Amorosos
Ecos de combustión interna
El olor a antiséptico y a ozono flotaba en el laboratorio, pero no lograba enmascarar del todo la tensión espesa que había quedado grabada en cada rincón del Edificio Baxter.
Reed había sido inflexible, con esa fría practicidad que a veces rayaba en la crueldad involuntaria. Les había ordenado a ambos limpiarse y cambiarse de ropa de inmediato. Johnny se había encerrado en su baño privado durante casi una hora bajo un chorro de agua hirviendo, frotándose la piel con una esponja áspera hasta dejarla en carne viva, intentando inútilmente borrar la sensación abrasadora de la boca de Peter y el recuerdo nítido del rostro de Ben al entrar. Por su parte, Peter había recibido un juego de ropa de repuesto: un pijama ridículamente holgado con el casco de Iron Man estampado repetidamente sobre la tela de franela, cortesía de un viejo regalo de broma que Tony Stark le había enviado a Reed en Navidad.
El plan inicial era dejar marchar al arácnido, pero los escáneres no mentían. Pese al alivio del primer colapso, el compuesto 4-Theta no había sido erradicado del todo; pequeñas trazas moleculares permanecían enquistadas en la singular estructura celular de Peter, amenazando con reactivarse ante cualquier alteración de su metabolismo arácnido. Reed decretó cuarentena médica en la camilla de contención hasta que la última partícula fuera purgada.
La noche cayó pesada sobre la ciudad de Nueva York. Las luces del laboratorio se atenuaron a un azul tenue y somnoliento, roto únicamente por el suave latido de los monitores de constantes vitales.
Eran las tres y diecisiete de la madrugada cuando una alarma aguda y persistente resonó en los aposentos privados del líder de los Cuatro Fantásticos.
Reed se incorporó en la cama con la agilidad de un resorte, examinando el pad holográfico flotante en su mesilla. La temperatura del sujeto arácnido estaba escalando en una curva casi vertical: cuarenta y un grados y medio, con picos repentinos de presión arterial y una aceleración anómala de los pulsos electromagnéticos en su corteza cerebral. La recaída era agresiva.
Sin pensarlo dos veces, Reed activó el comunicador interno, enlazando la frecuencia del dormitorio de Johnny.
—¿Qué? —respondió la voz rasposa, cargada de sueño y hostilidad de la Antorcha Humana al tercer tono—. Reed, más te vale que el edificio se esté derrumbando o que Galactus esté masticando Central Park.
—Johnny, tenemos una emergencia médica en el laboratorio secundario —dijo Reed con voz monocorde y apresurada—. El 4-Theta está sufriendo un rebote catalítico. La temperatura basal de Peter ha superado los cuarenta y un grados. Necesito que bajes inmediatamente para estabilizar su flujo termodinámico.
Al otro lado de la línea se hizo un silencio tan denso que casi se podía escuchar el rechinar de dientes de Johnny.
—No.
—Johnny, no es una petición social, es una necesidad fisiológica —insistió Reed, saliendo de su habitación y caminando a paso rápido por los pasillos oscuros—. Los datos demuestran que tu firma térmica es el único catalizador compatible para evitar que sus sinapsis se quemen.
—¡He dicho que no, Reed! —rugió Johnny, levantando la voz hasta rasgar el comunicador—. ¡No voy a volver a pasar por eso! ¡Casi pierdo el alma en esa camilla! Mételo en una tina con hielo, inyéctale nitrógeno líquido, ¡haz lo que sea! Pero no voy a bajar a servirle de chupete a un hombre araña con sobredosis. ¡Búscate otra solución!
La comunicación se cortó con un chasquido seco. Johnny había apagado el intercomunicador.
Reed suspiró, ajustándose la bata de laboratorio, y aceleró el paso. Llegó a las puertas herméticas del área médica y presionó el panel de acceso. Las hojas de aleación de titanio se deslizaron hacia los lados con un siseo neumático, y lo que encontró dentro le heló la sangre más que cualquier amenaza alienígena.
