Amorosos
Punto de fusión crítica
Johnny calculó mal. Ese fue su primer y más catastrófico error. Creyó que unos reflejos humanos normales, combinados con la arrogancia natural de un tipo que podía volar más rápido que el sonido, serían suficientes para mantener a raya a un arácnido motivado por un instinto biológico de pura supervivencia.
Pero Peter Parker no era un ser humano normal. Aún sumido en una nebulosa de delirio febril, su sentido arácnido y su agilidad sobrehumana operaban a la velocidad del rayo.
Cuando Johnny intentó dar un paso atrás y empujar los hombros de Peter con ambas manos para ganar distancia, el castaño se movió como un relámpago. Con un siseo bajo y gutural en el fondo de la garganta, Peter esquivó el empujón ladeando el torso, deslizó sus brazos como serpientes alrededor de los muslos de Johnny y, con un tirón brutal e implacable, le bajó tanto los pantalones del uniforme de moléculas inestables como la ropa interior de un solo golpe certero.
El aire frío y esterilizado del laboratorio golpeó la piel desnuda de la entrepierna de Johnny, pero la sensación duró una milésima de segundo.
Antes de que Johnny pudiera emitir un solo grito de advertencia, antes de que su cerebro terminara de procesar que sus partes íntimas acababan de quedar completamente expuestas ante su hermana y su cuñado, la boca de Peter se abrió de par en par y lo engulló sin la más mínima vacilación.
—¡¡Haaaah!! —El grito se le desgarró a Johnny en la garganta, agudo, estrangulado y ahogado en el aire caliente.
La cabeza del rubio se estrelló hacia atrás contra el cristal templado de una pantalla holográfica. Sus ojos se abrieron como platos, la visión nublándose de inmediato por un estallido de sensaciones tan intensas que le cortaron el suministro de oxígeno.
Peter no estaba jugando. No había timidez, ni la torpeza virginal que el chico solía proyectar en su vida cotidiana. Sus labios ardientes, lubricados por la saliva de aquel beso desesperado, envolvieron el miembro de Johnny por completo. La punta de su lengua, áspera y caliente como una brasa, trazó un círculo febril alrededor de la hendidura antes de que el castaño apretara las mejillas y succionara hacia adentro con una fuerza casi violenta, desesperado por absorber cada partícula de radiación térmica concentrada en la carne viva de su amigo.
—¡P-Peter! ¡Suelta! ¡Por el amor de... suelta eso, maldito loco! —bramó Johnny con la voz rota por el pánico, las mejillas tiñéndose de un escarlata tan vivo que parecía a punto de sangrar.
Sus manos se dispararon hacia abajo, clavando los dedos entre los mechones castaños de Peter. Empujó con todas sus fuerzas, intentando arrancar la cabeza del arácnido de su entrepierna, pero los dedos de Peter estaban incrustados en la parte trasera de sus muslos con la adherencia pegajosa de sus poderes. Era como intentar levantar un ancla de diez toneladas con las manos desnudas.
Peter emitió un gemido sordo, espeso y vibrante alrededor del miembro de Johnny. Sus ojos color avellana, gigantescos y brillantes por las lágrimas que la fiebre y la asfixia voluntaria le arrancaban, miraban fijamente hacia arriba a través de las pestañas húmedas. Estaba devorándolo con la misma entrega ciega con la que un hombre al borde de morir congelado se arrojaría a una fogata.
—¡Reed! —chilló Sue, retrocediendo dos pasos con las manos cubriéndose la boca, dividida entre un pudor atroz y el escándalo de ver a su hermano menor sometido de semejante manera—. ¡Reed, haz algo, esto es... es una aberración, detenlo ya!
Reed, sin embargo, no apartó los ojos de las consolas flotantes. Un repiqueteo furioso de datos verdes y dorados iluminó el rostro impasible del científico.
