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Aprendamos a amar

La ponzoña del acero verde

El crujido de la madera al romperse contra el suelo del gimnasio fue el único sonido que rompió el tenso silencio. Na Hwa-jin observó al estudiante de tercer año retorcerse de dolor, pero sus pensamientos no estaban en la lección que acababa de impartir. Sus ojos, entornados y cargados de una irritación inusual, estaban fijos en la entrada del pabellón deportivo. Allí, recortados contra la luz del atardecer, estaban Lim Han-rin y Bong Geun-dae.

Ella se estaba riendo. No era esa sonrisa profesional y gélida que reservaba para los interrogatorios, ni la mueca de satisfacción tras un combate. Era una risa genuina, ligera, provocada por algo que el joven Geun-dae le había susurrado al oído mientras sostenía dos latas de café frío.

Hwa-jin apretó el agarre sobre su bastón de madera. Sintió una punzada ácida en el estómago, un malestar que no podía atribuir a la mala alimentación o al cansancio. Era algo más visceral, algo que quemaba con la intensidad del asfalto caliente.

—Parece que el inspector Na terminó antes de lo previsto —comentó Geun-dae, acercándose con esa energía juvenil que a Hwa-jin, ese día en particular, le resultaba insoportable—. ¡Buen trabajo con esos matones, superior! ¿Quieres un café?

Hwa-jin ni siquiera miró la lata que el chico le ofrecía. Sus ojos estaban clavados en Han-rin, quien todavía mantenía un rastro de esa alegría inusual en su rostro.

—Estamos en medio de un operativo, Geun-dae —dijo Hwa-jin, su voz sonando más ronca y cortante de lo habitual—. No es momento para irse de merienda.

Han-rin arqueó una ceja, su mirada roja encontrándose con la de él. Detectó de inmediato la aspereza en su tono, pero decidió no darle importancia frente al subordinado.

—Solo fueron cinco minutos, Hwa-jin —respondió ella con calma, cruzando los brazos sobre su pecho—. Geun-dae solo estaba compartiendo información sobre el siguiente objetivo mientras esperábamos a que despejaras la zona. No seas tan dramático.

—La información se comparte en la oficina, no entre risitas en el pasillo —replicó él, dando un paso hacia ellos. La diferencia de altura y su aura intimidante solían ser suficientes para silenciar a cualquiera, pero Han-rin no era cualquiera.

—Vaya, superior, parece que hoy te has levantado de mal humor —intervino Geun-dae, rascándose la nuca con nerviosismo—. Solo estábamos comentando lo bien que le salió a la inspectora Im la maniobra de Jeet Kune Do de ayer. ¡Fue increíble! Debería enseñarme algún día, ¿verdad, Han-rin?

Ella le dedicó una pequeña sonrisa al joven, una que hizo que los nudillos de Hwa-jin se volvieran blancos.

—Cuando quieras, Geun-dae. Tienes buena base, solo te falta un poco de malicia.

Hwa-jin soltó un bufido de desprecio y pasó entre ellos, golpeando ligeramente el hombro de Geun-dae al hacerlo.

—Vámonos. Tenemos un informe que redactar y no quiero perder más tiempo —dijo sin mirar atrás.

El trayecto de regreso en el coche fue un suplicio de silencio denso. Geun-dae, por una vez, pareció captar la atmósfera pesada y se mantuvo callado en el asiento trasero, aunque Han-rin lo consultaba de vez en cuando sobre unos datos en su tableta, acercándose a él para ver mejor la pantalla. Por el espejo retrovisor, Hwa-jin veía cómo sus cabezas casi se tocaban.

Al llegar a la Agencia, Hwa-jin entró en su oficina y cerró la puerta con un golpe seco. Se quitó la chaqueta del traje y se aflojó la corbata, sintiendo que el aire le faltaba. Se sentó frente al escritorio y trató de concentrarse en los perfiles de los delincuentes, pero las imágenes de Han-rin sonriendo a Geun-dae se superponían a las fotos de los expedientes.

¿Qué demonios le pasaba? Él no era un adolescente celoso. Era un hombre que había visto lo peor de la humanidad, un agente especial que mantenía la cabeza fría bajo fuego cruzado. Pero ver a Han-rin buscar la compañía de otro, verla bajar la guardia con alguien que no era él... eso le dolía más que cualquier golpe que hubiera recibido.

Unos minutos después, la puerta se abrió sin previo aviso. Han-rin entró, cerrándola tras de sí con la misma contundencia que él había usado antes.

—¿Se puede saber qué te pasa hoy? —preguntó ella, plantándose frente a su escritorio.

Hwa-jin no levantó la vista.

—No me pasa nada. Solo estoy cansado de la incompetencia.

—¿Incompetencia? —Han-rin soltó una carcajada seca—. Geun-dae es uno de los mejores agentes que hemos tenido. Es eficiente, disciplinado y, a diferencia de ti, sabe lo que significa el trabajo en equipo sin intentar pisotear a todo el mundo.

Hwa-jin levantó la mirada entonces. Sus ojos oscuros brillaban con una furia contenida.

