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Ángel en mis ojos

El juramento del dinosaurio y el brillo del "sí, quiero"

El aire en la joyería más exclusiva de Bangkok se sentía pesado, no por falta de ventilación, sino por la ansiedad que emanaba de Nanon Korapat. El actor y cantante, que solía enfrentarse a audiencias de miles de personas sin pestañear, estaba sudando frío frente a una vitrina de cristales blindados. A su lado, Mark observaba con una sonrisa burlona, mientras Ohm, su pareja, examinaba los cortes de los diamantes con la precisión de un experto.

—Nanon, por favor, respira —dijo Ohm, dándole una palmada en la espalda—. Has mirado ese anillo de platino durante quince minutos. Si lo sigues mirando con tanta intensidad, vas a derretirlo.

—Es que tiene que ser perfecto, Ohm —respondió Nanon, ajustándose las gafas de sol que usaba para pasar desapercibido—. Tata no es de cosas ostentosas, lo sabes. Si le llevo algo que parezca un faro de barco, se sentirá incómodo. Pero si es demasiado sencillo, sentirá que no le doy importancia.

—Conociendo a Tata —intervino Mark, cruzándose de brazos—, si le pides matrimonio con una anilla de una lata de refresco, te diría que sí y lloraría de alegría durante tres días seguidos. El problema no es el anillo, el problema es que tú eres un perfeccionista obsesivo.

Nanon suspiró y señaló una banda de oro blanco, elegante y discreta, con un diamante central de corte brillante flanqueado por dos pequeños zafiros azules, del color exacto de los ojos de Tata cuando la luz del sol los golpeaba de lado.

—Ese —sentenció Nanon—. Ese es el indicado.

Una vez realizada la compra, que costó una pequeña fortuna pero que para Nanon valía cada centavo de su esfuerzo, el siguiente reto fue el escondite. Nanon vivía en una constante paranoia de que Tata, en su afán por mantener la casa impecable o buscando algún juguete perdido de Milk, encontrara la pequeña caja de terciopelo azul.

—¿Dónde lo vas a guardar? —preguntó Ohm mientras salían de la tienda.

—En el cajón de las medias —respondió Nanon con seguridad—. Tata nunca entra ahí. Dice que mi sistema de organización de calcetines es un caos y que prefiere dejarme esa responsabilidad a mí. Es el único lugar seguro de la casa.

Durante una semana, el anillo descansó entre calcetines deportivos y medias de seda, esperando el momento oportuno. Nanon planeaba una cena romántica en la azotea del edificio de la GMMTV, con flores, música suave y sus mejores amigos grabando desde las sombras. Sin embargo, el destino, y especialmente su hijo Milk, tenían otros planes.

El jueves por la tarde, Nanon llegó a casa un poco más tarde de lo habitual tras una sesión de fotos agotadora. Al abrir la puerta, no lo recibió el silencio habitual de la siesta, sino una mezcla de risas ahogadas de Tata y el sonido de juguetes siendo arrastrados por el suelo de madera.

—¿Hola? ¿Hay alguien en casa? —llamó Nanon, dejando las llaves en la entrada.

Caminó hacia la sala de estar y se detuvo en seco. La escena que encontró fue tan caótica como adorable. Tata estaba sentado en la alfombra, con una mano sobre la boca intentando contener una risa histérica, mientras las lágrimas le corrían por las mejillas. Frente a él, Milk, con toda la seriedad que un niño de tres años puede reunir, estaba arrodillado frente a un dinosaurio de madera de cuello largo.

—¡Papá, llegaste! —exclamó Milk al ver a Nanon, pero no se movió de su sitio—. ¡Shh! Estoy en una parte muy importante. El señor Cuello Largo se va a casar con mi Papi Tata.

Nanon frunció el ceño, divertido pero confundido.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo se van a casar, campeón?

—¡Con el tesoro! —respondió Milk con orgullo.

Nanon bajó la mirada hacia el dinosaurio y sintió que su corazón se detenía. Alrededor del cuello de madera del juguete, atado con un cordel de lana roja, colgaba el anillo de oro blanco y zafiros. El brillo de la joya contrastaba de forma ridícula con la madera desgastada del juguete.

—¡Milk! —exclamó Nanon, sintiendo un sudor frío recorrer su nuca—. ¿De dónde sacaste eso?

—Estaba en la montaña de calcetines —explicó el niño, señalando hacia el pasillo que llevaba a la habitación—. Era un juguete aburrido en una caja, pero el señor Cuello Largo dijo que era una corona para el dedo de Papi Tata.

Tata finalmente soltó una carcajada sonora, limpiándose las lágrimas.

—Nanon, no puedo creerlo —dijo Tata, su voz entrecortada por la risa—. Entré a la habitación y vi a Milk saliendo de tu armario con la cajita. Antes de que pudiera decir nada, ya había decidido que el dinosaurio necesitaba "comprometerse" conmigo. Me ha dado un discurso de cinco minutos sobre cómo el dinosaurio me va a cuidar y me va a traer helado todos los días.

Nanon se pasó una mano por el rostro, sintiendo una mezcla de alivio y vergüenza.

—Se suponía que iba a ser una sorpresa, Tata. Una cena, velas... algo digno de ti. No un compromiso mediado por un herbívoro de madera.

—¡Es un gran dinosaurio! —protestó Milk, ofendido—. Y mira, Papi, ahora la pequeña Rose también quiere jugar con el tesoro.