El calor en el laboratorio era sofocante, comparable al aire denso de un invernadero en pleno verano tropical. Peter ya no estaba sobre la camilla médica; había rodado hasta el suelo y yacía sobre el linóleo frío, retorciéndose con una violencia sorda y desesperada. Se había arrancado la máscara por completo, dejándola tirada a unos metros de distancia, y sus rizos castaños estaban empapados de sudor, pegados a la frente y a las sienes.
—Fuego... apágalo... hace frío, Johnny, Dios, hace tanto frío... —balbuceaba el muchacho, con los ojos avellana desorbitados, mirando a un techo que para él seguramente era un remolino de pesadillas.
Sus dedos, dotados de una fuerza capaz de doblar vigas de acero, se clavaban con saña en sus propios brazos y en el cuello, rascándose la piel desnuda a través de las aberturas del pijama de Iron Man. Unas líneas rojas e inflamadas marcaban su garganta y su pecho, producto de sus uñas implacables intentando arrancarse la quemazón invisible que le corría por las venas.
—Peter, detente. Vas a provocarte una hemorragia —ordenó Reed, apresurándose hacia él con un brazalete de contención en la mano.
El científico extendió su brazo elástico para rodear las muñecas de Peter, pero en cuanto el material flexible rozó su piel, Peter siseó como un animal herido. Con un movimiento felino y espasmódico, el castaño tiró con fuerza hercúlea, desestabilizando a Reed y arrojándolo hacia adelante antes de replegarse sobre sí mismo como un ovillo tembloroso contra la base de una consola médica.
—No me toques... tú no eres caliente... no quemas... —gimoteaba Peter, con la voz rota y pastosa por la deshidratación y la fiebre desbocada—. Quema por dentro... pero está helado... por favor...
Reed se reincorporó, ajustándose las gafas y evaluando la situación con frialdad analítica. Peter estaba atrapado en una paradoja neurosensorial extrema: su temperatura interna rozaba el punto de ebullición biológica, pero su cerebro interpretaba la falta del contacto térmico específico como una hipotermia catastrófica. La criatura en su interior buscaba desesperadamente una salida, una fuente, un alivio.
Pasaron casi dos horas interminables. Reed intentó aplicar compresas criogénicas que se evaporaban al contacto en cuestión de segundos; intentó administrar sedantes intravenosos, pero el metabolismo acelerado de Spider-Man los consumía y los neutralizaba antes de que alcanzaran a deprimir su sistema nervioso central.
Hacia las cinco de la madrugada, la situación cruzó una línea aún más inquietante.
Peter, arrinconado en la penumbra del laboratorio, comenzó a respirar con jadeos cortados y erráticos. Sus ojos, vidriosos y totalmente desprovistos de lucidez humana, se posaron en sus propias manos temblorosas. Con una torpeza nacida de la agonía, abrió la boca húmeda y caliente y se metió dos dedos hasta la mitad de la garganta.
Un sonido sordo y ahogado brotó de su pecho mientras sus labios se cerraban con avidez alrededor de sus propios nudillos, succionando con un ritmo desesperado y lastimero, buscando engañar a sus receptores sensoriales con la propia saliva hirviente que le quemaba la lengua. Pero no era suficiente. El gemido de frustración que siguió fue desgarrador; retiró la mano, arañándose la comisura de la boca, y comenzó a mecerse hacia adelante y hacia atrás, frotando sus muslos inquietos contra el suelo con una urgencia que amenazaba con destrozar su psique por completo.
Reed Richards comprendió que el umbral de tolerancia se había agotado. Si la descarga térmica no se producía pronto, las células gliales de Peter sufrirían un daño irreversible.
Reed presionó el botón de prioridad máxima en la pared del laboratorio.
—Ben —dijo con tono tajante—. Despierta. Necesito un favor. Ve a la habitación de Johnny. Tráelo al laboratorio médico.
—¿Está lloriqueando otra vez el cerilla? —gruñó la Mole desde el receptor con voz ronca de sueño—. Reed, te dije que no quería saber nada más de...
