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Anhelando el Infinito

Estrategias, Dulces y el Colapso del Infinito

Satoru Gojo se consideraba a sí mismo un hombre difícil de sorprender. Poseedor de los Seis Ojos, su percepción del mundo era tan detallada que la realidad misma parecía desplegarse ante él como un libro abierto. Podía ver el flujo de la energía maldita, las fluctuaciones de los átomos y, por lo general, las intenciones de las personas antes de que estas terminaran de formular un pensamiento. Sin embargo, lo que estaba ocurriendo en las últimas dos semanas desafiaba toda lógica hechicera, financiera o social.

Satoru estaba sentado en un banco del campus de la Escuela de Hechicería de Tokio, balanceando una bolsa de papel que contenía una edición limitada de mochis de fresa. Normalmente, él tendría que perseguir a Shoko para que dejara de diseccionar cadáveres y lo escuchara, o viajar hasta Kioto para ver cómo a Utahime se le hinchaba una vena en la frente por sus bromas.

Pero hoy, el mundo estaba al revés.

—¡Satoru! —Una voz firme pero inusualmente melódica lo sacó de sus pensamientos.

Utahime Iori caminaba hacia él. No gritaba. No tenía esa expresión de "quiero exorcizarte la cara" que tanto lo divertía. De hecho, llevaba una cinta nueva en el cabello y el aroma a sándalo de su perfume era ligeramente más intenso de lo habitual.

—Vaya, Utahime. ¿Te has perdido de camino a Kioto? —preguntó Gojo con su sonrisa socarrona, bajándose un poco las gafas oscuras—. Si buscas el aula de música, es por allá, aunque dudo que mis alumnos quieran aprender canciones tradicionales hoy.

Utahime no picó el anzuelo. En lugar de eso, se sentó a su lado, invadiendo ese espacio personal que ella siempre defendía con uñas y dientes. Satoru parpadeó, confundido por la falta de resistencia del "Infinito" social entre ambos.

—No seas idiota —dijo ella, pero su tono era suave, casi condescendiente—. Estaba por la zona para una reunión con el director Yaga y pensé que... bueno, que podrías querer probar esto.

Sacó un termo pequeño y una caja de madera lacada. Al abrirla, el aroma a té de matcha de la más alta calidad y unos dulces artesanales que Satoru sabía que solo se vendían bajo reserva en Kioto llenaron el aire.

—¿Para mí? —Satoru señaló su propio pecho, genuinamente desconcertado—. ¿No tienen veneno? ¿Es una trampa de los altos mandos? ¿Me vas a pedir que deje de llamarte "débil"? Porque eso último no va a pasar, Utahime.

—Solo cállate y come —respondió ella, desviando la mirada con un ligero rubor—. He notado que has estado trabajando demasiado en misiones de reconocimiento. Un hechicero con bajo azúcar es un hechicero ineficiente.

Satoru tomó un dulce, observándola de reojo. Había algo diferente en su postura. No era la Utahime defensiva; era una Utahime... ¿atenta? Antes de que pudiera procesarlo, el sonido de unos tacones resonando contra el pavimento anunció una nueva presencia.

Mei Mei apareció doblando la esquina, su trenza celeste balanceándose con una elegancia que hacía que el uniforme escolar pareciera una pasarela de alta costura.

—Vaya, qué escena tan pintoresca —dijo Mei Mei, cerrando su paraguas a pesar de que no llovía—. Satoru, te estaba buscando. Ha habido una fluctuación interesante en el mercado de divisas que afecta directamente a tus fondos de inversión, y pensé que preferirías discutirlo en privado... durante una cena. Mi invitación, por supuesto.

Utahime se puso rígida como una tabla.

—Mei Mei, estamos en medio de una merienda —dijo la miko, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—Una merienda es un gasto de tiempo, Utahime —replicó la mujer de cabello celeste, acercándose a Satoru y apoyando una mano enguantada en su hombro—. Satoru es un hombre de grandes ambiciones. Necesita estímulos a su altura. Por cierto, Satoru, he conseguido esas entradas para la subasta privada de antigüedades que mencionaste hace meses. Es este viernes.

Satoru miró de una mujer a la otra. Los Seis Ojos le enviaban información contradictoria. Utahime irradiaba una determinación feroz envuelta en amabilidad, mientras que Mei Mei era un muro de confianza absoluta y cálculo estratégico.

—Chicas, me siento halagado, de verdad —dijo Satoru, rascándose la nuca—. Pero, ¿qué está pasando? Usualmente tengo que sobornarlas para que no me bloqueen en el móvil. ¿Es el cumpleaños de alguien? ¿Me estoy muriendo y no me lo han dicho?