—Si tanto te gusta su "eficiencia", quizás deberías pedir un cambio de compañero. Estoy seguro de que él estaría encantado de que le enseñaras tus técnicas de combate en privado.

El silencio que siguió a sus palabras fue tan pesado que parecía tener masa física. Han-rin lo miró fijamente, procesando lo que acababa de escuchar. Lentamente, una chispa de comprensión cruzó sus ojos rojos, seguida de una sombra de incredulidad.

—No puede ser —susurró ella, acercándose un paso más—. Estás celoso.

—No digas estupideces —escupió Hwa-jin, poniéndose en pie para intentar recuperar la ventaja táctica de su estatura—. Me preocupa la distracción profesional. Eso es todo.

—Mentira —replicó ella, rodeando el escritorio hasta quedar a escasos centímetros de él—. Te ha molestado que me riera con él. Te ha molestado que pasáramos tiempo juntos. Hwa-jin, eres patético.

Él la agarró por los hombros, no con violencia, sino con una urgencia desesperada.

—¡Me molesta que le des a él lo que es mío! —exclamó, su voz rompiéndose por la intensidad de la emoción—. Esa sonrisa, esa forma de relajarte... yo fui quien te encontró en ese callejón. Yo soy el que conoce cada una de tus cicatrices. Yo soy el que estuvo contigo anoche.

Han-rin no se apartó. Al contrario, apoyó las manos en el pecho de él, sintiendo el latido errático de su corazón bajo la camisa blanca.

—Nadie me posee, Hwa-jin. Ni siquiera tú —dijo ella con voz suave pero firme—. Pero el hecho de que pienses que Geun-dae podría significar algo para mí comparado con lo que tenemos... es un insulto a mi inteligencia. Y a la tuya.

Hwa-jin exhaló un suspiro tembloroso, dejando caer su frente contra la de ella. El calor de su piel comenzó a disolver el hielo de sus celos, pero la inseguridad todavía latía en el fondo.

—Lo veo mirarte —murmuró él—. Es joven, no está tan roto como yo. Tiene esa esperanza en los ojos que yo perdí hace mucho tiempo.

—Esa esperanza es aburrida —respondió Han-rin, deslizando sus manos hacia el cuello de Hwa-jin, enredando sus dedos en su cabello desordenado—. Yo no necesito a alguien que me mire con adoración, Hwa-jin. Necesito a alguien que pueda aguantar mi ritmo. Alguien que no tenga miedo de ensuciarse las manos conmigo.

Hwa-jin la rodeó por la cintura, pegándola a su cuerpo con una fuerza que buscaba reafirmar su conexión.

—Aun así, no quiero volver a verlo tan cerca de ti.

—Eres un hombre posesivo y difícil, Na Hwa-jin —dijo ella, permitiendo que una pequeña sonrisa, esta vez solo para él, asomara a sus labios—. Pero supongo que tendré que aprender a lidiar con eso.

Sin previo aviso, Han-rin lo empujó hacia atrás, haciendo que él cayera sentado en su gran silla de cuero. Antes de que pudiera reaccionar, ella se sentó a horcajadas sobre su regazo, atrapándolo entre el respaldo y su propio cuerpo. La falda de su uniforme se subió ligeramente, revelando la firmeza de sus muslos.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó él, aunque su voz ya había perdido toda autoridad—. Geun-dae podría entrar en cualquier momento.

—Que entre —respondió ella desafiante, desabrochando los dos primeros botones de la camisa de Hwa-jin—. Así aprenderá una lección sobre los límites territoriales de su superior.

Hwa-jin sintió que su resolución se desmoronaba. Sus manos subieron instintivamente a las caderas de Han-rin, apretando con posesividad. El aroma a pólvora y ese perfume sutil que siempre lo volvía loco inundaron sus sentidos, borrando cualquier rastro de lógica.

—Han-rin... —advirtió él, aunque sus dedos ya estaban buscando el borde de su blusa.

—Cállate y enséñame por qué no debería fijarme en nadie más —le ordenó ella antes de lanzarse sobre sus labios.

El beso fue una lucha de poder, una colisión de dientes y lenguas que buscaba marcar territorio. Hwa-jin la besaba con una ferocidad que rozaba la desesperación, queriendo borrar cualquier rastro de la risa que ella había compartido con Geun-dae. Sus manos se movían con urgencia, explorando la piel ardiente bajo su ropa, reconociendo cada curva que ya sentía como propia.

Han-rin soltó un gemido profundo, echando la cabeza hacia atrás cuando Hwa-jin comenzó a besar su cuello, dejando marcas que no desaparecerían fácilmente. Ella se aferró a sus hombros, clavando sus uñas en la tela de su camisa.

—Tú... —jadeó ella—, eres la persona más exasperante que conozco.

—Y tú eres la única que puede soportarme —respondió él contra su piel, su voz vibrando en el pecho de Han-rin.

En ese momento, el teléfono del escritorio comenzó a sonar. Era la línea interna. Hwa-jin lo ignoró, pero el aparato insistió. Con un gruñido de frustración, alargó la mano y descolgó sin dejar de besar el hombro de Han-rin.

—¿Qué? —ladró al auricular.

