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Aprendamos a amar

Sombras en el asfalto y latidos compartidos

El aire fresco de la madrugada en Seúl no fue suficiente para disipar el calor que todavía quemaba bajo la piel de Na Hwa-jin. El humo de su cigarrillo se mecía perezosamente, mezclándose con la neblina que empezaba a cubrir las calles cercanas a la sede de la Agencia de Protección de los Derechos. A pocos metros, el motor de la motocicleta de Han-rin rugió, un sonido potente que rompió el silencio sepulcral de la zona industrial.

Él la observó de reojo. Ella se estaba ajustando el casco, pero antes de bajar la visera, sus ojos rojos se encontraron con los de él. No hubo necesidad de palabras; el mensaje era claro. Lo que había sucedido en la oficina no era un error, pero tampoco era algo que pudieran llevar colgado en el pecho como una medalla. Eran soldados en una guerra sucia contra la delincuencia escolar, y las distracciones solían costar sangre.

Sin embargo, cuando Han-rin arrancó y se perdió en la oscuridad, Hwa-jin sintió un vacío inusual. Arrojó la colilla al suelo, la aplastó con la punta de su zapato italiano y soltó un suspiro cargado de una satisfacción que no recordaba haber sentido en años.

—Maldita sea —murmuró para sí mismo, subiéndose a su coche—. Esto va a complicar las cosas.

A la mañana siguiente, el sol se filtraba de manera agresiva por las persianas de la oficina. El caos habitual de expedientes apilados y tazas de café frío parecía el mismo, pero el ambiente entre los dos inspectores principales era eléctrico. Bong Geun-dae, el tercer miembro del equipo, entró en la sala con su energía habitual, ajeno a la tensión que hacía vibrar las paredes.

—¡Buenos días, equipo! —exclamó Geun-dae, dejando una bolsa de bollos sobre la mesa de reuniones—. Tenemos un nuevo caso en el distrito de Gangnam. Un grupo de estudiantes de élite está usando una aplicación de mensajería cifrada para organizar peleas clandestinas y extorsionar a los profesores.

Hwa-jin, que estaba apoyado contra la pared con los brazos cruzados y el cabello recogido en una coleta desordenada, apenas asintió. Sus ojos estaban fijos en Han-rin, que revisaba unos documentos con una concentración que parecía casi forzada.

—¿Han-rin? —Geun-dae la llamó al ver que no respondía—. ¿Estás bien? Tienes las ojeras más marcadas de lo normal.

Han-rin levantó la vista, manteniendo su expresión de acero.

—No es nada, Geun-dae. Solo no dormí bien —respondió ella, su voz firme pero con un matiz de aspereza que solo Hwa-jin supo identificar—. Pásame el informe de Gangnam. Si esos mocosos creen que pueden jugar a ser gánsteres, les enseñaremos cómo se ve una verdadera disciplina militar.

Hwa-jin se despegó de la pared y caminó hacia la mesa, deteniéndose justo al lado de ella. El roce de sus hombros fue breve, casi imperceptible, pero ambos sintieron una descarga eléctrica que les recordó el contacto de sus cuerpos unas horas antes.

—Yo me encargaré de la infiltración inicial —dijo Hwa-jin, tomando una de las fotos de los sospechosos—. Estos chicos ricos necesitan a alguien que hable su idioma... o que sepa cómo romperles los juguetes. Han-rin, tú estarás en el perímetro. No quiero que ninguno escape cuando la situación se ponga fea.

—Puedo manejar la infiltración también, Hwa-jin —replicó ella, desafiándolo con la mirada—. No necesito que me asignes el trabajo "seguro".

Hwa-jin esbozó esa sonrisa cínica y peligrosa que lo caracterizaba, pero sus ojos brillaron con algo parecido a la protección.

—No es por seguridad, sargento. Es por eficiencia. Tú eres el martillo; yo soy el que encuentra la grieta en el muro.

Han-rin apretó la mandíbula, pero finalmente asintió. Geun-dae los miró a ambos, confundido por la intensidad de la interacción, pero decidió no hacer preguntas. En ese equipo, las jerarquías y los temperamentos eran complicados de entender.

El operativo comenzó esa misma tarde. El escenario era un gimnasio privado en un ático de lujo. Hwa-jin, vestido con su traje negro impecable, entró como si fuera el dueño del lugar. Su presencia intimidante fue suficiente para silenciar a los adolescentes que se creían dueños del mundo.

—¿Quién de ustedes es el que organiza este circo? —preguntó Hwa-jin, sacando un palo de madera que solía usar para "educar" a los rebeldes.

Mientras Hwa-jin lidiaba con los matones en el interior, Han-rin vigilaba desde la azotea del edificio contiguo. A través de la mira de sus binoculares, observaba cada movimiento de Hwa-jin. Verlo pelear era como observar una danza violenta y perfectamente coreografiada. Había una belleza cruda en la forma en que él desarmaba a sus oponentes, no solo físicamente, sino rompiendo su voluntad.

