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Anhelando el Infinito

El Vértice del Triángulo: Entre el Poder, la Tradición y la Sangre

Satoru Gojo no era un hombre que se sintiera intimidado con facilidad. Se había enfrentado a maldiciones de grado especial que habrían hecho colapsar el corazón de cualquier hechicero promedio, y había caminado por el borde del abismo sin que su pulso se acelerara un solo latido. Sin embargo, mientras caminaba por los pasillos de la escuela de Tokio a la mañana siguiente, sentía una presión atmosférica que ni siquiera su técnica de Infinito podía filtrar por completo. Era una tensión sutil, una red tejida con hilos de seda y espinas que parecía cerrarse a su alrededor.

La primera "emboscada" ocurrió cerca de las máquinas expendedoras.

Utahime Iori estaba allí, apoyada contra la pared con una elegancia que contrastaba con su habitual rigidez. No llevaba su hakama de miko, sino un conjunto casual de falda larga y una blusa de seda que resaltaba su figura de una manera que Satoru, a pesar de su supuesta inmadurez, no pudo ignorar.

—Buenos días, Satoru —dijo ella, y por primera vez en diez años, no hubo un rastro de irritación en su voz.

—Utahime... —Gojo se detuvo, con una mano en el bolsillo—. Te ves... diferente. ¿Has cambiado de champú o es que finalmente has aceptado que soy tu colega favorito?

Utahime soltó una risa suave, un sonido que descolocó a Satoru más que un golpe directo. Se acercó a él, acortando la distancia hasta que el olor a flores de cerezo de su perfume invadió el espacio del albino.

—He estado pensando en lo que dijiste sobre las barreras —comenzó ella, ignorando su provocación—. Tienes razón en que a veces soy demasiado estricta. Así que... he decidido que este fin de semana, en lugar de enviarte los informes por correo, podríamos revisarlos juntos en ese café que tanto te gusta en Roppongi. El que tiene los pasteles de crema de edición limitada.

Satoru parpadeó detrás de sus gafas.

—¿Tú y yo? ¿En público? ¿Sin que intentes lanzarme una taza de té a la cabeza? —preguntó él, ladeando la cabeza con una sonrisa intrigada.

—Si te portas bien, quizás hasta deje que elijas el postre —respondió Utahime, dándole una palmada ligera en el antebrazo antes de alejarse con un paso decidido.

Gojo se quedó mirando cómo se marchaba. "Eso ha sido... extrañamente efectivo", pensó. Pero no tuvo tiempo de procesarlo, porque su teléfono vibró en su bolsillo. Era una notificación de transferencia bancaria. Una cifra con demasiados ceros.

Segundos después, Mei Mei apareció como si hubiera surgido de las sombras mismas de los árboles del campus. Llevaba un vestido negro ajustado que gritaba "autoridad" y "lujo" a partes iguales.

—Satoru, querido —dijo ella, jugueteando con una de sus trenzas celestes—, acabo de mover algunas de tus inversiones. Te he generado un beneficio del quince por ciento en menos de veinticuatro horas. Consideralo un regalo de cortesía.

—Mei, sabes que el dinero no es algo que me falte —respondió Gojo, recuperando su compostura habitual—, pero aprecio el gesto. ¿A qué se debe tanta generosidad?

Mei Mei se acercó, lo suficiente como para que Satoru pudiera ver el brillo grisáceo de sus ojos, fríos y calculadores, pero cargados de una promesa que no tenía nada que ver con las finanzas.

—El dinero es solo una herramienta, Satoru. Lo que realmente importa es el acceso. Tengo una reserva para esta noche en el restaurante más exclusivo de Ginza. Un lugar donde la privacidad es absoluta y el menú es... inolvidable. Solo hay dos sillas disponibles. La mía ya está ocupada. La otra... bueno, depende de si prefieres la compañía de alguien que entienda el valor del poder.

—¿Una cita de negocios, Mei? —preguntó Gojo, arqueando una ceja.

—Llamémoslo una "auditoría de compatibilidad" —susurró ella, pasando sus dedos rozando apenas la solapa de la chaqueta de Gojo antes de desaparecer hacia el edificio principal.

Satoru exhaló un suspiro largo. Sus Seis Ojos estaban trabajando a plena capacidad, analizando las micro-expresiones, los ritmos cardíacos y las fluctuaciones de energía. No había duda: esto era una guerra de desgaste. Y él, por primera vez, estaba disfrutando de ser el territorio en disputa.

Sin embargo, todavía le faltaba la pieza más impredecible del rompecabezas.