—No fue una sugerencia, Ben. Tráelo a rastras si es necesario. Ahora.
Pasaron menos de cuatro minutos antes de que el pasillo comenzara a vibrar bajo los pasos pesados y ensordecedores del coloso rocoso. Las puertas del laboratorio se abrieron de par en par, revelando una escena digna de una comedia negra si no fuera por el horror implícito: Ben Grimm sostenía a Johnny Storm por el cuello de su camiseta de tirantes con una sola mano de piedra, arrastrándolo literalmente por el aire como si fuera un saco de patatas malhumorado. Johnny pataleaba en el vacío, vistiendo solo unos pantalones de franela roja y la camiseta gris, echando chispas furiosas por los codos.
—¡Suéltame, pedazo de adoquín con patas! —bramaba Johnny, tratando en vano de zafarse del agarre titánico de su compañero de equipo—. ¡Reed, juro por Dios que te voy a prender fuego el laboratorio entero! ¡Tengo derechos! ¡Tengo una reputación que cuidar! ¡No voy a dejar que me conviertan en la puta estufa personal de nadie!
—Cierra la boca de una vez, fósforo andante —rezongó Ben, arrojándolo sin contemplaciones hacia el centro de la sala, donde Johnny aterrizó de pie con un gruñido exasperado—. El estirado dijo que la araña se está muriendo, así que haz lo tuyo y déjame volver a dormir, carajo.
Johnny se sacudió la ropa con furia, la cara encendida en un tono carmesí que rivalizaba con el traje de Spider-Man.
—¡Reed, esto es secuestro! ¡Es acoso laboral! ¡Es una violación de mis...!
Johnny se quedó congelado a mitad de la frase.
Al otro lado de la habitación, en el rincón más oscuro, algo se había movido.
En el preciso microsegundo en que la Antorcha Humana cruzó el umbral del laboratorio, el aire cargado de iones y la radiación infrarroja pasiva que Johnny despedía actuaron como un detonador de alta potencia sobre la fisiología alterada de Peter Parker.
El sentido arácnido no le advirtió de un peligro; le gritó que la salvación, el fuego sagrado, el núcleo que calmaba el dolor intolerable en su sangre, estaba allí. Respirando. Al alcance de sus garras.
Los ojos avellana de Peter se clavaron en Johnny con la fijeza de un depredador que ha localizado a su presa en mitad de la noche. Su respiración se detuvo por un segundo, y luego, con una explosión de energía cinemática que hizo crujir el suelo metálico bajo sus pies desnudos, Peter se lanzó hacia adelante.
Fue demasiado rápido para cualquiera de ellos. Ben ni siquiera tuvo tiempo de parpadear con sus pesados ojos de piedra, y Reed apenas logró alzar una mano en advertencia.
Peter cruzó los seis metros que los separaban en un abrir y cerrar de ojos, impactando contra el pecho de Johnny como un proyectil biológico. La fuerza descomunal del impacto arrancó a Johnny del suelo y lo estrelló de espaldas contra la mesa quirúrgica acolchada, derribando una bandeja de instrumentos que se desparramaron con un estrépito metálico ensordecedor.
—¡¿Qué demonios...?! ¡Peter, quítate! —chilló Johnny, alzando las manos para empujar el pecho del chico.
Pero Peter no le dio espacio ni para respirar.
Sus manos, calientes y temblorosas, sujetaron las mejillas de Johnny con una posesividad ciega, enterrando los dedos en su piel con fuerza sobrehumana, e inclinó el rostro para devorar la boca del rubio con una furia diez veces más intensa que la de la tarde anterior.
Johnny dejó escapar un sonido estrangulado contra los labios del castaño. No era un roce ni un tanteo; la lengua de Peter forzó la entrada de inmediato, húmeda, abrasadora y demandante, lamiendo el paladar de Johnny, su garganta, buscando con una desesperación casi animal el calor concentrado que emanaba de su respiración. Peter gemía contra sus labios, un sonido húmedo, roto y suplicante, empujando su pelvis febrilmente contra los muslos cubiertos de franela de la Antorcha Humana.