—¡Increíble! —exclamó Reed con un tono de genuino asombro académico, señalando una gráfica que crecía de manera exponencial—. La absorción dérmica en la zona urogenital está optimizando la transferencia energética en un setecientos por ciento. El compuesto 4-Theta está interactuando directamente con las células endoteliales. ¡Johnny, los resultados del antídoto están saliendo otra vez, pero con una precisión diez veces superior!
—¡¿Me estás jodiendo, Reed?! —rugió Johnny, que ya no sabía si gritar de rabia, de terror o de puro placer involuntario—. ¡Me está chupando la polla! ¡Tiene toda mi verga en la garganta, Reed! ¡Quítamelo de encima antes de que lo calcine vivo!
—¡Si lo quemas, colapsará su sistema inmune! —le advirtió Reed con firmeza clínica—. Déjalo que continúe unos segundos más. Si el flujo se interrumpe ahora, la toxina se alojará permanentemente en su tronco encefálico. ¡Aguanta, Johnny!
—¡¿Que aguante qué?! ¡No puedo... no puedo...!
Peter tragó saliva de golpe, y con ese movimiento, su garganta se apretó de manera asfixiante alrededor del glande de Johnny. El arácnido movió la cabeza hacia adelante, tragándose dos tercios de la longitud erecta de un solo empuje fluido, emitiendo un sonido húmedo y entrecortado mientras su nariz se aplastaba contra el vello púbico dorado de la Antorcha. El calor que Peter irradiaba no era natural; era una caldera que parecía quemar la piel de Johnny desde adentro hacia afuera, despertando en su propio cuerpo una respuesta biológica traicionera, abrumadora e imposible de frenar.
El miembro de Johnny latió con fuerza dentro de la boca de Peter, engrosándose aún más. Johnny apretó los dientes, soltando un quejido ronco que resonó por todo el laboratorio. La vergüenza era tanta que sentía que su piel se derretiría por combustión espontánea, pero la sensación de la lengua de Peter bailando sobre su frenillo, combinada con la presión desesperada de sus labios, era un castigo celestial.
En ese preciso y catastrófico instante, las puertas blindadas del elevador principal se abrieron con un chirrido metálico.
—Oigan, cabezas huecas, la panadería de la esquina ya no tenía bagels de canela, así que traje esos pasteles que tanto le gustan a la señora...
Ben Grimm se quedó congelado a medio paso.
En sus enormes manos de roca anaranjada sostenía dos cajas de cartón atadas con cuerda blanca. Sus ojos azules, pequeños y enterrados bajo pesadas cejas de piedra, recorrieron la escena con una lentitud trágica: Sue Storm con la cara roja como un tomate mirando hacia el techo; Reed Richards tecleando entusiasmado frente a tres pantallas holográficas; y en el centro del laboratorio, Johnny Storm, con los pantalones a las rodillas, arqueando la espalda contra una mesa de operaciones mientras Spider-Man, arrodillado entre sus piernas desnudas, le devoraba la entrepierna con una devoción casi religiosa.
El silencio que siguió a la entrada de Ben fue tan espeso que se podía cortar con un bisturí láser.
Una de las cajas de pasteles resbaló de los dedos rocosos de Ben y se estrelló contra el suelo, derramando crema pastelera sobre el linóleo pulido.
—Pero qué... en el bendito nombre de la tía Petunia... —balbuceó Ben, abriendo la boca tanto que parecía a punto de dislocarse la mandíbula—. ¿Qué demonios están viendo mis ojos de piedra?
—¡Ben, no mires! —chilló Sue, agitando las manos en el aire como si pudiera borrar la realidad con un gesto.
—¡Es un procedimiento médico! —gritó Reed sin pestañear, señalando las gráficas con un dedo largo y elástico—. ¡El sujeto requiere disipación calórica mucosa directa!
