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Anhelando el Infinito

Herencia de Nieve y el Caos del Infinito

—¡Satoru! ¡Si ese niño vuelve a levitar sobre el estanque de los carpas, te juro que sellaré tu suministro de dulces por un mes! —El grito de Utahime Iori resonó por los pasillos de madera de la renovada mansión del clan Gojo en Kioto, interrumpiendo la paz relativa de la tarde.

Satoru Gojo, que ahora lucía una expresión de serenidad que pocos habrían asociado con el hombre que una vez fue el "Hechicero más Fuerte" solitario, soltó una carcajada mientras se balanceaba en una hamaca en el jardín. A su lado, un pequeño de apenas cuatro años, con el cabello blanco como la nieve y unos ojos azules que brillaban con una curiosidad peligrosa, flotaba a medio metro del suelo, riendo con deleite.

—Vamos, Utahime-chan, Takeru solo está practicando su control de precisión —respondió Satoru, sin abrir los ojos tras sus habituales gafas de sol—. Es un prodigio, igual que su madre. Aunque espero que herede tu paciencia, porque si hereda mi temperamento, estamos perdidos.

Utahime se acercó al borde del corredor, con las manos en las caderas. A pesar de los años, seguía vistiendo sus ropas de miko, aunque ahora con una elegancia más madura. A su lado, una niña pequeña, idéntica a ella pero con mechones blancos rebeldes, tiraba de su falda.

—Mamá, Takeru dice que el infinito es aburrido —comentó la pequeña Shiori con una seriedad impropia de su edad—. Dice que prefiere aprender a cantar para que las maldiciones se duerman.

Satoru se incorporó, fingiendo un dolor profundo en el pecho.

—¿Aburrido? ¿Mi propio hijo dice que mi técnica es aburrida? —Se llevó una mano a la frente con dramatismo—. Utahime, me has robado el corazón y ahora me robas el legado.

—Es lo que mereces por intentar enseñarles física cuántica antes de que aprendan a amarrarse los zapatos —replicó ella, aunque su mirada se suavizó al ver a Takeru descender suavemente y correr hacia su hermana.

La paz fue interrumpida por el sonido rítmico de unos tacones sobre la madera pulida. Mei Mei apareció en el umbral, luciendo un vestido de seda azul que costaba más que la mayoría de las misiones de grado especial. En sus brazos cargaba a un niño de unos tres años que compartía su mirada calculadora y el cabello platino de su padre.

—Satoru, el pequeño Money ya ha manifestado un interés fascinante por la gestión de residuos de energía maldita —dijo Mei Mei, depositando al niño en el suelo—. He decidido que su primera lección será sobre cómo monetizar los excedentes del clan. Tenemos que asegurar su futuro, después de todo.

—Se llama Kenji, Mei, no "Money" —corrigió Shoko Ieiri, saliendo de las sombras del pasillo con una taza de café en una mano y tres niños idénticos siguiéndola como patitos—. Aunque conociéndote, probablemente terminará comprando la mitad de Shinjuku antes de los diez años.

Shoko se veía igual que siempre, aunque las líneas bajo sus ojos eran ahora producto de la falta de sueño por cuidar a trillizos y no por las autopsias nocturnas. Los tres pequeños, dos niños y una niña, tenían el cabello blanco alborotado y una expresión de indiferencia que era el vivo retrato de su madre.

—¡Papá! —gritaron los trillizos al unísono, abalanzándose sobre Satoru.

—¡Cuidado, mis pequeños infinitos! —rio Gojo, recibiendo el impacto de los tres cuerpos con la facilidad de quien ha perfeccionado el arte de ser un parque de diversiones humano—. Shoko, ¿cómo están mis médicos favoritos?

—Intentaron diseccionar el peluche de Panda esta mañana —suspiró Shoko, sentándose en el borde del corredor—. Tienen una curiosidad anatómica preocupante. Creo que Akio heredó la técnica inversa, Satoru. Ayer curó el raspón de su hermana sin que yo le dijera nada.

Satoru sonrió, sintiendo un calor en el pecho que ninguna técnica de energía maldita podría igualar. Siete niños. Siete pequeños portadores del linaje Gojo, cada uno con una mezcla única de las cuatro personas que habían decidido, contra todo pronóstico y lógica social, construir una vida juntos.

—Es un caos —admitió Satoru, mirando el jardín donde los siete niños empezaban a jugar, bajo la atenta vigilancia de los cuervos de Mei Mei—. Un caos absoluto y maravilloso.

—Es tu culpa —dijo Utahime, sentándose a su lado—. Tú fuiste el que dijo que "lo quería todo". Bueno, aquí lo tienes. Siete razones para no volver a dormir una noche completa en los próximos veinte años.

—Y siete herederos que aseguran que el clan Gojo no sea solo un recuerdo —añadió Mei Mei, abriendo su abanico con un gesto elegante—. Aunque el presupuesto en pañales y dulces de edición limitada está afectando seriamente mis márgenes de beneficio.