Nanon miró hacia el suelo y entró en pánico de nuevo. Rose, que ya gateaba con una velocidad alarmante, se dirigía decidida hacia el dinosaurio. Con la precisión de un cazador, la bebé estiró su pequeña mano, agarró el anillo que colgaba del cordel y, antes de que nadie pudiera reaccionar, se lo llevó directamente a la boca.

—¡No, Rose! ¡Eso no se come! —gritó Nanon, lanzándose al suelo como si estuviera robando una base en un partido de béisbol.

Tata y Nanon forcejearon suavemente con la pequeña, que se reía pensando que era un juego nuevo, hasta que Nanon logró recuperar la joya. El anillo estaba cubierto de baba de bebé, pero seguía brillando bajo la luz de la tarde.

En ese momento, la puerta del balcón se abrió de golpe. Mark y Ohm entraron con cámaras en mano, seguidos por Krist, que sostenía un micrófono de juguete.

—¡Lo tenemos todo! —gritó Mark, muerto de risa—. ¡Desde que Milk salió del cuarto con el anillo hasta que Rose casi se lo traga! ¡Esto es mejor que cualquier serie de la GMMTV!

—¡Ohm, dime que grabaste el ángulo del dinosaurio! —pidió Krist, dándole palmaditas en la espalda a un Nanon que seguía arrodillado en la alfombra, despeinado y exhausto.

Nanon miró a sus amigos, luego a sus hijos que ahora jugaban con el dinosaurio sin corona, y finalmente a Tata. Tata lo miraba con una dulzura infinita, con los ojos empañados no por la risa, sino por la emoción pura. El desorden de la sala, los juguetes por doquier y la presencia de sus mejores amigos hacían que el momento fuera imperfecto según los estándares de Nanon, pero perfecto según los dictados de su corazón.

Nanon suspiró, se limpió el anillo en la camiseta y, aún de rodillas sobre la alfombra, tomó la mano de Tata.

—Bueno —dijo Nanon, su voz volviéndose suave y profunda, ignorando las cámaras y las bromas de Krist—, parece que el señor Cuello Largo se me adelantó, pero espero que aceptes mi contraoferta.

Tata sollozó, asintiendo antes de que Nanon terminara de hablar.

—Tata —continuó Nanon, apretando su mano—, hace años pensé que el amor era una pérdida de tiempo. Pensé que mi vida estaba completa con mi carrera y mis amigos. Pero luego entraste tú en aquel pasillo, con tu timidez y tu corazón de ángel, y me enseñaste que no sabía nada de la vida. Gracias por darme esta familia, por aguantar mis manías y por ser el refugio donde siempre quiero volver. No necesito cenas lujosas ni azoteas si te tengo a ti en medio de este caos. ¿Quieres casarte conmigo?

Tata se lanzó a sus brazos, derribando a Nanon de espaldas sobre la alfombra.

—¡Sí! ¡Mil veces sí, Nanon! —exclamó Tata, besándolo con desesperación—. Aunque el dinosaurio prometió traerme helado, creo que me quedo contigo.

—¡Dijo que sí! —gritó Krist, lanzando confeti que aparentemente había tenido escondido en los bolsillos todo el tiempo.

Mark y Ohm se acercaron para abrazar a la pareja, mientras Milk saltaba alrededor de ellos gritando que ahora todos eran una familia de dinosaurios. Rose, sentada en medio del confeti, aplaudía con entusiasmo, ajena al hecho de que casi se traga el símbolo de la unión de sus padres.

—¿Sabes qué es lo mejor? —preguntó Tata minutos después, mientras Nanon le ponía finalmente el anillo en el dedo, que encajaba a la perfección—. Que ahora tenemos el video más vergonzoso y hermoso del mundo para mostrarle a Milk y Rose cuando crezcan.

—Prométeme una cosa, Tata —dijo Nanon, abrazándolo por la cintura mientras sus amigos empezaban a pedir comida para celebrar.

—Lo que quieras, P'.

—Que no dejaremos que Krist organice la despedida de soltero —pidió Nanon con seriedad—. Si Milk aprendió lo de la cigüeña por él, no quiero imaginar qué le enseñará para la boda.

Tata rió, apoyando la cabeza en el hombro de su prometido.

—Trato hecho. Pero el dinosaurio tiene que estar en la mesa principal. Al fin y al cabo, él fue el que tuvo el valor de proponérmelo primero.

Nanon miró el anillo en la mano de Tata, luego a sus hijos y a sus amigos que ya estaban montando una fiesta improvisada en la sala. El millonario introvertido, el actor que lo tenía todo, finalmente entendió que la verdadera riqueza no se guardaba en cajas fuertes ni se compraba en joyerías de lujo. La verdadera riqueza estaba allí, en el ruido de las risas, en el desorden de los juguetes y en la promesa de una vida entera junto al chico que, con solo una mirada, había conquistado su corazón para siempre.

—Te amo, Tata —susurró Nanon, ajeno al ruido exterior.

—Te amo, Nanon. Gracias por no rendirte con este introvertido.

Y así, entre confeti, cámaras y juguetes de madera, el compromiso más esperado de la GMMTV se selló no con un guion perfecto, sino con la autenticidad de una familia que sabía que el amor, al igual que los mejores momentos de la vida, no se planea, simplemente se vive.