Amorosos
Termodinámica de la desesperación
Los dedos de Peter, dotados de esa adherencia microcelular capaz de sostenerlo colgado de un rascacielos en medio de una tormenta, se cerraron sobre las caderas de Johnny con la firmeza implacable de dos prensas hidráulicas.
A través del tejido de moléculas inestables del uniforme de los Cuatro Fantásticos, Johnny sintió el peso, la fuerza descomunal y la abrasadora temperatura que despedía el cuerpo de su amigo. Peter estaba completamente fuera de sí. Su respiración, entrecortada y caliente, se estrellaba directamente contra la parte delantera de los muslos de Johnny, empapando la tela con una humedad que hizo que al rubio se le erizara hasta el último vello del cuerpo.
—¡Reed! ¡Reed, por todos los santos del universo cuántico, estira tus malditas extremidades y quítamelo de encima! —chilló Johnny, con la voz alcanzando un tono agudo que no utilizaba desde la pubertad.
Sus manos, indecisas, revoloteaban frenéticamente sobre la cabeza castaña de Peter. Quería empujarlo, quería agarrarlo por los hombros y lanzarlo al otro lado del laboratorio, pero cada vez que sus palmas rozaban la tela del traje arácnido, sentía la violencia del pulso de Peter desbocado, el calor monstruoso de su fiebre devorándolo por dentro. Si encendía su fuego por completo para apartarlo, corría el riesgo de causarle quemaduras de tercer grado o un choque letal a un sistema inmunológico ya colapsado.
—No puedo interferir físicamente de manera brusca, Johnny —respondió Reed con exasperante calma analítica, ajustando las gafas sobre su nariz mientras sus ojos iban y venían entre tres pantallas holográficas flotantes—. El contacto dérmico-muscular está funcionando como un disipador de carga. Las lecturas acaban de subir al ochenta y dos por ciento. Si lo separo con fuerza, la interrupción abrupta del flujo termodinámico podría provocarle una fibrilación ventricular.
—¡¿Y qué sugieres que haga?! —bramó Johnny, sintiendo que la sangre se le acumulaba en la cara con tanta violencia que sus ojos ardían—. ¡Me está mordisqueando la bragueta, Reed! ¡Está usando sus colmillos imaginarios en mi cremallera!
Peter dejó escapar un quejido gutural, un murmullo espeso y desesperado que vibró contra la pelvis de Johnny. En su mente afiebrada, nublada por vapores multicolores y una sed devoradora de energía, Johnny no era su compañero de bromas ni el chico arrogante con el que compartía pizzas en las azoteas; era un sol viviente. Era el único horno capaz de saciar el vacío helado que el compuesto químico había excavado en su pecho.
Con una insistencia casi feral, Peter apoyó las rodillas con más firmeza en el suelo, abriéndose paso entre las piernas de Johnny. Sus manos subieron resueltamente desde las caderas hasta la cintura, y sus dedos hábiles encontraron el reborde elástico del uniforme de los Cuatro Fantásticos. Tiró hacia abajo con fuerza ciega.
El sonido seco del material tensándose al límite resonó como un disparo en el laboratorio.
—¡Oye, oye, oye! ¡Esa tela cuesta más que tu apartamento, Parker! —gritó Johnny en pánico puro, arqueando la espalda hacia atrás en un intento desesperado por alejar su cuerpo, solo para chocar pesadamente contra el borde de metal de la mesa quirúrgica.
Estaba acorralado. No había escapatoria.
Peter levantó el rostro por una fracción de segundo. La máscara, enrollada hasta el puente de la nariz, dejaba al descubierto su piel bañada en sudor, las mejillas encendidas con un rubor febril idéntico al de Johnny y esos labios carnosos, entreabiertos y brillantes por la saliva del beso anterior. Sus ojos color avellana, inmensos y desenfocados como los de un cervatillo asustado, miraron a Johnny con una necesidad tan obscena, cruda y desarmante que al rubio se le secó la boca de golpe.
—Johnny... —balbuceó Peter, con la voz pastosa, un quejido suplicante que sonó casi como un lamento infantil—. Johnny, quema... dame... necesito...
—Spidey, no, para, escúchame bien, cerebro de telaraña...