—Superior Na —era la voz de Geun-dae, sonando algo confundida—. El director quiere los informes de Gangnam ahora mismo. Dice que es urgente. ¿Está la inspectora Im con usted? No la encuentro por ninguna parte.

Hwa-jin miró a Han-rin a los ojos. Ella tenía las mejillas encendidas y los labios hinchados, una imagen de perdición que solo él podía ver. Una sonrisa maliciosa y triunfante cruzó el rostro del inspector.

—Está ocupada, Geun-dae —dijo Hwa-jin, manteniendo la mirada fija en su compañera—. Muy ocupada. Dile al director que subiremos en media hora. Y Geun-dae...

—¿Sí, superior?

—No vuelvas a interrumpir.

Colgó el teléfono y lo arrojó lejos del escritorio. Han-rin soltó una risita baja, una que esta vez no le molestó en absoluto.

—Eso ha sido muy maduro de tu parte —se burló ella, desabrochando el cinturón de él.

—Nunca dije que fuera maduro —replicó Hwa-jin, levantándola del regazo solo para colocarla sobre el escritorio, apartando los papeles con un movimiento brusco—. Solo dije que eres mía.

—Pruébalo —lo desafió ella, abriendo las piernas para invitarlo a entrar en su espacio personal.

Hwa-jin no necesitó que se lo dijeran dos veces. Se deshizo de lo que quedaba de su ropa con una eficiencia que rivalizaba con sus tácticas de combate. Cuando finalmente se hundió en ella, ambos soltaron un suspiro de alivio y necesidad satisfecha. El movimiento era rítmico, intenso, una danza de sombras en la oficina que se volvía cada vez más oscura a medida que el sol terminaba de ocultarse.

Cada embestida de Hwa-jin era una declaración, una forma de reclamar lo que sentía que el mundo intentaba arrebatarle. Han-rin respondía con la misma fuerza, envolviendo sus piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo hacia lo más profundo de su ser. En ese intercambio frenético, los celos se transformaron en una pasión cruda que los dejó a ambos sin aliento.

Cuando el clímax los alcanzó, fue en un silencio roto solo por sus respiraciones entrecortadas y el sonido de sus corazones latiendo al unísono. Hwa-jin se quedó apoyado contra ella, escondiendo el rostro en el hueco de su cuello, sintiendo cómo el pulso de Han-rin se estabilizaba.

—¿Mejor? —preguntó ella después de un rato, acariciando su cabello largo con suavidad.

Hwa-jin se separó lo suficiente para mirarla. La luz de la luna que entraba por la ventana bañaba su cuerpo, dándole un aire casi irreal.

—Sí —admitió él, su voz recuperando algo de su calma habitual—. Pero sigo pensando que Geun-dae necesita más entrenamiento de campo. Lejos de la oficina.

Han-rin soltó una carcajada y le dio un pequeño golpe en el pecho.

—Eres incorregible. Pero supongo que puedo vivir con un compañero celoso, siempre y cuando sepa cómo compensarlo.

Hwa-jin sonrió, una sonrisa genuina que no ocultaba ninguna oscuridad. Se inclinó para darle un beso casto en la frente antes de empezar a recoger su ropa.

—Mañana le daré una lección de combate a Geun-dae —dijo mientras se ponía los pantalones—. Una de verdad.

—No seas demasiado duro con él —pidió Han-rin, arreglándose la blusa—. Es un buen chico.

—Seré lo suficientemente duro para que aprenda a respetar el espacio personal de sus superiores —replicó Hwa-jin, recuperando su chaqueta—. Ahora, vamos a entregar esos informes antes de que el director envíe a un equipo de búsqueda.

Salieron de la oficina unos minutos después. En el pasillo, se cruzaron con Geun-dae, que caminaba hacia la salida. Al verlos, el joven se detuvo y los saludó con una reverencia.

—¡Superior Na! ¡Inspectora Im! Ya le entregué los archivos al director. Dijo que podían descansar por hoy.

Hwa-jin asintió con rigidez, pero esta vez no hubo veneno en su mirada. Solo una fría advertencia que el joven, en su inocencia, no llegó a comprender del todo.

—Buen trabajo, Geun-dae —dijo Han-rin con amabilidad—. Nos vemos mañana.

—¡Sí, señora! —respondió él, alejándose con paso alegre.

Hwa-jin observó su espalda por un momento y luego sintió la mano de Han-rin buscar la suya en la penumbra del pasillo. Sus dedos se entrelazaron con firmeza.

—¿Ves? —susurró ella—. Solo es un compañero de trabajo.

—Lo sé —respondió Hwa-jin, apretando su agarre—. Pero por si acaso, mañana la lección de Jeet Kune Do la daré yo.

Han-rin negó con la cabeza, divertida, mientras caminaban juntos hacia la salida. El mundo exterior seguía siendo un lugar violento y caótico, lleno de estudiantes que necesitaban ser educados y sistemas que necesitaban ser reformados. Pero mientras caminaran uno al lado del otro, compartiendo sus sombras y sus secretos, Na Hwa-jin sabía que no había nada que no pudiera soportar. Ni siquiera sus propios celos.