Shoko le dio un sorbo a su café, observando a sus trillizos intentar "curar" una hormiga en el suelo.

—Al menos ya no tienes que ir a exorcizar maldiciones de grado especial cada lunes, Satoru —comentó ella—. Dejaste el mundo en buenas manos.

Satoru asintió, mirando hacia el horizonte. A lo lejos, podía sentir las firmas de energía de sus antiguos alumnos. Itadori ahora era un profesor respetado, Megumi había reformado el clan Zenin desde sus cimientos y Nobara dirigía su propia agencia de hechicería con una eficiencia aterradora. El mundo ya no necesitaba al "Hechicero más Fuerte" para sobrevivir. Necesitaba maestros, padres y guías.

—A veces extraño la adrenalina —confesó Satoru en voz baja—, pero luego veo a Takeru intentando usar el azul para alcanzar el tarro de galletas y me doy cuenta de que este es el verdadero desafío de grado especial.

—¡Satoru! —gritó Utahime de repente—. ¡Shiori acaba de activar una barrera de sonido y no puedo escuchar lo que dice Kenji! ¡Haz algo!

Gojo se levantó de un salto, ajustándose las gafas con una sonrisa traviesa.

—¡A la orden, capitana! —Exclamó, antes de lanzarse al césped—. ¡Escuchen bien, pequeños monstruos! ¡El primero que logre tocar mi técnica de infinito sin usar energía maldita tendrá helado de postre!

—¡Eso es trampa, Satoru! —gritó Shoko desde el corredor—. ¡Sabes que aún no pueden atravesar la convergencia!

—¡Es una lección de persistencia! —respondió él, mientras era rodeado por siete niños que gritaban y reían, intentando atrapar al hombre que alguna vez fue intocable.

Mei Mei observaba la escena con una sonrisa calculadora pero suave.

—Sabes, Utahime —comentó Mei Mei—, si cobráramos entrada por ver al gran Satoru Gojo siendo humillado por niños de cuatro años, podríamos financiar la reconstrucción de Tokio en una semana.

—No le des ideas, Mei —suspiró Utahime, aunque no pudo evitar reírse cuando vio a Satoru tropezar "accidentalmente" para dejar que los trillizos de Shoko lo atraparan—. Al final, resultó que el infinito no era un espacio vacío, ¿verdad?

Shoko asintió, dejando su taza vacía a un lado.

—No. Resultó que el infinito era solo el espacio que necesitaba para que cupiéramos todos nosotros.

En el jardín, Satoru Gojo estaba tumbado en la hierba, cubierto de niños de cabello blanco que le tiraban de la ropa y le pedían historias de cuando "el abuelo Yaga era un oso enojado". Miró hacia el cielo azul, sintiendo la presencia de sus tres mujeres detrás de él y la energía vibrante de sus hijos sobre él.

Ya no era el hombre más fuerte por su poder destructivo. Era el hombre más fuerte porque tenía algo que proteger que no era una idea abstracta de la humanidad, sino el calor de las manos pequeñas, el aroma a tabaco y café de Shoko, la rectitud apasionada de Utahime y la ambición brillante de Mei Mei.

—Papá —susurró Takeru, apoyando su cabeza en el pecho de Satoru—, ¿cuándo voy a ser tan fuerte como tú?

Satoru le acarició el cabello blanco, mirando a sus otras seis semillas del infinito que lo observaban con expectación.

—Espero que nunca, pequeño —respondió Satoru con una sinceridad que le sorprendió incluso a él—. Espero que seas lo suficientemente fuerte como para no tener que estar solo nunca. Como yo ahora.

El sol empezó a ponerse sobre Kioto, tiñendo el cielo de naranja y violeta. La mansión del clan Gojo, que durante siglos había sido un lugar de solemne poder y secretos oscuros, estaba ahora llena de gritos, risas y la promesa de un futuro donde el apellido Gojo no significaría miedo, sino familia.

—¡A cenar! —ordenó Utahime, levantándose—. ¡Y Satoru, si vuelves a prometerles helado antes de la sopa, dormirás en el sofá del laboratorio con Shoko y sus muestras de tejido!

—¡Entendido, jefa! —gritó Satoru, cargando a dos de los trillizos en sus hombros mientras los otros le seguían en fila—. ¡Vamos, equipo! ¡A la carga!

Mientras entraban en la casa, Satoru se detuvo un momento en el umbral, mirando hacia atrás. Por un segundo, creyó ver las sombras de su pasado —Geto, Nanami, Haibara— sonriéndole desde el jardín. No era una alucinación de sus Seis Ojos, sino la paz de un hombre que finalmente había saldado sus deudas con el destino.

Cerró la puerta, dejando el infinito fuera y abrazando el caos finito y maravilloso de su hogar. El hechicero más fuerte finalmente había encontrado algo que ni siquiera él podía explicar con física: la aritmética perfecta de un amor dividido entre cuatro, multiplicado por siete y elevado a la potencia de una vida compartida.