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Aprendamos a amar

Bajo la piel del engaño

El aire acondicionado de la furgoneta de vigilancia zumbaba con una monotonía exasperante, pero Na Hwa-jin apenas lo registraba. Sus ojos estaban fijos en el monitor que mostraba la entrada principal del "Club Zenith", un establecimiento exclusivo en el corazón de Gangnam donde los hijos de la élite política y empresarial se reunían para intercambiar algo más que chismes de alta sociedad.

—Recuerden —la voz de Bong Geun-dae llegó a través de los auriculares, sonando inusualmente seria—, el objetivo es el hijo del Ministro de Educación. Tenemos informes de que lidera una red de apuestas ilegales que utiliza a estudiantes de secundaria como mulas de dinero. Necesitamos pruebas directas de la aplicación que usan.

Hwa-jin soltó un suspiro pesado y se ajustó el nudo de su corbata de seda. No era su habitual traje negro desgastado; hoy vestía un conjunto de diseñador que costaba más que el sueldo anual de un profesor promedio. Su cabello, normalmente desaliñado, estaba peinado hacia atrás con una precisión elegante, aunque había dejado algunos mechones sueltos para mantener ese aire de peligro sofisticado.

—Entendido, Geun-dae —respondió Hwa-jin, mirando de reojo hacia el fondo de la furgoneta—. ¿Estás lista, "cariño"?

Im Han-rin emergió de las sombras del vehículo, y por un momento, el tiempo pareció detenerse. Llevaba un vestido de noche ajustado de color rojo profundo, con una abertura lateral que dejaba ver sus piernas tonificadas. Sus ojos rojos resaltaban con un maquillaje ahumado que le daba una apariencia felina y letal. El busto, acentuado por el corte del vestido, y su porte erguido la hacían parecer una reina entre plebeyos.

—Si vuelves a llamarme así con ese tono burlón, te romperé la nariz antes de que crucemos la puerta —replicó ella, aunque una chispa de diversión bailaba en su mirada mientras se ajustaba un pendiente de diamante falso.

Hwa-jin soltó una carcajada ronca y le ofreció el brazo.

—Es parte del papel, Han-rin. Somos una pareja de inversores de alto nivel con demasiado dinero y muy poca moral. Tenemos que ser creíbles.

—Lo sé —dijo ella, entrelazando su brazo con el de él—. Solo asegúrate de que tus manos se queden donde la misión lo requiera.

Al salir de la furgoneta y caminar hacia la entrada del club, el cambio en su lenguaje corporal fue instantáneo. Hwa-jin ya no era el inspector cínico; caminaba con la arrogancia de un hombre que era dueño del mundo. Han-rin se pegó a su costado, apoyando la cabeza ligeramente en su hombro, moviéndose con una gracia que ocultaba perfectamente su entrenamiento en Jeet Kune Do.

—Parecen demasiado reales —susurró Geun-dae por el comunicador desde la base—. Si no supiera que se odian la mitad del tiempo, juraría que llevan casados diez años.

—Concéntrate en las cámaras, Geun-dae —gruñó Hwa-jin, aunque la cercanía de Han-rin, el calor de su cuerpo contra el suyo y el aroma de su perfume estaban haciendo que su pulso se acelerara de una forma que no tenía nada que ver con el peligro de la misión.

Al entrar en el club, la música electrónica de baja frecuencia vibraba en el suelo. El lugar estaba lleno de jóvenes con ropas caras y miradas vacías. Hwa-jin y Han-rin se dirigieron a la zona VIP, donde el objetivo, un joven llamado Lee Kang-ho, presidía una mesa rodeado de guardaespaldas y seguidores.

—Mantente cerca —murmuró Hwa-jin al oído de Han-rin, aprovechando para rozar su cuello con los labios en un gesto que parecía un secreto compartido entre amantes—. Si las cosas se tuercen, tú te encargas de los de la izquierda.

—Ya lo tenía planeado —respondió ella en voz baja, dedicándole una sonrisa radiante que no llegó a sus ojos, pero que deslumbró a los presentes—. Intenta no distraerte mirando mi escote, inspector. Tenemos trabajo.

—Es una distracción táctica —bromeó él antes de acercarse a la mesa del objetivo.

La infiltración fue peligrosamente fluida. Hwa-jin utilizó su carisma oscuro para entablar conversación con Kang-ho, presentándose como un empresario interesado en "nuevas formas de inversión juvenil". Mientras tanto, Han-rin jugaba el papel de la compañera sofisticada, interviniendo con comentarios agudos que demostraban un conocimiento profundo del mercado negro, algo que no le costó fingir dado su historial en las Fuerzas Especiales.

—Su esposa es... fascinante, señor Na —dijo Kang-ho, recorriendo a Han-rin con una mirada que hizo que Hwa-jin apretara los dientes—. Tiene una energía muy... dominante.