—¡¿Procedimiento médico?! ¡Le está puliendo el cohete al cerilla en mitad de la sala de urgencias! —rugió la Mole, dando un paso atrás con una mezcla de horror cómico y desconcierto absoluto—. ¡Santo cielo, Johnny, sabía que ustedes dos eran unidos, pero esto es pasarse de la raya!
—¡Cierra el pico, Ben! ¡Reed, te juro que te voy a matar! —aulló Johnny.
Johnny sentía que la cabeza le iba a estallar. La mortificación era tan destructiva que sus poderes comenzaron a descontrolarse; pequeñas chispas doradas comenzaron a brotar de sus hombros y de sus clavículas, chasqueando en el aire como fuegos artificiales diminutos. El calor ambiental en la habitación subió de golpe cinco grados.
Y abajo, Peter reaccionó al fuego.
Lejos de asustarse por las chispas que quemaban las puntas de su cabello castaño, Peter abrió los ojos avellana con un destello de pura avidez. Percibió el aumento térmico y su instinto lo empujó al límite: sus manos se apretaron con más fuerza en los glúteos de Johnny, clavando las uñas a través de la tela del uniforme, y hundió la cabeza con una violencia repentina, tomando el miembro entero de Johnny hasta el fondo de su garganta.
Johnny sintió la pared muscular del esófago de Peter cerrarse herméticamente sobre la cabeza de su pene.
Un espasmo incontrolable sacudió la columna vertebral del rubio.
—¡Aaaagh! —gimió Johnny, echando la cabeza hacia atrás, con la garganta expuesta y las venas de su cuello marcándose como cuerdas tensas.
El límite se había roto. La vergüenza, el shock, la mirada atónita de Ben y la presión insoportable de Reed colapsaron dentro del cerebro de Johnny Storm, transformándose en una llamarada de pulsión ciega, primaria y furiosa. Su cuerpo no aguantaba más el tormento de ser un objeto pasivo. Si iba a morir de humillación, al menos tomaría el control del maldito desastre.
—Al diablo... al diablo con todo —gruñó Johnny con una voz que ya no parecía humana, sino un rugido bajo y ahumado.
En lugar de empujar a Peter para alejarlo, Johnny cambió el agarre. Sus dedos enguantados se enredaron con fuerza posesiva y despiadada en la maraña de cabello castaño y sudoroso de su amigo. Apretó el puño, inmovilizando la cabeza de Peter contra su pelvis, y con una mirada cargada de furia, lujuria reprimida y una vergüenza desbordante, Johnny clavó los talones en el suelo y embistió hacia adelante.
—¡Johnny, cuidado con su laringe! —advirtió Reed, aunque sus ojos continuaban fascinados por los números que ascendían a una velocidad vertiginosa en el monitor: *ochenta y siete por ciento... noventa y uno por ciento...*
A Johnny no le importó la advertencia de Reed. Ya no le importaba nada en este universo ni en las dimensiones adyacentes.
Sus caderas se movieron con un ritmo frenético y dominante, empujando con fuerza dentro de la boca de Peter, forzando la entrada en su garganta una y otra vez con una cadencia brutal y constante. El sonido que llenó el laboratorio fue obsceno, húmedo y desgarrador: el chasquido rítmico de la carne chocando contra la carne, la saliva rebosando los labios de Peter y goteando por su barbilla expuesta, y los quejidos ahogados que el castaño emitía cada vez que la punta de Johnny golpeaba el fondo de su garganta.
—¡Maldición, Peter! —bramaba Johnny entre dientes, embistiendo sin piedad, sintiendo el calor abrasador de la boca del arácnido devorándolo vivo—. ¡Querías esto, ¿no?! ¡Toma... trágatelo todo, pedazo de idiota!
Peter no intentó apartarse. Al contrario: sus ojos desorbitados se cerraron con fuerza mientras las lágrimas rodaban libres por sus mejillas empapadas en sudor, pero sus manos continuaban aferradas con una fuerza descomunal a los muslos de Johnny, empujándolo hacia sí mismo, recibiendo cada embestida despiadada con un estremecimiento de puro éxtasis químico. El cuerpo de Peter vibraba, metabolizando a toda marcha la sobredosis térmica que Johnny le bombeaba directamente en el cuerpo a través de cada roce, cada embestida y cada contacto carnal.
