se le salía del pecho.

Se quedaron abrazados durante varios minutos, tratando de recuperar el aliento entre las sábanas revueltas.

—Te amo, Sofía —dijo él, su voz recuperando la firmeza—. Gracias por no soltarme la mano en la clínica.

—Te amo, mi goleador. Ahora, de verdad, duerme un poco.

A las tres y media de la mañana, la alarma sonó con una crueldad necesaria. El apartamento se llenó de nuevo de actividad. Kevin se bañó con agua fría para despejar la mente y se puso la indumentaria oficial de la Selección: la sudadera azul oscura con el escudo en el pecho. Se veía imponente, como el guerrero que todo el país esperaba ver en la cancha.

Sofía lo ayudó a revisar que no olvidara los audífonos ni la tableta para ver los videos de los rivales. Luego, ambos caminaron hacia el cuarto de Emi.

La niña dormía profundamente, con su oso de peluche abrazado. Kevin se inclinó y le dio un beso en la frente, tan suave que apenas la rozó.

—Chao, mi princesa. Nos vemos en unos días para celebrar tus goles —susurró.

En la puerta del apartamento, la despedida fue más difícil de lo que habían previsto. El transporte de la Federación ya estaba abajo, esperando.

—Llámanme apenas aterricen en la escala —pidió Kevin, tomando el rostro de Sofía entre sus manos—. No importa la hora que sea allá.

—Lo haré, amor. Tú concéntrate en el viaje. Descansa en el avión y no le hagas caso a lo que digan en Twitter.

—Eso es lo más difícil —rio él con amargura, dándole un último beso largo que sabía a "te voy a extrañar"—. Cuídala mucho. Y cuídate tú.

—Siempre.

Kevin cruzó el umbral y subió al ascensor. Sofía se quedó apoyada en la puerta, escuchando cómo el sonido del motor se alejaba por la avenida. De repente, el apartamento se sintió inmenso y vacío.

Sin perder tiempo, Sofía regresó a la habitación. Tenía cuatro horas antes de tener que despertar a Emi. Miró las maletas, miró su cámara y sintió una oleada de determinación.

—Bueno —le dijo a la lente de la cámara, que encendió para grabar la última parte de su vlog en casa—, Kevin ya se fue. El sueño mundialista empezó oficialmente para nosotros. Ahora me toca a mí la parte difícil: cruzar el océano con una niña de tres años que acaba de salir de una infección. Pero como siempre decimos en esta casa: si el capitán está listo, la tripulación también.

Pasó las siguientes horas revisando que los medicamentos de Emi estuvieran en el equipaje de mano, preparando compotas y snacks, y asegurándose de que los pasaportes estuvieran en el bolsillo más seguro de su morral.

A las siete de la mañana, despertó a Emi.

—¡Princesa, arriba! ¡Hoy nos vamos en el pájaro de metal grande a ver a Papi!

Emi se levantó con una energía sorprendente, como si supiera que algo importante estaba ocurriendo.

—¿Papi ya está en el cielo? —preguntó la niña, refiriéndose al avión.

—Sí, mi amor. Ya va volando. Ahora nos toca a nosotras.

El aeropuerto de Rionegro era un hervidero de gente. Periodistas, hinchas con banderas y otras familias de jugadores se amontonaban en las puertas de salidas internacionales. Sofía, con Emi de la mano y empujando un carrito con tres maletas, sintió el peso de las miradas.

—¡Mira, es la novia de Castaño! —escuchó a alguien susurrar.

—Tan joven y con la niña... ojalá no la descuide como dicen —comentó otra mujer cerca de la fila de migración.

Sofía apretó la mandíbula, recordando las palabras de Kevin en el balcón. "Que arda el mundo". No iba a dejar que el veneno de extraños le arruinara el viaje que tanto le había costado alcanzar.

—Mami, tengo sueño —se quejó Emi, empezando a ponerse inquieta por la multitud.

—Ya casi, gorda. Mira, vamos a comprar unos colores nuevos para el avión.

Mientras esperaban en la sala de abordaje, el celular de Sofía vibró. Era una foto de Kevin desde el avión de la Selección. Estaba sentado junto a Luis Díaz, ambos sonriendo, aunque los ojos de Kevin se veían cansados.

"Ya vamos a despegar. Las amo. El asiento de al lado se siente muy vacío sin ustedes. Nos vemos en el paraíso. ¡Vamos Colombia!", decía el mensaje.

Sofía le envió una foto de Emi comiendo un helado, con la cara toda untada de chocolate y una sonrisa de oreja a oreja.

"Estamos listas. Próxima parada: el Mundial. Te amamos, capitán".

Al subir al avión, Sofía sintió una mezcla de agotamiento y adrenalina. Acomodó a Emi en el asiento de la ventana, le puso los audífonos con sus dibujos animados favoritos y finalmente se sentó.

El avión empezó a moverse por la pista. Sofía cerró los ojos y, por un momento, pudo sentir el calor de los brazos de Kevin rodeándola, el aroma de su perfume y la seguridad de su presencia. Sabía que los próximos días serían una locura: estadios llenos, cámaras por todos lados, la presión de los resultados y, seguramente, más ataques en redes sociales.

Pero mientras miraba a Emi, que ya señalaba las nubes con asombro, Sofía supo que no importaba cuántas tormentas tuvieran que atravesar. Kevin era su ancla, ella era su calma, y juntos eran un equipo que no conocía la derrota.

—¡Mira, mami! ¡Estamos en las nubes como Papi! —gritó Emi emocionada.

—Sí, mi vida —respondió Sofía, sacando su cámara para grabar el inicio del viaje más importante de sus vidas—. Estamos volando muy alto.

El vuelo despegó, dejando atrás las montañas de Antioquia y las polémicas de la clínica. Por delante quedaba el mundo, un balón de fútbol y la promesa de un reencuentro que borraría cualquier rastro de cansancio. El Mundial había comenzado, y la familia Castaño estaba lista para jugar su propio partido, el más importante de todos: el de mantenerse unidos sin importar la distancia.