Amor y futbol
Victoria en el desierto y fuego en la suite
La euforia en el Estadio de Lusail todavía resonaba en los oídos de Sofía mientras el autobús de las familias avanzaba lentamente por las calles de Doha. El debut de la Selección Colombia contra Corea del Sur no pudo ser mejor: un dos a cero contundente donde Kevin, el "dueño" del mediocampo, había dado una asistencia magistral y recuperado balones hasta quedar exhausto. Pero mientras el país celebraba, Sofía lidiaba con una pulguita que había llegado a su límite.
Emiliana, que había gritado cada jugada y saltado en el palco con su camiseta amarilla, se había quedado rendida sobre el hombro de Sofía apenas pitaron el final del encuentro. Eran casi las doce de la noche cuando finalmente cruzaron el umbral de la suite del hotel. El cansancio de Sofía era una losa pesada; el viaje, el jet lag acumulado y la descarga de adrenalina del partido la tenían caminando en piloto automático.
Con movimientos mecánicos, Sofía le quitó los tenis a Emi, le puso un pijama cómodo y le limpió la cara con una toallita húmeda. La niña apenas gruñó, profundamente dormida. Luego, Sofía se deshizo de su propia ropa, se puso una camiseta de algodón gris, se lavó los dientes y se desplomó en la cama junto a la pequeña. Estaba tan agotada que ni siquiera recordó revisar el celular para avisarle a Kevin que ya estaban a salvo en la habitación. El sueño la reclamó en segundos, sumergiéndola en un vacío oscuro y reparador.
Tres pisos más arriba, la fiesta en el vestuario y luego en la cena de los jugadores había sido ruidosa, pero Kevin solo tenía una cosa en mente. Su cuerpo pedía descanso tras el desgaste físico del partido, pero su mente estaba fija en la suite 402. Necesitaba ver a Sofía. Necesitaba celebrar esa victoria con la única persona que conocía el sacrificio detrás de cada pase.
Cerca de las tres de la mañana, aprovechando que el pasillo de los jugadores estaba en silencio y que la seguridad se relajaba tras la victoria, Kevin volvió a repetir su hazaña de fugitivo. Bajó por las escaleras de servicio, esquivó un carrito de lavandería y se deslizó hacia la habitación de su novia. Usó la tarjeta que Sofía le había dejado escondida en una maceta del pasillo la noche anterior y entró sin hacer ruido.
La habitación estaba en penumbra, solo iluminada por el resplandor de las luces de la ciudad que se filtraba por las cortinas mal cerradas. Kevin se quitó la sudadera y los zapatos, acercándose a la cama. Al ver a Sofía, se dio cuenta de lo profundo que estaba durmiendo; ni siquiera se había movido ante el sonido de la puerta.
—Sofi... —susurró él, sentándose a su lado y acariciándole la mejilla.
Ella no respondió. Soltó un suspiro suave y siguió dormida. Kevin sonrió con ternura, pero la adrenalina del partido todavía le corría por las venas, mezclada con un deseo que se había vuelto insoportable durante los noventa minutos de juego. Verla ahí, tan vulnerable y hermosa, con la respiración acompasada, encendió un fuego que no pudo ignorar.
Con una paciencia inusual en él, Kevin comenzó a desvestirla con cuidado extremo. Le quitó la camiseta gris centímetro a centímetro, admirando su piel bajo la luz de la luna. Sofía murmuró algo entre sueños pero no despertó. Kevin, sintiendo que el autocontrol se le escapaba, comenzó a tocarse él mismo mientras la observaba, dejando que su mano recorriera su propio cuerpo mientras sus ojos devoraban la silueta de su novia. El contraste entre la calma de la habitación y la tormenta de deseo en su interior lo estaba volviendo loco.
De repente, Sofía abrió los ojos. Tardó unos segundos en enfocar, pero cuando vio la figura de Kevin sentado a su lado, con el torso desnudo y la mirada oscurecida por la pasión, el sueño se evaporó de golpe.
—¿Kevin? —Su voz era un hilo ronco—. ¿Qué haces? ¿Qué hora es?
—Shh... —Él se inclinó y la besó, un beso que sabía a victoria y a hambre contenida—. Quédate así. Te ves demasiado bien.
Sofía sintió el calor de su cuerpo y la urgencia en sus manos. El cansancio, aunque seguía ahí, pasó a un segundo plano ante la intensidad de Kevin. Ella se incorporó un poco, ayudándolo a deshacerse del resto de su ropa, sus dedos recorriendo los músculos de su espalda que todavía se sentían tensos por el esfuerzo del partido.
—Pensé que no vendrías —dijo ella, envolviendo sus brazos alrededor de su cuello—. Estaba tan cansada que olvidé escribirte.
—No necesitaba un mensaje para saber que me estabas esperando —respondió él, su voz vibrando contra su cuello—. Te extrañé en la cancha, Sofi. Cada vez que miraba al palco, solo pensaba en volver aquí.
Kevin la recostó de nuevo, sus movimientos volviéndose más decididos. La habitación se llenó del sonido de sus respiraciones agitadas y de los besos hambrientos que se daban. Pensaron que, al igual que la noche anterior, Emiliana seguiría sumergida en el sueño profundo de la infancia. Se confiaron.
El ritmo de Kevin se volvió más intenso, sus manos sujetando las caderas de Sofía con esa posesividad que tanto la encendía. Ella arqueó la espalda, soltando un gemido que intentó ahogar contra el hombro de él, justo cuando sentía que el mundo empezaba a dar vueltas.