Peter no escuchó. Ignoró cualquier intento de raciocinio y bajó la cabeza de nuevo. Abrió la boca y presionó sus labios directamente sobre el abultamiento del traje de Johnny.
El choque térmico fue tan devastador que la Antorcha Humana emitió un gemido estrangulado, cerrando los ojos con fuerza mientras sus dedos se clavaban en los bordes de la mesa metálica, abollándola como si fuera papel de aluminio. Peter no solo estaba buscando calor de manera pasiva; estaba succionando el aire a través de la tela, buscando desesperadamente la piel con una devoción hambrienta, moviendo la cabeza con un ritmo urgente y errático que amenazaba con destruir la poca cordura que a Johnny le quedaba en el cerebro.
—¡Madre de Dios! —exclamó Sue, llevándose ambas manos a las mejillas. Su expresión oscilaba violentamente entre la mortificación más absoluta y una risa histérica que apenas lograba contener—. ¡Reed, por favor, haz algo, esto es... es completamente inapropiado!
—Es un proceso bioquímico involuntario, Susan —replicó Reed sin inmutarse, aunque una gota de sudor frío comenzaba a resbalar por su sien al presenciar el espectáculo—. El hipotálamo del sujeto ha entrado en un estado de supervivencia primitiva. Los vasos sanguíneos periféricos de Johnny están transfiriendo plasma térmico mediante radiación por conducción directa. ¡El analizador ya va por el ochenta y nueve por ciento!
—¡Me importa un comino la conducción directa! —rugió Johnny, con la respiración completamente rota. El calor que sentía en ese momento no tenía nada que ver con sus poderes de fuego cósmico. Era un calor terrenal, sucio, íntimo y absolutamente demoledor. Peter estaba gimiendo contra su entrepierna, sus manos aferradas a los glúteos de Johnny con fuerza arácnida, anclándolo a su boca con una devoción ciega—. ¡Reed, juro por Dios que si no detienes esto voy a derretir este laboratorio con nosotros adentro! ¡Está... está a punto de atravesar la tela con los dientes!
Peter tiró nuevamente del borde del pantalón, esta vez logrando deslizar la pretina unos centímetros hacia abajo. Una ráfaga de aire tibio golpeó la piel expuesta de la pelvis de Johnny, e inmediatamente los labios ardientes de Peter se deslizaron hacia el vello dorado y la piel desnuda de su cadera, lamiendo la humedad de su piel con un suspiro de alivio tan profundo que pareció un estertor de muerte.
—¡Aaaaah! ¡No, no, no! —aulló Johnny.
El cuerpo de Johnny, traicionero como cualquier cuerpo biológico sometido a un estímulo semejante, comenzó a reaccionar. Una oleada de vergüenza y pánico aún más densa lo invadió al notar la incipiente tirantez en sus pantalones. Si Peter continuaba con esa embestida febril, Johnny no solo perdería su dignidad frente a su hermana mayor y su cuñado; perdería cualquier capacidad de mirar a Peter Parker a los ojos durante el resto de su vida mortal.
—¡Basta, se acabó! —dijo Johnny, tomando una decisión desesperada.
Si lo que el maldito arácnido necesitaba era calor masivo, concentrado y sin rechazo emocional para que la estúpida máquina completara el análisis, Johnny se lo daría, pero en sus propios términos. Jamás permitiría que su mejor amigo le practicara sexo oral involuntario a los pies de Reed Richards.
Con un gruñido gutural de esfuerzo, Johnny ignoró el protocolo de seguridad y encendió una fracción calculada de sus poderes en la parte superior de su cuerpo. No una llamarada destructiva, sino un resplandor dorado, una onda de calor suave y sofocante similar a la de un radiador a máxima potencia.
Acto seguido, Johnny deslizó sus manos por debajo de las axilas de Peter. Tiró hacia arriba con toda la potencia de sus músculos entrenados, obligando al castaño a levantarse del suelo metálico. Peter protestó con un gemido frustrado, pataleando levemente, buscando desesperadamente regresar a la fuente de calor que acababa de perder.
—¡Mírame a mí, idiota! —le ordenó Johnny, clavando sus ojos azurolímpicos en la mirada perdida de Peter.
