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Anhelando el Infinito

El Renacer del Infinito: Entre Lágrimas, Cuentas y el Aroma a Nicotina

El silencio que siguió al estallido final fue más ensordecedor que el propio vacío. Satoru Gojo, el hombre que había desafiado las leyes de la existencia, sintió cómo el peso de la realidad caía sobre él con la contundencia de una montaña. Sus Seis Ojos, aquellos que percibían el mundo en infinitos matices de energía, se nublaron. El Rey de las Maldiciones había caído, pero el precio había sido el agotamiento total de la esencia misma del hechicero más fuerte. Satoru se dejó caer sobre los escombros de lo que alguna vez fue Shinjuku, cerrando los párpados mientras el mundo se desvanecía en un blanco absoluto.

No supo cuánto tiempo pasó. El tiempo para él siempre había sido una variable maleable, pero esta vez, el vacío se sintió real, pesado y extrañamente cálido.

Cuando finalmente sus párpados pesaron menos, lo primero que percibió no fue la luz, sino un olor. Era una mezcla familiar y reconfortante: el aroma rancio del tabaco, la fragancia floral y punzante de los inciensos de Kioto, y el perfume metálico de los billetes recién impresos.

Abrió los ojos con lentitud, parpadeando contra la luz artificial de una sala de cuidados intensivos que reconoció como el ala privada de la Escuela de Hechicería de Tokio.

—Vaya... parece que el más fuerte decidió regresar de su siesta —dijo una voz ronca y cansada.

Satoru giró la cabeza con esfuerzo. Shoko Ieiri estaba sentada a su izquierda, con las ojeras más profundas que él recordara y un cigarrillo apagado entre los labios, probablemente respetando las normas de oxígeno de la sala a regañadientes. Sus manos, envueltas en guantes quirúrgicos, aún brillaban con el tenue rastro de la Técnica de Maldición Inversa.

—Shoko... —susurró Satoru, sintiendo su garganta como si hubiera tragado cristales.

—No hables, idiota —le cortó ella, aunque sus ojos castaños traicionaban su tono duro con un brillo de alivio absoluto—. Casi te desintegras. Si no fuera porque tu cuerpo se niega a morir por pura arrogancia, estarías en una de mis mesas de autopsia ahora mismo.

Antes de que pudiera responder, un sollozo ahogado llamó su atención desde el otro lado de la cama.

—¡Satoru, pedazo de imbécil! —gritó Utahime Iori.

La miko de Kioto tenía la cara roja y los ojos cómicamente hinchados de tanto llorar. Su atuendo tradicional de miko estaba rasgado y cubierto de polvo, pero sus manos apretaban las sábanas de la cama con una fuerza que hacía temblar sus nudillos.

—¿Te parece divertido asustarnos así? —continuó Utahime, limpiándose las lágrimas con la manga de forma errática—. ¡Pensé que habías muerto! ¡Te vi caer y no te movías! ¡Si vuelves a hacer algo así, te juro que yo misma te exorcizaré!

Satoru esbozó una sonrisa débil, disfrutando de la familiaridad de sus gritos.

—Utahime... estás muy fea cuando lloras —logró bromear, lo que le valió un golpe —muy suave, considerando que estaba herido— en el hombro por parte de la profesora.

—Cállate, Satoru —dijo ella, sollozando de nuevo mientras apoyaba su frente contra el borde de la cama—. Solo... no te mueras. No te atrevas.

—El drama es conmovedor, de verdad —intervino una tercera voz, serena y pragmática—. Pero los sentimientos no pagan las reparaciones de media ciudad de Tokio.

Mei Mei estaba de pie al pie de la cama, impecable a pesar de la catástrofe que acababa de terminar. Sostenía su tableta electrónica, deslizando los dedos sobre la pantalla con una velocidad envidiable.

—Satoru, querido, bienvenido al mundo de los vivos —dijo la hechicera de las trenzas celestes, dedicándole una sonrisa que era mitad afecto y mitad cálculo—. Solo para que lo sepas, tu victoria contra Sukuna ha disparado el valor de las acciones del clan Gojo, pero las demandas civiles por daños colaterales son... astronómicas. He estado reestructurando tus activos mientras Shoko te cosía. De nada.

Gojo soltó una risita que terminó en una tos seca.

—Mei Mei... siempre tan oportuna. ¿Cuánto debo?

—Lo suficiente como para que tengas que trabajar para mí los próximos cincuenta años sin cobrar comisión —respondió ella, aunque cerró la tableta y se acercó para poner una mano sobre el pie de Satoru, un gesto de cercanía inusual en ella—. Pero considerando que salvaste el mercado global de la hechicería, creo que podemos negociar un bono de supervivencia.

El silencio se instaló en la habitación, pero ya no era un silencio de muerte, sino de una tregua ganada a sangre y fuego. Satoru miró a las tres. Shoko, la amiga que nunca lo abandonó en la oscuridad de la morgue; Utahime, la mujer que desafiaba su arrogancia con una rectitud que él secretamente admiraba; y Mei Mei, la mujer que veía su valor más allá del poder destructivo.