Ben se llevó las manos a la cara de roca, tapándose los ojos con dedos del tamaño de ladrillos.
—¡Por todos los demonios de Brooklyn! ¡Me voy a quedar ciego! ¡Voy a necesitar terapia cuántica para borrar esto de mis recuerdos! —chilló el gigante rocoso, dándose la vuelta torpemente hacia la salida pero tropezando con sus propios pies.
—¡Noventa y seis por ciento! —anunció Reed, cuya voz temblaba levemente por primera vez, no por pudor, sino por la violencia del fenómeno termodinámico que se desarrollaba ante él—. ¡Johnny, no te detengas! ¡La transferencia está llegando al punto de saturación máxima!
—¡Cállate... cállate, Reed! —jadeó Johnny, con la respiración entrecortada y los ojos encendidos con pequeñas llamas reales bailando en sus pupilas azules—. ¡Peter... joder, Peter, voy a... voy a terminar!
El ritmo de Johnny se volvió errático, salvaje. Sujetó el cráneo de Peter con ambas manos, tirando del chico hacia arriba mientras él empujaba sus caderas hacia adelante con una última embestida profunda que enterró su longitud por completo en la garganta del arácnido.
El cuerpo de Johnny se arqueó en una línea tensa como un arco a punto de romperse. Una corona de fuego blanco estalló espontáneamente alrededor de sus hombros y su espalda, iluminando las paredes del laboratorio con un resplandor celestial y cegador.
Con un aullido gutural que rebotó contra los cristales blindados, Johnny se corrió.
La descarga fue masiva, impulsada por la energía cósmica de sus células y la intensidad del clímax más vergonzoso y demoledor de su existencia. Oleada tras oleada de calor líquido y espeso inundó la garganta de Peter.
Peter tragó. En su trance febril, sus músculos esofágicos se contrajeron con avidez, tragándose cada gota del fluido ardiente como si fuera el elixir de la vida misma, cerrando los labios con fuerza alrededor de la base del miembro de Johnny mientras un largo y tembloroso gemido de alivio vibraba en su pecho.
En el mismo microsegundo en que el último pulso de Johnny se extinguía, un sonido estridente y limpio resonó en los altavoces de la consola médica.
*Análisis completado al 100%. Secuencia de síntesis finalizada con éxito.*
El extractor automático liberó una nube de vapor frío.
La aguja de neutralización insertada previamente en el cuello de Peter descargó una dosis concentrada del compuesto estabilizador directamente en su torrente sanguíneo.
El efecto fue fulminante.
La fiebre monstruosa que consumía a Peter se apagó en una fracción de segundo, como si alguien hubiera arrojado un balde de agua helada sobre un montón de cenizas. El rubor violento de sus mejillas desapareció, reemplazado por su tono de piel habitual, salpicado de pecas claras. La tensión sobrehumana que mantenía rígidos sus músculos se disolvió por completo.
Los labios de Peter se aflojaron, deslizándose hacia afuera del miembro de Johnny con un suave chasquido húmedo. Un hilo espeso de saliva mezclada con semen resbaló por su barbilla y goteó sobre el cuello de su traje arácnido.
Peter parpadeó. Sus ojos color avellana, de pronto completamente lúcidos, limpios y asombrosamente despejados como los de un ciervo que despierta de una siesta bajo un roble, miraron fijamente hacia adelante.
Tardó tres segundos en procesar la escena.
Primero, notó el sabor salado, espeso y abrasador que le llenaba la boca y le bajaba por la garganta.
Segundo, sintió la textura de la piel caliente y palpitante que acababa de abandonar sus labios.
