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Ángel en mis ojos

El murmullo de las estrellas y el nido de la cigüeña

La sala de estar de la mansión Korapat estaba sumergida en una calidez que solo el hogar de una familia verdaderamente feliz podía proyectar. Tres años habían pasado desde que aquel pequeño milagro de ojos brillantes llegara para poner patas arriba el mundo de Nanon. El tiempo, lejos de enfriar la pasión o el misterio, había convertido la relación entre Nanon y Tata en una danza perfecta de madurez y ternura.

Nanon estaba sentado en el sofá de cuero, revisando unos arreglos musicales en su tableta, cuando el sonido de la puerta principal abriéndose y una risa infantil escandalosa llenaron el aire.

—¡Ya llegamos! ¡El heredero ha regresado de su expedición! —anunció la voz inconfundible de Krist, quien entró cargando a un pequeño niño de mejillas sonrosadas y cabello alborotado.

Detrás de él, Singto caminaba con una sonrisa paciente, cargando una mochila llena de juguetes y lo que parecía ser un telescopio de plástico.

—¡Papá Tata! —gritó el pequeño Milk, zafándose de los brazos de su tío Krist con la agilidad de un cachorro.

Tata salió de la cocina, secándose las manos en un delantal con dibujos de ositos. Al ver a su hijo, se agachó con los brazos abiertos, recibiendo el impacto del pequeño cuerpo que se aferraba a su cuello con una fuerza sorprendente.

—¡Hola, mi vida! —exclamó Tata, llenando la cara de Milk de besos—. ¿Cómo te fue con el tío Krist y el tío Singto? ¿Se portaron bien contigo?

—¡Vimos las estrellas, papá! —dijo Milk, señalando hacia la ventana con un dedo gordito—. El tío Singto me enseñó una que brilla mucho, mucho. Pero yo le dije que no me gustaba tanto.

Nanon se acercó, dejando su tableta de lado, y se unió al abrazo familiar, acariciando la cabeza de su hijo.

—¿Por qué no te gustó la estrella, campeón? —preguntó Nanon con curiosidad.

Milk miró a Nanon con una seriedad impropia de sus tres años, una expresión que heredó directamente de la intensidad de su padre.

—Porque le dije al tío Singto que ninguna estrella brilla tanto como los ojos de mi Papi Nanon —sentenció el niño—. Las estrellas están lejos y son frías, pero los ojos de Papi son como fuego dulce.

Nanon sintió un nudo en la garganta. Miró a Tata, quien le devolvió una mirada cargada de orgullo y amor. Krist, desde el fondo de la sala, soltó un suspiro dramático.

—¿Ven lo que les digo? —dijo Krist, cruzándose de brazos—. El niño es un poeta. Singto y yo intentamos explicarle la astronomía y él termina dándonos lecciones de romanticismo. Nanon, lo has echado a perder con tus canciones cursis.

Singto se rió, poniendo una mano en el hombro de su pareja.

—Déjalos, Krist. Es mejor que crezca sabiendo expresar lo que siente. Por cierto, Tata, Milk tiene algo más que contarte. Algo sobre una conversación que tuvimos en el coche.

Milk se puso de pie, mirando a sus padres con una chispa de travesura en los ojos que, sin duda alguna, era influencia directa de Krist.

—Papá Tata —comenzó el niño, tirando del delantal de su padre—, el tío Krist dice que estoy muy solo en mi cuarto de juegos. Dice que necesito un hermanito para enseñarle a usar mis coches de carreras.

Tata se sonrojó de inmediato, mirando a Krist con reproche, mientras Nanon arqueaba una ceja, divertido por la dirección que estaba tomando la charla.

—¿Ah, sí? —preguntó Tata, agachándose para estar a la altura de su hijo—. ¿Y qué más te dijo el tío Krist sobre eso?

—Dijo que para tener un hermanito no hay que comprarlo en la tienda —explicó Milk con total naturalidad—, sino que hay que llamar a la cigüeña de Papi Nanon. Dijo que si Papi Nanon llama con fuerza a la cigüeña esta noche, quizás el próximo año tenga alguien con quien jugar.

El silencio que siguió fue interrumpido por la carcajada estruendosa de Krist, quien rápidamente se escondió detrás de Singto cuando vio que Nanon empezaba a buscar un cojín para lanzárselo.

—¡Krist! —exclamó Tata, con las mejillas ardiendo—. ¡Es un niño! No puedes decirle esas cosas.

—¡Solo le dije la verdad metafórica! —se defendió Krist entre risas—. ¡Singto, vámonos antes de que Nanon use sus habilidades de boxeo conmigo! ¡Adiós, Milk! ¡No olvides recordarle lo de la cigüeña antes de dormir!