—¡Mmmgh! ¡P-Peter! —gimió Johnny, ladeando la cabeza con un esfuerzo monumental para romper el beso por una fracción de segundo, solo para que la boca de Peter descendiera vorazmente sobre su cuello, mordisqueando la piel sensible de su clavícula con pequeños quejidos de alivio puro—. ¡Reed! ¡Reed, quítamelo de encima! ¡Maldita sea, Ben, haz algo!
Ben dio un paso atrás, alzando las enormes manos de piedra con una mueca de auténtico pavor.
—Ni de broma, chico. Yo no me meto en medio de una araña en celo. Bastante terapia voy a necesitar con lo de antes.
—¡El proceso ya ha comenzado! —advirtió Reed, corriendo hacia la consola mientras los monitores volvían a encenderse con un resplandor verde esmeralda furioso—. ¡Johnny, no luches contra él! La resistencia solo prolongará el ciclo de transferencia. Deja que absorba la radiación.
—¡¿Que deje qué?! —aulló Johnny con la voz rota por el pánico—. ¡Mira lo que está haciendo, maldito loco demente!
Peter no solo estaba devorándole el cuello con labios ardientes; sus manos habían descendido a una velocidad aterradora hacia su propia cintura.
Con los ojos empañados en lágrimas de pura sobrecarga sensorial, gimiendo de una manera que hacía que a Johnny se le encogieran las entrañas de pura vergüenza, Peter enganchó los dedos en la pretina elástica de sus pantalones de pijama de Iron Man. Con un tirón brusco y desvergonzado, el castaño comenzó a bajarse la prenda inferior junto con la ropa interior, exponiendo sus propios muslos temblorosos y la piel pálida y sudorosa de sus caderas al aire del laboratorio.
Estaba intentando desnudarse por completo frente a ellos, buscando desesperadamente el contacto piel con piel, empujando su pelvis desnuda hacia adelante para frotarla contra el cuerpo de Johnny con una urgencia que rayaba en la locura.
—¡No, no, no! ¡Eso sí que no! —gritó Johnny, al borde del colapso mental más absoluto.
Olvidándose por completo de intentar apartar a Peter por la fuerza bruta —algo casi imposible dada la adherencia arácnida que lo mantenía soldado a su torso—, Johnny usó ambas manos para abalanzarse desesperadamente sobre la ropa de su amigo. Sus dedos se cerraron sobre la franela del pijama de Iron Man, tirando de la tela hacia arriba con toda la fuerza de sus brazos en un intento titánico por cubrir la piel expuesta de Peter antes de que la poca dignidad que les quedaba a ambos terminara de desintegrarse en polvo atómico.
—¡Súbete eso, pedazo de exhibicionista! —bramaba Johnny, forcejeando con la tela mientras Peter tiraba en dirección contraria con un gemido frustrado y agudo, volviendo a estampar su boca contra la de Johnny para acallar sus gritos—. ¡Reed, cierra los ojos! ¡Ben, date la vuelta, por todos los santos del universo!
Peter volvió a hundir la lengua profundamente en la boca de Johnny, aprovechando que el rubio tenía las manos ocupadas tratando de mantener los pantalones del pijama sobre las caderas del castaño. El choque térmico fue brutal. Una ola de calor líquido recorrió la columna vertebral de Johnny, haciendo que sus rodillas flaquearan contra la camilla mientras sentía la erección febril y descontrolada de Peter presionando con fuerza ineludible a través de la tela que apenas lograba sujetar entre ambos.
Peter lloraba contra su boca. Eran lágrimas calientes que rodaban por las mejillas de ambos, mezclándose con el sudor y la saliva, un llanto de alivio agonizante mientras el cuerpo del arácnido absorbía vorazmente la radiación benévola del mutante de fuego, enfriando sus propios órganos internos al precio de encender una hoguera de puro caos en los sentidos de Johnny.
—¡Ochenta y cinco por ciento! —anunció la voz de Reed, implacable y analítica, recortada sobre el sonido de los jadeos húmedos y el forcejeo de tela—. ¡La saturación está alcanzando el punto de corte definitivo! ¡Treinta segundos más, Johnny!