—Siempre tan arrogante —susurró ella para sí misma, aunque una sonrisa involuntaria curvó sus labios.

De repente, su radio chirrió. Era la voz de Geun-dae.

—¡Han-rin! Tenemos un problema. Hay un segundo grupo subiendo por el ascensor de servicio. Llevan armas blancas. Hwa-jin no los ha visto.

Han-rin no esperó un segundo. Se lanzó por el cable de seguridad, descendiendo por la fachada del edificio con una agilidad asombrosa. Rompió el cristal de una de las ventanas laterales y aterrizó en medio del pasillo justo cuando los refuerzos de los estudiantes llegaban.

—La clase ha comenzado —dijo ella, poniéndose en posición de Jeet Kune Do—. Y hoy no habrá aprobados.

La pelea fue intensa. Han-rin se movía como un torbellino, utilizando la fuerza de sus oponentes en su contra. Sus golpes eran secos, precisos y letales. Cuando el último de los atacantes cayó al suelo, ella se tomó un momento para recuperar el aliento, ajustándose la chaqueta táctica que apenas contenía su respiración agitada.

La puerta del gimnasio se abrió y Hwa-jin salió, arrastrando al líder del grupo por el cuello de su camisa de marca. Se detuvo al ver a Han-rin rodeada de cuerpos inconscientes.

—Llegas tarde a la fiesta —dijo él, aunque su mirada recorrió el cuerpo de ella con preocupación genuina, buscando alguna herida.

—Alguien tenía que limpiar tu desorden —respondió ella, caminando hacia él.

Se quedaron solos en el pasillo, mientras Geun-dae se encargaba de llamar a las patrullas de apoyo para procesar a los detenidos. La adrenalina del combate todavía corría por sus venas, mezclándose con el deseo residual de la noche anterior.

Hwa-jin soltó al chico, que quedó ovillado en el suelo, y dio un paso hacia Han-rin. La acorraló suavemente contra la pared, bloqueando su salida con sus brazos.

—Te dije que te quedaras en el perímetro —murmuró él, su voz descendiendo a un tono peligrosamente bajo y ronco.

—Y yo te dije que no necesito que me protejas —replicó ella, aunque no hizo ningún intento por empujarlo. Sus ojos rojos brillaban con una intensidad feroz—. Sé cuidarme sola, Hwa-jin.

—Lo sé. Pero eso no quita que me hierva la sangre cada vez que te veo en medio del fuego —Hwa-jin acercó su rostro al de ella, lo suficiente como para sentir el calor que emanaba de su piel—. Eres una mujer increíblemente terca, Han-rin.

—Y tú eres un inspector demasiado dramático —ella estiró la mano y agarró la corbata de él, tirando ligeramente—. Pero supongo que eso es lo que te hace efectivo.

Hwa-jin dejó escapar una risa corta y seca. Se inclinó y le susurró al oído, rozando el lóbulo con sus labios.

—Esta noche... mi casa. Sin informes, sin mocosos que golpear y sin Geun-dae interrumpiendo.

Han-rin sintió un escalofrío recorrerle la columna. La disciplina militar que tanto la definía parecía desmoronarse cada vez que él estaba así de cerca.

—¿Es una orden, inspector Na? —preguntó ella, con un tono desafiante pero cargado de promesa.

—Consideralo una sugerencia táctica —respondió él, dándole un beso fugaz en la mejilla antes de separarse justo cuando Geun-dae doblaba la esquina.

—¡Todo despejado! —gritó el joven inspector, limpiándose el sudor de la frente—. Buen trabajo, equipo. Aunque, Hwa-jin, deberías haber visto cómo Han-rin se encargó de esos tipos. ¡Fue increíble!

Hwa-jin miró a Han-rin y le guiñó un ojo discretamente.

—Oh, lo sé, Geun-dae. Créeme que lo sé.

El resto del día transcurrió en un desdibujado ir y venir de papeleo, declaraciones y llamadas a los padres de los estudiantes, quienes intentaron, sin éxito, sobornar a Hwa-jin. Para el momento en que el sol se ocultó, ambos estaban exhaustos, pero la promesa de la noche los mantenía alerta.

Hwa-jin vivía en un apartamento sencillo pero espacioso en las afueras. No había lujos, solo lo necesario: una estantería llena de libros de leyes y tácticas, un sofá de cuero desgastado y una vista impresionante de las luces de la ciudad. Cuando Han-rin llamó a la puerta, él ya la esperaba con dos vasos de whisky y el cabello suelto, cayendo libremente sobre sus hombros.