Peter parpadeó, desorientado por la repentina pérdida de contacto. Las lágrimas de frustración y dolor comenzaban a desbordarse por sus ojos color avellana, haciéndolo lucir tan jodidamente indefenso y roto que el enojo de Johnny se evaporó, dejando solo un nudo apretado en el estómago.
—¿Querías calor? —masculló Johnny, rojo hasta las puntas de las orejas, con la respiración agitada—. Toma tu maldito calor.
Sin darle tiempo a procesar nada, Johnny atrajo a Peter violentamente hacia su pecho. Rodeó la cintura del chico con ambos brazos, pegándolo a su propio cuerpo con tanta fuerza que sus costillas crujieron levemente. Luego, con una mano enredada en los cabellos castaños y empapados de sudor de la nuca de Peter, Johnny inclinó la cabeza y volvió a estampar sus labios contra los de su amigo.
Sue ahogó un grito de asombro. Reed se detuvo a medio teclear, con las cejas alzadas hasta la línea del cabello.
A diferencia del primer asalto, esta vez Johnny no se quedó quieto como una estatua. Abrió la boca deliberadamente, recibiendo la lengua ardiente de Peter y envolviéndola con la suya en un choque abrasador de saliva, jadeos y temperatura concentrada.
Peter dejó escapar un gemido ahogado en el fondo de su garganta, pero esta vez no sonó a agonía, sino a una rendición absoluta. Sus brazos se dispararon hacia arriba, envolviendo el cuello de Johnny, entrelazando sus dedos detrás de su nuca como si le fuera la vida en ello. El cuerpo de Peter se amoldó al de Johnny con una precisión sobrehumana, temblando violentamente mientras absorbía la ola térmica que el rubio canalizaba hacia su boca y su pecho.
Johnny cerró los ojos con fuerza, tratando de no pensar en lo jodidamente bien que se sentía el peso atlético de Peter contra el suyo, en lo suaves que eran sus labios a pesar de la sequedad de la fiebre, o en cómo Peter gemía directamente dentro de su boca cada vez que Johnny apretaba el abrazo. Era su mejor amigo. Era el tipo con el que se arrojaba bolas de nieve en invierno. Y ahora mismo se lo estaba devorando como si fuera el último vaso de agua en el desierto.
En la consola, las barras de lectura comenzaron a parpadear a una velocidad vertiginosa.
Noventa y tres por ciento.
Noventa y seis.
Noventa y nueve.
Un pitido agudo, limpio y triunfal resonó por los altavoces del laboratorio.
—¡Cien por ciento! —anunció Reed en voz alta, rompiendo el trance espeso que envolvía la habitación—. ¡Compatibilidad completada! El secuenciador ha sintetizado el agente neutralizador.
A espaldas de Reed, el sintetizador cuántico expulsó una jeringa presurizada con un líquido de un color verde translúcido. Sue, recuperando el control de la situación con la velocidad de una madre curtida en mil batallas interdimensionales, atrapó la jeringa en el aire con un pequeño campo de fuerza y avanzó hacia ellos a paso firme.
—¡Johnny, sostenlo quieto un segundo más! —advirtió Sue.
Johnny, aún con la boca pegada a la de Peter y la mente en una nebulosa espesa de confusión sensorial, apretó su agarre alrededor de los omóplatos del castaño. Peter estaba completamente entregado al beso, jadeando contra sus labios, frotando su pecho sudoroso contra el uniforme de Johnny con una cadencia desesperada y ciega.
Sue se acercó por el costado, deslizó la aguja del inyector neumático directamente en la base del cuello de Peter y presionó el gatillo.
Un chasquido sibilante de aire comprimido rompió el laboratorio.
El efecto fue casi instantáneo.
El cuerpo de Peter se tensó violentamente, arqueando la espalda mientras un estremecimiento largo y profundo le recorría la columna vertebral. Johnny sintió cómo la fiebre abrasadora que irradiaba de la piel del chico comenzaba a disiparse a una velocidad asombrosa, reemplazada por un sudor frío y curativo.
Los labios de Peter aflojaron la presión sobre los de Johnny. Su agarre alrededor del cuello del rubio perdió toda su fuerza titánica, convirtiéndose en un abrazo débil y tembloroso. Peter separó la boca lentamente, dejando escapar un hilo fino de saliva y un suspiro exhausto que rozó la mejilla enrojecida de Johnny.