Caminó hacia la morgue, el lugar donde el olor a antiséptico y la muerte siempre estaban presentes. Shoko Ieiri estaba allí, pero no estaba examinando un cadáver. Estaba sentada en su escritorio, con los pies apoyados sobre un montón de informes y un cigarrillo apagado entre los dedos.

—Llegas tarde para las cajas, Satoru —dijo ella sin mirarlo.

—Tuve un par de... interrupciones interesantes en el camino —respondió él, sentándose en la mesa de operaciones vacía, balanceando sus largas piernas—. Utahime quiere llevarme a comer pasteles y Mei Mei quiere comprarme Ginza. ¿Qué tienes tú para mí, Shoko? ¿Un cuerpo nuevo para diseccionar?

Shoko finalmente levantó la vista. Sus ojeras eran profundas, pero había una serenidad en ella que ninguna de las otras dos poseía. Ella no necesitaba perfumes caros ni promesas de poder. Ella tenía algo mucho más valioso: el tiempo compartido.

—Tengo esto —dijo ella, sacando una vieja fotografía de su cajón.

Era una foto de sus días de estudiantes. Geto, Shoko y Satoru. Los tres sonreían, ajenos a la tragedia que los separaría años después.

—Recuerdo ese día —murmuró Satoru, su voz perdiendo parte de su arrogancia—. Hacía un calor infernal y Suguru se quejaba de que su flequillo se pegaba a su frente.

—Y tú te comiste tres helados seguidos y terminaste con dolor de estómago, obligándome a usar mi técnica inversa en tu sistema digestivo —añadió Shoko con una pequeña sonrisa nostálgica—. Satoru, ellas están jugando a un juego de conquista. Quieren al "Hechicero más Fuerte". Quieren el prestigio o el desafío.

—¿Y tú qué quieres, Shoko? —preguntó él, fijando sus ojos azules en ella.

Shoko se levantó y caminó hacia él. No hubo gestos dramáticos ni palabras seductoras. Simplemente se detuvo frente a él y le puso una mano en el pecho, justo sobre su corazón.

—Yo quiero al idiota que se quejaba por un helado. Quiero al hombre que se sienta aquí en silencio cuando el mundo exterior se vuelve demasiado ruidoso. No necesito llevarte a Ginza ni a Roppongi. Solo necesito que te quedes aquí un rato más.

Satoru sintió que su Infinito flaqueaba. No porque alguien lo hubiera roto, sino porque él mismo lo estaba dejando caer. La sinceridad de Shoko era un arma mucho más letal que la ambición de Mei Mei o el nuevo encanto de Utahime.

—Eres injusta, Shoko —dijo Gojo con una risa suave—. Usar la nostalgia es un golpe bajo.

—En la guerra y en el amor, Satoru... bueno, ya conoces el dicho —respondió ella, dándole un golpecito en la nariz—. Ahora, ayuda con las cajas. No se van a mover solas.

Durante las siguientes horas, Satoru trabajó en silencio, ayudando a Shoko a organizar el almacén. Pero su mente estaba en otra parte. Sabía que Utahime lo esperaba con una determinación renovada y que Mei Mei ya estaba preparando su siguiente movimiento estratégico.

Al caer la tarde, Gojo salió del edificio de medicina y se encontró con una escena que no esperaba. Utahime y Mei Mei estaban paradas en el patio, hablando en voz baja. La tensión entre ellas era casi visible, como dos depredadores que han acorralado a la misma presa pero no están dispuestos a compartirla.

—Vaya, ¿una reunión de comité? —preguntó Satoru, acercándose con las manos en los bolsillos y su habitual aire de despreocupación.

Utahime se giró, sus ojos brillando con una chispa de competitividad.

—Satoru, he reservado el transporte para el sábado. No acepto un "no" por respuesta.

—Y yo he confirmado la cena para las nueve —intervino Mei Mei, cruzándose de brazos—. El tiempo es dinero, Satoru, y no me gusta desperdiciar ninguno de los dos.

Antes de que Gojo pudiera responder, la puerta del edificio de medicina se abrió y Shoko salió, quitándose la bata blanca para revelar un vestido sencillo pero elegante debajo.

—Llegan tarde —dijo Shoko, caminando hacia el grupo—. Satoru y yo ya hemos hecho planes para cenar algo rápido y luego ir a ese bar donde nos juntamos la otra noche.

Utahime y Mei Mei se quedaron en silencio, mirando a Shoko con una mezcla de sorpresa e indignación.

—¿Ah, sí? —preguntó Mei Mei, entornando los ojos—. No recuerdo que Satoru mencionara eso.