Ella entró, dejando su chaqueta en el perchero. Vestía una camiseta negra sencilla y pantalones ajustados, una imagen mucho más relajada que la de la sargento implacable que el mundo conocía.

—Vaya —dijo ella, mirando alrededor—. Pensé que vivirías en una cueva rodeado de expedientes de casos sin resolver.

—A veces lo hago —admitió Hwa-jin, entregándole un vaso—. Pero hoy quería algo diferente.

Bebieron en silencio por unos minutos, dejando que la calma de la noche se asentara entre ellos. No era un silencio incómodo; era la paz de dos guerreros que finalmente habían encontrado un territorio neutral.

—Hwa-jin —dijo ella de repente, dejando el vaso sobre la mesa—. ¿Por qué ahora? Hemos trabajado juntos durante años. Me salvaste cuando éramos adolescentes... ¿Por qué dejamos que pasara tanto tiempo?

Él dejó su vaso y se acercó a ella, sentándose a su lado en el sofá. Su rostro, generalmente endurecido por el cinismo, se suavizó.

—Porque ambos somos un desastre, Han-rin. Tú estabas demasiado ocupada construyendo muros para que nadie volviera a lastimarte, y yo... yo estaba demasiado ocupado convirtiéndome en el monstruo que asusta a los monstruos. Tenía miedo de que, si me acercaba demasiado, terminaría rompiendo lo único puro que quedaba en mi vida.

Han-rin sintió un nudo en la garganta. Extendió la mano y acarició la barba incipiente de Hwa-jin, trazando la línea de su mandíbula.

—No eres un monstruo para mí, Hwa-jin —susurró ella—. Eres el hombre que me enseñó que no tengo que luchar sola.

Él no esperó más. La tomó por la nuca y la besó con una urgencia que decía todo lo que las palabras no podían expresar. Han-rin respondió con la misma intensidad, rodeando su cuello con los brazos y atrayéndolo hacia ella. El whisky y el deseo se mezclaron en un beso que sabía a redención.

Hwa-jin la levantó con facilidad, llevándola hacia la habitación mientras sus manos exploraban cada curva de su cuerpo, memorizando la textura de su piel y la firmeza de sus músculos. En la penumbra del dormitorio, la ropa desapareció rápidamente, dejando al descubierto no solo sus cuerpos, sino también sus cicatrices.

Cada marca en la piel de Han-rin contaba una historia de supervivencia; cada cicatriz en el torso de Hwa-jin era un recordatorio de una lección impartida. Al acariciarse, no solo buscaban placer, sino también consuelo.

—Eres hermosa —murmuró Hwa-jin, su voz vibrando contra el pecho de ella.

Han-rin arqueó la espalda cuando él comenzó a besar el valle entre sus senos, sus manos apretando las sábanas con fuerza. El contraste entre la dureza de las manos de Hwa-jin y la sensibilidad de su tacto la volvía loca.

—Hwa-jin... —jadeó ella, buscando sus labios de nuevo.

El encuentro fue una tormenta de sensaciones. No había jerarquías aquí, ni inspectores, ni agentes. Eran solo dos personas encontrando un hogar en el otro. Hwa-jin se movía con una mezcla de fuerza y ternura, asegurándose de que Han-rin sintiera cada gramo de su afecto. Ella, por su parte, se entregaba por completo, permitiéndose ser vulnerable de una manera que nunca antes había experimentado.

Cuando el clímax los alcanzó, fue como una explosión de luz en medio de la oscuridad que solía rodear sus vidas. Se quedaron abrazados, sus respiraciones sincronizándose lentamente mientras el sudor se enfriaba en sus cuerpos.

Hwa-jin la envolvió en sus brazos, cubriéndolos con la manta. Han-rin apoyó la cabeza en su hombro, trazando círculos distraídos en su pecho.

—Mañana habrá más problemas —dijo ella en voz baja.

—Lo sé —respondió él, besando su frente—. Más matones, más corrupción, más lecciones que dar.

—Pero ya no parece tan agotador —comentó ella, cerrando los ojos.

Hwa-jin sonrió, una sonrisa real y cálida que solo ella vería jamás.

—No, no lo es. Porque ahora, cuando termine el día, sé exactamente a dónde quiero volver.

Se quedaron dormidos mientras la ciudad de Seúl seguía su curso frenético afuera. En ese pequeño apartamento, el inspector Na y la sargento Im habían encontrado algo que ninguna ley ni ningún entrenamiento militar les pudo dar: la certeza de que, sin importar cuán oscuro fuera el mundo, siempre habría alguien dispuesto a luchar a su lado, tanto en las calles como bajo las sábanas.

La guerra contra la injusticia continuaría al amanecer, pero por esa noche, la única lección que importaba era la que habían aprendido juntos: que incluso los corazones más endurecidos pueden encontrar un refugio en el amor.