—No tiene ni idea —respondió Hwa-jin, pasando un brazo protector por la cintura de Han-rin y atrayéndola hacia él—. Es el cerebro de nuestra operación. Yo solo soy el músculo que se encarga de que nadie le falte al respeto.

La mano de Hwa-jin en su cintura se sentía firme y posesiva. Han-rin supo que parte de eso era actuación, pero otra parte, la que hacía que sus dedos presionaran un poco más de lo necesario contra su piel, era real. Le gustaba. Odiaba admitirlo, pero la posesividad de Hwa-jin siempre había despertado en ella algo primario.

—¿Por qué no nos unimos a la partida privada en la planta superior? —sugirió Han-rin, inclinándose hacia Kang-ho con una confianza magnética—. He oído que allí es donde se toman las decisiones de verdad.

Kang-ho, claramente impresionado, asintió y los guio hacia un ascensor privado. Una vez dentro, lejos de las miradas de la multitud, la tensión entre los tres era palpable. Los dos guardaespaldas de Kang-ho los vigilaban como halcones.

—Geun-dae, estamos subiendo —susurró Han-rin a través del micrófono oculto en su gargantilla, fingiendo que se ajustaba el collar.

—Recibido. Estoy bloqueando la señal de las cámaras del pasillo superior. Tienen tres minutos antes de que el sistema se reinicie —informó Geun-dae.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron, no había una mesa de juego, sino una oficina blindada. Kang-ho se giró hacia ellos, su expresión amistosa desapareciendo para dar paso a una mueca de sospecha.

—He estado pensando —dijo el joven, sacando un teléfono dorado—. No reconozco sus nombres en ninguna de las listas de inversores de mi padre. ¿Quiénes son realmente?

Hwa-jin soltó un suspiro largo, el tipo de suspiro que daba antes de romperle los huesos a alguien. Miró a Han-rin y sonrió.

—Parece que la cena se ha cancelado, querida.

—Una lástima —respondió ella, poniéndose en guardia—, el vestido era nuevo.

Todo sucedió en un borrón de movimiento. Los guardaespaldas sacaron porras extensibles, pero antes de que pudieran dar un paso, Han-rin ya estaba sobre el primero. Con una patada lateral que hizo crujir el aire, lo envió contra la pared. Hwa-jin, por su parte, esquivó un golpe del segundo y, con una precisión brutal, le propinó un rodillazo en el plexo solar seguido de un golpe seco en la nuca.

Kang-ho intentó correr hacia el escritorio para presionar un botón de pánico, pero Hwa-jin fue más rápido. Lo agarró por el cuello de su costosa chaqueta y lo estampó contra la madera.

—La aplicación, Kang-ho —dijo Hwa-jin, su voz ahora despojada de cualquier pretensión, fría como el acero—. Pásame los datos o te enseñaré una lección de economía que no olvidarás: el valor de tus dientes bajará a cero en tres segundos.

Han-rin, mientras tanto, mantenía a raya a los guardaespaldas que intentaban levantarse, usando sus tacones como armas de presión en puntos nerviosos.

—¡Geun-dae, descarga ahora! —ordenó ella, conectando un dispositivo de salto al ordenador del escritorio.

—¡Descargando! —la voz del joven agente sonaba eufórica—. ¡Lo tengo! Nombres, transacciones, todo. ¡Salgan de ahí!

Hwa-jin soltó a un Kang-ho tembloroso y miró a Han-rin.

—¿Nos vamos?

—Espera —dijo ella, acercándose a Kang-ho. Le propinó un bofetón sonoro que dejó al joven aturdido—. Eso es por mirar donde no debías.

Salieron de la oficina justo cuando las alarmas empezaban a sonar. Bajaron por las escaleras de emergencia, moviéndose con la coordinación de dos sombras que se conocen a la perfección. Al llegar al callejón trasero, la furgoneta de Geun-dae ya estaba allí con la puerta abierta.

Se lanzaron dentro y la furgoneta arrancó chirriando los neumáticos. Una vez a salvo en la oscuridad del vehículo, el silencio se apoderó del espacio. La adrenalina empezó a bajar, dejando paso a una consciencia aguda de su proximidad.

Geun-dae, desde el asiento del conductor, no paraba de hablar.

—¡Eso fue increíble! La forma en que fingieron ser pareja... ¡Hwa-jin, casi me convences cuando dijiste que ella era el cerebro! Y Han-rin, esa mirada de "esposa devota" fue digna de un Oscar. Por un momento pensé que de verdad se querían.

Hwa-jin y Han-rin se miraron. En la penumbra de la furgoneta, sus rostros estaban muy cerca. Él todavía llevaba la mano apoyada en el asiento, justo al lado del muslo de ella. La "actuación" había dejado un residuo de electricidad que no se disipaba.