—No digas tonterías —dijo Utahime, levantándose—. Solo estamos siendo... cordiales.

—La cordialidad es una inversión a largo plazo —añadió Mei Mei con una mirada gélida hacia Utahime—. Y yo siempre apuesto por el caballo ganador.

—Oigan, en serio, ¿cuál es el truco? —insistió Gojo, poniéndose de pie. Su altura dominante solía intimidar a cualquiera, pero ellas ni siquiera parpadearon—. Utahime, tú me odias los martes, y hoy es martes. Mei, tú me cobras hasta por darme los buenos días. ¿Por qué de pronto...?

Antes de que pudiera terminar, una tercera figura se unió al grupo. Shoko Ieiri caminaba con su bata blanca abierta, las manos en los bolsillos y un cigarrillo apagado en los labios. Se veía tan cansada como siempre, pero había una chispa de diversión maliciosa en sus ojos.

—Déjenlo en paz, lo van a cortocircuitar —dijo Shoko, deteniéndose frente a ellos—. Satoru tiene la capacidad de procesamiento de un superordenador, pero en inteligencia emocional sigue en segundo de primaria.

—¡Shoko! —Gojo se acercó a ella como si fuera un refugio seguro—. Explícales que no necesito que me cuiden. O bueno, sí necesito, pero esto es raro. ¡Utahime me trajo dulces de Kioto sin que yo se los robara!

Shoko exhaló un suspiro y miró a sus dos compañeras. La tensión entre las tres era casi tangible, una barrera invisible que Satoru no podía atravesar con su técnica de Infinito porque no era energía maldita, sino algo mucho más peligroso: voluntad femenina.

—Satoru —dijo Shoko, ignorando las miradas asesinas de Mei Mei y Utahime—, tengo que hacer un inventario de suministros médicos en el sótano tres. Necesito a alguien que mueva las cajas pesadas. Después, podemos ir a ese bar de Shinjuku al que te gusta ir. Yo invito a la primera ronda.

—¿Al sótano tres? —Utahime intervino de inmediato—. Shoko, eso es trabajo de los asistentes. Satoru tiene que revisar los informes de grado especial conmigo.

—Los informes pueden esperar —dijo Mei Mei con calma—. El tiempo de Satoru es oro, y yo sé exactamente cómo capitalizarlo.

Satoru Gojo, el hombre más fuerte del mundo, el hechicero que podía distorsionar el espacio y el tiempo, se sintió de repente muy pequeño. Retrocedió un paso, levantando las manos en señal de rendición.

—A ver, un momento. ¿Por qué siento que soy el último trozo de tarta en una fiesta de cumpleaños? —preguntó con una risa nerviosa—. Shoko, tú y yo somos amigos de toda la vida. Utahime, tú eres mi blanco favorito de burlas. Mei Mei, tú eres... bueno, tú. ¿Qué ha cambiado?

Las tres mujeres se quedaron en silencio, intercambiando una mirada que Satoru no pudo descifrar. Fue un lenguaje mudo de pactos rotos y competencia feroz.

—Nada ha cambiado, Satoru —dijo Utahime, cruzándose de brazos—. Solo hemos decidido que ya es hora de que recibas la atención que... "mereces".

—Exacto —añadió Mei Mei—. El mercado se ha vuelto muy competitivo últimamente. Hay que asegurar los activos.

—Básicamente —concluyó Shoko, dándole una palmadita en la mejilla a un Gojo completamente estupefacto—, estamos jugando a algo. Y tú eres el tablero. No preguntes las reglas, porque no te las vamos a decir.

—¿Reglas? ¿Qué reglas? —Satoru intentó usar su carisma—. Vamos, Shoko, dímelo. Soy tu mejor amigo. Utahime, si me lo dices, prometo no interrumpir tus clases en un mes.

Utahime vaciló por un segundo, pero la mirada de reojo de Mei Mei la hizo recuperar la compostura.

—Ni en un millón de años —sentenció la miko.

—Es una competencia secreta, Satoru —ronroneó Mei Mei—. Y a ti te encantan los secretos, ¿verdad?

Gojo se quedó allí, parado en medio del patio, mientras las tres mujeres comenzaban a caminar en direcciones opuestas, no sin antes lanzarse una última mirada de advertencia entre ellas.

—¡Esto es injusto! —gritó Satoru hacia sus espaldas—. ¡Tengo los Seis Ojos! ¡Se supone que debo saberlo todo!

—¡Pues úsalos para algo más que buscar postres! —le gritó Utahime sin darse la vuelta.

Satoru se dejó caer de nuevo en el banco, mirando su caja de mochis. Su mente, que normalmente analizaba miles de escenarios de combate por segundo, estaba ahora atascada en un bucle infinito.