—Sukuna se ha ido —dijo Satoru, con una seriedad que rara vez mostraba—. Se acabó.

—Se acabó —confirmó Shoko, quitándose finalmente los guantes—. Los chicos están bien. Megumi se está recuperando, Yuji está comiendo por tres y Nobara... bueno, Nobara está amenazando con apuñalar a cualquiera que no le traiga ropa nueva. Todo el mundo está a salvo.

Utahime levantó la cabeza, mirando a Satoru con una vulnerabilidad que lo dejó sin aliento.

—¿Y ahora qué? —preguntó ella—. El mundo de la hechicería está en ruinas. Los ancianos han perdido su poder, el equilibrio se ha roto... y tú sigues siendo el hombre más fuerte, Satoru. Pero ya no tienes que ser solo un arma.

Satoru suspiró, cerrando los ojos por un momento. Durante años, su existencia se había definido por la soledad que conllevaba el Infinito. Una barrera que no solo detenía ataques, sino también corazones. Pero ahora, rodeado de estas tres mujeres que lo habían visto colapsar y lo habían traído de vuelta, la barrera se sentía innecesaria.

—Ahora —dijo Gojo, abriendo los ojos y mirando a las tres con una determinación nueva—, voy a velar por la seguridad de todos. Pero esta vez, no lo haré desde arriba, mirando a todos como hormigas.

—¿Ah, sí? —preguntó Shoko con una ceja arqueada—. ¿Y cómo piensas hacerlo, "Señor de los Seis Ojos"?

—Voy a empezar por asegurarme de que ustedes tres no tengan que llorar, hacer auditorías de crisis o curar heridas de guerra nunca más —respondió él, extendiendo sus manos sobre las sábanas—. Me he dado cuenta de que el Infinito es muy grande, pero mi habitación se siente muy vacía si no escucho las quejas de Utahime, el humo de Shoko o los planes de negocio de Mei Mei.

Utahime se sonrojó violentamente, Mei Mei arqueó una ceja con interés y Shoko simplemente soltó una risita burlona.

—Vaya —dijo Shoko—, el colapso te ha vuelto un romántico empedernido. Debe ser un efecto secundario del agotamiento de energía maldita.

—No es un efecto secundario —replicó Satoru, su voz volviéndose más firme—. Es una decisión. El riesgo de Sukuna terminó, pero el riesgo de perder lo que realmente importa... ese es el que no pienso correr.

Mei Mei se cruzó de brazos, observándolo con detenimiento.

—Eso suena a un compromiso a largo plazo, Satoru. Y mis servicios de exclusividad son extremadamente caros.

—Págalo a mi cuenta, Mei —dijo Gojo con una sonrisa traviesa—. Tienes acceso total a mis fondos, ¿no?

—Lo tengo —admitió ella, con un brillo de triunfo en los ojos—. Y créeme, voy a disfrutar administrando tu "seguridad personal".

Utahime, que finalmente había dejado de llorar, le apretó la mano con fuerza.

—No creas que esto significa que voy a dejar de gritarte cuando seas un idiota, Satoru. De hecho, ahora que vas a estar más "presente", tengo una lista de quejas de los últimos diez años que me gustaría discutir.

—Estoy deseando escucharlas todas, Utahime —dijo él, entrelazando sus dedos con los de ella—. Siempre que sea después de que Shoko me dé el alta.

Shoko se levantó de su silla, estirándose con un crujido de huesos.

—Eso tardará al menos una semana. Y durante esa semana, las tres vamos a establecer un nuevo horario de visitas. No quiero peleas en mi enfermería, ¿entendido?

—¿Un horario? —preguntó Mei Mei—. Eso suena ineficiente. Propongo una gestión conjunta. Después de todo, si vamos a velar por su seguridad —y por su cordura—, lo mejor será que lo hagamos en equipo. Como en los viejos tiempos, pero con mejores beneficios.

Satoru Gojo se recostó en las almohadas, sintiendo por primera vez en años que no necesitaba su técnica activa para estar a salvo. El mundo exterior era un caos, los edificios estaban en el suelo y el futuro era incierto, pero dentro de esa habitación, el Infinito finalmente había encontrado su ancla.

—Me parece perfecto —dijo Satoru, cerrando los ojos con una sonrisa de pura satisfacción—. Pero que alguien me traiga un mochi de crema antes de empezar la reunión de planificación. Salvar el mundo da mucha hambre.

—¡Satoru! —gritaron las tres al unísono, aunque había una nota de cariño innegable en sus voces.

Gojo rio suavemente. Sí, el Rey de las Maldiciones había caído, y el mundo de la hechicería nunca volvería a ser el mismo. Pero mientras tuviera a esas tres mujeres desafiando su paciencia, su cartera y sus nervios, Satoru Gojo sabía que, por fin, podía permitirse ser simplemente un hombre. Un hombre que, a pesar de tener el infinito en sus manos, prefería la calidez de aquel pequeño y ruidoso rincón de realidad.

La batalla había terminado, pero la verdadera competencia —y la verdadera vida— apenas estaba comenzando. Y esta vez, Satoru no tenía ninguna intención de mantener las distancias.