Singto se despidió con un gesto de disculpa y arrastró a Krist fuera de la casa antes de que la situación escalara. Una vez que la puerta se cerró, la casa recuperó su calma, aunque el ambiente se sentía cargado de una electricidad nueva.

Nanon miró a Tata. El joven actor, que ahora lucía una belleza más madura y serena, evitaba el contacto visual mientras jugaba con los dedos de Milk. Nanon sintió que el deseo lo golpeaba con la misma fuerza que el primer día que lo vio en aquel pasillo de la empresa.

—Bueno —dijo Nanon, su voz volviéndose un poco más profunda—, parece que tenemos una misión importante esta noche, ¿no crees, ángel?

Tata levantó la vista, encontrándose con la mirada depredadora y amorosa de Nanon.

—Nanon... el niño está delante —susurró Tata, aunque una sonrisa tímida empezaba a asomar en sus labios.

—¡La cigüeña! —gritó Milk, saltando de alegría—. ¡Papi, llama a la cigüeña!

Después de una cena llena de risas y de acostar a Milk en su cama con el compromiso de leerle tres cuentos sobre animales espaciales, Nanon y Tata finalmente se quedaron solos en su habitación. El ventanal del dormitorio ofrecía una vista impresionante de las luces de Bangkok, pero para Nanon, la única vista que importaba era la del hombre que estaba terminando de desabrocharse la camisa frente al espejo.

Nanon se acercó por detrás, rodeando la cintura de Tata con sus brazos. Apoyó la barbilla en su hombro, observando su reflejo conjunto.

—¿Estás cansado? —preguntó Nanon, depositando un beso húmedo en la base de su cuello.

Tata soltó un suspiro, relajándose contra el pecho firme de su esposo.

—Un poco... pero la idea de Milk no deja de darme vueltas en la cabeza. ¿De verdad crees que sea el momento, Nanon? Nuestra vida es tan perfecta ahora mismo.

Nanon lo giró para que quedaran frente a frente. Tomó el rostro de Tata entre sus manos, acariciando con sus pulgares esas mejillas que tanto amaba.

—Nuestra vida siempre será perfecta mientras estemos juntos, Tata. Milk tiene razón, tiene mucho amor para compartir. Y yo... yo tengo tanto amor por ti que siento que un solo hijo no es suficiente para contenerlo.

Nanon no esperó una respuesta verbal. Selló sus labios con un beso que empezó siendo tierno y rápidamente se transformó en una declaración de hambre y posesión. Tata gimió suavemente, enredando sus dedos en el cabello oscuro de Nanon, tirando de él para profundizar el contacto.

Se movieron hacia la cama con una urgencia que solo los años de conocimiento mutuo pueden refinar. Nanon despojó a Tata de su ropa con una mezcla de delicadeza y desesperación, como si estuviera descubriendo un tesoro por primera vez. Cuando Tata quedó expuesto bajo la tenue luz de las lámparas de noche, Nanon se detuvo un momento solo para admirarlo.

—Eres tan hermoso, Tata —susurró Nanon, su voz ronca por el deseo—. Cada detalle de ti es un milagro.

Nanon comenzó a recorrer su cuerpo con los labios, dejando un rastro de fuego a su paso. Se detuvo especialmente en su pecho, donde los pezones de Tata se erguían, sensibles al tacto. Nanon los rodeó con la lengua, mordisqueando con una suavidad que hacía que Tata arqueara la espalda y soltara jadeos entrecortados.

—P'Nanon... —gemía Tata, sus manos apretando las sábanas—. Por favor...

—Shh... —lo acalló Nanon, subiendo de nuevo para besarlo—. Esta noche es para nosotros. Para llamar a esa cigüeña de la que hablaba Milk.

Nanon fue posesivo y entregado a la vez. Cada movimiento era una caricia, cada embestida era una promesa. Se encargó de besar cada rincón de la piel de Tata, marcándolo de nuevo como suyo, recordándole que no importaba cuántos años pasaran o cuántos hijos tuvieran, él siempre sería el centro de su universo. Tata se entregó por completo, abriéndose para Nanon no solo físicamente, sino emocionalmente, dejando que sus almas se entrelazaran en ese lenguaje silencioso que solo ellos compartían.

En el clímax de la pasión, cuando el mundo se reducía al latido de dos corazones que latían como uno solo, Nanon se hundió en Tata con una profundidad que buscaba sellar su destino. Se quedaron abrazados durante mucho tiempo después, con la respiración recuperándose lentamente y el sudor enfriándose sobre sus cuerpos entrelazados.

—Te amo, Tata —susurró Nanon, besando su sien—. Más que a las estrellas que vio Milk.

—Y yo a ti, P'Nanon. Siempre.