—Es que no lo mencioné —dijo Gojo, rascándose la nuca con una sonrisa traviesa—, porque Shoko acaba de decidirlo ahora mismo. Y como ella es la que tiene que curarme cada vez que meto la pata, no me atrevo a llevarle la contraria.

Utahime dio un paso adelante, señalando a Gojo con un dedo acusador.

—¡Eres un desastre, Satoru! ¡No puedes simplemente cancelar planes que ni siquiera habías aceptado formalmente para irte con ella!

—En realidad, puedo —respondió él, disfrutando del caos—. Soy el más fuerte, ¿recuerdan? Puedo estar en tres lugares a la vez si uso mi velocidad... pero hoy, creo que prefiero el ritmo de Shoko.

Shoko pasó su brazo por el de Satoru, lanzando una mirada de triunfo silencioso a las otras dos.

—No se preocupen, chicas —dijo la doctora—. Se los devolveré entero. O al menos, tan entero como este idiota puede estar.

Mientras Shoko y Satoru se alejaban, Utahime y Mei Mei se quedaron solas en el patio. El silencio duró apenas unos segundos antes de que Mei Mei soltara una risa seca.

—Ha ganado esta ronda —comentó la mujer de cabello celeste—, pero el mercado es volátil. Shoko tiene la ventaja de la proximidad, pero yo tengo los recursos.

—Y yo tengo la paciencia —añadió Utahime, apretando los puños—. Satoru siempre acaba volviendo a lo que conoce. Y yo no voy a rendirme tan fácilmente.

—¿Una alianza temporal? —preguntó Mei Mei, mirando a la miko con una sonrisa astuta—. Si dividimos su atención, Shoko no podrá mantener su ventaja de "mejor amiga" por mucho tiempo. Una vez que la saquemos de la ecuación, volveremos a nuestra competencia personal.

Utahime lo pensó por un momento. No le gustaba la forma en que Mei Mei veía todo como una transacción, pero sabía que sola no podría competir con la historia compartida que Shoko tenía con Gojo.

—Solo hasta que Shoko pierda esa sonrisa de suficiencia —aceptó Utahime, estrechando la mano de Mei Mei.

...

Mientras tanto, en el bar de Shinjuku, Satoru y Shoko compartían una ronda de bebidas en el mismo rincón oscuro donde las tres mujeres habían comenzado todo.

—Sabes que esto no va a terminar aquí, ¿verdad? —preguntó Shoko, observando a Gojo a través del humo de su cigarrillo.

—Lo sé —respondió él, bebiendo su whisky—. Utahime va a intentar ser "la mujer perfecta" durante una semana antes de explotar y gritarme, y Mei Mei va a intentar comprarme un país pequeño solo para impresionarme.

—¿Y eso te gusta? —Shoko lo miró fijamente.

Satoru dejó el vaso y se quitó las gafas, revelando esos ojos azules que parecían contener el cielo mismo. Por un momento, no hubo bromas, ni arrogancia, ni máscaras.

—Me gusta que, por primera vez, no me miren como a un arma —confesó él en voz baja—. Me gusta que se peleen por mí como si fuera un hombre normal. Es... refrescante.

Shoko sonrió, una sonrisa triste pero comprensiva.

—Eres cualquier cosa menos normal, Satoru. Pero si jugar a este juego te hace sentir un poco más humano, entonces supongo que vale la pena el dolor de cabeza.

—¿Incluso si eso significa que Utahime y Mei Mei intenten asesinarte con la mirada mañana? —bromeó Gojo.

—He sobrevivido a cosas peores —respondió ella, levantando su vaso—. Por el Infinito y las idioteces que nos hace cometer.

Satoru brindó con ella, sintiendo que, aunque la tormenta se avecinaba y la competencia entre las tres mujeres pronto alcanzaría niveles catastróficos para la paz de la escuela, no cambiaría ese momento por nada.

Porque en ese pequeño bar, rodeado por el aroma del tabaco y el alcohol, el hombre más fuerte del mundo se sentía, por fin, deseado no por lo que podía hacer, sino por quién era.

Aunque, por supuesto, sabía que el sábado tendría que enfrentarse a una Utahime muy armada con pasteles y el lunes a una Mei Mei con contratos de exclusividad.

—Esto va a ser muy divertido —susurró Gojo para sí mismo, mientras los Seis Ojos detectaban, a lo lejos, la energía de las otras dos mujeres que ya estaban planeando su siguiente asalto.

La guerra por Satoru Gojo no había hecho más que subir de nivel, y el campo de batalla estaba a punto de volverse mucho más complicado. Porque cuando tres mujeres de ese calibre deciden que quieren lo mismo, ni siquiera el Infinito es una defensa suficiente.