Amor y futbol
Entre el deber y el deseo
El aire de Catar era denso, una mezcla de calor desértico y el aroma a lujo impoluto que emanaba de cada rincón del hotel de concentración. Sofía, con las ojeras marcadas por casi veinte horas de viaje y escalas interminables, finalmente dejó caer las maletas sobre la alfombra de la habitación 402. Era una suite amplia, con vistas a los rascacielos iluminados de Doha, pero a ella lo único que le importaba en ese momento era la cama king size que prometía un descanso reparador.
Emiliana, contra todo pronóstico, había recuperado su energía volcánica en cuanto pisó el lobby. La pequeña corría por la habitación, saltando sobre los cojines de seda y señalando las luces de la ciudad a través del ventanal.
—¡Mami, mira! ¡Hay muchas luces como en el árbol de Navidad! —exclamó la niña, pegando la nariz al vidrio.
—Sí, mi amor, es precioso —susurró Sofía, quitándose los zapatos con un suspiro de alivio—. Pero ahora tenemos que bañarnos y dormir. Mañana tenemos que ir a ver el entrenamiento de Papi y no podemos estar cansadas.
El protocolo de la Federación era estricto. Las familias se hospedaban en el mismo complejo que los jugadores para facilitar la logística, pero en pisos diferentes y con restricciones severas. Kevin estaba tres pisos más arriba, en la zona de "burbuja", concentrado con el resto de la Selección Colombia para el debut contra Corea del Sur. Sofía sabía que, técnicamente, no debían verse a solas hasta después del primer partido, pero también conocía a Kevin y sabía que su paciencia era un concepto inexistente cuando se trataba de estar lejos de ellas.
Tras una ducha rápida y lograr que Emi se tomara su última dosis de antibiótico, ambas se acurrucaron en la cama. La niña se quedó dormida casi al instante, abrazada a su oso de peluche y ocupando, como de costumbre, mucho más espacio del que su pequeño cuerpo sugería. Sofía, sin embargo, no podía pegar el ojo. El silencio del hotel era interrumpido ocasionalmente por el zumbido del aire acondicionado y el parpadeo de su celular.
Tenía un mensaje de Kevin de hacía una hora: "Ya estamos encerrados. El profe nos dio una charla de dos horas. Me duele todo, pero lo que más me duele es saber que estás a unos metros y no poder tocarte. Te amo".
Sofía sonrió y dejó el teléfono en la mesa de noche. Intentó cerrar los ojos, dejándose llevar por el cansancio profundo, hasta que un sonido sutil la puso en alerta. Fue un clic metálico, casi imperceptible, seguido por el chirrido suave de la puerta principal de la suite abriéndose.
Su corazón dio un vuelco. Se incorporó sobre los codos, mirando hacia la penumbra del pasillo de entrada. Una silueta alta y atlética se recortó contra la luz tenue del corredor exterior antes de cerrar la puerta con una cautela extrema.
—¿Kevin? —susurró ella, con la voz entrecortada por la sorpresa.
La figura se acercó rápidamente. Era él. Llevaba la sudadera gris de la concentración y una gorra puesta hacia atrás para ocultar su rostro. Se quitó las zapatillas deportivas para no hacer ruido y caminó hacia la cama con la agilidad de un depredador.
—No me aguanté, Sofi —murmuró Kevin, sentándose en el borde del colchón y envolviéndola en un abrazo que olía a jabón de hotel y a esa fragancia masculina que ella tanto extrañaba—. Casi me mato bajando por las escaleras de servicio para que el de seguridad no me viera.
—¡Estás loco! —Sofía lo besó con desesperación, rodeando su cuello con los brazos—. Si el técnico te llega a pillar, te manda de regreso a Medellín en el primer vuelo. Sabes cómo se pone con la disciplina.
—Que me manden si quieren —dijo él, bajando la voz al ver a Emiliana durmiendo a pierna suelta a un lado de Sofía—. No podía dormir sabiendo que estaban aquí. Necesitaba ver con mis propios ojos que la gorda está bien y que tú no te habías vuelto loca en ese vuelo.