—¿J... Johnny...? —susurró Peter con un hilo de voz apenas perceptible. Sus ojos avellana, que por fin recuperaban una pizca de claridad y enfoque, parpadearon pesadamente—. ¿Por qué... huele a... a quemado?
Antes de que Johnny pudiera articular una sola palabra, los párpados de Peter cayeron derrotados por el agotamiento metabólico. El chico colapsó hacia adelante, dejando caer todo su peso muerto sobre el hombro de Johnny, inconsciente pero respirando con un ritmo suave, acompasado y regular.
Johnny se quedó allí, de pie en mitad del laboratorio, jadeando como si hubiera corrido un maratón, sosteniendo al héroe arácnido en brazos mientras sus propios pantalones seguían vergonzosamente bajos en las caderas.
El silencio que cayó sobre la sala fue tan pesado que se podía escuchar el goteo de una llave de agua al otro lado del pasillo.
Johnny levantó la cabeza muy despacio, con el rostro brillando de sudor y una expresión que mezclaba el shock postraumático con el deseo ferviente de que un meteorito atravesara el techo y lo aniquilara en ese preciso instante. Miró a Sue. Miró a Reed.
Reed tenía los brazos cruzados detrás de la espalda y contemplaba la escena con la misma fascinación científica con la que examinaría una muestra de roca lunar.
—Un resultado extraordinario —dijo Reed, asintiendo para sí mismo—. La tasa de absorción mucosa combinada con la vasodilatación inducida por el estímulo térmico aceleró la metabolización del 4-Theta en un cuatrocientos por ciento. Un método ciertamente heterodoxo, Johnny, pero innegablemente eficaz.
Johnny parpadeó, incrédulo.
—Reed... —dijo Johnny, con una voz peligrosamente baja y ronca—. Si vuelves a usar la palabra «mucosa» en mi presencia hoy, voy a arrojarte por la ventana del piso ochenta.
Sue, por su parte, se mordía el labio inferior con tanta fuerza que comenzaba a ponerse blanco, haciendo un esfuerzo sobrehumano por no estallar en una carcajada que resonara por todo Manhattan. Dio un paso adelante, recogió la máscara de Peter que aún colgaba del cuello del chico y le palmeó el hombro a su hermano con fingida solemnidad maternal.
—Estuviste muy valiente, Johnny —dijo ella, con un temblor inocultable de risa en la voz—. Realmente... te pusiste la camiseta por el equipo. Y un poco más.
—¡Cállate, Sue! —chilló Johnny, subiéndose la pretina del pantalón con una sola mano mientras con la otra sostenía torpemente a Peter contra su pecho—. ¡Ni una sola palabra de esto a nadie! ¡A nadie, me oyeron! ¡Especialmente a Ben! Si la Mole se entera de esto, me mudaré a la luna.
—No creo que Peter recuerde mucho de lo ocurrido durante la fase de delirio químico —añadió Reed, tecleando con indiferencia para archivar el informe médico—. Su memoria a corto plazo suele quedar temporalmente suprimida tras un choque endotérmico severo. Probablemente despertará con una ligera jaqueca y pensará que simplemente se desmayó tras la exposición.
Johnny bajó la mirada hacia el rostro dormido de Peter. Apoyado contra su pecho, con los labios todavía ligeramente hinchados y el ceño relajado en un sueño profundo y reparador, Peter Parker parecía la criatura más inocente e inofensiva del planeta Tierra; no el monstruo salvaje que hacía apenas tres minutos había intentado desvestirlo con los dientes frente a su familia.
Johnny dejó escapar un suspiro largo, derrotado y tembloroso. Con un cuidado infinito que jamás admitiría en voz alta, acomodó a Peter en la camilla médica, subiéndole la máscara de nuevo sobre el rostro para proteger su identidad y arropándolo con la sábana esterilizada.
Luego, Johnny se pasó ambas manos por el cabello rubio revuelto, todavía sintiendo el fantasma ardiente de la boca de Peter sobre la suya, y miró al techo del Edificio Baxter como si le pidiera explicaciones al destino.
—Dios mío —murmuró Johnny para sí mismo, con las mejillas ardiendo bajo la tela de su propio traje—. La próxima vez que Reed me pida vigilar un experimento, juro que voy a invitar a los Vengadores.