—Sí —murmuró Hwa-jin, sin apartar la vista de los ojos rojos de Han-rin—. Una actuación magistral.

—Cierra la boca, Geun-dae, y conduce —ordenó Han-rin, aunque su voz carecía de su habitual dureza.

Cuando llegaron a la base de la Agencia, Geun-dae se bajó rápidamente para llevar los datos al servidor principal, dejándolos solos en el vehículo por un momento.

Hwa-jin se aflojó la corbata del todo y se desabrochó los puños de la camisa.

—¿Estás bien? —preguntó, su tono volviéndose genuinamente preocupado—. Ese tipo te miró de una forma que...

—Sé cómo me miró —lo interrumpió ella, girándose para enfrentarlo—. Y sé cómo me miraste tú.

Hwa-jin se quedó inmóvil.

—Fue parte del papel, Han-rin. Tenía que parecer posesivo.

—No me refiero a cuando estábamos frente a él —dijo ella, acercándose más, desafiando el poco espacio que quedaba—. Me refiero a cuando estábamos solos en el ascensor. Y a ahora.

Hwa-jin soltó un suspiro derrotado. Extendió una mano y acarició el cuello de ella, justo donde el micrófono había dejado una pequeña marca roja.

—Es difícil fingir algo que no tienes que esforzarte en sentir —admitió él en un susurro—. Durante toda la noche, lo único que quería era sacar a todos esos tipos de la habitación para no tener que compartir tu atención con nadie.

Han-rin sintió que su corazón daba un vuelco. No era la primera vez que compartían intimidad, pero la vulnerabilidad en la voz de Hwa-jin era nueva.

—A veces olvido que debajo de todo ese cinismo y ese pelo desordenado, hay un hombre peligrosamente honesto —dijo ella, acortando la distancia final.

El beso fue un choque de alivio y deseo. En el pequeño espacio de la furgoneta, rodeados de equipos de vigilancia y cables, se encontraron de nuevo. No había vestidos de lujo ni trajes de diseño que importaran; solo la necesidad de reafirmar que, más allá de la misión y del engaño, lo que había entre ellos era la única verdad sólida en sus vidas.

Hwa-jin la atrajo hacia su regazo, sus manos encontrando la piel desnuda de su espalda donde el vestido terminaba. Han-rin soltó un gemido ahogado, enredando sus dedos en el cabello perfectamente peinado de él, deshaciendo el trabajo del estilista para encontrar al hombre que conocía.

—Geun-dae va a volver en cualquier momento —susurró ella entre besos.

—Que vuelva —respondió Hwa-jin contra sus labios—. Que aprenda que algunas lecciones no se enseñan en los libros de texto.

Se separaron unos centímetros, ambos respirando con dificultad. Han-rin le acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja.

—Mañana volveremos a ser los inspectores Na e Im. Los que se pelean por el papeleo y por quién golpeó más fuerte al sospechoso.

—Mañana —asintió él, besando la punta de su nariz—. Pero esta noche, todavía somos esa pareja de inversores con muy poca moral. Y creo que tenemos una cuenta pendiente en mi apartamento.

Han-rin sonrió, una sonrisa que esta vez llegó hasta sus ojos y los hizo brillar con una luz que ningún diamante falso podría igualar.

—En ese caso, inspector, sugiero que nos retiremos antes de que nuestro subordinado nos encuentre en una situación... poco profesional.

Salieron de la furgoneta justo cuando Geun-dae regresaba corriendo, con una cara de emoción que desapareció al ver la expresión seria y autoritaria de sus superiores.

—¡Todo listo! El director está encantado —dijo el joven, deteniéndose en seco—. ¿Pasa algo? Se ven... despeinados.

Hwa-jin se ajustó la chaqueta y recuperó su caminar arrogante.

—Gajes del oficio, Geun-dae. Las misiones encubiertas son agotadoras.

—Vete a casa, chico —añadió Han-rin, pasando por su lado con una elegancia renovada—. Nosotros terminaremos el informe de daños... en privado.

Geun-dae se quedó allí parado, rascándose la cabeza mientras los veía alejarse hacia el coche de Hwa-jin.

—No sé —murmuró para sí mismo—, a veces juraría que esos dos se llevan demasiado bien para ser solo compañeros.

Mientras tanto, en el coche, Na Hwa-jin encendía un cigarrillo y miraba a la mujer a su lado. El engaño había terminado, pero la realidad que habían construido bajo la piel del disfraz era mucho más emocionante que cualquier misión. La justicia podía esperar hasta el amanecer; por ahora, solo existían los latidos compartidos y el fuego que ninguno de los dos estaba dispuesto a apagar.