Shoko siempre había sido su ancla. Era la única que recordaba quién era él antes de convertirse en "el más fuerte". Su oferta de ir al bar no era solo por las cajas; era un espacio de calma, de familiaridad.

Utahime... bueno, Utahime era diferente. Siempre había disfrutado molestándola porque su reacción era auténtica. Pero verla esforzarse por ser amable, por traerle algo de su hogar en Kioto, había encendido una chispa de curiosidad que no esperaba. Había algo tierno en su torpeza al intentar ser atenta.

Y Mei Mei. Ella era el poder puro, la sofisticación. La idea de una cena privada con ella era tentadora, no solo por el lujo, sino por la conversación afilada. Con ella, Satoru no tenía que fingir humildad; podía ser tan arrogante y brillante como quisiera.

—Esto va a ser un problema —murmuró Satoru para sí mismo, llevándose un mochi a la boca—. Un problema muy divertido.

...

Esa misma noche, en el dormitorio de los profesores, Shoko Ieiri estaba sentada frente a su computadora cuando recibió un mensaje en el grupo de chat que solo ellas tres compartían. Se llamaba, irónicamente, "Gestión de Crisis".

Mei Mei: "El movimiento del té fue astuto, Utahime. Pero Satoru es un hombre de gustos caros. El sentimentalismo solo llega hasta cierto punto".

Utahime: "No es sentimentalismo, es respeto por las tradiciones. Algo que tú solo valoras si tiene una etiqueta de precio".

Shoko: "Pueden pelear todo lo que quieran. Él ya me confirmó que vendrá a ayudarme con las cajas mañana. Y todos sabemos que en el sótano tres no hay cámaras de seguridad".

Hubo un silencio prolongado en el chat.

Utahime: "¡Shoko! ¡Eso es hacer trampa!"

Mei Mei: "En los negocios no hay trampas, solo oportunidades aprovechadas. Pero no te confíes, doctora. He enviado un regalo anónimo a su oficina que hará que se olvide de tus cajas de cartón".

Shoko sonrió, apagando la pantalla del móvil. Se recostó en su silla, mirando el techo. Sabía que Satoru estaba confundido, y eso era exactamente lo que querían. Por años, él había sido el centro de gravedad, el que dictaba el ritmo de la vida de todos a su alrededor. Ahora, por primera vez, las tornas habían cambiado.

Mientras tanto, en su oficina, Satoru Gojo observaba un paquete envuelto en papel de seda negro y una nota que decía simplemente: "Para que el tiempo vuele mientras no estás conmigo. —M". Dentro, un reloj de una edición tan limitada que probablemente solo existían tres en el mundo.

Casi al mismo tiempo, recibió un correo de Utahime con un itinerario detallado para un festival en Kioto el próximo mes, con una nota que decía: "Si te portas bien, te dejaré ir conmigo".

Y finalmente, un mensaje de texto de Shoko: "¿Cerveza o whisky mañana? Tú eliges".

Satoru se echó hacia atrás en su silla de cuero, dejando que las gafas cayeran sobre la mesa. Se tapó los ojos con una mano y soltó una carcajada que resonó en la habitación vacía.

—Maldita sea —susurró con una sonrisa genuina—. Son peligrosas.

Por primera vez en su vida, el Infinito no se sentía como una barrera que lo aislaba del mundo, sino como un espacio de juego que estaba empezando a llenarse de personas que no tenían miedo de cruzar la línea.

Satoru sabía que esto era una competencia. Podía sentir el filo de la ambición de Mei Mei, el calor de la sinceridad de Utahime y la profundidad de la lealtad de Shoko. Y aunque se suponía que debía sentirse presionado, lo único que sentía era una euforia vibrante.

—Muy bien, chicas —dijo al aire, sus ojos azules brillando en la penumbra—. Si quieren jugar, jugaremos. Pero no esperen que el hombre más fuerte se deje ganar tan fácilmente.

Se levantó, tomó el reloj de Mei Mei, guardó el itinerario de Utahime en su cajón personal y le respondió a Shoko: "Whisky. Del caro".

La guerra por el usuario de los Seis Ojos no había hecho más que empezar, y aunque Satoru Gojo creía que tenía el control, no tenía idea de que, en esa mesa de bar de Shinjuku, tres mujeres ya habían decidido que, sin importar quién ganara, él ya había perdido su invulnerabilidad emocional.

Y eso era, precisamente, lo que lo hacía tan emocionante. La competencia secreta estaba en marcha, y el premio era algo que ni siquiera el Infinito podía proteger: el corazón del hechicero más poderoso de la historia.