Kevin se inclinó y le dio un beso tierno en la mejilla a su hija, acomodándole un rizo rebelde. La niña se movió un poco, soltando un suspiro ronco, pero no despertó. El rostro de Kevin se suavizó, perdiendo esa dureza competitiva que mostraba en las ruedas de prensa.
—Está perfecta, amor —susurró él, volviendo su atención a Sofía—. Pero tú... tú te ves agotada.
—Ha sido un viaje largo, Kevin. Mucha gente mirando, mucha prensa en el aeropuerto... —Sofía acarició la mandíbula de su novio, sintiendo la barba de un par de días—. Pero valió la pena solo por verte entrar por esa puerta.
Kevin no respondió con palabras. La tomó por la nuca y la atrajo hacia un beso que empezó siendo dulce y terminó cargado de una urgencia eléctrica. El temperamento de Kevin, siempre intenso, se filtraba en cada caricia. Sus manos bajaron por la espalda de Sofía, deslizándose bajo su camiseta de dormir, quemando su piel con el contacto.
—Kevin... la niña está aquí —advirtió ella entre jadeos, aunque sus propias manos ya estaban buscando el borde de la sudadera de él.
—Está profundamente dormida, Sofi. No se va a enterar —respondió él, su voz era un gruñido bajo y necesitado—. Llevo días soñando con esto. En la clínica no podíamos, en la casa estábamos con las maletas... Necesito sentir que eres real.
Él se deshizo de su sudadera con un movimiento rápido, revelando el torso marcado y los tatuajes que brillaban bajo la luz de la luna que entraba por el ventanal. Sofía se sintió pequeña ante su imponente presencia física, pero al mismo tiempo, se sintió la mujer más poderosa del mundo.
Kevin la arrastró hacia el extremo libre de la cama, lejos de donde Emi descansaba. Se movían con una sincronía silenciosa, una danza de sombras y respiraciones contenidas. Kevin la besó en la clavícula, bajando por sus pechos con una lentitud tortuosa que hacía que Sofía tuviera que morderse el labio inferior para no soltar un gemido que despertara a la pequeña.
—Me vas a volver loco, Sofía —susurró él contra su piel—. Eres lo único que me importa en este desierto.
Él la despojó de su ropa interior con una destreza que la hizo estremecer. Kevin era un hombre de acción, y en la intimidad, esa determinación se traducía en una entrega absoluta. Se posicionó entre sus piernas, admirándola con una devoción que rozaba lo sagrado.
—Dime que me extrañaste —ordenó él, su temperamento dominante saliendo a flote incluso en su vulnerabilidad.
—Cada maldito segundo —respondió ella, enredando sus piernas alrededor de su cintura, incitándolo a terminar con la distancia.
Cuando Kevin entró en ella, ambos soltaron un suspiro ahogado, uniendo sus frentes mientras intentaban controlar el ritmo de sus corazones. La sensación de plenitud fue inmediata. Era el refugio después de la batalla, la calma tras la tormenta de la enfermedad y el viaje.
Kevin se movía con una fuerza controlada, sus músculos tensándose bajo la piel mientras buscaba el ángulo perfecto para hacerla vibrar. Sofía enterró las uñas en sus hombros, sintiendo el sudor de Kevin humedecer su pecho. El contraste entre la inocencia de Emi durmiendo a unos centímetros y la pasión cruda que ellos compartían creaba una atmósfera de peligro y adrenalina que solo aumentaba el placer.
—Más... por favor —suplicó ella en un susurro apenas audible.
Kevin aumentó el ritmo, sus manos sujetando las caderas de Sofía con firmeza. Cada estocada era una promesa, una forma de decirle que, sin importar cuántos estadios llenos hubiera o cuánta presión sintiera sobre sus hombros, ella era su verdadero hogar.
Sofía cerró los ojos, perdiéndose en la sensación de Kevin llenándola por completo. Podía sentir la fuerza de sus piernas, la dureza de sus brazos y el calor de su aliento en su cuello. El placer empezó a subir como una marea imparable, nublándole los sentidos.
—Kevin... —jadeó ella, sintiendo que el clímax estaba a la vuelta de la esquina.
—Contigo, amor... conmigo —murmuró él, acelerando el paso, sus ojos fijos en los de ella, conectando en ese nivel profundo que solo ellos conocían.