—¡Mami! —El grito pequeño y agudo cortó el aire como un rayo.
Ambos se congelaron en el acto. Kevin se quedó inmóvil sobre ella, con el corazón martilleando contra sus costillas, mientras Sofía sentía que el alma se le caía a los pies. Emiliana estaba sentada en medio de la cama, frotándose un ojo con el puño, mirando confundida el bulto que formaban sus padres bajo la luz tenue.
—¿Mami? ¿Por qué Papi está encima de ti? ¿Están jugando a las luchas? —preguntó la niña con esa lógica infantil aplastante.
En un movimiento que habría envidiado cualquier portero de la Selección, Kevin tiró de la sábana hacia arriba, cubriéndolos a ambos hasta la barbilla mientras se dejaba caer a un lado de Sofía, tratando de parecer lo más "normal" posible.
—¡Princesa! —Sofía se incorporó rápidamente, acomodándose el cabello desordenado y tratando de recuperar el aliento—. No, mi amor... es que... es que Papi vino a darnos una sorpresa porque ganó el partido y me estaba dando un abrazo muy fuerte.
—¿Un abrazo de oso? —preguntó Emi, todavía un poco aturdida por el sueño.
—Sí, gorda, un abrazo de oso gigante —intervino Kevin, su voz sonando más aguda de lo normal por el esfuerzo de ocultar su agitación—. ¿Por qué te despertaste, mi cielo?
—Tuve una pesadilla con un dinosaurio rojo —dijo la niña, estirando los brazos hacia Sofía—. Quiero un abrazo también.
Sofía atrajo a la niña hacia ella, arrullándola y dándole besos en la frente. Kevin se quedó acostado boca arriba, mirando al techo, con la sábana cubriendo su evidente insatisfacción. Podía sentir el pulso en sus sienes. Estaba a mitad del acto, con la adrenalina por las nubes, y ahora tenía a su hija pidiendo cuentos de cuna.
—Ya pasó, amor. El dinosaurio ya se fue —susurró Sofía, meciendo a la pequeña—. Duérmete otra vez, que mañana tenemos que ir a la piscina del hotel.
Pasaron diez minutos que para Kevin fueron una eternidad. Emiliana finalmente soltó un suspiro largo y su cuerpo se relajó de nuevo contra el pecho de Sofía. El silencio volvió a la suite, pero la tensión en el cuerpo de Kevin era casi tangible.
—Sofi... —susurró él, girándose hacia ella con una mirada que pedía auxilio.
—Lo sé, lo sé —respondió ella en el mismo tono, mirando a la niña para asegurarse de que estaba profundamente dormida—. Dame un segundo.
Con una agilidad digna de una espía, Sofía se deslizó fuera de la cama, asegurándose de que Emi estuviera bien arropada. Miró a Kevin, que ya estaba de pie, con la mandíbula tensa y una expresión que mezclaba la frustración con el deseo más puro.
—Al baño. Ahora —ordenó Kevin, tomándola de la mano y jalándola con suavidad pero con firmeza.
Entraron en el lujoso baño de mármol y Kevin cerró la puerta con el seguro, dejando que la luz del espejo iluminara la escena. No hubo palabras. Kevin la acorraló contra la puerta fría, sus manos buscando de nuevo el cuerpo de Sofía con una urgencia renovada.
—Casi me da un infarto, Castaño —dijo ella, riendo entre dientes mientras él le besaba el cuello con ferocidad.
—A mí también, pero no voy a dejar esto a medias —gruñó él—. Me debes una celebración de gol completa, Sofía.
Kevin la levantó, haciendo que ella rodeara su cintura con las piernas. El mármol frío de la encimera contrastaba con el calor abrasador de sus cuerpos. Esta vez no había sábanas ni espacio para la sutileza. Kevin la tomó con una fuerza que reflejaba todo el temperamento fuerte que lo hacía una bestia en la cancha, pero con una devoción que solo le pertenecía a ella.
—Eres increíble —jadeó él, mirándola a los ojos mientras se movía dentro de ella—. No sabes lo que me haces sentir.
—Y tú eres un terco, Kevin —respondió ella, echando la cabeza hacia atrás—. Pero eres mi terco favorito.
El eco de sus movimientos y los suspiros ahogados se perdían entre las paredes de mármol. En ese espacio reducido, lejos de las miradas de los hinchas y de las interrupciones de su hija, Kevin y Sofía reafirmaron por qué eran el refugio el uno del otro. Él no era el volante de la Selección en ese momento, era el hombre que necesitaba la calma y el fuego de la mujer que amaba para seguir adelante.
Cuando finalmente terminaron, ambos se quedaron abrazados bajo el chorro de agua tibia de la ducha, dejando que la tensión del día y de la noche se lavara. Kevin la sostenía como si fuera el tesoro más preciado de Catar.
—Mañana voy a estar muerto en el entrenamiento —dijo él, apoyando la frente contra la de ella—. Pero valió cada maldito segundo.
—Ve a dormir, goleador —respondió Sofía con una sonrisa—. Tienes un Mundial que ganar.
Kevin la besó una última vez antes de secarse y vestirse. Salió de la suite con la misma cautela con la que había entrado, pero con una sonrisa de suficiencia que no le quitaría nadie. Sofía regresó a la cama, se acomodó junto a una Emiliana que roncaba suavemente y cerró los ojos, sabiendo que, a pesar del caos y las interrupciones, su familia era el equipo más imparable del torneo.