Tercero, levantó la mirada y se encontró con los ojos azules de Johnny Storm, quien lo miraba desde arriba con el rostro empapado en sudor, la cabeza envuelta en un fuego agonizante de pura vergüenza y los pantalones a la altura de las rodillas.
Y finalmente, Peter giró lentamente la cabeza hacia un lado.
Allí estaban Sue Storm, mirando una esquina de la habitación con los brazos cruzados y una mano sobre los ojos; Reed Richards, ajustándose las gafas con una expresión de triunfo científico; y Ben Grimm, de espaldas a ellos, murmurando oraciones en idish mientras contemplaba una caja de pasteles destrozada en el suelo.
El silencio que cayó sobre la sala fue tan absoluto que el zumbido de los servidores pareció el rugido de un avión a reacción.
Peter bajó la mirada hacia su propia mano enguantada, que todavía descansaba inocentemente sobre la parte interna del muslo desnudo de Johnny.
Luego, miró la entrepierna de su mejor amigo, brillante y humedecida.
La sangre abandonó el rostro de Peter Parker con tanta velocidad que pareció a punto de desmayarse de nuevo, solo para regresar un milisegundo después en una ola de rubor tan cataclísmica que tiñó sus mejillas, sus orejas y su cuello de un rojo más brillante que su propio traje de superhéroe.
Peter abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Se atragantó con el residuo cálido que aún reposaba sobre su lengua, tosió secamente, se tapó la boca con el dorso del guante y miró a Johnny con un terror existencial que ni el mismísimo Thanos habría sido capaz de provocarle.
—J... Johnny... —susurró Peter, con la voz completamente ronca y raspada.
Johnny, inmóvil como una estatua de sal, con la respiración todavía agitada y las llamas de sus hombros extinguiéndose en una triste columna de humo negro, bajó la vista hacia él.
—Parker —dijo Johnny, con un tono peligrosamente plano, carente de cualquier emoción humana—. Sube tu máscara. Ahora mismo.
Peter obedeció con la velocidad de la luz. Se bajó la tela roja sobre la cara de un tirón desesperado, ocultando su rostro del universo entero, y luego se hizo un ovillo en el suelo metálico, cubriéndose la cabeza con ambos brazos en posición fetal.
—Quiero morir —gimió la voz amortiguada de Peter desde el piso—. Por favor, Reed... abre una brecha a la Zona Negativa y tírame adentro. No me rescaten. Déjenme allí para siempre.
Reed dio media vuelta desde la consola, con una carpeta digital en la mano y una sonrisa de satisfacción profesional que solo empeoraba la situación de manera astronómica.
—No seas melodramático, Peter —dijo Reed con serenidad—. Tus constantes vitales son impecables. La absorción oral del plasma térmico de Johnny ha neutralizado la toxina de manera definitiva. En términos estrictamente médicos, fue un éxito rotundo.
—Voy a saltar del puente de Brooklyn —sollozó Spider-Man contra el suelo.
—Te acompaño, cerebro de telaraña —murmuró Johnny, subiéndose los pantalones con movimientos rígidos y mecánicos, antes de recargarse contra la pared y deslizarse lentamente hacia el suelo, cubriéndose la cara con ambas manos—. Te juro por Dios que te acompaño.
Ben Grimm suspiró pesadamente, negó con su enorme cabeza de piedra y avanzó con paso firme hacia la salida del laboratorio sin mirar atrás ni una sola vez.
—Me voy a mi habitación —anunció Ben con voz cavernosa—. Y si alguno de ustedes dos maricas con mallas se acerca a mi pastrami esta noche, le juro a Dios que voy a llamar a los Vengadores para que les hagan una intervención.
La puerta del laboratorio se cerró con un chasquido neumático, dejando a los dos héroes tirados en el suelo, separados por medio metro de distancia, unidos por el silencio más incómodo y radioactivo que la ciudad de Nueva York jamás presenciaría.