—¡Te odio, Reed! —logró jadear Johnny en un respiro entrecortado, con la cabeza de Peter enterrada ahora en el hueco de su hombro, mordiendo la tela de su camiseta gris con dientes temblorosos mientras sus manos arañaban la espalda del rubio—. ¡Te juro que te odio con cada átomo de mi maldito ser!
Johnny cerró los ojos con fuerza, incapaz de seguir luchando. Con un suspiro entrecortado que sonó peligrosamente parecido a una rendición, dejó de tirar del pantalón hacia arriba y rodeó con un brazo la cintura del castaño, pegándolo contra su pecho con una firmeza que combinaba la furia, la desesperación y una extraña, inconfesable punzada de compasión. Si el idiota necesitaba quemarse para no morir, que se quemara de una vez por todas.
Johnny encendió sus poderes de manera controlada, haciendo que una marea de calor dorado y envolvente brotara de sus poros como un abrazo solar, inundando el cuerpo tembloroso de Peter.
El chico arácnido dejó escapar un último quejido largo, agudo y tembloroso, arqueando la espalda mientras sus dedos se relajaban en la espalda de Johnny. Un estremecimiento violento sacudió cada uno de sus músculos, seguido por una exhalación profunda, caliente y agotada que se estrelló contra el cuello del rubio.
*Cien por ciento. Toxina erradicada. Estabilidad homeostática restaurada.*
La voz mecánica de la computadora central rompió el trance como un martillo de cristal.
La fuerza sobrehumana que mantenía a Peter aferrado a Johnny se disolvió en un suspiro. Los brazos del castaño cayeron laxos a los costados, su cabeza resbaló del hombro de Johnny hasta apoyarse pesadamente contra su pecho, y sus piernas, aún a medio cubrir por el ridículo pijama de Iron Man arrugado en las caderas, cedieron por completo. Peter cayó en un sueño profundo, plácido y absolutamente natural, con la respiración rítmica y la piel fresca por fin al tacto.
Johnny se quedó inmóvil durante largos segundos, con el pecho subiendo y bajando a un ritmo frenético, sosteniendo al chico inconsciente en brazos como si fuera un fardo de tela y huesos. La habitación estaba sumida en un silencio sepulcral, roto únicamente por los pitidos tranquilos del monitor de ritmo cardíaco.
Ben Grimm, que se había tapado los ojos con la mano izquierda durante todo el forcejeo, separó dos dedos de roca para mirar de reojo hacia la camilla.
—¿Ya se acabó el espectáculo de medianoche? —preguntó la Mole con voz cavernosa y cansada—. Porque si ya terminaron de retozar, me gustaría volver a la cama antes de que amanezca y me dé un ataque de nervios.
Johnny no respondió con fuego ni con insultos. Simplemente levantó la cabeza muy despacio, con el rostro pálido por la conmoción, los labios hinchados y enrojecidos, y unos ojos azules que reflejaban el vacío absoluto de quien ha contemplado el fin del universo y ha sobrevivido para contarlo.
Con una lentitud fantasmal, Johnny empujó el cuerpo dormido de Peter sobre la camilla médica, le subió los pantalones de franela hasta la cintura con un tirón rígido y le arrojó una sábana térmica por encima hasta cubrirlo por completo, incluyendo la cabeza.
Luego, miró a Reed.
—Mañana a primera hora —dijo Johnny, con una voz tan suave y gélida que resultaba aterradora viniendo de un hombre hecho de llamas—, voy a pedir una habitación en la Mansión de los Vengadores. Y si ese chico araña vuelve a entrar por esa ventana... juro por mi vida que le voy a tirar un sofá por la cabeza.
Johnny dio media vuelta y salió del laboratorio a paso firme, sin mirar atrás, dejando a Reed Richards contemplando las lecturas holográficas con una sonrisa de silenciosa satisfacción científica y a Ben Grimm negando lentamente con la cabeza ante las locuras de la juventud moderna.