Los meses siguientes fueron una espera llena de expectación. La noticia no tardó en llegar: Tata estaba esperando de nuevo. Esta vez, la experiencia fue diferente. Milk estaba emocionado, hablando con el vientre de su padre todos los días y prometiéndole a su futuro hermanito que le prestaría todos sus juguetes, excepto su peluche de elefante rosa, que era un legado sagrado.

Krist y Singto se convirtieron en los visitantes más frecuentes, trayendo regalos y consejos que nadie les pedía, pero que siempre terminaban en risas.

—Esta vez será una niña —predijo Krist un día mientras tomaban té en el jardín—. Lo siento en mis huesos de tío experto. Y se parecerá a Tata, para que Nanon tenga que sufrir persiguiendo a los pretendientes con un palo de golf.

Nanon se rió, pero por dentro sabía que Krist probablemente tenía razón.

El día que nació la pequeña, la lluvia caía suavemente sobre Bangkok, refrescando el aire de la ciudad. Fue un parto tranquilo, rodeado de amor y de la presencia constante de Nanon, quien no soltó la mano de Tata ni un segundo.

Cuando la enfermera puso a la bebé en los brazos de Tata, la habitación pareció iluminarse con una luz nueva. Era pequeña, delicada, con una piel que parecía pétalos de seda y unos ojos que, al abrirse por primera vez, revelaron la misma chispa angelical que su padre.

—Es una niña, Nanon —susurró Tata, con lágrimas de felicidad en los ojos—. Nuestra pequeña princesa.

Milk entró en la habitación de la mano de Singto, caminando de puntillas como si tuviera miedo de romper el momento. Se acercó a la cama y miró a su hermanita con una fascinación absoluta.

—Es muy pequeña, Papi —dijo Milk, tocando con cuidado un pie de la bebé—. ¿Ella también va a querer a las estrellas?

Nanon se agachó y abrazó a su hijo mayor, mientras con la otra mano rodeaba los hombros de Tata.

—Ella va a querer todo lo que tú le enseñes a querer, Milk —dijo Nanon—. Pero sobre todo, nos va a querer a nosotros.

—¿Cómo se llama, Papi? —preguntó Milk.

Tata miró a Nanon, y ambos compartieron una sonrisa cómplice. Habían pasado semanas discutiendo nombres, pero en ese momento, viendo la paz que emanaba de la pequeña, solo un nombre parecía encajar.

—Se llama Rose —dijo Tata—. Como las flores que tu Papi me regaló en nuestra primera cita. Un recordatorio de que el amor siempre florece si se cuida con el corazón.

Krist entró en la habitación con un ramo de flores gigantesco y un globo que decía "Es una niña".

—¡Lo sabía! —exclamó Krist, aunque bajó la voz al ver a la bebé dormida—. ¡Sabía que sería una princesa! Nanon, prepárate. Tu vida de millonario tranquilo se ha acabado oficialmente. Ahora tienes a un pequeño terremoto y a una reina que gobernarán tu corazón para siempre.

Nanon miró a su alrededor. Vio a sus mejores amigos, vio a su hijo mayor rebosante de alegría, vio a su pequeña hija durmiendo plácidamente y, finalmente, se perdió en los ojos de Tata, el chico tímido que un día entró en su oficina y cambió su destino sin decir una palabra.

—No me importa —dijo Nanon con sinceridad—. Pueden quedarse con todo. Mientras los tenga a ellos, ya soy el hombre más afortunado de la GMMTV y del mundo entero.

La cigüeña de la que hablaba Milk no solo había traído a una hermanita; había traído la confirmación de que el amor de Nanon y Tata era una historia sin final, un ciclo de luz que se renovaba con cada mirada, con cada beso y con cada nueva vida que nacía de su unión.

Esa noche, mientras Milk dormía soñando con estrellas y Rose descansaba en su cuna, Nanon y Tata se quedaron en el balcón del hospital, mirando hacia el horizonte de la ciudad. El millonario introvertido y el actor de corazón puro ya no eran solo una pareja de éxito; eran los pilares de un mundo propio, un refugio donde la sencillez del alma siempre valdría más que cualquier lujo.

—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto, Nanon? —preguntó Tata, apoyando la cabeza en su hombro.

—¿Qué, mi vida?

—Que Milk tenía razón —dijo Tata con una sonrisa—. Tus ojos brillan más que cualquier estrella. Y ahora, tengo tres pares de ojos en casa que me recuerdan por qué vale la pena despertar cada mañana.

Nanon lo abrazó con fuerza, sintiendo el aroma de Tata mezclado con el olor a bebé recién nacido. El amor, ese que una vez despreció, era ahora el aire que respiraba. Y mientras las luces de Bangkok seguían parpadeando a lo lejos, Nanon Korapat supo que su mejor obra no estaba escrita en ningún pentagrama, sino que caminaba, reía y crecía junto a él, bajo el cielo infinito de un amor que nunca dejaría de brillar.