Llegaron juntos al límite, un estallido de sensaciones que los dejó temblando y aferrados el uno al otro. Kevin se hundió en su cuello, ocultando un grito de satisfacción mientras Sofía arqueaba la espalda, entregándose por completo a la oleada de placer que recorría su cuerpo.
Se quedaron así por un largo rato, unidos por el sudor y el latido acelerado de sus corazones. El silencio de la habitación volvió a ser absoluto, solo roto por la respiración pausada de Emiliana, que no se había movido ni un milímetro.
Kevin se dejó caer a su lado, atrayéndola hacia su pecho y cubriéndolos con la sábana de seda.
—Si el preparador físico me viera ahora, me pone a correr diez kilómetros extra —bromeó él en voz baja, besando la frente de Sofía.
—Te lo merecerías por imprudente —rio ella, acomodándose en el hueco de su brazo—. Pero gracias por venir. Realmente lo necesitaba.
—Yo también. Ahora siento que puedo salir a esa cancha y comerme el mundo.
Se quedaron en silencio, observando a Emi. La niña se movió en sueños, estirando una mano que terminó descansando sobre el abdomen de Kevin. Él la tomó con delicadeza, besando los nudillos de su hija.
—Es increíble cómo se parece a ti cuando duerme —dijo Sofía—. Tiene esa misma expresión de que está planeando algo.
—Pobre de mí cuando crezca —suspiró Kevin con una sonrisa—. Va a tener el mismo genio que yo. Vas a tener que armarte de paciencia con los dos.
—Ya estoy acostumbrada, amor.
Kevin miró el reloj de pared. Eran casi las tres de la mañana. Sabía que debía irse antes de que el sol empezara a asomar y los guardias de seguridad hicieran la ronda de relevo.
—Tengo que irme, Sofi —dijo con pesar, sentándose en la cama y buscando su ropa en la oscuridad—. Si no estoy en mi habitación para el desayuno de las siete, se arma el lío del siglo.
—Ve con cuidado —dijo ella, levantándose para ayudarlo a ponerse la sudadera—. ¿Cuándo nos volvemos a ver?
—Mañana después del entreno hay zona mixta para las familias. Estén listas a las cuatro. Un bus las recoge en la puerta del hotel.
Kevin se puso las zapatillas y la gorra, volviendo a su disfraz de fugitivo. Antes de salir, se acercó a la cama y le dio un último beso a Emi, y luego uno largo y cargado de promesas a Sofía.
—Juega por nosotras —le pidió ella.
—Siempre —respondió él—. Todo lo que hago es por ustedes.
Sofía lo acompañó hasta la puerta, vigilando que el pasillo estuviera despejado. Kevin se deslizó hacia las escaleras de emergencia con la agilidad de quien sabe que se está jugando el puesto, pero con la satisfacción de quien ha ganado el partido más importante de la noche.
Sofía cerró la puerta con el seguro y regresó a la cama. El lugar donde Kevin había estado aún conservaba su calor y su aroma. Se acurrucó junto a Emiliana, sintiendo una paz que no había experimentado en días. Mañana el mundo entero estaría mirando a Kevin Castaño, el volante estrella de la Selección, pero ella sabía que el hombre que realmente importaba era el que se había arriesgado a todo solo por pasar una hora abrazado a ellas.
—Buenas noches, mi goleador —susurró al aire antes de quedarse finalmente dormida.
En el piso de arriba, Kevin subía las escaleras de tres en tres, con los pulmones ardiendo pero el corazón ligero. Al entrar en su habitación, su compañero de cuarto, otro de los referentes del equipo, apenas abrió un ojo.
—¿Dónde estabas, Castaño? —preguntó el otro jugador con voz somnolienta.
—Asegurando la victoria, hermano —respondió Kevin, acostándose en su cama individual con una sonrisa de oreja a oreja—. Asegurando la victoria.
El debut mundialista estaba a pocas horas de distancia, y por primera vez en toda la semana, Kevin Castaño no sentía nervios, solo la certeza de que, con Sofía y Emi en la tribuna, no había rival capaz de detenerlo. El desierto de Catar podía ser hostil, pero él llevaba su oasis particular en el alma.